martes, 25 de enero de 2011

Un alto camino de Ucero y Río Lobos: Barcebal

A una distancia aproximada de seis kilómetros de El Burgo de Osma, y en dirección a Ucero y el Cañón del Río Lobos, un cartel situado a pie de carretera señala, apuntando hacia una zona donde se alterna el monte bajo y los campos de cultivo, el curioso nombre de una pequeña población, Barcebal, y también una insignificante distancia, cinco kilómetros, que merece la pena salvar, siquiera por intentar acceder a uno de los mayores enigmas marianos de la provincia: la Virgen negra del Espino, hermana, dicho sea de paso, de la otra Virgen que, con idéntica advocación, se custodia en la catedral burgense. La tradición las considera hermanas, entre otras cosas, porque conviene en señalar que ambas fueron realizadas con la misma madera.
En realidad, el nombre completo del pueblo -según me comentó don Florentino Arribas, su alcalde, y por añadidura una persona encomiable, a la que siempre estaré agradecido por su disposición, su paciencia y su infinita amabilidad- sería el de Barcebal del Monte. En la época en que mis inquietudes me llevaron a emprender la aventura de visitarlo -finales de marzo de 2008- y a juzgar por su aspecto, tuve la impresión de que en Barcebal se estaba produciendo una mitosis cancerígena similar a la que vienen padeciendo numerosos pueblos de la provincia: la despoblación. Juzgué que por aquél entonces, apenas residirían una veintena escasa de personas. Reconozco que no he vuelto desde aquélla ocasión -mea culpa, y pido perdón a los amigos de Barcebal- a pesar de haber sido generosamente invitado a asistir a las fiestas patronales de la Virgen del Espino. Me congratula saber, sin embargo, a través de la Asociación de Amigos de Barcebal, que se están llevando a cabo algunas reformas en las casas y calles del pueblo, lo que reafirma mi esperanza de que tan carismático lugar no termine convirtiéndose en otro Arganza -despoblado cercano a San Leonardo de Yagüe- y sus habitantes gocen de una pequeña, pero longeva y feliz comunidad.
Situado a una altura aproximada de 960 metros sobre el nivel del mar, llama la atención que el primer edificio con el que se encuentra el posible visitante que llega al pueblo, sea precisamente, la iglesia parroquial. Una iglesia que, bajo la advocación también de la Virgen del Espino, apenas conserva rastro alguno de lo que cabe suponer, fuera su estilo románico en origen, con excepción de la portada. Portada sencilla, desde luego, pero con elementos sorprendentes, que merecen la pena tenerse en consideración.
Dejando a un lado el ajedrezado que recubre el arco de la mencionada portada, destacan los motivos que, a modo de falsos capiteles, reproducen elementos marcadamente serpentiformes, muy similares, en apariencia, a aquéllos otros que se localizan también en la portada de la iglesia Cátedra de San Pedro, en la también localidad soriana de Osona, situada muy cerca de Andaluz, y a apenas una distancia de 14 kilómetros de Berlanga de Duero. Inhabitual, quizás, por la temática, una serie de elementos artisticos ofrecen un críptico pero a la vez inequívoco mensaje de pecado y condenación; elementos entre los que sobresalen, ciertamente, la figura de un demonio que, en un acto de antropofagia, parece estar devorando a un condenado -hemos de suponer- que al infierno. A su lado, un monstruoso ser con cuerpo de serpiente y cabeza -no descartaría, tampoco, que pudiera representar un dragón o una serpiente marina- semejante a la de un pato, con su pico o boca abierta. Enmedio de ambos, aunque situada ligeramente por encima, la probable cabeza de un sabueso parece ejercer una influencia determinante como juez y parte.
En el interior de la iglesia, de aspecto sobrio pero pulcro y ordenado, varios retablos muestran, así mismo, algunos detalles de interés, sobre los que merece la pena detenerse a comentar. Pertenecen a época moderna, es evidente, como puedan ser, así, a ojo de buen cubero, los siglos XVIII ó XIX; y no obstante, tras un atento vistazo, ofrecen algún detalle que, en principio, puede inducir a la sospecha de que ciertos símbolos -quién sabe, realmente, si de una manera casual o causal- han permanecido vigentes en los recovecos más inadvertidos del Arte, constituyendo una especie de persistente paradigma en la memoria colectiva de los hombres.
Un ejemplo inequívoco, lo encontramos en el Retablo Mayor, cuyo centro está ocupado por la figura negra objeto de veneración: la Virgen del Espino. En los laterales, y aparentemente de una manera natural, cuatro lienzos exhiben diferentes pasajes de la vida de Jesús: Adoración de los Pastores, Adoración de los Magos, Bautizo y Crucifixión. Es, precisamente en la primera de las escenas, la Adoración de los Pastores, donde se observa, perfecto y claramente visible, un símbolo de particular trascendencia esotérica, afín a ciertas hermandades compañeriles -obligado a ser llevado en el hombro en algunos lugares, por los miembros de una de las denominadas razas malditas, que destacaban por ser excelentes canteros y carpinteros: los agotes (1)-, presente en los edificios más representativos del Camino de la Vía Láctea o Camino de Santiago, entre otros muchos considerandos y características: la Pata de Oca.
Un símbolo de connotaciones paganas, visible, como por casualidad, en una escena aparentemente cristiana y a todas luces idílica, conformando parte esencial de los cimientos superiores del entramado del pajar que se encuentra detrás de las figuras de la Virgen, de San José y del Niño.
En uno de los laterales, y muy semejante al retablo que contiene la imagen del Santo Cristo de la Agonía de la cercana ermita de San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos, otro retablo portador del calvario exhibe, bien a las claras, varios elementos de masónica consideración, como son la escalera y las tenazas, así como dos formidables columnas que, alegóricamente, podrían hacer referencia a aquéllas otras, denominadas Jakim y Boaz, que formaban parte del Templo modelo por antonomasia: el de Salomón.
La figura principal del retablo situado en el otro lateral, está constituida por San Juan Bautista. En su mano derecha porta una larga vara, con forma de cruz, sosteniendo un pequeño cordero en la izquierda. La peana sobre la que se asienta la imagen, es de forma hexagonal.
Por otra parte, y etimológicamente hablando, resulta tentador el detalle de comentar el gran parecido del nombre con el Perceval de los ciclos del Grial. Pero que nadie se lleve las manos a la cabeza, pues se trata tan sólo de una pequeña licencia literaria. Más ecuánime, interesante y acertado, puede ser el significado que nos ofrece José Luis Herrero, accesible en internet (2), como lugar de acebos o acebal, que lo emparenta, bajo mi punto de vista, con esa notable presencia celtíbera en la zona, siendo el acebo era uno de los árboles considerados como sagrados por los celtas, y sus sacerdotes, los druidas.
[continúa]
(1) Juan García Atienza: 'Los santos imposibles', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1989, página 249.
(2) José Luis Herrero: 'Los nombres de lugar: la toponimia de Soria', http://web.usal.es/-joluin/investigacion/toponimiasoria.pdf


miércoles, 19 de enero de 2011

Enigmática Caracena

Caracena, lugar que antaño tuvo la categoría de Villa y Tierra, agrupando al menos a una treintena de pequeños pueblos de alrededor, y que hoy, por esas imprevisibles vicisitudes del destino, apenas constituye un pinturesco enclave, en el que viven, obstinadamente apegados a sus raíces, una decena escasa de vecinos. Población cercana a Tiermes que, de hecho, se ve ligeramente aumentada en épocas de estío, con la afluencia intermitente de foráneos, atraídos, sin duda, por el aspecto medieval de sus casas, el entorno -agreste, pero hermoso sobre el que se asienta- el románico y los numerosos enigmas que ni siquiera el tiempo, que en ocasiones quita tanto como otorga en otras, ha sido capaz de desvelar, al menos, satisfactoriamente.
Siquiera de una manera somera y subjetiva, como ocurre con numerosos lugares de nuestra geografía, la sombra de una hipotética presencia del Temple planea sobre el lugar, de similar manera, comparativamente hablando, a como una variada gama de aves rapaces lo hacen, generalmente volando en círculos, por encima de los tejados de tan carismático pueblo. No parecen existir documentos fidedignos o incluso apócrifos (1) que confirmen o aludan, de una manera más o menos fehaciente, la estancia o permanencia de los milites Christi en algún periodo histórico. Periodo que, no obstante, de haberse producido, y ateniéndonos a los pormenores de la Historia, hubiera tenido que ser, aproximadamente, doscientos años después de la muerte de Almanzor, en los siglos XII-XIII.
De ese periodo histórico son las dos iglesias -Santa María y San Pedro- que han sobrevivido, con mayor o menor fortuna, según se mire, exceptuando la ermita de la Virgen del Valle, que se localiza en las afueras del pueblo y que, a juzgar por los carteles que se advierten en la madera de la puerta de entrada, ha sido víctima de expolio o latrocinio en alguna ocasión.
Sobria en su constitución, la iglesia de Santa María se localiza a la entrada del pueblo, sobre un promontorio desde el que se disfruta de una extraordinaria panorámica de los cañones por los que discurre el río Caracena, quedando situada enfrente de lo que antaño constituyó una pequeña torre o fortín de vigilancia, del siglo XII, cuyos restos, poco menos que irreconocibles, no pasan en la actualidad de ser un simple muñón sobre el terreno. Más augusta, sin embargo, y no en vano considerada como una de las joyas del románico soriano, la iglesia de San Pedro disfruta de una privilegiada situación al final del pueblo; o si se prefiere, al comienzo mismo de un caminillo rural que, en cuesta, y extendiéndose a lo largo de unos doscientos metros, conduce a otro de los vestigios medievales más valorados de la provincia: el castillo de Caracena.
La génesis de la iglesia de San Pedro, hunde también sus cimientos en el siglo XII, advirtiéndose una más que probable influencia silense en su galería porticada, cuya temática, de calidad y variada, expone un simbolismo notablemente similar al de la cercana iglesia de Santa María de Tiermes. En sus capiteles, no obstante, hay, en mi opinión, un detalle que llama poderosamente la atención: se trata de dos arpías con cuerpo de ave y capucha en la cabeza, posadas sobre los lomos de sendas bestias. Y digo que llaman poderosamente la atención, por su extraordinario parecido con otras dos que se localizan en un interesante lugar donde también se presiente, aunque sin pruebas concluyentes, la presencia del Temple: una capilla anexa a la iglesia de San Bartolomé -significativa advocación, pues se trata de uno de los santos predilectos del Temple-, en Campisábalos, Guadalajara, denominada del Caballero Galindo o del Caballero San Galindo.
Precisamente es aquí, en la iglesia de San Pedro, donde se localizan los elementos que, en base a una supuesta asociación de contenidos, han constituido las claves sobre las que se sustenta, básicamente, el mito templario en el lugar: los fragmentos de una antigua losa sepulcral y el canecillo que se muestra al principio de la presente entrada, en el que se tiende a ver -opinión generalizada- una posible representación del misterioso Baphomet.

De la losa sepulcral, se conservan varios fragmentos que cuelgan, como si de las piezas incompletas de un puzzle se tratara, de la pared situada debajo del coro, al final de la nave. La suspicacia adopta aquí el camino de la probabilidad, porque en uno de los referidos fragmentos, se hace alusión al caballero de la secta mala, queriéndose identificar ésta última, por asociación, como una referencia al Temple, aunque bajo mi punto de vista, también podría hacer alusión a otras agrupaciones minoritarias que sufrieron un destino similar, como pueden ser, por poner un ejemplo, los cátaros. Por desgracia, nada se sabe de los restos que ocultaba la sepultura de la que formaba parte ésta losa, detalle que hubiera sido de cierta relevancia, pues los templarios solían ser enterrados boca abajo, cubiertos por un simple sudario, y en ocasiones, clavado éste a la madera del ataúd, si lo hubiere.

El segundo detalle, se localiza en el ábside, y se trata de una cabeza monstruosa, dotada de tres caras, que no parece guardar relación alguna con la temática cinegética de los canecillos que se encuentran a continuación. Generalmente, se suele considerar a ésta cabeza, como una representación del denominado Baphomet, el supuesto ídolo que al parecer adoraban los templarios en sus ceremonias secretas. A éste respecto, creo interesante añadir la confusión histórica existente hacia tan misteriosa figura, pues ni siquiera los templarios interrogados al respecto por los tribunales de la Inquisición, terminaban de ponerse de acuerdo. Interesantes son los comentarios del escritor y periodista Piers Paul Read (2), quien llegado a este punto, y basado en dichos testimonios, afirma: en ceremonias secretas, adoraban a un demonio llamado Baphomet, que se aparecía en la forma de un gato, o de un cráneo, o de una cabeza de tres rostros.

Este tipo de representaciones trinitarias, no han sido nunca bien vistas por la ecclesia ortodoxa, pues sugieren reminiscencias cultuales de índole pagana y en ocasiones, aunque son una rareza, se identifican también con la figura del dios romano Jano. Surge aquí, pues, otra pregunta no menos importante a tener en cuenta: ¿Baphomet o Jano?.

Otro dato que a tenerse en cuenta, en vista al supuesto de que los principales impulsores del culto a la Virgen fueron los cistercienses y los templarios, es la simbología mariana existente en el lugar. De época románica y gótica, constan al menos dos interesantes tallas: la Virgen del Casar o del Casado, y la Virgen del Monte. Ambas tallas se localizan, por motivos de seguridad, en el interior de la iglesia de San Pedro. Poco se sabe de ellas, a excepción de que la talla de la Virgen del Casar perdió su titularidad con la ruina de la iglesia de San Vicente, que se hallaba situada, al parecer, algunos metros más arriba de la iglesia de San Pedro, y de la que tan sólo sobrevive una pared que forma parte actualmente de un cobertizo para el ganado y el depósito de los aperos de labranza.

La talla de la Virgen del Monte, procede de la ermita del mismo nombre, situada a las afueras del pueblo. Durante un tiempo, estuvo guardada en la iglesia de Santa María -antiguamente denominada Santa María del barrio Gormaz-, pero por idénticos motivos de seguridad, se decidió su traslado también a la iglesia de San Pedro.

No obstante, existe una tercera talla, románica, del siglo XIII, sedente, de unos 30 ó 40 centímetros de altura que, localizada en Soria capital, conlleva una evocadora e interesante advocación: la Virgen de la Estrella. Talla realizada en madera de nogal, policromada, que se exhibe en el Monasterio de San Juan de Duero, junto al fragmento de una lápida procedente de la necrópolis de la aljama de Soria, situada en la ladera del Castillo.

Por último, mencionar también la existencia de una necrópolis de la Edad del Bronce, denominada Los Tolmos, lugar cultual anterior, como tantos otros, en los que solían asentarse los freires del Temple, parece que generalmente dispuesto a aprehender otros sincretismos religiosos.

(1) Como sería el caso, por ejemplo, de la famosa misiva del Papa Inocencio III, otorgándoles una reliquia del Lignum Crucis a los templarios de la Vera Cruz de Segovia, documento que muchos historiadores tienden a calificar de falsificación, y que otros, por el contrario, consideran genuinamente auténtico.

(2) Piers Paul Read: 'Los templarios, monjes y guerreros', Ediciones B, S.A., 1ª edición, marzo de 2010, páginas 367 y 394.


sábado, 15 de enero de 2011

Templarios en Conquezuela


Hablar de Conquezuela conlleva, inevitablemente, hacer alusión a uno de los numerosos lugares, no sólo de la Península Ibérica sino también repartidos a todo lo largo y ancho de nuestro mundo que, por sus especiales características, suelen ser denominados como Lugares de Poder. No soy partidario de ésta denominación, y sí de aquélla otra que hace referencia a un concepto más acorde con el universo sensorial, que es, en definitiva, sobre el que se manifiestan y que los hace, a la postre, diferentes: el Espíritu. Prefiero, pues, denominarlos como Lugares del Espíritu.
Como lugar, por tanto, del Espíritu, ésta pequeña matriz que conforma la Cueva de Santa Cruz de Conquezuela ha captado la atención del espíritu humano, al menos desde tiempos inmemoriales como pueda ser, por ejemplo, la Edad del Bronce. De la Edad del Bronce son, a juicio de los expertos, los testimonios que, de una manera poco menos que milagrosa, han sobrevivido a lo largo de milenios. Éstos se reducen, poco más o menos, a los cientos de cazoletas que se pueden advertir en los muros interiores, pues lo grabados apenas se distinguen, habiendo sido muchos de ellos destruídos por la acción ignorante de los hombres -como me confesó un vecino de Conquezuela, el 9 de agosto de 2008, durante el transcurso de la romería- y no por los efectos del tiempo y la erosión.
Por sus especiales características, y por los restos que todavía pueden observarse, también sabemos que el lugar ha mantenido su estatus de sagrado a lo largo de los siglos, sobreviviendo, por ejemplo, un arco de piedra, de estilo románico, perfectamente visible en la parte superior de la entrada a la cueva. Junto a ésta, una pequeña ermita, que también recibe el nombre de Santa Cruz, se levanta sobre el lugar en el que, supuestamente, se levantaba una antigua ermita románica. Evidentemente, de ésta, no queda rastro alguno y la edificación que vemos en la actualidad, se remonta a los siglos XVI ó XVII y fue realizada por los vecinos de Conquezuela y los pueblos de alrededor. Cueva y ermita se localizan a una distancia exacta de tres kilómetros y medio de Miño de Medinaceli -recordemos la colina conocida como el Fortín, en la que se localizan numerosos enterramientos antropomorfos celtíberos- y de Conquezuela. Además de que, en la parte que conforman esos tres kilómetros y medio de distancia que hay entre ésta última población y la cueva, se recoge una leyenda que, curiosamente, se localiza en numerosos lugares de la provincia: la existencia de un pueblo -del que no queda rastro- cuyos habitantes murieron envenenados: Viana.
Interesante, así mismo, es el detalle de que en el lugar, y cumpliendo una de las tradiciones afines a éste tipo de manifestaciones, aparte de la presencia eremítica en el lugar -que ya es un dato significativo- la Virgen se apareció a unas pastorcillas, sacralizando, aún más si cabe, un lugar milenariamente especial.
En una de las cornisas que se levantan a algunas decenas de metros sobre la cueva y la ermita, se puede constatar la presencia de dos tumbas antropormofas excavadas en la dura superficie de la piedra. Llama la atención las dimensiones, teniendo una de ellas una longitud considerable, siendo la otra mucho más pequeña. Siempre se ha mantenido la hipótesis de que ambas tumbas pertenecían, precisamente, a dos de los mencionados eremitas que habitaron el lugar en soledad. Otro detalle a tener en cuenta, es la existencia de una curiosa estructura escalonada, de piedra, que se levanta casi a pie de carretera y que ha generado mucha polémica, pues para los investigadores constituye, sin lugar a dudas, un altar de sacrificios, insistiendo, sin embargo, los vecinos de Conquezuela de que fue hecho por ellos como lugar donde debía instalarse la orquesta que todos los años ameniza las romerías.
Ahora bien, ¿hay indicios para suponer una presencia templaria en el lugar?. Ni afirmo ni niego; objetivamente hablando, no hay documentación que pueda confirmarlo; subjetivamente hablando, no obstante, algunas de las características mencionadas sí parecen coincidir con otros lugares en los que al menos, siquiera haciendo uso de la tradición, se puede presentir dicha presencia: lugar de culto precristiano, aparición mariana, leyenda del pueblo envenenado...
Presencia de la que el periodista e investigador andaluz afincado en Barcelona, Jesús Ávila Granados, no parece tener duda alguna (1), considerando, incluso, que las referidas tumbas pertenecen, en realidad, a dos milites Christi. De cualquier manera, creo que el tema no desmerece en absoluto y puede resultar un acicate para todos aquellos interesados en personarse en el lugar y, aparte de intentar tener una experiencia sin duda interesante, juzgar por sí mismos.
(1) Jesús Ávila Granados: 'La mitología templaria', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1ª edición, septiembre de 2003, páginas 267-269. 'A través de la España oculta', Aladena Editorial, 1ª edición, abril de 2009, páginas 212-214.

lunes, 10 de enero de 2011

La Cuesta: un enigma de las Tierras Altas sorianas

A 13 kilómetros de San Pedro Manrique, y a unos 3 kilómetros, aproximadamente, de Villar del Río y de Yanguas, junto a la Sierra del Alba y el Hayedo de Diustes, donde nace el río Milanos, se localiza este curioso pueblecito de La Cuesta. Se podría considerar definitivamente despoblado, si no fuera porque un matrimonio, sin lugar a dudas audaz y emprendedor, decidió un buen día rehabilitar una de las viejas casonas de piedra y convertirla en casa rural. Una casa rural que, de nombre el Pajar del Búho, cuenta con todas las comodidades habidas y por haber, constituyendo, de hecho, una estupenda base de operaciones para todo aquél interesado en recorrer éstas singulares Tierras Altas.
Hay también quien, bien por haberse hecho con los derechos de propiedad, o bien por cuestiones familiares, emplea los fines de semana o los periodos de vacaciones, en rehabilitar alguna de las muchas casonas que, cuál fantasmas en un camposanto, sufren el silencio y el olvido, roto en ocasiones por alguna de las diferentes familias de avecillas que rondan por sus tejados desmochados.
Llama la atención el acceso al pueblo, situado en cuesta -posiblemente, de ahí el nombre- a pie mismo de la carretera general, así como unas curiosas estructuras modernas con forma de templillo greco-latino y arcos, que parecen conformar un no menos fantasmagórico anfiteatro, que ignoro si se utiliza como depósito de agua o fue realizado hace años como terapia por los drogodependientes que residieron en el lugar pues, cuando quedó despoblado, se utilizó como centro de rehabilitación.
Sea como sea, y en espera de poder obtener más información, siquiera sea preguntando en el Ayuntamiento de Villar del Río, del que depende, oportuno es apuntar que me enteré de casualidad de la existencia de La Cuesta.


Y digo de casualidad, porque supe de su existencia tras la lectura de un breve comentario en un libro de Javier Sierra y Jesús Callejo (1) que mencionaba la existencia -he de suponer que en la iglesia de la Asunción, actualmente en completa ruina, como se puede apreciar en los vídeos- de una Sábana Santa, entre cuyas características la tradición insistía en afirmar que tenía auténticas gotas de sangre de Jesús. Sábana que desapareció misteriosamente, cuando los habitantes, por los motivos que fueran, abandonaron el lugar.

Cierto es, así mismo, que con relación a La Cuesta, no dispongo de datos suficientes -ni siquiera echando mano de la Tradición, en su conocida coletilla de fue de- para certificar una posible presencia de los freires milites del Temple en el lugar. Presencia que, por otra parte, no me parecería demasiado descabellada, teniendo en cuenta de que rondaron por la zona, como hemos visto, al menos en el caso de San Pedro Manrique, y posiblemente también en Yanguas. Pero reconozco que la tentación de asociarlos es grande, y no es la primera vez que se relaciona a los templarios con la Síndone de Turín -algunas hipótesis, incluso especulan con la posibilidad de que se tratara en realidad de Jacques de Molay, el último Gran Maestre- y el Sudario de Oviedo.

De lo que no me cabe duda, es de que se trata de un dato, al menos intrigante, como para ser tenido en cuenta; dato que, de alguna manera, vendría a complementar uno más de los misterios y enigmas históricos asociados a esta región, de la que espero poder añadir algo más en un futuro no demasiado lejano.

(1) Javier Sierra y Jesús Callejo: 'La España extraña', Ramdon House Mondadori, S.A., 1ª edición, febrero de 2008, página 168.