miércoles, 22 de diciembre de 2010

Enigmas templarios de San Pedro Manrique

Situada en las Tierras Altas sorianas, al comienzo, podríamos decir, de esa Ruta de las Icnitas, que va aún más allá de localidades como Villar del Río o La Cuesta –en tiempos en este despoblado se conservaba un lienzo con fama de auténtico, del Santo Rostro, misteriosamente desaparecido en la actualidad- se interna en una tierra también mistérica, como es La Rioja, San Pedro Manrique aún mantiene celosamente guardados gran cantidad de enigmas históricos, entre los que no faltan, desde luego, referencias al Temple, como iremos exponiendo a continuación.
Famosa, no obstante, por el espectacular Paso del Fuego en la noche de San Juan y la también famosa tradición de las Móndidas –o referencia al tributo de doncellas que los cristianos debían de pagar a los moros, tradición que se repite en numerosos lugares de afinidad templaria, como por ejemplo, Villalcázar de Sirga, donde, junto con las doncellas aparece otro elemento simbólico, como son los toros- nuestro recorrido comienza en la cúspide de un empinado cerro, situado a un kilómetro aproximadamente de la población.
Allí, como descarnados despojos de un misterio histórico, y hasta cierto punto atemporal, aún pueden verse las ruinas de lo que la tradición se afana en calificar como de que fue convento templario: San Pedro el Viejo.




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A mitad de cuesta, aproximadamente, una cerca de alambre delimita el acceso a las ruinas, donde todavía se aprecia, milagrosamente en pie, el enhiesto obelisco que en tiempos constituyó su robusta torre. Hablamos de un edificio, que habría que situar en las postrimerías del siglo XII o comienzos del siglo XIII y que, a juzgar por los restos de edificaciones que aún ser conservan, debió de gozar de cierta importancia. Por los restos de excrementos que cubren el suelo del malogrado ábside, resulta fácil adivinar que su destino –como el destino de tantos otros conjuntos históricos y artísticos de la época, tanto de la provincia como de otras provincias- ha servido, y continúa sirviendo en la actualidad como refugio ocasional del ganado; en este caso, ovino principalmente.
Aguzando la vista y con bastante dificultad, también es cierto, aún se pueden distinguir restos de las pinturas que decoraban el interior de éste; y entre ellas, dos caballeros enfrentados. También se aprecian, perfectamente delimitados, varios graffitis, entre los que destaca un enigmático símbolo de origen celtíbero: el Indalo. Causalidad o no, la zona fue un hervidero celtíbero –pelendones- en tiempos, generando gran parte de los guerreros que nutrieron a la asediada Numancia, cuyas ruinas se localizan a menos de una veintena de kilómetros de distancia.


Las ruinas de la iglesia de San Miguel


Hablar de la malograda iglesia de San Miguel, conlleva hacer referencia a ese lenguaje goético y notablemente indescifrable, que resume una auténtica revolución artística que dejó pequeños, incluso en simbología, a los más grandes templos románicos. Adosado al cementerio, y situado en la parte alta de la ciudad, varios son los caminos que conducen hasta éstas ruinas, cuyo punto de inflexión se resume en una sola palabra: misterio.


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No muy lejos, sobrevive una de las antiguas puertas que se levantaban en las murallas que circundaban la ciudad en la Edad Media. Se accede a ella, a través de una calle que, causal o casualmente, lleva el nombre de Rochela, la cuál, en mi opinión, podría hacer referencia a uno de los principales puertos de amarre de la flota templaria en el Atlántico: La Rochelle.

Causal o casualmente también, la iglesia de San Miguel y el cementerio se localizan en el mismo camino, aunque en el lado opuesto, del Recinto del Fuego y de la ermita de la Virgen de la Peña: Virgen milagrera y de connotaciones negras, bajo cuya advocación suele situarse -causal o casualmente- la presencia del Temple. Como ejemplo, se podrían citar los santuarios de la Virgen de la Peña de Sepúlveda y Calatayud.

Entre el simbolismo aplicado a la arquitectura que aún se puede apreciar en las ruinas de éste finiquitado templo, destacan los enormes pilares centrales, que en número de tres, se expanden hacia el techo conformando a la perfección las ramas de una palmera, árbol de connotaciones esotéricas -un buen ejemplo de ello, lo tenemos en la misma provincia de Soria, en la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga- cuya hoya suele estar asociada al martirio -a los templarios, simbólicamente, también se les consideraba mártires de Dios- siendo portada en la mano de numerosos santos y santas.

Con respecto a la simbología contenida en los modillones que sirven como nexo de unión de las nervaduras del bajo techo adosado a la nave central, constituye, en sí misma, una genuína alusión a la geometría sagrada (1), cuando no también una posible referencia alquímica, como me comentó en su día una inestimable amiga licenciada en Arte (2).

El Recinto del Fuego y la ermita de la Virgen de la Peña

Aunque no se puede afirmar que éste mundialmente conocido ritual de la Noche de San Juan, tenga unas reminiscencias templarias, sino más bien una base ancestral y de probable origen celtíbero, sí se puede comentar la predilección que éstos parece que han sentido siempre por instalarse en lugares donde, de alguna manera, ha pervivido una presencia cultual anterior, detectada bien sea mediante la tradición oral o escrita asociada a un determinado pueblo o colectivo, o bien en forma de restos de antiguas cosmogonías, como pueden ser templos, cuevas o complejos megalíticos.


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Del románico original de la primitiva ermita de la Virgen de la Peña, apenas queda huella, si exceptuamos una sencilla portada de tres arquivoltas y apenas labra. No obstante, adosada a ella, de forma que semeja un pequeño coliseo, el Recinto del Fuego, en cuyo centro se apila leña -roble, árbol sagrado de los celtas, para ser exactos- que, una vez consumida por las llamas y reducida a ascuas candentes, constituirá la senda por la que tendrán que pasar los mozos con los pies descalzos y, en muchas ocasiones, con una persona sobre sus espaldas.

Puedo asegurar, por haberlo vivido, que el calor que desprende la hoguera, aún a varios metros de distancia, no sólo es impresionante, sinto también insoportable. Así mismo, que los pasadores lo recorren sin sufrir daño alguno en la planta de sus pies, salvo en raras excepciones y por regla general, motivado por la imprudencia.

Otro posible nexo de conexión, podría ser, como ya he mencionado, el tema legendario de las Móndidas; o lo que es lo mismo, el tributo en doncellas que los cristianos tenían que pagar a los árabes para su salvaguarda y que, de similar manera a como ocurre en otros lugares asociados al Temple, como Villalcázar de Sirga, éstos, los cristianos, se libraron de tan execrable práctica por intercesión de la Virgen.

Paralelismos que, retornando al tema de lo causal o lo casual, bien considero que merecen tenerse siempre en cuenta.

(1) Con respecto a este tipo de simbología y su relación con numerosas marcas de cantero, recomiendo la lectura del libro de Xavier Musquera, 'Ocultismo Medieval', Ediciones Nowtilus, 2009.

(2) Teresa Hernández Benito, quien, de manera inapreciable, me comentaba una posible transmutación simbólica de la rosa en la rueda de los rosetones góticos.

lunes, 13 de diciembre de 2010

El Espino: ¿un pueblo de origen templario en la serranía soriana?

'Este pueblecito se halla actualmente en trance de despoblación. Nos ofrece dos enigmas: el primero es su mismo nombre: El Espino. Nos dice Charpentier que las encomiendas templarias se situaban en Francia muy a menudo en las proximidades que se llamaban, o pasaban a llamarse, la Espina o el Espino. Este símbolo parece tener un origen alquímico aunque su más inmediato antecedente lo tendríamos en las leyendas celtas de Irlanda. La cercanía de las ruinas de San Adrián -de muy posible adscripción templaria- podrían confirmar esta idea. El otro dato interesante es la existencia de una ermita de San Bartolomé. Santo éste perteneciente a la nómina de los santos mistéricos...'.
[Antonio Ruiz Vega (1)]

Renieblas, Narros, Suellacabras...y a una distancia de apenas cuatro kilómetros, en las postrimerías de un lugar sin duda emblemático y mistérico, como es la Sierra del Madero, un pueblecito a punto de desaparecer: El Espino. Si hemos de creer los datos proporcionados por la wikipedia -desde luego, no siempre fiables- éste pueblo contaba, en 1842, con casi un centenar de habitantes. La primera y única vez que estuve, hace aproximadamente dos años, apenas llegaba a cinco. Tal vez por eso, así como porque los abusos y los robos en los pequeños núcleos rurales están a la orden del día, el único habitante con el que me topé durante mi excursión, no se mostró todo lo cordial que cabía esperar.
No es casualidad que haya utilizado parte del artículo de Antonio Ruiz Vega a modo de introducción, pues fue gracias a él como entré en conocimiento de los pueblos mencionados, constatando en parte, como una sombra apenas soslayable, una más que probable presencia templaria en la zona.

En Renieblas, apenas queda rastro del impresionante cementerio medieval, que le dió -independientemente de la visita y las investigaciones de Adolf Schulten- cierta fama. Pero aún es posible vislumbrar -previsoramente encajadas al suelo con cemento- algunas interesantes estelas funerarias, que muestran, además de motivos solares, la más conocida de las cruces utilizadas por el Temple: la cruz paté.

Se puede vislumbrar también, aunque bastante desgastado por la acción del tiempo, ese pequeño escudo que Xavier Musquera -extraordinario investigador, lamentablemente fallecido en diciembre de 2009- identificaba con un caballero templario (2). No muy lejos de donde se localiza éste, y como confirmando una presencia de la que poco queda, salvo la persistencia de los recuerdos y la tradición, se encuentra la Calle de los Templarios, perpendicular a la carretera general que atraviesa el pueblo, muy cerca, igualmente, de la Plaza de los Peregrinos.

Su iglesia, bajo la advocación de Nª Sª de la Cruz -existe una talla gótica en madera policromada en su interior- es del siglo XVI, aunque es muy probable que sus inicios fueran románicos, utilizándose incluso materiales procedentes de las cercanas ruinas de Numancia. Aparte de una curiosa talla de Santa Ana, que preside el Retablo Mayor, llaman la atención unas pinturas -probablemente góticas- situadas al fondo de la nave, junto a la pila bautismal, que representan a uno de los santos predilectos del Temple, bautizando a Jesús en las aguas del río Jordán: San Juan Bautista.

De todo cuanto digo acerca de Renieblas, recomiendo el visionado de la entrada Los fascinantes enigmas de Renieblas.

A una decena de kilómetros, aproximadamente, y en dirección a la localidad de Suellacabras, nos encontramos con el pueblecito -bastante importante en la Edad Media, si hemos de fiarnos por la gran cantidad de escudos nobiliarios que adornan las fachadas de sus casas- de Narros.

Pueblo de antiguos mesteros, sus referentes, en cuanto a templos se refiere, se localizan en la ermita de la Virgen de la Soledad, situada a las afueras, así como en la iglesia parroquial de San Juan Bautista -otra vez volvemos a encontrarnos con este santo de especial preferencia templaria- a la entrada del pueblo. En los campos que separan la ermita de la iglesia, se localizan numerosas crucetas de piedra.

El pueblo de Narros cuenta, entre otras reliquias del pasado, con una losa funeraria, en cuyo anverso se aprecia una cruz, del tipo paté, estando su reverso decorado con una sucesión de círculos concéntricos. En la época del artículo de Antonio Ruiz Vega -1980- se encontraba situada al lado mismo de la carretera. En la actualidad, y por evidentes motivos de seguridad, se localiza en la Plaza Mayor, junto a la fuente, fijada al suelo con cemento. La siguiente población, distante seis kilómetros de Narros, es Suellacabras, otro pueblo no exento de interés y de reminiscencias mesteras también, como su nombre deja entrever.

Aparte del simbolismo subyacente en los numerosos símbolos labrados en los dinteles de muchas de sus casas, merecen especial atención las ruinas del antiguo cenobio de San Caprasio, un santo de mistéricas connotaciones, que tiene otro referente peninsular en el pueblecito leridano de Santa Cruz de la Serós, situado en pleno Camino de Santiago, a escasa distancia del viejo monasterio de San Juan de la Peña.

En estado bastante deplorable, algunas de las casas de El Espino muestran similares símbolos en los dinteles; símbolos entre los que, aparte de los nombres de los propietarios, el año de edificación -siglo XVII- y alguna que otra custodia, se divisa también, rondando en el tiempo, la clásica forma de la cruz paté utilizada por los templarios. Dentro del pueblo, y situada junto a las últimas casas colindantes, la iglesia permanece cerrada a cal y canto. El exterior no ofrece ninguna información reseñable, salvo el detalle de un génesis románico, rural y algo tosco, cuya estructura se ha visto considerablemente modificada a lo largo de los siglos. Los canecillos del ábside están lisos, completamente mudos y sin ofrecer una pista simbólica que pueda sugerir alguna hipótesis con la que trabajar, a excepción del detalle, en parte revelador, del santo bajo su advocación: San Bartolomé.

En las cercanías, las ruinas de San Adrián mantienen vigente la tradicional coletilla fue de templarios; y no muy lejos, se localizan también los restos del despoblado de Masegoso y el castro celtíbero de los Castillejos. Este último, podía responder perfectamente a las hipótesis que mantienen la predilección que el Temple tenía por instalarse cerca de asentamientos de culturas anteriores. Y con respecto a Masegoso, circula la leyenda -muy común a numerosos lugares, entre ellos la leyenda de Valdecea, en el Cañón del Río Lobos- del pueblo envenenado.

Pero quizás, y para complementar la hipótesis de Charpentier, adoptada por numerosos investigadores, añadir que, a vista de pueblo, aunque en las afueras, al otro lado de la carretera general, se encuentra la ermita de la Virgen del Espinar. Por supuesto, también cerrada a cal y canto.

También en las proximidades, y siguiendo la denominada Ruta de los Torreones, dos poblaciones invitan a especular por los restos y las leyendas referidas a gigantes, moras encantadas y templarios, que corren de boca en boca entre los lugareños: Trébago y Magaña. Y aún más allá de éstas, en las denominadas Tierras Altas, San Pedro Manrique, con su ancestral culto al fuego, las Móndidas, las ruinas de San Miguel y esas otras interesantes ruinas que, según la tradición, formaban parte del convento templario de San Pedro el Viejo. Pero todo esto, formará parte de otra historia.

(1) Revista Mundo Desconocido Nº53, noviembre 1980. Antonio Ruiz Vega: 'La Sierra de los 7 Infantes', página 42.

(2) Xavier Musquera: 'La aventura de los templarios en España', Editorial Nawtilus.


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miércoles, 1 de diciembre de 2010

¿Hubo templarios en San Martín de Elines?

He aquí, aunque simple, una pregunta de difícil respuesta. Si bien en numerosos lugares de la Península, la huella de los fratres milites del Temple, aunque sombría y escasamente documentada, ofrece al menos pistas simbólicas cuando no tradicionales, que aventuran hacia una certeza más o menos fundada de su presencia, el tema se complica, no obstante, de gran manera, cuando se hace referencia a la Cornisa Cantábrica. Es cierto que no debemos pensar en la cruz paté -posiblemente, el tipo de cruz más común de todas las utilizadas por la Orden- como en un tipo de cruz que denote una exclusividad propia y legítima, que permita aseverar, sin ningún género de duda, que tal objeto o tal lugar, les perteneció; es cierto, también, que este tipo de cruz se utilizó igualmente para la consagración de iglesias, antes de la creación e incluso mucho tiempo después de la supresión del Temple, como demuestran, por ejemplo, las cruces de consagración que se encuentran en la ermita de San Miguel de Gormaz, provincia de Soria, datadas por los expertos, al igual que las pinturas, aproximadamente en el siglo X; o aquellas otras, localizadas tanto en el interior como en el exterior de numerosos templos -algunas pintadas- cuya modernidad, en muchos casos, salta a la vista. Ahora bien, cuando se encuentran en cierta cantidad, no sólo en sarcófagos que reposan en el claustro de un edificio sacro situado en plena ruta del Camino de Santiago -detalle significativo-, sino también en la fachada de un edificio cercano, muy cercano, se abre, en mi opinión, la legítima oportunidad de mantener una sospecha o, en su defecto, hacerse la pregunta que sirve de título a la presente entrada.
Sabemos que en el lugar donde se levanta ésta, una de las cuatro magníficas colegiatas con que cuenta la Comunidad Autónoma de Cantabria -las de Cervatos, Castañeda y Santillana, serían las tres restantes- se levantaba un cenobio anterior, de probable origen mudéjar, a juzgar por los escasos restos que han sobrevivido a nuestros días. Sabemos, también, que la documentación referente a ésta colegiata de Elines, es desesperantemente escasa, siendo numerosos los enigmas que, sin embargo, en la forma de detalles y símbolos, conforman un auténtico reto para el investigador. También sabemos, que se especula con la fecha de 1102 y que la colegiata de Santa María de Elines, está considerada como una de las más antiguas de Cantabria, encontrándose emplazada en la cercanía de una importante zona eremítica, siendo la más reseñable, por importancia, la ermita rupestre de Santa María de Valverde, actualmente convertida, poco más o menos, que en un parque temático. Igualmente, sabemos que cuenta con un pequeño claustro, ajardinado a la manera de los patios cordobeses, por hacer una comparación, y que en éste, algunos sarcófagos de cierta calidad indican que allí recibieron sepultura hombres notables, incluido el que permanece en solitario en el centro del jardín y que, probablemente, perteneciera a alguno de los priores o abades más representativos del lugar.
Por otra parte, hay que reseñar, que no todos los sarcófagos pertenecen a la colegiata, sino que algunos fueron traídos de fuera, de otros lugares en ruinas y poco menos que olvidados, cuyas referencias no supo decirme la persona que hace de guía, o si lo mencionó, mea culpa, no tomé notas en ese momento y lo he olvidado.
Varios de estos sarcófagos, y creo que puede ser un dato relevante a tener en cuenta, además de mostrar, excepcionalmente labrada la cruz o las cruces paté, muestran, también, un símbolo eminentemente guerrero sin excepción: la espada. Símbolo que, si hemos de considerar las aseveraciones de un auténtico especialista en la materia, como fue Xavier Musquera (1) este símbolo, localizado en cierta lápida que se encuentra en el suelo del claustro del monasterio de Santa María de Valdediós, anexo a la famosa iglesia prerrománica de San Salvador, o el Conventín, en Villaviciosa, Asturias, señalaría la tumba de un caballero templario fallecido. A este respecto, y sobre la importancia de la espada en determinados ritos, no sólo de imposición, sino también iniciáticos, recomiendo la lectura de una extraordinaria y a la vez curiosa novela -sí, he dicho novela- de un enigmático escritor alemán de origen judío, Gustav Meyrinck, que lleva por título El Dominico Blanco (2).
También es reseñable, y volvemos al claustro de la colegiata de Santa María de Elines, un sarcófago de excelente manufactura, que permanece en una sala contigua al claustro y al pórtico de entrada de la iglesia. Luce un complejo decorado, compuesto por motivos entrelazados, distribuidos a derecha e izquierda de lo que bien pudiera considerarse un báculo o bastón, aunque no termine la forma de éste, cuando menos, en la característica y reseñable espiral. En los laterales, como simulando la galería porticada afín a numerosos templos románicos -representativa, según se supone, de las puertas de Jerusalén- está decorado con numerosos arcos altos y estrechos.
Ahora bien, la pieza indiscutible de la magnífica colección de sarcófagos que se pueden apreciar en este genuina lugar, lo constituye el llamado sarcófago del Caballero Peregrino, similar, en cuanto a misterio de identidad se refiere, a la tumba de aquél otro caballero desconocido que reposa en el interior de la iglesia de Santa María la Blanca, en Villalcázar de Sirga, provincia de Palencia y que, entre otras cosas, levanta polémica en cuanto a su posible pertenencia a la Orden del Temple o, por el contrario, a la Orden de Santiago, herederos del lugar cuando los primeros fueron juzgados y disueltos.
Exquisitamente decorado -señal evidente de la importancia de los restos mortales que habría de contener- el sarcófago muestra una riqueza simbólica muy digna de tener en cuenta. Riqueza que se aprecia, en primer término, en el Pantocrátor, con los emblemas distintivos de los cuatro evangelistas, escoltado, a ambos lados, por arcos donde se cobijan una serie de figuras o personajes que podrían tomarse, en principio, por una representación de los apóstoles -similar, haciendo un símil comparativo sólo del modelo, a los frisos que decoran los pórticos de las cercanas iglesias de Santiago y San Juan Bautista, en Carrión de los Condes y Moarves de Ojeda, Palencia, respectivamente- si no fuera por el detalle de que son ocho -número relevante, también- y no doce, como deberían ser.
Por encima del Pantocrátor, y alternándose como si de un código se tratara, se alternan diversos elementos simbólicos, de mayor o menor importancia; elementos que, relacionados de izquierda a derecha, quedarían conformados de la siguiente manera: castillo, escudo con franja en medio (3), castillo, escudo con franja enmedio, animal fantástico, otro animal fantástico (4), león o tal vez grifo, castillo, viera (5) y dragón.
Puede darse el caso, por supuesto, de que el personaje en cuestión -independientemente o no de que perteneciera al Temple o a cualquier otra orden militar de la época- fuera un personaje ajeno, quizás perteneciente a la nobleza -ibérica o de allende los Pirineos- a quien la muerte le sorprendió durante su peregrinaje. Un peregrinaje, que bien pudo ser voluntario como obligado, pues éste último también era corriente en la época, afectando tanto a nobles como a vasallos.
En cualquier caso, y honestamente hablando, creo que estamos ante un caso que puede servir de modelo para dejarse llevar libremente por la especulación.

(1) Xavier Musquera: 'La aventura de los templarios en España', Ediciones Nowtilus, S.L., abril de 2006, páginas 151-153. El título original, no obstante, en su primera edición, era 'La espada y la cruz'.

(2) Gustav Meyrinck: 'El Dominico Blanco', Editorial Planeta, 1ª edición, marzo de 1987.

(3) Hay lugares relacionados con el Temple, donde puede divisarse un escudo exactamente igual, aunque hubiera sido un buen dato saber si el sarcófago estuvo policromado y comprobar los colores. A este respecto, se me ocurre pensar en el escudo que se localiza en el interior del ábside de la iglesia de Nª Sª de la Asunción, en Castillejo de Robledo, provincia de Soria, cuyos colores son franja negra sobre fondo blanco. Curiosamente, los colores del bauceant o estandarte del Temple.

(4) Por su forma de doncella con alas y cola de serpiente, tiene todo el aspecto de una reproducción de Melusina, esposa del dios Lug, a la cual se representaba también con la pata de oca, formando parte de una tradición muy extendida a lo largo y ancho del Camino de las Estrellas.

(5) Elemento distintivo del peregrino; representación simbólica, a la vez, de un símbolo compañeril trascendente, mencionada ya en el punto anterior: la pata de oca.

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miércoles, 3 de noviembre de 2010

¿Enterramientos templarios en Santa María la Real?

Aunque la historia de este monasterio palentino de Santa María la Real está documentada a partir del siglo XI, son numerosas las leyendas que, falsas o no en detrimento de los documentos que las contienen -no olvidemos, que el oficio y el beneficio de la falsificación es un Arte y Aparte tan antiguo como el mundo- remontan su origen a ese oscuro siglo VIII, en el que la dominación árabe de la Península constituía ya un hecho consumado. Un siglo en el que, extendiéndose como un reguero de pólvora que lo arrasaba todo a su paso, el choque brutal entre civilizaciones dejó, como señal evidente de toda epopeya épica que se precie, ficciones revestidas de realidad y realidades camufladas con el manto oscuro de la ficción.
Esos documentos considerados hoy en día como falsos, cuentan una historia del descubrimiento del lugar que, curiosamente, conllevan en esencia las mismas características que dieron lugar al levantamiento de otro monasterio peculiar: el de Veruela.
Si bien en este monasterio de Veruela, el noble en cuestión que perseguía una pieza de excepcional calidad -Pedro de Atares o de Atarés- recibe en premio a su perseverancia la aparición de la Virgen -la Virgen del Moncayo o de Veruela, una talla pequeñísima, como la del Pilar y también de connotaciones negras- Alpidio, el caballero en cuestión que es citado en estos documentos apócrifos palentinos, descubre en su persecución de la pieza -un enorme jabalí- un paraje espectacular donde se sitúan las ruinas de una iglesia en cuyo interior, de manera milagrosa o quizás abandonadas a su suerte ante el avance de la caballería mora, encuentra numerosas reliquias. Hombre de armas, Alpidio, aunque parece consciente de su descubrimiento, no sabe realmente qué hacer y acude a contárselo a su hermano Opila que, casualmente, es abad de un monasterio enclavado a orillas del Ebro. Cuando Opila llega al lugar, apenas bastan unos instantes para que tenga lugar su transformación personal frente a estos tres elementos de indudable valor: entorno, ruinas y reliquias. De manera que, ni corto ni perezoso, decide trasladarse y en su labor colonizadora del entorno, se verá favorecido por la agradable impresión causada entre los nobles, como el conde Osorio, quien no sólo legará riquezas al monasterio que habría de levartarse, sino que también exigiría, en pago, ser sepultado allí.
Ignoro a ciencia cierta, si los restos del conde descansan en alguna de las numerosas sepulturas que, afectas de olvido y humedad, aún se pueden apreciar en la Sala Capitular del monasterio, rescatado en buena parte de la ruina que había sido su destino durante muchos años, por los esfuerzos llevados a cabo por la Asociación de Amigos del Monasterio de Aguilar, en un proyecto impulsado por el popular dibujante José María Pérez González, Peridis. Pero sí presiento, a juzgar por las espadas y las cruces patés que lucen algunas, que allí aún reposan, de forma olvidada y anónima, algunos miembros de esa Milicia de Cristo, que incluso después de su caída, continúan envueltos en una aureola de leyendas sin parangón: los caballeros templarios.
Y otro dato a tener en cuenta: en ese claustro -que añora los capiteles originales que, una vez restaurado el edificio, no comprendo por qué el Museo Arqueológico de Madrid no devuelve-, y visiblemente grabadas en las piedras de sus sillares, se localizan numerosas cruces paté, así como discos solares, de muy similar factura, aunque en menor variedad y cantidad, que los que se pueden apreciar en otro claustro románico de visita recomendada: el de la concatedral soriana de San Pedro.


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miércoles, 27 de octubre de 2010

Presuntamente implicados: dos enigmas sorianos



La Calle de Caballeros

Resulta difícil, en realidad, no plantearse la pregunta relativa a la identidad de los caballeros a los que está dedicada esta calle. Una calle que, curiosamente, parte desde las inmediaciones del cementerio y de la iglesia de la Virgen del Espino, y llega hasta la Diputación Provincial y la iglesia de San Juan de Rabanera.


Una calle que todavía conserva cierta cantidad de escudos nobiliarios, que denotan un cierto rango de abolengo e importancia. Una importancia, por otra parte, que se ve sospechosamente supeditada a las caracteristicas de auténtica Virgen Negra -recordemos que hay otras dos vírgenes del Espino en la provincia, hermanas, según la tradición popular, y que estarían en la catedral de El Burgo de Osma y en la parroquia de Barcebal, un pueblecito situado a escasa distancia- y al propio término del Espino, estrechamente ligado a lugares donde hubo o se sospecha la presencia del Temple.



La inscripción Non Nobis del Palacio de los Condes de Gómara

Hablar del Palacio de los Condes de Gómara implica, necesariamente, referirse al edificio más destacado de la arquitectura civil renacentista de todos cuantos hay en la capital de la provincia. Remontándose sus orígenes al siglo XVI, cuando fuera mandado levantar por Francisco López de Río y Salcedo, Conde de Gómara y Alférez Mayor de Castilla en época de Felipe II, en la actualidad alberga todo el entramado burocrático del Palacio de Justicia.

Parece ser que, con anterioridad al siglo XVI, existía un viejo palacio, al que se conocía como balcón redondo, estando coronado de almenas simuladas. De ésta época, se supone que es uno de los escudos que pueden observarse en la fachada, el más grande de ellos, el cuál, escoltado a ambos lados por dos impresionante y hercúleos atlantes, tiene asociada una oscura leyenda que quiere explicar, de alguna manera, la presencia de esa mujer de rostro serio y contemplativo, que se puede observar asomada a una ventana. Dice la leyenda, que no se trata si no de la mujer del conde, castigada con un encierro de por vida, por infidelidad.


Debajo de este escudo y su leyenda, dos ángeles despliegan un pergamino, en el que puede leerse la siguiente inscripción: Esta casa hizo hacer don Francisco López de Río, señor de la villa de Almenar, Alférez Mayor de esta ciudad de Soria y su provincia, por los señores reyes de Castilla, para sus sucesores en su casa y mayorazgo en Castilla con las armas de su muy antigua casa de Río que es en el reino de Galicia y de la casa de Salcedo, que es en Vizcaya, reinando Felipe II, nuestro Señor. Acabóse año de 1592.


Y es aquí, donde comienza el misterio, entre el escudo grande y el pergamino pétreo que sostienen los dos ángeles mencionados, justo debajo de la cornisa y apenas apreciable cuando el sol ilumina de frente la fachada, que aparece, en letras mayúsculas perfectamente definidas, la famosa divisa de la Orden del Temple: Non nobis, Domine, non nobis sed nomini Tua da gloriam: No para nosotros, Señor, no para nosotros sino para Gloria de Tu Nombre.
Su origen, desde luego, constituye todo un misterio. Cronológicamente hablando, es casi trescientos años posterior a la disolución definitiva de los templarios. Dado que la presencia de éstos en Soria capital tuvo, sin duda, una cierta relevancia, se podría pensar, en un primer momento, que posiblemente perteneciera a alguna posesión que los monjes-guerreros tuvieran en las cercanías. Pero si observamos bien los enormes sillares en los que, el autor, un cantero por completo anónimo, cinceló la inscripción, enseguida nos daremos cuenta de que no son ajenos al edificio, sino que, por el contrario, forma parte indisoluble de él. ¿Simpatías personales del conde?. ¿Pervivencia neotemplaria en las figuras de las hermandades de canteros que continuaron realizando su labor en el más estricto de los secretos?. Todo es posible, aunque nada de cierto se sabe. Lo único cierto, y lo reitero, es que ésta inscripción constituye, por sí misma, un formidable enigma.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Revisitando el Monasterio de San Polo

Sin duda, uno de los lugares que mayor atractivo ofrece al investigador que pretenda seguir las huellas de la presencia del Temple en la Península Ibérica, es este antiquísimo Monasterio soriano de San Polo, enclavado a orillas del Duero y hoy día, como es sabido, constituido en propiedad particular.

Aún con semejante inconveniencia, resulta poco menos que imposible no acercarse hasta ésta emblemática capital castellano-leonesa y no dejarse llevar, siquiera por el impulso de intentar hollar un suelo que aún continúa ofreciendo generosos regalos naturales, como dan testimonio los numerosos árboles frutales que crecen a la sombra de sus huertos.

Fundado bajo el reinado de Alfonso VIII, el Batallador, el convento templario de San Polo estuvo habitado, aproximadamente, hasta el año 1312, cinco años después de que, siguiendo un plan, larga y fríamente concebido por el monarca francés Felipe el Hermoso y su primer ministro, Nogaret, se procedió a la detención de todos los templarios de Francia, dando origen a un proceso que culminaría en 1314, con la quema en la hoguera de un centenar de monjes-guerreros -incluido Jacques de Molay, su último Gran Maestre- y la supresión definitiva de la Orden.

A partir de aquí, la historia de San Polo se resume, a grosso modo, en su compra por los nobles -seguramente, esos mismos que menciona la leyenda de Bécquer y que ambicionaban unos terrenos fructíferos, no sólo en frutos, sino también en caza- abandono y ruina, vuelta a adquirir y herencias familiares, hasta llegar a nuestros días y a su actual propietario, que lo mantiene en un perfecto estado de conservación.

Desde luego, apenas han sobrevivido estelas funerarias, de las numerosas que debieron de existir: tan sólo tres, las cuales son, precisamente, las que se muestran en el presente vídeo. No obstante suficientes, en mi opinión, para ofrecernos una ligera idea de la mística practicada por estos legendarios soldados de Dios.

Las tres estelas, muestran en sus anversos la cruz más universal, de las numerosas y variadas tipologías de cruz utilizadas por la Orden. Ahora bien, lo interesante reside en los anversos. Una de las estelas, repite el motivo crucífero patado; sin embargo, en las otras dos, encontramos símbolos y motivos para alimentar toda clase de especulaciones: un sol y una estrella de cinco puntas o pentalfa; motivo, éste último, que conecta intelectualmente, en mi opinión, con las famosas pentalfas que unen el transepto de otra iglesia templaria, mundialmente conocida: San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos.

Por otra parte, no son pocos los autores que, a lo largo de los años han incidido, precisamente, en este aspecto místico, esotérico y solar de una Orden que, no obstante la poca documentación que ha sobrevivido a nuestros días, ha dejado parte de esos insondables misterios, cincelada en la piedra de los edificios que habitaron un día.

La pentalfa representada en ésta estela funeraria de San Polo -y aquí entro en el terreno propio de la especulación- aparte de otros significandos, se me ocurre pensar que bien pudiera haber pertenecido a algún compañero-constructor afín a la Orden, incluso integrante de sus filas, pues resulta bien conocida la utilización de tal símbolo entre los gremios de cantería de la Edad Media, hasta el punto de que se localiza en los sillares de numerosos edificios, como puede ser, por citar un ejemplo, la mencionada iglesia de San Bartolomé, y aún más, sin salir de la provincia, el monasterio cisterciense de Santa María de Huerta. Recordemos que el Císter era la orden hermana, no armada y que tanto cistercienses como templarios, se nutrieron de una de las mentes más portentosas de la Edad Media: Bernardo, abad de Claraval o Clairvaux.

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lunes, 27 de septiembre de 2010

Carrión de los Condes: iglesia de Santiago

'De la iglesia de Santiago se dice, con razón probable, que fue obra de templarios. Poco queda, aparte la fachada, de su primitiva fábrica románica, pero esa fachada contiene una serie de elementos que la hacen única por el simbolismo representado y el mensaje transmitido'.
[Juan García Atienza, 'Segunda Guía de la España Mágica', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1982, página 151]

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Posiblemente, desde la fecha en que este infatigable investigador de la España mágica y mistérica publicó la obra de referencia, hasta nuestros días, muchas sean las circunstancias en las que se haya visto envuelto el templo de Santiago, uno de los más emblemáticos de ésta ciudad puntera del Camino de la Vía Láctea, que es, sin duda alguna, Carrión de los Condes.
Por fortuna, y en esto, desde luego, coincido con la opinión de Juan García Atienza, ha sobrevivido, en relativo buen estado -detalle ya de por sí portentoso- una portada que bien pudiera considerarse, con todo merecimiento, de las mejores del románico español, y que recuerda, y mucho, aquélla otra que se puede admirar en la iglesia de San Juan Bautista -el nombre lo confirmaron los propios habitantes del pueblo, pues aún subsiste la duda de si su advocación es la de San Pedro- en el también pueblecito palentino de Moarves de Ojeda.
No obstante, y a diferencia de este templo de Moarves, la iglesia de Santiago -encajada entre casas particulares, comercios y alguna que otra oficina bancaria- hace años que se vio relegada de todo culto, para convertirse en un sencillo museo diocesano, a cuyo internado han ido a parar algunas piezas huérfanas cuyos orígenes, en muchos casos, simplemente se desconocen.
Ahora bien, y volviendo al simbolismo de la portada que nos ocupa, y siguiendo las referencias proporcionadas por Julio César Izquierdo Pascua en su libro Rutas del románico en la provincia de Palencia (1), el monumental conjunto que ofrece la referida portada, representaría -en opinión del profesor don Jesús Herrero- una definida disposición iconográfica, en la que el Pantocrátor, el Tetramorfos y los Apóstoles -decapitados la mayoría- constituirían una alegoría del Cielo; los oficios, situados en el nivel intermedio, simbolizarían la Tierra, siendo los capiteles y cimacios del nivel inferior, los símbolos que, alegóricamente, señalarían, respectivamente, el Purgatorio y el Infierno.


(1) Julio César Izquierdo Pascua, 'Rutas del románico en la provincia de Palencia', Castilla Ediciones, 2001, página 92.

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viernes, 24 de septiembre de 2010

Cezura, Palencia: iglesia de Santiago

Otra iglesia que, aún sin existir un testimonio fiable que lo acredite, sugiere la presencia, en tiempos , de la Orden del Temple: la iglesia de Santiago, en Cezura. Mucho han cambiado los tiempos desde la época de esa posible presencia -que habría que datar, con toda probabilidad, en los siglos XII y XIII- y mucho, también, los estilos que, a modo de reforma, han ido asentándose progresivamente en los cimientos de este peculiar templo, situado a pie mismo de carretera. De hecho, de la portada original no queda rastro; y sí queda, por desgracia, en su lugar, una portada de relleno o circunstancia, de estilo plateresco, que no aporta información alguna y que, por otra parte, desmerece considerablemente el resto del conjunto.
De Cezura, interesa saber que es un pueblecito palentino que, para más referencias, se encuentra situado muy cerca -o mejor dicho, a escasa distancia- de la ermita rupestre de Santa María de Valverde; de manera que, por su situación fronteriza con Cantabria, bien pudiera darse el caso de que en sus orígenes hubiera sido fundado y repoblado por pioneros de allende los Picos de Europa, durante alguno de esos oscuros episodios de razzias moras y obstinadas escaramuzas astures, que parecen ser la característica más reseñable de ese periodo altomedieval comprendido entre los siglos IX y XI.
Interesante resulta, sin embargo, el interior, donde aún pueden localizarse muestras de la decoración pictórica -hemos de pensar que original- que cubría antaño la zona absidal. Pintura, por otra parte, que representa formas geométricas romboidales, de colores blanco, rojo y negro, que podrían pertenecer a un periodo románico tardío o, quizás, a un gótico posterior.
Del altar destaca una escultura de cierto tamaño, que representa al apóstol Santiago en su conocida faceta de matamoros, en clara referencia a la ficticia batalla de Clavijo, antecedente, en su forma y extensión, a aquellas otras historias bélicas modernas, como los famosos ángeles de Mons, cuya providencial aparición en los campos de batalla, en 1915, salvó al ejército británico de un completo desastre frente a las que se podrían considerar las hordas moras de entonces: el ejército alemán.
Aunque no se puedan considerar como prueba irrefutable, sí merecen, por simpática sospecha, al menos un comentario. Me refiero a las cruces paté o patadas que, en número de cuatro, se localizan perfectamente cinceladas en diferentes partes de la estructura: dos en los sillares cercanos al ábside; una en el interior del templo y la cuarta, inaccesible, en la zona del campanario, según nos comentó la persona encargada del recinto.
Dentro de la variedad temática desarrollada en los motivos que conforman los canecillos absidiales, destacan -aparte de las típicas referencias a aves y animales más o menos fantásticos- los nudos o entrelazados de origen celta. Sin conseguir el fabuloso efecto que los canteros de otras escuelas, el cantero que los labró, a pesar de todo, y aunque de manera bastante tosca, puso cierta voluntad a la hora de cincelar los pliegues de las túnicas de varios individuos.
Este factor de calidades, trasladado a los motivos que decoran los capiteles interiores, induce a suponer, en mi opinión, la existencia de al menos dos gremios canteros bien diferenciados. Contrasta, comparativamente hablando, el detallado cincelado con que la mano de este otro cantero de interiores, labró hasta el último detalle, incluidas las cabezas, para simular las cotas de mallas de las numerosas figuras de guerreros que conforman el leit-motif principal de los mencionados capiteles.
Curiosos, en su forma y significado, de estos capiteles interiores destaca -quizás como una interpretación personalizada del artista- aquél en particular, que muestra a un personaje central, magnificado en su trono, cuyas manos sujetan las bridas de los caballos de sendos guerreros, que bien pudiera representar, alegóricamente hablando, un tema en absoluto desconocido en la región: la leyenda de Alejandro Magno y los grifos.
Los grifos, animales mitológicos adoptados en el bestiario románico y que, en este caso, vendrían a recordar un episodio de la fabulosa leyenda de Alejandro, quien por mediación de estos animales alados, vería desde el cielo la extensión de todas sus conquistas.
En fin, perteneciera o no al Temple, de lo que no cabe duda, es de que nos hallamos frente a un templo cuya visita no defraudará; sobre todo, si el visitante sitúa la vista más allá del conjunto, para detenerla en la multitud de detalles que posee y que, a la postre, le reportarán temas de interés con los que conjeturar.

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domingo, 19 de septiembre de 2010

Matalbaniega: iglesia de San Martín Obispo

Situado en tierra de campos, dentro de lo que, razonablemente, se puede considerar cercano al entorno de Aguilar de Campóo, el pueblecito de Matalbaniega sorprende con un soberbio ejemplar de templo románico que, para frustración del investigador, conlleva la sospecha o el sambenito tradicional, según se mire, de ser de templarios.
Tanto por su aspecto, como por la colina donde se levanta, constantemente batida por el viento, produce, en el observador que voluntaria o casualmente pasa por allí, una sensación, si no de agobio, sí al menos de curiosa inquietud. No tanto por su extraña torre, que da la impresión de estar inacabada o incluso dejada así a propósito, como por la enigmática forma de sus canecillos -inusualmente alargados- portadores, igualmente, de un no menos extraño y monstruoso bestiario simbólico, consigue que, aún maltratada por el tiempo, no deje de procurar respeto y hasta cierto punto, producir un estremecimiento.


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Algunos investigadores (1), comparten la suposición de que la iglesia estuviera integrada en un monasterio, constituyendo la portada sur -cegada en la actualidad- el acceso al claustro.

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(1) Julio César Izquierdo Pascua, 'Rutas del románico en la provincia de Palencia', Castilla Ediciones, 2001, páginas 150-151.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Quién es quién en Villasirga: el enigma de la Virgen Blanca

[Villalcázar de Sirga: iglesia de Santa María la Blanca]
Uno de los enigmas más fascinantes de este templo de Villasirga, templario por diseño y nacimiento, no es otro que aquel que se refiere, en realidad, a la identidad de la Virgen Blanca, figura mariana cuyos milagros -múltiples y variados- atrajeron poderosamente la atención de romeros y peregrinos -hasta el punto de conseguir que tanto el templo como la población, formaran parte activa del Camino Jacobeo- constituyendo, a la vez, la base principal de una auténtica joya medieval, que ha llegado hasta nuestros días con el nombre de Cantigas de Santa María.
Escritas por el rey Alfonso X en el periodo comprendido entre 1257 y 1283, al menos una docena de ellas (denominadas loor) hacen cumplida referencia a algunos de los numerosos milagros atribuídos, en particular, a esta figura mariana que, al igual que otras muchas figuras de similar índole, generaron una espectación inusitada entre el pueblo, fomentando cultos que aún perviven en la actualidad.

[Figura 1: imagen mariana realizada en piedra. Capilla de Santiago]
Independientemente del hecho, relevante de por sí, de que, coincidiendo con aquellos que opinan que tiene mayor importancia el lugar donde se producen tales fenómenos que la imagen en sí, la variedad de tallas, así como el detalle de que no todos los elementos están en su lugar original, han conseguido que en la actualidad se tenga una enorme confusión a la hora de identificar a la figura objeto de tan fiel y grande veneración.

[Figura 2: talla, posiblemente gótica, localizada en el Retablo Mayor]
Dado que se sabe que la imagen de la Virgen estaba en el altar, algunos investigadores suponen que se trata de la imagen (Figura 2) que se localiza actualmente ocupando el centro del Retablo Mayor.

[Figura 3: Virgen desconocida. Capilla de Santiago]

Otros investigadores, sin embargo, apuestan por una de las varias figuras marianas que se encuentran situadas en la denominada Capilla de Santiago; figuras, por otra parte, frente a cuya visión, se tiene la sensación de que custodian y protegen los sepulcros del infante don Felipe -hermano del rey Alfonso X-, su esposa y un caballero desconocido, cuya verdadera identidad se desconoce también, aunque hay división de opiniones en cuanto a que perteneciera a un caballero templario o, por el contrario, constituyera el sepulcro de un caballero santiaguista, Orden receptora de la iglesia tras la disolución de la Orden del Temple.

[Figura 4: imagen mariana mutilada. Capilla de Santiago]
No son pocos, sin embargo, los que apuestan por la imagen mariana (figuras 4 y 5) situada más cerca de los sepulcros, y en la que se observan mutilaciones relevantes, como, por ejemplo, la mutilación de la mano derecha de la Virgen -mutilación que parece sugerir, como ocurre en numerosos casos, que fue hecha para la colocación en tiempos de algún vestido- que nos impide saber cuál era el símbolo originario que portaba, y la cabeza del Niño, detalle brutal aunque significativo, que parece indicar que el verdadero interés reside en la figura indiscutible de la Madre, señalando su acepción simbólica de Gran Diosa Madre o Madre Tierra.

[Figura 5: imagen mariana mutilada 2. Capilla de Santiago]
Un enigma más, y no precisamente de los menos significativos, a sumar a los numerosos enigmas consignados en un templo cuya estructura, aunque desvirtuada en la actualidad por determinados factores que la alteraron a lo largo de los siglos -terremotos, reconstrucciones, etc-, fue concebida, en mi opinión, como centro mistérico, capaz de rivalizar, por sus especiales cualidades, con otros centros de obligado paso dentro de un no menos mistérico y apasionante Camino: el Camino Jacobeo, Camino de la Vía Láctea o Camino de las Estrellas.

domingo, 29 de agosto de 2010

Villalcázar de Sirga: el templo gótico de la Dama Blanca del Temple



Esto ocurrió en aquel tiempo

en que la Virgen comenzó

a hacer en Villasirga

milagros, por los que sanó

a muchos de enfermedades

y a muertos resucitó.

[Alfonso X: Cantiga 278]

Es demasiado pronto para gritar ¡ultreia!, pero aún no han terminado de perderse de vista las últimas casas de Frómista, cuando en el camino aparecen los primeros peregrinos. No todos van a pie, desde luego, pero incluso los que viajan en bicicleta, lo hacen sin prisa. No tanto, me atrevería a pensar, a consecuencia de este sol implacable que golpea con saña la seca meseta palentina en este punto de los denominados Campos Góticos, como por ese envidiable estado de gracia que radica, en mi opinión, en saber exactamente a dónde se va y no tener ninguna prisa por llegar. Con algunos de ellos, he coincidido en Frómista, en esa escala obligatoria del Camino Jacobeo que, tradicionalmente, constituye la iglesia de San Martín, convertida en la actualidad poco menos que en centro temático. No obstante, mi destino ahora, común en este tramo al de todos ellos, se encuentra situado a una decena de kilómetros, en Villalcázar de Sirga, una población a la que se denominaba -por lo menos, hasta el siglo XVI- simplemente con el nombre de Villasirga.

En mi caso, y dado mi grandisimo interés, no deja de ser una paradoja que, acostumbrado a recorrer lugares de dudosa pertenencia y atribución a los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, el lugar que me dispongo a visitar cuente, en tal sentido, con el beneplácito de los historiadores, tanto de los ortodoxos como de los oficiales: por una vez, nadie parece poner en duda la autoría templaria de una iglesia que, en cuanto a dimensiones, seguramente nació con el ambicioso propósito de llegar a ser catedral.
Esa parecía ser, en principio, la idea que animaba en la mente de milites y magisters cuando, allá por las postrimerías del siglo XII, financiaron y pusieron en práctica un proyecto que ya en sí mismo aportaba los complejos valores arquitectónicos de un estilo totalmente revolucionario, que habría de asombrar a las gentes de la época, y posteriormente al mundo: el gótico. O, más concretamente, siguiendo el hilo argumental de algunos especialistas en la materia, una forma artística entendida como la representación arquitectónica de la realidad sobrenatural (1). Definición ésta que, bajo mi punto de vista, coincide, a grosso modo, con la aseveración de art goético o arte mágico, formulada por el enigmático Fulcanelli, en un libro, ya clásico pero, no obstante, de obligada lectura, que recomiendo a todos aquellos interesados en profundizar en la materia: 'El misterio de las catedrales'.


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Desde este punto de vista, y apoyado por las famosas Cantigas a Santa María de un rey que pasó a la Historia con el sobrenombre de el Sabio, esos cuatrocientos o quinientos metros que separaban Villasirga del auténtico recorrido jacobeo que pasaba de largo hacia Carrión de los Condes -recordemos, entre otras, las obligadas visitas a iglesias como Santa María de las Batallas o del Camino, Santiago y el monasterio de San Zoilo-, consiguieron que a comienzos del siglo XIII, una vez conocida la fama milagrera de la Virgen del lugar, ésta pequeña población y el desmesurado templo en proporción de Santa María -no olvidemos, que todas las catedrales tienen esta advocación- dejaran de ser un simple lugar de paso en la distancia, para convertirse en uno de los destinos inexcusables para el peregrino.

Bien es cierto, por otra parte, que el tiempo y sobre todo el terrible terremoto que tuvo lugar en Lisboa el día de Todos los Santos de 1775, privan, en gran medida, de ofrecernos, en toda su extensión, la verdadera magnitud de un conjunto sacro del que también formaba parte un hospital de peregrinos, que aún se conserva hoy en día, bajo la apariencia de un mesón que lleva por nombre, como no podía ser de otra manera, el de Los Templarios.

Dadas sus características y su aura legendaria, muchas son las especulaciones e hipótesis relacionadas con un templo en el que, apenas se traspasa un umbral donde, entre otras escenas notables, un pantocrátor se eleva por encima de una Anunciación y una Epifanía, el espectador se siente inmerso en el interior de un pequeño microcosmos en el que sobresale, por encima de cualquier otra consideración, el más eficaz de los vehículos que acompañan lo que bien pudiera denominarse como el lenguaje de los sueños: el símbolo.

Éste se percibe, apenas se pone los pies en el interior, cuando el espectador se encuentra inmerso en un inconmensurable bosque de columnas que, semejantes a gigantescas palmeras -árbol sin duda sagrado, constituyendo sus ramas símbolo del martirio- cuyas ramificaciones se extienden hacia una bóveda de connotaciones celestes, capaces de soportar un peso incalculable.

A distancia de objetivo, y coronando un retablo mayor barroco de proporciones considerables, un Cristo llama poderosamente la atención por las connotaciones esotéricas de la cruz que le sirve de martirio. Se trata de un tipo especial de cruz, de las denominadas de gajos, representativa de un estado especial de elevación y trascendencia.

(1) Otto von Simson, 'La catedral gótica', Alianza Editorial, S.A., 1980, página 15.


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martes, 27 de julio de 2010

Cantalejo: ermita de la Virgen del Pinar



Cantalejo, curiosamente, es una de las pocas poblaciones segovianas que no destaca precisamente por su románico, a excepción, por supuesto, de ésta ermita de la Virgen del Pinar, que la tradición popular atribuye de siempre a los templarios quienes, por otra parte, parece ser que trajeron colonos de otras regiones, a medida que se iban conquistando territorios a los moros.
Salta a la vista, que la iglesia ha sufrido numerosas transformaciones a lo largo de diferentes épocas, aunque ha sido en la última, llevada a cabo en el siglo XX, la más desastrosa de todas, cuando, a instancias del clero, se decidió añadir una capa de ladrillos que desvirtúa, en grado sumo, su primitiva sobriedad románica, dándole un aspecto de total desmerecimiento.


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