sábado, 29 de mayo de 2010

Buscando las estelas templarias de San Polo


Sobre el Duero, que pasa lamiendo las carcomidas y obscuras piedras de las murallas de Soria, hay un puente que conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se extendían a lo largo de la opuesta margen del río. En la época a que nos referimos, los caballeros de la Orden habían ya abandonado sus históricas fortalezas; pero aún quedaban en pie, restos de los anchos torreones de sus muros; aún se veían, como en parte se ven hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los macizos arcos de su claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus patios de armas, en las que suspiraba el viento con un gemido, agitando las altas hierbas...
Así describía Gustavo Adolfo Bécquer, el que habría de ser escenario de otra de sus inmortales leyendas: el monasterio templario de San Polo. La leyenda, por más señas titulada El Rayo de Luna, no alcanza el grado de expectación y terror sobrenatural, pero complementa, y mucho, a la que quizás sea la más conocida y leída por el público de todos los tiempos: El Monte de las Ánimas.
Hoy en día, esa extensión que el rey Alfonso el Batallador concediera en tiempos a los milites Christi, y que éstos aprovecharon tan bien, hasta el punto de levantar envidias y suspicacias entre la nobleza local, constituyen una propiedad privada, que se mantiene cerrada a cal y canto a miradas tanto propias como foráneas. Esta circunstancia provoca, aún más si cabe, el halo de misterio que siempre se ha cernido sobre tan carismático lugar, pues es sabido que detrás de esas verjas de hierro y esos determinantes carteles de prohibido el paso, aún subsisten retazos de Historia que claman por ver la luz y darse a conocer.
Es el caso, por ejemplo, de las estelas funerarias de los hermanos del Templo fallecidos, cuya existencia siempre se ha conocido. Dichas estelas, quedan, en su mayoría, fuera del alcance de la vista, a excepción de dos, que pueden verse a través de una de las verjas, aunque una de ellas, la del lado izquierdo y más alejada, queda fuera incluso del alcance del zoom de la cámara de fotos, por quedar parcialmente tapada por los maderos que conforman un pequeño puente. La de la derecha, más cercana, permite distinguir lo que está grabado en una de las caras de su piedra. Y esto no es otra cosa, que una cruz paté; el tipo de cruz más utilizado por la Orden del Temple.
Al otro lado del paseo, que entre álamos y chopos escolta el curso del río Duero en dirección a la ermita de San Saturio, y dentro de lo que podríamos considerar como el patio de otra de las viviendas anexas al antiguo monasterio, una cruceta de piedra señala el lugar donde Manrique, el soñador protagonista de la leyenda de Bécquer, buscó desesperadamente, hasta enloquecer, a esa dama que, en el fondo, no era más que un rayo de luna, que se colaba entre los árboles y terminaba desapareciendo en las oscuras aguas del Duero, como una ninfa encantada, similar a esas otras que protagonizan muchas leyendas de presumible origen templario, y que tal vez, sólo digo tal vez, pueda compararse en parte con las historias relativas a las damas blancas que tanto abundan en el folklore peninsular.
Por otra parte, es bien conocida la antipatía y el desprecio que Bécquer sentía hacia los templarios, a los que denominaba despectivamente frailes con espuelas; y sin embargo, no deja de ser curioso que sean estos quienes, precisamente, protagonicen lo mejor, y quizás más florido de sus leyendas.
De este emblemático monasterio, se supone que estuvo habitado hasta el año 1312, cuando la Orden del Temple fue abolida y todas sus posesiones en Soria pasaron a manos del rey, quien posteriormente las vendió a algunos nobles. Durante muchos años, el lugar estuvo en pleitos, hasta que en 1756, según indican los carteles informativos, se dictó sentencia a favor de un noble que lo adquirió.


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