jueves, 23 de febrero de 2012

Dos fortalezas templarias en El Bierzo, custodias del Santo Grial de O Cebreiro

'...al lugar de Cebrero. Allí, entre pallozas y construcciones que parecen extraídas de la antigua arquitectura castreña, podremos encontrar la iglesialla que conserva, en la capilla de la nave derecha, el relicario que le sirvió a la autoridad eclesiástica -y, sobre todo, a la orden de Cluny, prontamente establecida por esas alturas- para reclamar este lugar como aquel que Wolfram decía que se encontraba "camino de Galicia" y que custodiaba el Grial por el que se lanzaban a la Demanda los caballeros andantes...' (1)



El Santo Grial. Su sola mención, ya produce escalofríos, encendiendo la mecha para toda clase de hipotéticas conjeturas. Desde su creación, aparentemente en 1118, los templarios siempre se han visto asociados con las grandes reliquias de la Cristiandad. Wolfram von Eschenbach, probablemente perteneciente a la Orden, al igual que Chretien de Troyes, iba aún más allá, al definirlos como los santos custodios de este milagroso objeto de Poder. Si bien es verdad, que nadie sabe exactamente qué es y en qué consiste, la versión más aceptada -y también la más cristianizada- es aquélla que ve en él la copa que utilizó Jesús al instituir el rito de la eucaristía durante la Última Cena y en la que, posteriormente, José de Arimatea recogió la sangre que brotó de su costado a consecuencia del lanzazo del centurión Longinos. Su versión oriental, estaría, así mismo, centrada en la copa de Buda e incluso hay quien va más lejos, afirmando que sería la copa o recipiente contenedora del soma, la bebida sagrada de los shatryas o guerreros místicos hindúes. Sea como sea, no se faltaría a la verdad, si se afirmara que la Península Ibérica -seguramente a consecuencia de su ancestral y dilatada historia- es afortunada receptora de griales. Posiblemente, el más famoso de ellos, y aceptado como el más auténtico de todos, sea el que durante siglos se custodió en el monasterio oscense de San Juan de la Peña y que actualmente se encuentra en la catedral de Valencia. Otro Grial, no menos auténtico, se custodiaría en la catedral de Oviedo, habiendo permanecido un tiempo oculto en el Monsacro asturiano, junto con el arca de las reliquias traídas de Jerusalén por Santo Toribio de Liébana. Pero tan real y auténtico como éstos, es el Santo Cáliz-llamado el Cáliz del Milagro o el Milagro Eucarístico- que se encuentra en el pueblecito lucense de O Cebreiro. Y aquí, a poca distancia de éste, entran en juego la presencia y la finalidad de una de las órdenes religioso-militar de caballería más heterodoxas de la Historia: la Orden del Temple.

Quien acuda hoy al Bierzo, y en concreto al pueblecito de Vega de Valcarse, sólo atinará a encontrar, en lo alto de una escarpada ladera, los restos mellados del castillo de Sarracín. Ahora bien, si pregunta por el castillo de Antares -también llamado de Auctares- comprobará que, aunque nadie duda de su existencia, tampoco podrán darle señas fidedignas del lugar exacto en el que se ubicaba. Y su existencia, es completamente histórica. Dice al respecto, Rafael Alarcón Herrera (2): El castillo de Santa María de Auctares, figura en documento del 17 de noviembre de 1072, en que Don Alfonso VI y su hermana Doña Urraca suprimen el portazgo que se cobraba a todos los transeúntes en el castillo de Santa María de Auctares, en el puerto de Valcarce, entre los ríos Burbia y Valbone, porque son peregrinos que van a rezar a San Jacobo, y no tienen otra protección que Dios y el rey. Y continúa diciendo: hay al menos tres emplazamientos posibles, entre Trabadelo y Ambasmestas, que pudo ser donde se alzó Antares; el más septentrional, "los Castros", junto a Ambasmestas; el siguiente, "los Fuertes", dos kilómetros al sur de Portela; el último, "Aldares" -aproximación fonética a Antares-, un kilómetro al norte de Trabadelo, es el que más posibilidades tiene, porque no parece lógico que tuviesen dos fortalezas en el mismo pueblo, Vega de Valcarce, la de Sarracín y la de Antares...
Ahora bien, si puede parecer ilógica tal circunstancia, la leyenda, cuando no la tradición insiste -y no olvidemos que, según palabras también de Rafael Alarcón, cuando el río de la tradición suena, agua histórica lleva- en que los templarios de ambos castillos -establecidos allí, aproximadamente en 1228- habrían sido los vigilantes del lugar donde se habría realizado el prodigio y cuardado celosamente la prueba: El Cebrero (3).
Dado el interés por los Lugares de Poder, y sobre todo, por las Santas Reliquias, y dado, también, que tanto el alto y el pueblo de O Cebreiro como el cáliz milagroso que se conserva en su sencilla iglesita, eternamente custodiados por la imagen del siglo XII -de la que hablaré en otra entrada, pues no tiene desperdicio tampoco- de Santa María la Real, Patrona de la comarca, bien pudieran haber constituído motivo suficiente para la existencia de dos guarniciones templarias en el lugar. Y más, si tenemos en cuenta que hablamos del paso natural a Galicia, en pleno Camino de Santiago. Y también hablamos, y de eso seguramente puedan dar fe los cientos de peregrinos, de un auténtico Lugar de Poder, como lo definen unos, aunque yo siempre preferiré, por considerarlo más cerca del ánima humana, Lugar del Espíritu.

He aquí, pues, un no tan pequeño enigma sobre el que hipotetizar y polemizar. Ahora bien, el tema, merece la pena. Y el desplazamiento a esos lugares, obviamente, también.





(1) Juan García Atienza: 'Guía de la España griálica', Editorial Ariel, S.A., 1ª edición, noviembre de 1988, página 201.


(2) Rafael Alarcón Herrera: Nota relacionada con el lugar y perteneciente a la ruta por el Bierzo (27 a 29 de enero de 2012), creada y planificada por el autor. En ella, no obstante, se advierte una errata: Doña Urraca no era hermana de Alfonso VI, sino hija.


(3) José Antonio Iglesias Arias: 'Los Templarios en El Bierzo', Ediciones Lancia, 2011, página 29.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Fortalezas templarias del Bierzo: Cornatel



'Había allí dentro una iluminacion tan fuerte como la que dan las candelas de un albergue, y mientras hablaban de unas y otras cosas, salió un paje de una cámara trayendo empuñada por el centro una blanca lanza, y pasó entre el fuego y los que estaban sentados en el lecho. Todos los que estaban allí veían la blanca lanza y el blanco hierro, de cuyo extremo manaba una gota de sangre bermeja. Hasta la mano del paje rodaba aquella gota de sangre bermeja. El muchacho recien llegado aquella noche ve este prodigio, pero se abstiene de preguntar cómo puede suceder tal cosa, porque recordaba la advertencia que le había hecho el caballero que le enseñó y aleccionó a cuidarse mucho hablar. Cree que si lo pregunta lo considerarán necio, y por eso no inquirió nada. Entonces vinieron otros dos pajes llevando en sus manos candelabros de oro fino, trabajando con nieles. Los pajes que llevaban los candelabros era muy hermosos. En cada candelabro ardían diez candelas por lo menos. Una doncella, hermosa, gentil y bien ataviada, que venía con los pajes, sostenía entre sus dos manos un grial. Cuando hubo entrado con el grial que llevaba surgió tal resplandor que al instante perdieron su claridad las candelas, así como les ocurre a las estrellas cuando se levanta el sol o la luna...' (1).


A diferencia de Ponferrada, en una de las torres del castillo de Cornatel, ondea el estandarte o bauceant del Temple. Si no fuera porque prácticamente se encuentra en ruinas, el viajero que llega allí por primera vez, pensaría que en Cornatel, más de setecientos años después de su disolución, la guarnición templaria aún no se ha rendido. Y podría ser cierto, después de todo, que hubo una resistencia a la extinción; una resistencia, persistente y enconada, si se me permite decirlo, en cuanto a desaparecer definitivamente de la memoria colectiva de los pueblos de alrededor. Después de todo, no hemos de olvidar, ni por un instante, que estamos en El Bierzo. Y El Bierzo fue, es y probablemente seguirá siendo en el futuro, tierra eminentemente templaria.

Del origen de este castillo, conocido incluso en tiempos del Temple como Castelo de Ulver, existen diversas teorías, aunque la más aceptada, probablemente, sea aquella que sugiere que éstos orígenes se localizan en un antiguo puesto fortificado romano, cuya guarnición tenía como misión, evidentemente, la vigilancia del paso hacia las minas de oro de Las Médulas. Si bien después del abandono romano y en época visigoda el lugar pasa a ocupar un irrelevante y segundo plano, vuelve a retomar su importancia estratégica como posición defensiva, durante la Reconquista.

No se sabe la fecha exacta en que la Orden del Temple tomó posesión del lugar, aunque sí se conoce que el castillo de Ponferrada les fue donado en 1211, por el rey Alfonso VI. La presencia de la Orden, no obstante, sí aparece recogida en el Cartulario de San Pedro de Montes, con fecha de 1228, constatándose su presencia ininterrumpida en el lugar, hasta su disolución en 1312.

Situado dentro de la demarcación territorial de Priaranza del Bierzo -a la salida de ésta población, como ya vimos en la entrada anterior, Víctor Lobao 'Rixo' (según dato facilitado por Maese Alkaest) y los alumnos del taller artístico de Priaranza, recuerdan esta presencia con la figura custodia de un monje guerrero del Temple labrado en un árbol-, su posición resulta interesantemente estratégica, no sólo, como hemos dicho, porque vigila el acceso a las minas de Las Médulas, sino porque también forma parte de varias fortalezas situadas en las inmediaciones de Galicia -no olvidemos ni por un instante, el gran fenómenos espiritual y económico que supone el Camino Jacobeo-, así como de lugares ricos en mitos y tradiciones ancestrales. Uno de los ejemplos más relevantes, lo tenemos algunos kilómetros más allá, una vez dejadas atrás las poblaciones de Santalla y San Juan de Paluezas, dentro del término municipal de Carucedo, siguiendo la carretera que se adentra en Ourense por O Barco.

Visto desde Cornatel, el lago de Carucedo -precisamente aquél que se supone formado por el agua empleada por los romanos para extraer el oro siguiendo una técnica denominada como ruina montium y que debastó lo que hoy día conocemos como Las Médulas, y en el que también hemos de situar dos extraordinarias leyendas, como aquélla que basa su origen en las lágrimas derramadas por la Xana Carisia, que anegaron la ciudad de Lucerna o aquélla otra que, basándose en un castigo divino, sepultó bajo las aguas el fértil valle sobre el que asentaba el monasterio de Carucedo- parece un ojo imaginario de magnéticas tonalidades celestes, capaz de contener secretos ancestrales. Sin duda, un lugar mágico para unos vigilantes de lo mágico.

Por otra parte, y con probabilidad debido a lo heterodoxo de su misteriosa existencia, el Temple continúa siendo un fenómeno de masas que atrae, como un imán irresistible, la atención y el interés popular hasta niveles exhorbitantes. El castillo de Cornatel, declarado Bien de Interés Cultural el 22 de abril de 1949, no ha escapado, en modo alguno, a esa atención y, aparte de las ocasionales visitas turísticas, cuenta con un festejo tradicional, en forma de mercado medival denominado Villa de Cornatelo, así como con una asociación de índole cultural, denominada Los Caballeros de Ulver, cuyo proyecto fue impulsado en el año 2008 por las asociaciones Baucan y Templespaña, en colaboración con el Ayuntamiento de Priaranza del Bierzo. También fue el escenario romántico utilizado en 1843 por el escritor berciano Enrique Gil y Carrasco para situar una de sus pirncipales novelas: El Señor de Bembibre.

Quizás los templarios de Cornatel no custodiaron nunca el Santo Grial, ni realizaron ceremonias como las descritas por Chrétien de Troyes, como la que prologa la presente entrada. Pero sí es cierto, que hubo fortalezas en las cercanías, ocupadas por los templarios, que sí miraban con especial atención a un lugar netamente griálico. Pero esto, ya lo veremos en una próxima entrada.

Por el momento, baste sólo decir que, a fin de cuentas, existe vida en Cornatel. Ah, y un detalle curioso, probablemente intrascendente, pero que merece la pena ser consignado: a la vista está el pueblecito de Villavieja, distante, aproximadamente, un kilómetro. Villavieja se llama también, en la actualidad, a la zona más antigua de Ucero, en el Cañón del Río Lobos, y a las ruinas, apenas irreconocibles, de su antigua iglesia. Tanto a la iglesia en ruinas, como a una Virgen sedente y románica que se conserva en la parroquial de San Juan Bautista, se las denomina así: de Villavieja. Téngalo en cuenta quien quiera.




(1) Chrétien de Troyes: 'El cuento del Grial', Ediciones Orbis, S.A., 1982, páginas 79-80.




jueves, 9 de febrero de 2012

El Caballero Templario de Priaranza del Bierzo

Un Guerrero de la Eternidad, que monta guardia en su garita arbórea, protegiendo con sus armas el camino hacia el castillo de Cornatel, el desvío hacia Las Médulas y el lago encantado de Carucedo, en cuyas aguas, al decir de las leyendas, mora la Xana Carisia. Sobre su pecho y su hombro, luce la cruz paté, de color rojo, símbolo del martirio. Sus manos, portadoras de guanteletes de duro fierro, se aferran con fuerza al pomo de su larga espada. Es un Milites Christi; un Soldado de Dios; un Caballero Templario.

Para un amante del Temple y sus misterios, El Bierzo es un lugar ideal; una región henchida de Historia, Mitos y Leyendas, que no olvida la importancia que la Orden tuvo en el lugar; de hecho, aparte del castillo de Ponferrada, es difícil resistirse a la tentación de visitar otras fortalezas de los fratres milites que, aunque de menor importancia, no dejan de ser significativas en la actualidad, aún siendo meros muñones sobre un terreno henchido de espiritualidad: Cornatel, como he dicho, Sarracín, Corullón, Balboa... Fortalezas defensivas localizadas en puntos clave de un territorio eminenentemente mágico, al que la heterodoxa filosofía del Temple no podía renunciar.

Situado en un pequeño parque a la salida del pueblo, allí donde la curva se cierra como un puño en dirección a Santalla, el árbol que alberga ésta magnífica escultura -en otro momento y lugar, hablaré de esa curiosa afición berciana a conjugar el arte del escoplo en los troncos moldeables de los árboles- paradójicamente, suele pasar muy desapercibido. De hecho, nosotros recorrimos varias veces esa carretera, en una y otra dirección, y no lo vimos. Tuvimos que buscarlo y después de internarnos en el pueblo, preguntar por él.

Por encima del monje guerrero, aparece, perfectamente delimitada, una estrella de David o Sello de Salomón, que infiere al conjunto su mágico esoterismo. A ella se unen, con la fuerza de lo capicúa, dos curiosos números: el 13 y el 31. El 13, dentro del hexágono, posiblemente, señala la fecha en la que el pérfido rey francés, Felipe el Hermoso, dio vía libre a su cruzada y ordenó el prendimiento de los templarios y la confiscación de todos sus bienes. Además, fue viernes. Quizás por eso detalle, son muchos los que piensan que de aquí deriva esa leyenda de mala suerte que arrastran los viernes trece. Acerca del 31, reconozco que en este momento no se me ocurre nada. Pero sí propongo un pequeño acertijo por si alguien quiere intentar desentrañar el significado que el autor quiso exponer. Tal vez es la clave de un versículo de uno de los textos sagrados. Quién sabe.

Sólo una cosa más: sumados dígito a dígito, dan un número relevante en el mundo de la simbología y de la arquitectura templaria: el 8.




domingo, 5 de febrero de 2012

Manjarín, una encomienda templaria en el Camino de Santiago

'No deberías contar historias de fantasmas -me dijo el peregrino loco después de leer por encima de mi hombro la historia de una peregrina del siglo XIX que afirman se aparece a otros peregrinos en las inmediaciones de Mansilla de las Mulas...' (1).

Si tomamos como referencia, la ruta que desde Astorga se dirige a Ponferrada, y más allá aún de éste importante enclave templario, a Villafranca del Bierzo y Corullón, adentrándose en la provincia de Lugo por Piedrafita do Cebreiro y el alto que lleva su nombre, tendremos la oportunidad de recorrer algunos de los lugares más emblemáticos de ese camino de iniciación, repleto de simbología y anécdotas, que es el Camino de Santiago. Según uno va dejando atrás la Maragatería para adentrarse en El Bierzo, no tardará en aprehender la particular idiosincrasia de los lugares que va atravesando. En Castrillo de los Polvazares, es posible que vea al pícaro entrado en años mendigando unos monedas al son de los acordes de su guitarra, que acompañan coplillas inventadas sobre la marcha tomando como referencia a los turistas y peregrinos que entran en la ciudad, seguramente con la intención, no sólo de visitar un típico pueblo maragato sino, también, de degustar y reponer fuerzas con su famoso y extraordinario cocido. De allí, apenas le separan algunos kilómetros de un curioso pueblecillo cuyo nombre, El Ganso, le hará sentirse partícipe de un juego estrechamente ligado al Camino de Santiago: el de la Oca. Sólo seis kilómetros más adelante, pisará un pueblo, Rabanal del Camino, de antiguas y profundas raíces templarias, en el que sobrevive la iglesia de los freires y también la que fuera su antigua casa, reconvertida hoy día en albergue de peregrinos. El peregrino precavido y amante de la tradición, llevará su piedra preparada, porque en el siguiente pueblo y según mandan los cánones, deberá depositarla en el enorme monxoi que sirve de base a la Cruz de Fierro o Ferro: Foncebadón. Es este, un pueblo de tradición brujeril, apenas habitado en la actualidad, pero en el que podrá tener un primer contacto con el mundo celta de las pallozas, degustar buenas comidas caseras, basadas en recetas medievales, en la Taberna de Gaia -en el escudo, observará una cruz roja y una oca- y descansar, si el cansancio o la noche se le echan encima, en el novísimo hostal -ambos situados a pie de carretera- en cuyo frente observará, así mismo, otro de los símbolos que con más frecuencia se encontrará en su camino: la pata de oca. A las afueras del pueblo, y ascendiendo la cuesta de la carretera, alcanzará, no sin esfuerzo, la llanura donde se asienta la Cruz, y una vez depositada su piedra, tal vez dedique unos minutos a orar en la puerta de la ermita de Santiago Apóstol -de construcción moderna y propiedad del Centro Gallego de Ponferrada- o quizás, por el contrario, dejé grabado en las piedras de sus laterales, según parece ser costumbre, un graffiti con su nombre y la fecha de cuando pasó por allí. El siguiente pueblo, situado, aproximadamente, unos ocho o diez kilómetros más adelante, seguramente le haga estremecer, pensando que se encuentra solo en medio de la nada. Se trata del pueblo abandonado de Manjarín.





Según las características del tiempo en que se desplace, verá quizás una trémula mortaja blanca, cubriendo los muñones de unas casas derruídas por el tiempo y el abandono, y al leer el nombre -Eva- que figura en el centro de la cruz de piedra, de características monxoi por la pequeña pirámide formada por su base, que se localiza a la izquierda, al principio del pueblo, sienta curiosidad por saber quién fue la susodicha Eva o, por el contrario, se estremezca involuntariamente, dejando que su mente comience a barajar una historia de fantasmas, similar a la mentada por Grian, referente a aquélla peregrina del siglo XIX fallecida en el Camino, que se aparece a los peregrinos, es de suponer, que para otorgarles su ayuda sobrenatural. Algunos metros más adelante, siguiendo la carretera, y casi llegando al término del malherido pueblo, observará un curioso chamizo a su derecha, de aspecto desenfadado y chabolario en parte, en el cuál, además de los carteles con el nombre del pueblo, verá otro que dice, textualmente, Encomienda Templaria, y debajo, la conocida máxima de los freires milites, non nobis, Domine. Y de hecho, a juzgar por las numerosas cruces, tanto taus, como patés, como patriarcales o como de doce beatitudes, tendrá, por un momento, la impresión de que los viejos hospitaleros templarios han resurgido de las cenizas históricas, para continuar, entre otras, una de sus funciones más sagradas y, exotéricamente hablando, por las que se creó la Orden, allá por el oficioso año de 1118: la atención y auxilio al peregrino. Otro cartel, éste situado en el frente pétreo de la vieja casona, le dará la bienvenida y le informará, también, de que en ese lugar, se sellan las credenciales. El sello, de forma intencionadamente octogonal, reproduce una cruz tau por encima de la cruz de Ferro de Foncebadón, a cuyos lados se pueden apreciar las palabras NON NOBIS, en mayúscula. Alrededor del sello, se puede leer, así mismo, lo siguiente: Encomienda Templaria de Manjarín-León. Una Luz en el Camino.


Tampoco ha de resultar extraño si, alertado por los ladridos de los perros o avisado por el toque de la pequeña campana que cuelga junto a la puerta, y en la que se puede apreciar grabado un Cristo en un comparativo y cátaro estado de éxtasis, sin cruz, y por tanto ajeno a su sufrimiento -una representación similar, recordará el peregrino que se localiza en uno de los desgastados capiteles de la galería exterior de la ermita de planta octogonal -otra vez el octógono- de Santa María de Eunate- un curioso personaje, cual aparición medieval, le recibe ataviado con el hábito del Temple. Se trata de Frey Tomás. Yo no tuve el gusto de conocerle personalmente, porque el día que estuve, casualmente, había salido y en la encomienda tan sólo estaban un ayudante y una joven, a la que apenas vimos durante unos segundos, pero, no obstante y gracias a Rafael Alarcón (2), puedo añadir algunos datos complementarios. Por ejemplo, que Frey Tomás había sido un contumaz sindicalista, afiliado a la ORT (Organización Revolucionaria de Trabajadores) cuya línea de pensamiento estaba basada en la línea comunista maoísta. Afirma, según los datos proporcionados por aquél, que fue en una librería de la Liga Comnista Revolucionaria donde encontró un libro -cuesta creerlo, pero no deja de ser algo más que un axioma que los caminos del Señor son imprevisibles- sobre los templarios, que despertó en él algo más que interés. En 1986, se echó al Camino desde León, siendo, nada menos que en el castillo de Ponferrada donde, siempre según él, escuchó la llamada interior; quizás una llamada similar a la que muchos otros, siglos antes que él, escucharon también, y que les indujo a hacer de estos infinitos montes bercianos, un auténtico Logos del eremitismo. No olvidemos que en estos -sí, pluralizo- Valles del Silencio el fenómeno eremítico fue tan fructífero, como fructíferos son sus recuerdos, y cómo no, sus numerosos secretos. El caso es que, resumiendo, Tomás Martínez, nuestro Frey Tomás, abandonó su hogar dos años después y no obstante numerosas pruebas y vicisitudes -lanzo aquí el guante a mi querido amigo y Magister, don Rafael Alarcón para que nos deleite con la historia de éste templario moderno- en 1993 se instaló aquí, en Manjarín, ofreciendo hospedaje y ayuda a todo aquél que lo necesite. Pero como él mismo afirma, y así lo ratifica un cartel que se localiza en el interior de la casa, este refugio no tiene subvenciones, necesita tu ayuda. De modo que, curiosos y peregrinos, no lo olvidéis: no sólo el respeto a una encomiable labor -independientemente de otros esoterismos- sino también una pequeña ayuda material son igualmente necesarias, para que algo humano y muy loable, continúe una labor gratificante que, estoy seguro, más de uno agradecerá, en esas durezas y soledades del Camino.


Una anécdota final: aún recuerdo la cara de asombro del Magister Alarcón cuando, entre docenas de recortes de periódicos, localizó una lámina en la que, esmeradamente pintadas, se recogen los numerosos tipos de cruz utilizados por el Temple, reunidos pacientemente por él en su magnífico libro A la sombra de los templarios (3).


Tenía que decirlo, Magister, pues ya sabes que tengo por costumbre dar siempre al César lo que es del César. Por otra parte, como sabes o imaginas, el honor de la aventura, fue siempre mío. Sí quisiera terminar, no obstante, para que nadie juzgue a la ligera, con unas inolvidables palabras de Rafael: El refugio de Manjarín se ha constituído como monasterio y sus pobladores siguen las pautas de la vida monástica. Además del labora, no olvidan el ora, que practican con tres rezos diarios..






(1) Grian: 'El Peregrino Loco', Ediciones Obelisco, S.L., 1ª edición, febrero de 2006, página 59.


(2) En realidad, si no hubiera sido por él, que planificó meticulosamente la ruta, como siempre, no hubiera sabido nada de Frei Tomás y su Encomienda Templaria. Ni tampoco de los numerosos datos biográficos que me proporcionó y de los que, pretendiendo no abusar de su amistad y confianza, tan sólo he transcrito algunos necesarios para la continuidad de la presente crónica.


(3) Rafael Alarcón Herrera: 'A la sombra de los templarios', Ediciones Mártínez Roca, S.A., 3ª edición, octubre de 2004, página 271.