domingo, 27 de diciembre de 2009

La templaria nostalgia de Ucero


'Sólo quien ha roto los 'programas mentales' inculcados durante el proceso de socialización puede tomar conciencia -y percibir- aquello de lo que los demás son incapaces. Pero quien rompe los 'programas mentales' no suele ser bien visto y comprendido por su sociedad, y en muchos casos, y paradójicamente, ni siquiera por los miembros de su propia religión. De ahí que se les vea muchas veces como 'idiotas' o 'locos' de extrañas ideas y modos de comportamiento'.
[Grian: 'El peregrino loco']

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Si hay un lugar en Soria -aparte, por supuesto, del antiguo Monastero de San Polo- sobre el que nadie tenga duda alguna relativa a la presencia y permanencia en tiempos de la Orden del Temple, ese es Ucero y el impresionante entorno del Cañón del Río Lobos.
Después de la resaca de Navidad, y como ha venido siendo una constante durante estos días, el tiempo, de alguna manera enojosa pero a la vez necesariamente intempestivo, acompañó con agua-nieve y espesas nieblas un desplazamiento que, a fuerza de interés, bien puedo afirmar que se está convirtiendo en un comprometido ir para volver.
No tanto motivado por la fascinación que siento por el lugar, como por la gran cantidad de enigmas relacionados con los templarios que aún permanecen en el lugar, cual piedra de Rosseta demandando al afortunado Champollion que la libere de su milenario silencio, poniendo voz a la historia que un día tuvieron.
Atrás quedaban, envueltos por la niebla, lugares de nombres sospechosos y no ajenos tampoco, en mi opinión, a la influencia de los belicosos clérigos con espuelas; como, por ejemplo, el escondido pueblecito de Barcebal -su semejanza con Perceval, el paladín del Grial no deja de ser sorprendente- en cuya iglesia parroquial -su sencilla portada románica recoge, no obstante, unas monstruosas representaciones, entre las que destacan una serpiente con cabeza de pato y un demonio necrófago- se custodia, desde tiempo inmemorial, una Virgen Negra, hermana gemela, para más señas y según la tradición, de la que se conserva en la catedral de El Burgo de Osma: la Virgen del Espino.
El Espino, nombre asociado, tradicionalmente, también -si hemos de hacer caso a las aseveraciones realizadas en los años setenta por el investigador francés Louis Charpentier- a los lugares que, de alguna manera, guardan relación con los asentamientos relacionados con la Orden del Temple.

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lunes, 21 de diciembre de 2009

Errare Humanun Est


Decía el escritor norteamericano Ambrose Bierce -y que me disculpen todos aquellos que me conocen, si últimamente consideran excesivamente reiterativo por mi parte acudir a su infernal diccionario- que disculparse es 'sentar las bases para una futura ofensa'. Evidentemente, no estoy de acuerdo con él, excepto en el detalle de añadir que si reconocer un error ayuda a sentar algún tipo de base, que no sea otra que la de una posible y futura amistad. Y creo que no hay mejor pilar para hacerlo que aquél que, basado en el punto de vista de una objetividad felizmente encontrada, tengamos el suficiente valor para reconocer un error cometido y pedir disculpas.
Si el pasado día 12 de septiembre, mi visita al toledano castillo de Montalbán -en el que, aparte de otras circunstancias, había llegado atraído por la sombra alargada, incierta y tremendamente escurridiza de esos frailes con espuelas, como denominaba Gustavo Adolfo Bécquer a los templarios- me dejó cierto amargo regustillo al encontrarme con unas personas vestidas a la usanza medieval, a las que de forma precipitada y personalizando ciertas frases de lo que no era, si no, una mera interpretación, las califiqué posteriormente en una entrada como 'neotemplarios' o 'herederos de Jacques de Molay', hoy me considero en la obligación de retractarme de dichos comentarios. Y lo hago de corazón y con toda humildad. A través de Esther, su portavoz, he podido comprobar que son gente educada, con sensibilidad por el Arte y un buen gusto por todo lo relacionado con la Edad Media.
Como los comentarios los hice públicos, creo un justo deber, como digo, retractarme públicamente también: Esther, Oscar y los demás miembros que estuvisteis en el castillo de Montalbán aquél día, mi más sinceras y sentidas disculpas.


domingo, 13 de diciembre de 2009

Jacques de Molay: la leyenda de la maldición del último Gran Maestre del Temple


Siete años después del golpe realizado contra los templarios de Francia, el rey Felipe IV, apodado el Hermoso, ponía fin a sus frustradas pretensiones de hacerse con los tesoros de la Orden, ejecutando a Jacques de Molay, Gran Maestre, Geoffroy de Charney, su lugarteniente y algunos otros caballeros que habían sufrido horribles torturas en las prisiones regentadas por su hombre de confianza y planificador del complot, Nogaret. Era el 19 de marzo de 1314.
En un isleta situada junto a la catedral de Notre Dame, y minutos antes de arder pavorosamente en las llamas, el último Gran Maestre se retractó públicamente de las confesiones obtenidas bajo tortura y, según la leyenda, maldijo a los causantes de la desgracia de la Orden del Temple -el rey de Francia, el Papa Clemente V y al propio Nogaret- conminándoles a presentarse ante el juicio de Dios antes de un año. Leyenda o casualidad, el hecho cierto de esta historia, es que los tres murieron en el plazo indicado: primero el rey, durante un accidente en una cacería; a continuación el Papa títere, posiblemente envenenado, y algo después, el pérfido Nogaret.


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jueves, 26 de noviembre de 2009

Río Lobos, el Cañón de los Templarios


Con unas cartas de presentación que se remontan al Cretácico, la impresionante espina dorsal que conforma este espectacular Cañón del Río Lobos, serpentea entre dos provincias hermanas, pero bien diferenciadas entre sí: Soria y Burgos.

[En preparación]


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martes, 17 de noviembre de 2009

¿Templarios en Conquezuela?


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Suelo leer el periódico todos los días. Uno de los periódicos de mayor tirada que se editan en el país, del que, por supuesto, me reservo el nombre; y no lo hago por miedo a que se descubran o se dejen intuir mis inquietudes políticas, las cuales considero tan dignas como las inquietudes políticas de cualquier otra persona, deriven éstas hacia el lado que deriven, pues si en algo como hombre sigo tropezando y haciendo bueno el refrán, es precisamente en obstinarme en pensar que el pensamiento y las ideas -y pido perdón por tanta redundancia- hasta tal punto tienen dignidad, que se pueden defender sin necesidad de que intervenga la malicia de Caín. Es una quimera, desde luego, porque si algo he podido llegar a constatar, y ya que al hablar de quimeras, en el fondo metemos en el asunto a la mitología, es que cuando se tocan estos temas, se empieza por el banquete de Agamenón, y se termina por la guerra de Troya. El artículo que me ha llamado la atención, tiene que ver con guerras. Es algo que ya posiblemente no nos llame demasiado la atención -y lo digo sin ironía- pues de sobra estamos acostumbrados a tropezarnos diariamente con ellas, bien cuando abrimos un periódico -a veces pienso, que esos cerca de cuarenta euros que se deja uno al mes en ellos, es como ese calor que se escapa por las rendijas de puertas y ventanas- o cuando, llegada la hora de la comida o la cena, ponemos el telediario. En efecto, el famoso 'parte' que hemos conocido de toda la vida y al que algunos, seguramente sembrados, iluminados o decididamente realistas, se refieren simplemente como el 'desgraciario'.
En ese 'desgraciario' manuscrito y matutino, que por costumbre uno compra todos los días, permaneciendo fiel básicamente por el hecho en sí de leer y la falacia de considerarse modestamente informado, a veces aparecen declaraciones sorprendentes, que surgen, deliciosamente, al calor de algo tan mundano y vanal, como es un almuerzo.
En el Almuerzo -y lo pongo ahora con mayúsculas, porque es así como se titula la sección en cuestión-, uno se suele encontrar con personajes tan desconocidos y variopintos, pero a la vez tan entrañables, que animan a seguir leyendo por el mero hecho de que el lector se hace a la idea de que, aunque sea al final y de manera posiblemente provisional, la noticia se valora más por el lado humano que por el lado partidista.
El nombre de Rossana Reguillo, sinceramente, no me dice absolutamente nada, a excepción de que, una vez leído el artículo donde se la entrevista, sus comentarios, en buena parte encaminados hacia algo que todavía continúa siendo un by-pass en el corazón de los españoles, se convierte -según se atreva uno a llevar la Memoria más lejos de un periodo marcado por el fratricidio entre izquierdas y derechas- en una auténtica parada cardíaca al leer frases como que 'España aún no ha hecho las paces con su pasado'. Y es cierto. Si nos paramos a pensar -sobre todo aquellos que aprovechamos buena parte de nuestras horas de asueto en patearnos esos caminos de Dios, en busca de testimonios referentes a nuestro pasado- seguramente lleguemos a la conclusión, de que hacer las paces con el pasado significa, en buena medida, mirar la Historia con espíritu, no ya conciliador, pero sí, al menos, abierto y objetivo.
Rossana Reguillo, es antropóloga. Mejicana de nacimiento, aunque de raíces españolas, aprovecha ésta circunstancia para acercarse a la patria paterna y ofrecer, en una serie de conferencias, su punto de vista acerca del problema de los narcos mejicanos, a los que considera inmersos en una guerra santa, y a los que define -reflejando el punto de vista de ellos, naturalmente- como 'soldados evangelizados, que emiten boletines de prensa a través de los cuerpos que van dejando...'.
Aquí interviene uno de los grandes mitos históricos que, de alguna manera, está siempre de actualidad: el soldado de Dios; aquél guerrero, místico y cruel a la vez, que de una u otra aparente forma, deja huella en los lugares donde combate y también en la memoria atávica de los hombres, hasta el punto de generar mitos y llegar a 'existir' en lugares que, a priori, y por falta de evidencias más consistentes, no parecen guardar relación con él.
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En el mundo occidental, el más universal y a la vez el más desprestigiado de los soldados de Dios , en mi opinión, fue el templario. Todo el mundo ha oído hablar de los templarios; a muchos interesa, pero en el fondo, y a pesar de que fue aquí, en la Península Ibérica donde estos belicosos freires milites se ejercitaron en lo que justamente se consideró en su momento como una prolongación de las Cruzadas, participando en batallas decisivas -la de las Navas de Tolosa o batalla de los Tres Reyes, por ejemplo- sus huellas, en la mayoría de los casos, resultan relativamente inciertas.
De la misma manera que el paso de los narcos que describe Rossana Reguillo no deja indiferente, el paso de los templarios por numerosos lugares de nuestro país, tampoco. Ahora bien, a diferencia de aquellos, que aunque sea de una manera atroz, ocupan gran parte de protagonismo en los medios de comunicación, la Historia ha sido ciertamente ingrata con éstos rudos milites Christi, siendo la política su principal verdugo, así como su brazo ejecutor.
Para aquellos que no conocen Conquezuela y sus alrededores, un primer vistazo puede que les deje, sencillamente, indiferentes. Es lo que tienen las parameras, que su aparentemente inhóspita soledad, parece que atrae -y de qué modo- a esa otra e incierta realidad, denominada, simple y llanamente, misterio, aunque éste se torne para algunos en completo desdén.
El misterio, lejos de constituir aquí un adjetivo acomodaticio, sugiere una realidad que se remonta, cuando menos, al alba de los tiempos, abarcando diferentes periodos históricos, incluídos, por supuesto, esa teórica presencia templaria y esa otra memoria histórica a la que hacía referencia Rossana Reguillo durante los pormenores de la entrevista.
El Neolítico ha sido uno de los periodos que, curiosamente, ha dejado mutitud de huellas en la zona, como demuestra, sin ir más lejos, el impresionante yacimiento antropológico de Ambrona, del que seguramente todos hemos oído hablar y más de uno hemos visitado. Sin embargo, es a la Edad del Bronce donde hemos de remontarnos, pues parece ser que es en ella donde se halla el génesis que hizo de la famosa cueva -hoy en día, llamada de la Santa Cruz- un enclave decididamente especial e inusitadamente interesante para el culto, como demuestran los cientos, miles de cazoletas -por desgracia los grabados, que también los hubo, han sido prácticamente destruídos, no por mala fe, sino por ignorancia- que se pueden localizar fácilmente en sus paredes.
Es evidente, y justo resulta precisarlo, que el entorno ha sufrido mutaciones, aunque la más importante y por cierto, la más desastrosa, se llevó a cabo en los años sesenta, cuando se decidió desecar la laguna que lo abarcaba en una parte considerable, con la finalidad de aprovechar el terreno para campos de cultivo. En la actualidad, prácticamente cincuenta años después, existen planes de expropiación de terrenos para, entre otras cosas afines a la política de la Confederación Hidrográfica del Duero, volver a rellenarla, mientras en el horizonte se observan, cada vez en mayor número, las siluetas de los molinos eólicos.
Por otra parte, la zona fue un importante foco celtíbero, cuyo rastro -aparte de las apreciaciones realizadas en su día por cierto catedrático de la Universidad de Valladolid, cuyo nombre, de momento me reservo, y que aludían a que presentía en la zona un descubrimiento de vital importancia, semejante, utilizando un símil, a lo que podrían ser los grabados rupestres de las cuevas de Altamira- se puede localizar, entre otros lugares, en la vecina población de Miño de Medinaceli y las tumbas situadas en un altozano a las afueras del pueblo, conocido con el nombre de 'el Castillo', hoy día cercado y reservado para custodia del ganado.
La cueva de la Santa Cruz, no constituye, en sí misma, desde luego, una sima espectacular. Téngase en cuenta, que cuando nos referimos a ella, hablamos de una abertura que se abre en la pared rocosa de un imponente farallón, y que se estrecha a los pocos metros de adentrarnos en su interior, impidiendo todo intento por continuar. Pero tiene unas características que, decididamente, ayudan a comprender el enorme interés totémico y religioso que el lugar tuvo para el culto. Entre ellas, desde luego, y producida por los hongos y líquenes que viven en sus entrañas, la curiosa luminiscencia de color verde, apreciable sobre todo de noche, que la confiere un aspecto indudablemente sobrenatural que, no cabe duda, es de suponer que actuara como detonante en la imaginación supersticiosa del hombre primitivo.
Unos metros antes de estrecharse como un embudo, y perfectamente definida como para considerarla obra de la naturaleza, una pila recoge, con absoluta precisión, el agua proveniente de la lluvia, filtrada a través de alguna abertura en la cima. Pero, sin duda, lo que más atrae la atención, es ese arco románico -probablemente de los siglos XII-XIII- que sobresale, inalterable del techo, al principio de la cueva. Una observación detallada, hace que pronto se descubran unas curiosas hendiduras en las paredes que inducen a suponer que, en su día, servían de apoyos a los travesaños de algún tipo de construcción, probablemente una ermita. Y aquí, como suele ocurrir tan a menudo, interviene la tradición. En concreto, aquélla que sitúa una antigua ermita románica en el lugar. Esta, según me comentó un vecino, estaría bajo la advocación de Santa Elena, madre de Constantino -recordemos la aparición en el cielo de una cruz, y una frase in hoc signo vincis, con este símbolo vences, que le reafirmaba su posterior victoria sobre Magencio- descubridora, segun la tradición, de la Santa Cruz, llegando a albergar, según algunos, un pedazo de ésta o Lignum Crucis. Las piezas del rompecabezas, pues, comienzan a situarse. Y probablemente, es en este periodo, donde algunos investigadores, como por ejemplo, Jesús Ávila Granados, situarían la presencia del Temple en el lugar, atribuyendo a éstos las dos tumbas (ver fotografía) que se sitúan en un saliente, en la actualidad inaccesible si no se accede por la parte de atrás, dando un extraordinario rodeo y corriendo algunos riesgos físicos. No en vano, mucha gente utiliza el lugar para hacer prácticas de alpinismo.
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El tema de las tumbas, ciertamente, es curioso. Hace unos días, y como dato informativo al respecto, el periódico El Heraldo de Soria anunciaba que, resultado de las excavaciones arqueológicas que se están realizando en el interior del templo de San Miguel, en San Esteban de Gormaz, se han descubierto varios enterramientos en la cabecera de la nave: tres tumbas, datadas en el siglo XVI, que podrían corresponder a sacerdotes, clérigos o personas de especial relevancia. El misterio, reside en el detalle inusual, de que están situadas en una zona especialmente sagrada, el altar, e inusualmente, también, orientadas al norte; es decir, mirando hacia los feligreses. Ahora bien, con relación a estas dos tumbas de Conquezuela, siempre se ha considerado que pertenecieron a anacoretas que un día decidieron retirarse, instalarse y morir en soledad en la cueva. En mi opinión, las cabeceras están orientadas hacia el sur, y aún, hasta tiempos relativamente recientes, se podían observar -según me comentó J.L.B.M., un vecino de Conquezuela, residente en Madrid- los restos óseos de sus enigmáticos y desconocidos ocupantes. ¿Qué fue de dichos restos?. Se ignora. También resulta un enigma, el por qué de la elección de tan dificultoso lugar para realizar los enterramientos. Se sabe, así mismo, que hasta hace poco, aún se podía acceder hasta el risco desde la boca de la cueva; pero esa posibilidad, repito, ya no existe.
La ermita, denominada como la cueva, de la Virgen de la Santa Cruz, se erigió en los siglos XVI-XVII, se supone que sobre los restos de la antigua ermita románica, aunque de éstos, no se aprecia rastro alguno, si exceptuamos el mencionado arco. Fue levantada, no por la Iglesia -que en algún momento indeterminado de la Historia cristianizó el lugar- sino por los vecinos de los pueblos de alrededor. Y el motivo, otro dato importante y fundamental, que aumenta el carácter sagrado del lugar: la aparición de la Virgen a un pastorcillo que guardaba el ganado en el lugar. A esa época se remontaría la romería que, tradicionalmente, se celebraba en mayo, aunque por causas de conveniencia, hace años que se cambió por la fecha del 9 de agosto.
El pasaje, ya era conocido por el rey Alfonso X, apodado el Sabio, gran aficionado a la caza de pajarillos en la laguna. También, y de manera anecdótica, se sabe que los invasores franceses sentían especial predilección por la excelente calidad de las sanguijuelas de ésta, las cuales importaban a su país para las tradicionales sangrías terapéuticas.
Durante la Guerra Civil -y he aquí otro dato relacionado con nuestra memoria histórica- la zona estuvo ocupada por el ejército nacional, siendo del famoso campo de las brujas, situado en la cercana población de Barahona, de donde partían los aviones que bombardeaban Sigüenza, en zona republicana.
Esta frontera natural entre ambas provincias, consta de elementos de verdadero interés, como el pueblo de Ventosa, apenas un despoblado en la actualidad -cuenta con unos cuatro o cinco habitantes- y las famosas cuevas de Olmedillo.
De Ventosa, destaca el detalle de que el promontorio sobre el que se encuentra situado el pueblo, está horadado de pequeñas cuevas, que hoy en día cobijan ganado y aperos de labranza, pero que hasta tiempos relativamente recientes, constituían el hogar de numerosas familias, semejando un hábitat ciertamente neolítico, siendo los campos de alrededor famosos por la exhorbitante cantidad de fósiles hallados.
Muy diferente, sin embargo, es el caso de las cuevas de Olmedillo, situadas ya en la provincia de Guadalajara, a una distancia aproximada de 30 kilómetros de Sigüenza y en cuya cercanía se localiza el nacimiento del río Jarama. Situadas, también, muy cerca de la Riba de Santiuste y su famoso castillo encantado -el fantasma de Manuela ha sido perseguido por personajes conocidos, como Antonio José Alés y más recientemente, por el equipo de Cuarto Milenio, dirigido por Iker Jiménez- constituyen lo que se podría definir como otro lugar genuinamente sorprendente. No se conoce, todavía, el final de su intrincada red de galerías, que se pierden en el interior de la tierra, aunque sí diferentes periodos de habitabilidad humana. En ellas, se basa una historia que se remonta a la Edad Media -e incluso a siglos posteriores- en la éstas cuevas sirvieron como refugio a gentes que se dedicaban a asaltar y asesinar a los viajeros que pasaban por ellí. Así mismo, se vieron ocupadas por el ejército republicano durante la Guerra Civil y hoy día, a pesar de ser propiedad privada, reciben la visita de arqueólogos, curiosos, excursionistas e incuso agrupaciones de espeleólogos.
La zona, pues, se puede considerar con toda justicia como un foco caliente, catalizador de multitud de fascinantes enigmas y misterios, incluidas las leyendas, como aquélla -común a muchos lugares no sólo de la provincia, sino, curiosamente, de otras provincias- del pueblo desaparecido de Viana, que se situaría en algún lugar entre la cueva y el pueblo de Conquezuela.
Situar la presencia del Temple en la zona, no sería demasiado descabellado, en mi opinión, aunque bien es cierto que no hay evidencia consistente que lo avale.
Para una visión más generalizada de Conquezuela, sus tradiciones y su entorno, recomiendo las siguientes entradas:

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martes, 10 de noviembre de 2009

El misterio templario de Peroniel del Campo


Si fue toda una aventura la historia, el auge y la caída de la Orden del Temple, constituye, no obstante, toda una epopeya seguir sus huellas, en un lugar, la Península Ibérica, que fue, en tiempos, una verdadera prolongación de las Cruzadas.

Como muchas otras órdenes medievales de caballería, la Orden del Temple jugó un papel fundamental en ese oscuro, dificil periodo histórico, conocido como la Reconquista.

Se ha dicho, escrito y aireado a los cuatro vientos -y parece ser un hecho significativo- que estos belicosos monjes-guerreros sentían una especial predilección por asentarse en lugares que, cientos o miles de años antes, fueron sacralizados por otros pueblos, por otras culturas. En especial, aquellos lugares donde se aprecia una mayor presencia de la denominada cultura megalítica.

Pero, independientemente de este detalle, y tomando siempre como base la gran controversia que generan ciertos lugares relacionados con el Temple, he aquí, en mi opinión, uno que trae de cabeza a los investigadores y que, dicho sea de paso, tiende a suscitar una gran cantidad de opiniones manifiestamente encontradas: la ubicación real del monasterio templario de San Juan de Otero.

De una cosa, al menos, estoy seguro. Y es de que la presencia de la Orden del Temple en la provincia de Soria, fue más importante de lo que la ortodoxia oficial supone o admite. Bien es cierto que la falta de documentación impide, en muchos casos, constatar fidedignamente dicha presencia. Pero, igualmente, no es menos cierto -y esto también es un dato a tener en cuenta- que la tradición oral -tan rica o más que en otras provincias- cuenta con numerosas referencias.




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En el caso que nos ocupa, algunos investigadores recurren a una bula fechada en 1181 y atribuida al Papa Alejandro III, en la que aparecen cinco conventos templarios situados en las actuales Comunidades de Castilla y León y Castilla La Mancha. Dichos conventos, son: Santa María de Montalbán, San Benito de Torija, San Salvador de Toro, San Juan de Valladolid y San Juan de Otero.

De los cuatro primeros, parece que se tiene cierta seguridad, hasta el punto de que su localización no parece generar ningún tipo de duda, ubicándose de la siguiente manera:

* Santa María de Montalbán: en la provincia de Toledo, iglesia visigoda de Santa María de Melque, distante, aproximadamente, 3 kilómetros del castillo de Montalbán -plaza fuerte donada a los templarios por el rey Alfonso VII tras la conquista del reino de Toledo- y en cuyas inmediaciones se constata, también, la presencia de una construcción megalítica tipo dolmen.

* San Benito de Torija: su localización en Torija, provincia de Guadalajara, tiende a ser imprecisa, aunque se supone que estuvo situado en las inmediaciones del castillo. Parece ser que éste, en realidad, nunca perteneció a la Orden, aunque existe el dato significativo de que ciertos investigadores creen que el castillo se levanta, en realidad, en el lugar donde estuvo ubicado el convento. Posiblemente, de aquí provenga la confusión con respecto al castillo.

* San Salvador de Toro: iglesia mudéjar del siglo XIII, en la que destacan sus tres naves y sus tres ábsides -recordemos la existencia de estos últimos en construcciones similares, como la controvertida iglesia de la Vera Cruz, en Segovia- bastante modificada en el siglo XVII.

* San Juan de Valladolid: iglesia que, por desgracia, fuer derruída a mediados del siglo XIX.

* San Juan de Otero: he aquí el plato fuerte de la polémica. Tradicionalmente, se ha identificado con la iglesia de San Bartolomé de Ucero, en el Cañón del Río Lobos; incluso se ha sugerido la posibilidad de que su emplazamiento original, estuviera ubicado en las cercanías del castillo que domina el pueblo. Sin embargo, y en buena parte motivado por las peculiaridades del terreno, cada vez son más los investigadores que tienden a situarlo en las inmediaciones de Peroniel del Campo; en concreto, en unas ruinas que se hallan en un cerro denominado de San Juan.

En realidad, toda la zona es un foco caliente en cuanto a presencia templaria se refiere. No olvidemos que, cercana también a la llamada Ruta de los Torreones, no es difícil encontrar sus huellas: Fuensauco y su iglesia fortaleza; Magaña y la parroquial de San Martín;, San Pedro Manrique y el denominado convento templario de San Pedro el Viejo e incluso, probablemente, las ruinas de San Miguel; las ruinas de San Adrián, cercanas al despoblado de Masegoso, Ágreda...e inclusive la cercana Almenar, donde se levanta el Santuario de la Virgen de la Llana, a quien se asocia con una leyenda muy conocida en la que se pueden encontrar curiosos paralelismos con otra leyenda semejante asociada al Temple, de la que hablaremos en una próxima entrada: la leyenda del cautivo de Peroniel.

¿Resulta descabellado suponer, entonces, que realmente estuviera aquí el mencionado convento templario de San Juan de Otero?. En realidad, y teniendo en cuenta que la zona responde a la perfección con el concepto de otero, yo creo que no.

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domingo, 4 de octubre de 2009

San Polo y San Saturio

Monasterio de San Polo

No resulta fácil hablar de San Polo, sin rememorar esa vertiente romántica que sobre el lugar legaron a la posteridad escritores como Gustavo Adolfo Bécquer. Si bien éste situó en la margen derecha del Duero su terrorífica leyenda El Monte de las Ánimas, es a este lado izquierdo, y en concreto, en las cercanías de una cruceta pétrea situada inmediatamente después de la casa de los actuales propietarios del lugar, donde tuvo a bien idear el escenario ideal en el que habría de desarrollarse otra de sus conocidas leyendas: El rayo de luna.


Lejos de discrepancias relativas a su autoría, como sucede con numerosos lugares, y sin ir más lejos, con el vecino monasterio de San Juan de Duero, tanto los historiadores como los investigadores, no parecen albergar duda alguna en cuanto a su origen y la naturaleza de sus antiguos moradores: templarios.

Fundada alrededor del año 1118 por Hugo de Payns y otros ocho caballeros, la de la Orden del Temple resulta, más que una historia, propiamente dicha, una aventura fascinante, capaz de mantener el interés y las expectativas vigentes a lo largo de los siglos.

Los historiadores sitúan su edificación a comienzos del siglo XIII, siendo el románico y el gótico los estilos que caracterizan este desacralizado monasterio.

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Ermita de San Saturio

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viernes, 2 de octubre de 2009

Cristos Templarios

Iglesia de San Juan de Rabanera

Insiste la tradición, en que éste Cristo perteneció en tiempos al monasterio templario de San Polo. Actualmente preside el altar de la iglesia románica de San Juan de Rabanera, cuya magnífica portada se reaprovechó de la malograda y cercana iglesia de San Nicolás. A este Cristo, se le asocia una leyenda muy conocida en Soria: la del Cristo Cillerero. Como particularidad, añadir que la cruz tiene la forma de ramas de árbol, semejante a la figura Crística denominada El Árbol, expuesta en la parroquia de San Andrés, en Torres del Río, Navarra.




Ágreda: Santuario de Nª Sª de los Milagros

Ésta figura Crística, cuyo tronco sigue la tradición de los Cristos de San Juan de Rabanera y de Torres del Río, se encuentra expuesta en el interior del santuario mariano de la Virgen de los Milagros, en Ágreda, población situada a la vera del Moncayo, y hermanada en la actualidad con Nuevo México en base a las famosas bilocaciones de Sor María Jesús de Ágreda. Se comenta que a las afueras de la ciudad, existió en tiempos un convento templario, cuyas ruinas fueron reaprovechadas, construyéndose un centro para la juventud. Al parecer, este curioso Cristo procedía de allí. Es de reseñar, las laceraciones de los latigazos, apreciables por todo su cuerpo, incluso las piernas, ofreciendo una sensación estremecedora del martirio recibido.



Ucero: iglesia de San Juan Bautista

A diferencia de los anteriores, el Cristo que se expone en una de las capillas de la iglesia parroquial de San Juan Bautista, en Ucero, tiene un madero normal y corriente, pintado de negro. En sus piernas, se aprecian marcas de latigazos, aunque no en la cantidad que se pueden apreciar en el Cristo de Ágreda. Según me comentó uno de los guardas del Cañón, este Cristo perteneció a los templarios que ocuparon el cercano castillo. Es una de las numerosas maravillas que se guardan en esta iglesia, entre ellas la denominada Virgen de Santa Bárbara, de piedra y uno de los pies palmeados, que también se encontró en la cisterna del castillo, así como la imagen románica de la denominada Virgen de Villavieja, procedente de la ermita derruida de igual nombre, situada junto al cementerio municipal. El faldón, al igual que el del Cristo de San Juan de Rabanera, es negro, y en la cabeza, en lugar de una corona de espinas, muestra una especie de lazo hecho con cuerdas.

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martes, 29 de septiembre de 2009

Huellas del Temple en Castillejo de Robledo


Dejando atrás Maderuelo, y haciendo frontera con las provincias de Segovia y Burgos, en Castillejo de Robledo, además de ser el pueblo más frío de Soria -cuando no de España- encontramos un rastro indeleble del paso y permanencia del Temple en la región. Apenas inidentificable en los muñones somnolientos de su castillo, la iglesia románica de Nª Sª de la Asunción -en rehabilitación- nos ofrece el mejor testimonio, en las huellas, sobre todo de unas pinturas que impresionan por su espectacularidad, decorando interiormente el ábside con los colores inequívocos del bauceant o estandarte templario: el blanco y el negro.


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lunes, 28 de septiembre de 2009

Maderuelo: la otra Vera Cruz de Segovia

Situado en los confines de Segovia, haciendo frontera con Soria, de la que en tiempos formó parte, dependiendo de la villa de San Esteban de Gormaz, el pueblecito de Maderuelo languidece a la vera de un embalse artificial -el de Linares- protegiendo el sueño eterno de una sencilla ermita -la de la Vera Cruz- donde en tiempos, aseguran las babélicas lenguas de la tradición, los caballeros templarios custodiaron con saña y devoción un Lignum Crucis.


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miércoles, 23 de septiembre de 2009

Arquitectura octogonal: ¿un modelo de arquitectura templaria?

Resulta más que posible que en aquél histórico año de 1118, Hugo de Payns, vasallo del conde de Champaña y sus ocho compañeros, fueran realmente conscientes de que, una vez conseguido su primer objetivo en Tierra Santa -la cesión, por parte del rey Balduino II de las ruinas que en tiempos formaron parte de los inmensos establos del famoso Templo de Salomón- la orden de caballería que habría de surgir de aquéllas inconmensurables entrañas como Orden del Temple se convertiría, además de la más influyente y poderosa hasta su disolución en 1312, en la orden que más interés, polémica y chorros de tinta ha vertido a lo largo de la Historia.
No sólo el mundo editorial, sino que también el Séptimo Arte y en la actualidad Internet, han contribuido a generar toda clase de mitos y leyendas a ella asociados, aprovechando un fenómeno que conlleva, sin duda, un auténtico filón. Filón al que han de sumarse gran número de publicaciones, tanto de índole sensacionalista como de índole racionalista, que, en mayor o menor medida, desde luego, tratan numerosos de los mitos a ella asociados.
Mitos, por otra parte, que no ha de extrañar que generen interés y levanten una extraordinaria polvareda, pues tocan temas de extraordinaria sensibilidad, concernientes a los Grandes Misterios del Cristianismo: el Santo Grial, el Arca de la Alianza, la descendencia de Cristo, sus restos mortales...
Estos serían, en principio, los enigmas más sustanciosos. Ahora bien, asociado a la Orden del Temple, convive otro mito -éste de carácter moderno- que, aunque en teoría no tenga la relevancia de los anteriores, no deja de ser, en absoluto, todo un fascinante y atractivo enigma: ¿utilizaron estos un modelo de arquitectura predeterminado, tomando como modelo base la forma, características y dimensiones de la famosa Cúpula de la Roca de Jerusalén?.
Muchos son, en efecto, los investigadores que comparten esta teoría. Y aquí, precisamente, es donde se genera una de las mayores polémicas existentes en relación a la autoría de los templos que, siguiendo estos patrones de construcción, existen en la Península: la iglesia de Santa María de Eunate y la iglesia del Santo Sepulcro de Torres del Río, en Navarra, así como la iglesia segoviana de la Vera Cruz, aunque ésta última, para desconcierto de muchos investigadores, que la consideran extraña, es de planta dodecagonal.
La polémica, pues, está servida: ¿templarios, hospitalarios o sepulcristas?.
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Mandada levantar por el califa omeya Abd Al-Malik entre los años 687 y 692, con la intención de que fuera un completo referente de la espiritualidad del Islam, la Cúpula de la Roca está situada en la zona norte de Jerusalén, en una explanada artificial de la época de Herodes, conocida como Haram Al-Sharif, donde antiguamente se situaba, también, el Templo de Salomón.
Es importante reseñar que este fue construido por el rey Salomón para albergar el Arca de la Alianza, siguiendo un modelo celestial revelado por Dios. Según las antiguas tradiciones judías, la roca sobre la que el templo se asienta, servía para sellar la boca del Tehom -significa profundo o abismo- el caos acuático existente antes de la creación del mundo. Es decir, cerraba el paso a un mundo subterráneo, considerado un mundo de muerte, un infierno. Posiblemente, ésta fuera la matriz de la que posteriormente surgieran escabrosas teorías, que relacionan la construcción de ciertos edificios levantados encima de las denominadas puertas del infierno, aunque algunos investigadores, como Javier Sierra, las denomina puertas templarias. Sin ir más lejos, el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, mandado edificar por el rey Felipe II, sería uno de ellos.


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martes, 22 de septiembre de 2009

Santorcaz del Temple

Una orden incómoda para la Iglesia y también para la Historia ortodoxa, por sus implicaciones heréticas, esotéricas y legendarias; una orden que, gestada en el más absoluto de los misterios, sentó un precedente en su época, suponiendo toda una revolución. Una orden, cuya estructura jerárquica, añadida a su misticismo guerrero, fue incluso utilizada en pleno siglo XX por regímenes totalitarios, como modelo de donde habrían de surgir futuras generaciones de hombres perfectos, que habrían de ser formados para dominar el mundo. Una orden que ha hecho correr -y seguirá haciéndolo- verdaderos ríos de tinta, implicada, irremediablemente, con los grandes Mitos del Cristianismo: el Grial, el Arca de la Alianza, la descendencia de Cristo y María de Magdala, los restos mortales de ambos...
No es de extrañar, entonces, que con tales antecedentes existan lugares, como Torija, en la provincia de Guadalajara, que proclamen con orgullo la presencia de tal orden -el Temple- en su suelo. O mejor dicho, que aludan a esa presencia, de una manera más romántica, si se prefiere: los caballeros templarios.

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martes, 15 de septiembre de 2009

¿Hubo templarios en Garray?


Como en todo lugar donde surge la sospecha de su presencia, he aquí la gran pregunta: ¿hubo templarios en Garray?. Y como un eterno, desesperante miserere, cuando del Temple se trata, he aquí, también, la dubitativa respuesta: pudiera ser que pudiera.
Desde luego, el mayor inconveniente lo supone eso, probático, mediático, palpable y certificable, que se denomina constancia histórica y se basa, fundamentalmente, en los testimonios escritos.
Frente a esta carencia documental -particularmente acusada, en lo que al Temple se refiere-, sólo cabe el recurso de la especulación. Digamos, entonces, que haciendo gala de este recurso, bien pudiera haber existido la posibilidad de que en un pasado remoto, la escurridiza y alargada sombra del Temple, se hubiera cernido sobre los muros de ésta interesante ermita de Garray, situada a la vera misma del yacimiento arqueológico de Numancia, que tanta fama ha dado a la provincia, y que sigue en el ojo del huracán, merced a ciertos proyectos urbanísticos que, de llevarse a cabo, supondrían un duro golpe para el entorno.
Desde luego, si fuera por especulación, podríamos continuar enumerando algunos detalles, alegando, como un posible indicio, que antes de denominarse de los Santos Mártires, la iglesia estaba bajo la advocación de uno de los personajes predilectos dentro de lo que podríamos denominar como el santoral templario: el arcángel San Miguel.
Un antecedente cercano, en la capital, podemos encontrarlo en la ermita de San Saturio, que antiguamente se denominaba de San Miguel de la Peña, así como en el busto-relicario que, de la cabeza del supuesto Patrón de Soria, se custodia en la capilla que lleva su nombre, en el interior de la concatedral de San Pedro. Es justo mencionar, siquiera de pasada, el carácter baphomético que algunos autores atribuyen a este busto-relicario.
Dentro de las numerosas inscripciones que se pueden observar en algunos sillares exteriores, se encuentra, también, aquélla considerada como la fecha de consagración del templo: el año 1231.
Por otra parte, es en la zona del ábside donde se localiza el mayor número de marcas de cantería, destacando, en particular, una con inequívoca forma de tridente; o, según cómo interprete cada uno, dos epsilon griegas unidas por una cruz, aunque, dado su excelente estado, es posible que se trate de una marca relativamente reciente. También destacan las tradicionales cruces, posiblemente realizadas por cristianos piadosos o por peregrinos, que reproducen posibles calvarios.
Marcas de cruces, profundamente grabadas en la piedra, se pueden encontrar, así mismo, en las columnas de los capiteles de la derecha del pórtico de entrada. En éste, el tímpano muestra variados motivos decorativos -rostros y vegetales en su mayoría- entre los que destaca una curiosa cruz de doce puntas.
No obstante, es en el interior de la ermita, donde los posbiles indicios se hacen más evidentes, resaltando su notoriedad, en la zona del ábside, precisamente en el suelo y detrás de un lugar tan sacro como es el altar.

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lunes, 14 de septiembre de 2009

El castillo de Montalbán


Montalbán, o Monte Blanco. Situado al sur de la provincia de Toledo, y a 13 kilómetros del municipio de la Puebla del mismo nombre, el castillo de Montalbán constituye, como así lo atestiguan las crónicas, uno de los principales bastiones que tuvo el Temple en la región.
Al contrario de la problemática que conllevan numerosos lugares a la hora de certificar la presencia o pertenencia de la Orden -motivo de interminables quebraderos de cabeza y disputas entre los investigadores- con el castillo de Montalbán, se dispone de una evidencia histórica, que nadie parece poner en duda. Dicha evidencia, se basa en la donación realizada por el rey Alfonso VII a los frates milites, como premio por su participación en la conquista de Toledo.
Aunque el tiempo no perdona y el escaso y en ocasiones nulo interés de los organismos competentes, tampoco, la impresión que se tiene al acercarse a las ruinas, es de que en tiempos debió de albergar una guarnición considerable, o en su defecto -como opina más de un historiador- constituir un lugar de reunión para las tropas que habrían de participar en las distintas ofensivas llevadas a cabo por los reinos cristianos durante la Reconquista.
Cabe destacar, como dato, si no relevante, al menos sí interesante, su cercanía a lo que otrora fuera el complejo monástico visigodo de Santa María de Melque, así como también la existencia, a aproximadamente un par de kilómetros de distancia, de restos dolménicos, detalle que puede justificar, en parte, las teorías de algunos investigadores, relativas al interés que los templarios parecían tener por este tipo de lugares. De hecho, no son pocos los enclaves a ellos atribuidos, situados en las proximidades de centros megalíticos y otros asentamientos de culto ancestral.
Dado que se tiene constancia de que era una fortaleza mucho más pequeña cuando fue abandonada por los musulmanes una vez conquistada Toledo, cabe suponer que el Temple contribuyó en gran medida a su conservación, aunque fue con posterioridad al año 1308, cuando se tiene la certeza de que Don Alfonso Fernández Coronel -por aquél entonces enemistado con Pedro I el Cruel- procedió a su reforma, añadiéndole nuevas defensas.
Por otra parte, una de las singularidades que se pueden encontrar en su interior, es la gran cantidad de marcas de cantería que se localizan en numerosos de sus sillares y que perfectamente podrían coincidir con el periodo en que la fortaleza estuvo en poder del Temple. Al menos, algunas de estas marcas, como por ejemplo la estrella de cinco puntas, resultan fácilmente localizables en otros edificios pertenecientes a la Orden, como es la ermita de San Bartolomé de Ucero, en el Cañón del Río Lobos.
No cabe duda, así mismo -y este es un dato curioso- que en cualquier lugar asociado con el Temple, por regla general sobrevive una tradición oral que genera toda clase de historias y leyendas. De tal manera que, no siendo una excepción a la regla, el castillo de Montalbán conlleva la asociación de varias leyendas. Por ejemplo, aquélla en particular que menciona entre sus muros la presencia de todo un personaje histórico de primer orden: el emperador Carlomagno.

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Rodeada de un ambiente inigualable de magia y misterio, la leyenda, basada en relatos trovadorescos medievales relacionados con la juventud de Carlomagno, refiere los amores entre éste y la princesa mora Galiana, hija del rey Galofre de Toledo.
Otras leyendas, refieren, también, la existencia de cámaras y galerías subterráneas ocultas, incidiendo en que alguna llegaría hasta la cercana ermita visigoda de Santa María de Melque, situada, aproximadamente, a tres o cuatro kilómetros de distancia.
Puede que, basadas en ellas, o posiblemente formando parte de esa otra mitología moderna, como las leyendas urbanas, sean muchos los relatos que sitúan este espectacular castillo como epicentro donde se producen fenómenos sobrenaturales de variada índole. Incluso hay quien, a través de esta formidable herramienta de comunicación que es Internet, comenta sus experiencias en el ámbito de las denominadas Paraciencias, aprovechando la idoneidad que representa un lugar completamente aislado, para registrar grabaciones; lo que, en el ámbito paracientífico al que nos referíamos, se conocen como psicofonías.
Sea como sea, lo que resulta evidente, es el hecho de que, al igual que ciertas construcciones relacionadas con el Temple -el mejor ejemplo, lo puede constituit, probablemente, el castillo de Ponferrada- esta imponente fortaleza situada en los páramos toledanos se ha convertido -aparte de coto privado de caza, que imposibilita su visita en el periodo comprendido entre febrero y mayo- en un verdadero lugar de culto, en el que no resulta extraño encontrarse con toda clase de personas, incluidas sectas y grupos de neotemplarios, entregados a diversas prácticas y actividades.
Non nobis, Domine, non nobis, sed Nomini tua da gloriam...

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domingo, 13 de septiembre de 2009

Templarios en Montalbán

Hay lugares que conservan el espíritu, imanes que, aunque revestidos de soledad, olvido y desamparo, todavía mantienen, en lo más profundo de sus cimientos, un corazón que aún late con la fuerza que le proporciona un pasado gloriosamente histórico, ungido en el fragor de las batallas y consagrado a ser una leyenda. El castillo de Montalbán, sin duda, es uno de ellos.



Situado, aproximadamente, a 13 kilómetros de la toledana población de la Puebla de Montalbán, las murallas de esta fortaleza, que en tiempos debió de ser formidable, a juzgar por sus dimensiones, es el foco de atracción de numerosos visitantes, curiosos y nostálgicos, atraídos por una orden medieval de monjes-guerreros, los pormenores de cuya historia y leyenda, al cabo de setecientos años después de su desaparición, continúan despertando un interés inusitado: la Orden del Temple.
Hasta tal punto levanta pasión todo lo relacionado con los templarios, que hay quien incluso pernocta en el castillo, y en el silencio de la noche, aprieta la tecla recording de sus grabadoras con la esperanza de que las psicofonías obtenidas le revelen, desde los ecos mismos del pasado, secretos que posiblemente cualquier historiador -ortodoxo o no- haya hecho públicos hace muchos años.

Otros, sin duda influenciados por la mitosis que, créase o no, llegará un momento en el que sea tratada por el médico de cabecera, abren de cuando en cuando el baúl de los recuerdos y vistiéndose el hábito blanco, fantasmal, que caracterizaba a los pauperes commilitones, ondean teatralmente el estandarte patado en lo más alto de las murallas. Y créase o no, toparse con ellos puede constituir una nota de colorido al lugar, pero también un completo incordio.


Créase o no, cuando los vi, según me acercaba a las ruinas, pensé que quizás algún supuesto heredero de Jacques de Molay había acudido a tomar posesión de un castillo que el rey Alfonso VIII había donado a la orden, por su participación en la conquista del reino de Toledo. Y como ahora está de moda reclamar, se tenga o no derecho, y si no, que se lo pregunten al Papa...
En fin, el caso es que les pegunté cordialmente si podía sacarles un par de fotografías con las que ilustrar esta anécdota. Me dijeron que sí, aunque no demasiado cordialmente, a juzgar por el gesto de fastidio de sus caras. Fue su único gesto, valga la redundancia, digamos que amable. A partir de entonces, me convertí en el intruso. Me hizo gracia, porque cada vez que me acercaba, intentando sacar un reportaje del castillo, que era lo único que me interesaba, una cabeza asomaba por algún hueco de las murallas y aunque procuraba no gritar, el eco -siempre acusica- traía consigo una frase que ya terminó aburriéndome: cuidado, se acerca el intruso.
Como decía, no deja de ser curioso que si la Delegación Provincial de Medio Ambiente de Toledo, según resolución del 5 de abril de 2005, sólo prohibe el acceso al castillo del 1 de febrero al 31 de mayo -por temporada de caza-, cuatro nostálgicos de Molay intenten limitar ese derecho, haciendo incómoda la visita de los demás.
Por fortuna -y por derecho-, terminé de hacer lo que había ido a hacer, con el beneplático o no de mis neo-templarios vecinos, y sin más dilación, me encaminé a un lugar cercano e interesentemente jugoso: la ermita visigoda de Santa María de Melque. Pero claro, eso es otra historia.

lunes, 31 de agosto de 2009

Santa María de Siones: ¿un mito templario?


Siones, un pequeño pueblo de la Merindad burgalesa del Valle de Mena que, por una desvirtuación histórica, como han demostrado no hace mucho Manuel Gila y Laura Alberich, debió de denominarse, en sus inicios, San Juan. Posiblemente ésta desvirtuación onomástica, así como el hecho de que en las cercanías se encuentre la llamada Sierra de la Magdalena y el pueblecito de Criales, siendo abundantes las leyendas y referencias al Santo Grial, haya sido parte de los criterios en los cuales numerosos investigadores han otorgado a su espectacular templo del siglo XII -la iglesia de Santa María- un origen eminentemente templario.
De hecho, no es difícil encontrar en algunas guías relativas a la mencionada región burgalesa -como, por ejemplo, Rutas para descubrir las Merindades de Burgos, de Mariano Cano Gordo- una consensuada participación en ésta circunstancia, alegando, no obstante, el ínterin de que el templo de Santa María perteneció, en algún momento de su historia, a la belicosa orden de monjes guerreros.
De similar manera a como ocurre con la iglesia de San Lorenzo, en la vecina población de Vallejo de Mena -detalle, así mismo, extensivo a muchos otros templos repartidos a lo largo y ancho del territorio peninsular- no existe una certeza histórico-documental, que avale, con suficientes garantías de veracidad, dicha suposición. ¿En qué se basan, pues, los defensores a ultranza de la teoría templaria?. Es de imaginar que en hipótesis relacionadas con los nombres de los lugares, así como en algunas muestras significativas de su rica y fascinante simbología. Simbología que, en determinados casos, bien pudiera considerarse una posible pista, aunque hemos de partir de la base de que no siempre las cosas son lo que parecen a primera vista, y en ello juega un papel importante el concepto que el maestro cantero pretendió dar a entender cuando los plasmó en la piedra a golpes de cincel.
No es ningún secreto, que en el Medievo, los maestros canteros jugaban con los dobles sentidos, las dobles interpretaciones, llegando, incluso, a disfrazar determinados conceptos, con un revestimiento, quizás infantil, de absurdo y superstición, que burlara el control de lo establecido por los poderes fácticos. Como tampoco lo es, que estos gremios fueron haciéndose cada vez más secretos, utilizando determinadas marcas y señales para reconocerse entre ellos. Singularmente, las marcas de cantería no abundan en la iglesia de Santa María, detalle que dificulta las investigaciones encaminadas a localizar a ciertos gremios que, pongamos por caso, se sabe utilizaba la Orden del Temple, como, por ejemplo, aquél gremio conocido como los Hijos de Salomón, que tantas señales de su paso dejaran por numerosos lugares, y sobre todo, por los principales puntos de peregrinaje del Camino de Santiago.
Si hemos de hacer caso de las aseveraciones del investigador francés Louis Charpentier, la marca, por antonomasia, que caracterizaba a este gremio en particular, era la estrella de seis puntas, también conocida como estrella de David o Sello de Salomón. En éste caso, sí encontramos la mencionada estrella, hábilmente esculpida en uno de los ventanales del ábside, no lejos de otros motivos, que pueden considerarse como de una clara influencia oriental, como los denominados Nudos de Salomón. Dichos elementos, unidos a algunos otros, situados también en la zona del ábside -bien formando motivos decorativos de los ventanales, o de las metopas o de los canecillos- podrían, subjetivamente hablando, ser óbice suficiente para la especulación.

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He aquí, algunos de ellos:

- El cráneo y las tibias. Parece constatado que ésta representación se ha localizado en numerosas lápidas templarias. Un ejemplo claro, pueden ser aquellas que se localizan junto al edículo central y enfrente de la capilla de la Virgen de la Paz, en la iglesia segoviana de la Vera Cruz. Incluso se ha extendido la teoría, entre más de un investigador, de la posibilidad de que la famosa bandera pirata, la Jolly Rogers, tuviera sus orígenes en éste símbolo atribuído al Temple.

- Un capitel que muestra dos personajes, quizás dos caballeros, enseñando un libro abierto en medio de ellos, y que podría hacer referencia a la conocida dualidad templaria. Recordemos el símil más conocido, aquél que representa a dos caballeros a lomos de un único caballo que, de manera exotérica, aludiría a la pobreza inicial de la Orden.

- Una mano abierta -posible alusión al número cinco, y por defecto, al pentágono- cuyos dedos señalan hacia abajo, en dirección a la tierra, en contraposición a aquella otra que se localiza en la iglesia de San Lorenzo de Vallejo, cuyos dedos señalan hacia el cielo. El pentágono de la iglesia templaria de San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos, apunta también hacia abajo.

- La cabeza del carnero, posible referencia al signo astrológico de Aries, primer signo del Zodíaco, regido por el planeta Marte; un símbolo eminentemente de carácter enérgico y guerrero. Con relación al Tarot, el símbolo de Aries correspondería con el Emperador o el Papa, y como todos sabemos, los templarios sólo rendían pleitesía a éste último. También el carnero o macho cabrío, se asocia a la figura del diablo, a los ritos oscuros, a los aquelarres... ¿Podría tratarse, en este caso, de una alusión velada al misterioso Baphomet?.

Pero quizás, los símbolos que más motivo de especulación generan entre los investigadores, sean varios localizados en el interior de la iglesia.

Dentro de la considerable iconografía que hacen del interior de la iglesia de Santa María un lugar decididamente especial, sobresalen, como una constante sobrenatural, las contínuas referencias a la figura del demonio, bien en solitario, bien en multitud (capiteles con numerosas caras demoníacas) o bien sufriendo el rechazo de Cristo a un lado, o los tirones de pelo de la santa, al otro.

Estas se localizan, principalmente, en sus laterales, donde pequeñas capillas, semejantes a arcosolios, narran pormenores referentes a pasajes de la vida de santa Juliana, el de la derecha, y de la tentación de Cristo en el desierto, el de la izquierda.

No obstante, es en un capitel del ventanal central situado en el ábside, donde se muestra, bien visible, el motivo más interesante y polémico de todos: aquél que para los historiadores ortodoxos representaría a dos canteros transportando una pesada piedra, bajo la atenta mirada del maestro o del capataz, y en el que, por defecto, los defensores de la teoría templaria identificarían -y he aquí los posibles orígenes de un gran mito- con dos monjes-guerreros, realizando la labor de transportar el Arca de la Alianza, bajo la atenta mirada de un superior, posiblemente el Gran Maestre.

Si hemos de ser lo más objetivos posible, cabe comentar el detalle de que no deja de resultar curioso que el mencionado capitel se encuentre en una zona tan sagrada y no en cualquier otro lugar menos importante del templo, por lo que habría que considerar, en realidad, cuál es el mensaje que quiso transmitir el cantero y la importancia que le quiso dar, situándolo en el mencionado lugar. A éste respecto, sería conveniente añadir la opinión generalizada en algunos círculos, que verían en el Arca -aparte de su poder intrínseco como arma, descrito en la Biblia- otra función de contenedor o depósito de documentos -Gradale-, que atestiguarían el origen del Grial o Sangreal, en la unión de Jesús y María Magdalena y su posterior descendencia.

Porque, si de la zona del altar hablamos, sí podemos localizar, sin demasiado esfuerzo, en un basamento que se encuentra justo debajo de mismo como si fuera una tercera columna, una cruz paté; y aún más abajo de ésta, un motivo que representa agua y dos peces (de nuevo la dualidad). El pez, símbolo del Cristianismo, y el agua, otra posible alusión astrológica, ésta vez al símbolo de Piscis, y apurando, incluso una posible referencia, también, al signo de Acuario.

Recordemos que, según la Astrología, la Era de Piscis coincidió con el nacimiento de Jesús; y fue en ella donde, simbólicamente, nació también el Cristianismo. A la Era de Piscis, dos mil años después, le sucedería la actual Era de Acuario; una Era en la que, según pronostica el Zohar, todos los tesoros celestiales y los enigmas ocultos que durante generaciones no han sido resueltos, se descubrirán...

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En fin, lejos de elucubraciones cabalísticas, de las que, desde luego, no soy ningún experto, y continuando con la búsqueda de más señales que puedan fomentar la teoría templaria, así como algún probable mensaje esotérico hábilmente camuflado, encontramos varios capiteles, cuyos motivos, desde luego, inducen a pensar.
Entre ellos, se encuentra aquél que ofrece una peculiar visión de la lucha de David y Goliath, ambos representados como si fueran caballeros medievales, incluidas las monturas. Goliath, por si la ventaja de su estatura y fuerza no fueran suficientes, lucha a lomos de su caballo, protegido su flanco izquierdo por un escudo y con el espadón en alto, dispuesto a destrozar a un David que, de pie en el suelo, porta un extraño garrote con forma de trompa en su mano izquierda y la honda, armada de una piedra, en la derecha. Ahora bien, en el rostro de ambos, se aprecia un detalle verdaderamente curioso, que puede ser casual, o tal vez no: cejas y nariz están unidas, de manera que forman una tau perfecta.
Como dato relevante, añadir que este símbolo camuflado, ésta aparente tau, se repite en los rostros de los personajes de otros capiteles de cierta relevancia, como, por ejemplo, aquél que hemos comentado y del que algunos piensan como la representación de templarios transportando el Arca de la Alianza.
No deja de ser curioso, así mismo, que cerca de donde se encuentra la representación del combate entre David y Goliath, se encuentre otro capitel de características similares, que también, de hecho, forma parte de lo que podríamos considerar como una de las historias del Camino de las Estrellas, cuya difusión estuvo muy extendida, sobre todo en la zona de Navarra: la lucha del caballero Rolando con el gigante Ferragut. En este capitel, sí se hace evidente quién es quién, a juzgar por la diferencia apreciable que existe en el tamaño de ambos personajes.
Pertenece también a este arcosolio de la izquierda, el que refiere la tentación de Cristo, otro de los capiteles que suscita tanta o más polémica que los anteriores, el cuál representa a tres personajes, de los cuales, el del centro, porta una copa en su mano. Hay quien identifica a este personaje con Perceval -recordemos a Wolfram von Eschenbach, que fue uno de los introductores del mito y quien, de hecho, se refirió a los templeisen, templarios, como los custodios- y la copa, obviamente, con el Santo Grial.
Hacia esta zona miraría, en apariencia, la figura que sobresale de una especie de púlpito, de base pentagonal, situada en un pijalte que se localiza en el arcosolio de la derecha. Figura, no obstante, que si se observa con atención, bien pudiera representar, por las manos cruzadas sobre el pecho y la forma inequívoca de ataúd, una alegoría de la resurrección...¿de Lázaro?, ¿de Jesús?, ¿de los muertos en el día del Juicio Final?.
En fin, sea como sea, no se puede negar que gran parte de la iconografía perteneciente a la iglesia de Santa María, dispone de elementos suficientes como para aventurar hipótesis relativas a mitos en gran medida relacionados con el Temple. Pero, si hemos de ser objetivos, hay que reconocer que no existen los suficientes indicios como para afirmar, con rotundidad, la pertenencia de este templo a la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y sí que parece muy plausible, como en el caso de la iglesia de San Lorenzo, en Vallejo de Mena, haber pertenecido, también, a la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén.

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