sábado, 15 de diciembre de 2012

La España de los Templarios os desea una Feliz Navidad



Este año se acaba. Viejo y cansado, se retira quizás a esas catacumbas del Yucatán cuyos fantásticos calendarios mayas, según algunos, predicen la inminencia del fin del mundo. Para ser sincero, creo que este año pasará, entre nosotros, no como el año en el que Dios se cansó de aguantar los deslices de una humanidad empeñada en tropezar siempre con la misma piedra y acabó dándoles con la piedra en la cabeza, sino como el año en el que la barbarie capitalista ha sido tan egocéntrica, egoísta y miserable, que con su corrompida manera de establecer aún más las diferencias de clases, estén promoviendo un apocalipsis que seguramente nada tenga que ver con aquéllas nefastas conjunciones con las que los astronómos mayas, desde lo alto de sus templos en las selvas profundas, predecían sus oscuras historias dignas de San Juan.
En realidad, siempre he pensado en la palabra Apocalipsis, como en lo que realmente significa: Revelación. Una revelación, que puede ser un Alfa y no un Omega, como se pretende hacernos creer, sobre todo en algunos medios informativos de dudosa objetividad. Una revelación, que puede dar al traste con antiguos conceptos y ser el fruto de conceptos nuevos, más dignos, más humanos, más equitativos. En definitiva, mejores.
Como apasionado del mundo templario, no puedo dejar de sorprenderme. Numerosos son los enclaves, confirmados o supuestamente a ellos atribuídos, en los que podemos encontrarnos con ciertos y paradójicos elementos, que nos pueden dar qué pensar. Me refiero a esos misteriosos caballeros esculpidos, generalmente en los capiteles interiores de los templos, a los que se denomina como Caballeros del Apocalipsis o Caballeros Cygnatus, y que siguen una trayectoria que se remonta en el tiempo a épocas y culturas diferentes. De alguna manera, también ellos fueron precursores de un Cambio: un cambio de religión, un cambio cultural, un cambio social...e incluso, en el caso que nos ocupa, también de un fin individual, el de la propia Orden del Temple. Pero si bien muchos de sus miembros acabaron en las hogueras inquisitoriales, el mundo continuó su marcha. Y la Orden, después de todo, también.
Yo quisiera pensar en el próximo solsticio, precisamente cuando Jano abre su gélida puerta, no como la puerta por la saldrá la gran prostituta de Babilonia montada sobre un dragón rojo y los siete ángeles tocarán sus mortales trompetas, sino más bien como la apertura de una puerta muy especial por la que vendrá un cambio; un cambio de actitud, a nivel mundial, que nos haga ver la necesidad de dar un giro a nuestra propia necedad, haciéndonos pensar que somos nosotros mismos quienes podemos empezar a construir un mundo mejor, más respetuoso con el planeta que nos cobija, menos egocéntrico y egoísta y más solidario.
Ese sería mi deseo para 2013. Por lo demás, creo que sobran las palabras. No obstante, sean en las circunstancias que sean, no puedo por menos que desearos, de todo corazón, una muy Feliz Navidad.


miércoles, 12 de diciembre de 2012

El mensaje universal de Río Lobos y los Custodios del Lugar Sagrado



'De modo que la verdadera historia de un pueblo no la encontraréis casi nunca en lo que de él se ha escrito' (1)
Antonio Machado


Posiblemente, tampoco la verdadera historia de los templarios se encuentre, ni en los ríos de tinta que sobre ellos han sido escritos, ni en los escasos testimonios sobrevivientes de su paso por el mundo medieval. Desde su creación, en oscuras y poco conocidas circunstancias, hasta su caída, a comienzos de aquél siglo XIV, en el que el gótico nos legó lo más impresionante de su novedosa concepción de lo sagrado, la aventura del Temple se diluye como vapor de agua en los albores de la apasionante historia medieval.
Por sus huellas los conoceréis, podrían aplicarse también estas palabras crísticas; y es, precisamente, a través de ellas, de sus huellas, como podemos hacernos una idea, al menos aproximada, de la verdadera naturaleza del espíritu templario: el templario era un soldado de Dios, sí, pero también, sirviendo a unos ideales cuya base posiblemente la proporcionara el propio Bernardo de Claraval -San Bernardo- en su Epístola 106 (2), podría definirsele como el guardián y el custodio, por antonomasia, del Lugar Sagrado. De manera categórica o documentada, o por el contrario, aplicando las bases proporcionadas por la leyenda y la tradición, podemos hacernos eco de esta característica, inherente a todo guerrero místico -templario o no-, si somos capaces de apartar de nuestra mirada los enigmas asociados que han hecho que el interés por el Temple sea poco menos que universal y nos dejamos llevar por la importancia del aliento espiritual latente en muchos de los lugares donde se establecieron. Precisamente, dos de los lugares que mejor podrían dejar de manifiesto la cuestión aquí planteada -sin desmerecer muchos otros, desde luego- son, en mi opinión, el Cañón del Río Lobos, en la provincia de Soria y el peculiar Bierzo leonés.
Especiales por merecimiento propio, y lejos de servir a unos intereses estratégicos que sí se dieron en otros lugares de la Península, estos dos enclaves poseen los suficientes elementos mistéricos y espirituales, como para servir de ejemplo de todo cuanto se ha dicho hasta el momento. En el caso de Soria y su Cañón del Río Lobos -que comparte con la no menos interesante provincia de Burgos- basta contemplar esta auténtica maravilla natural desde el mirador de la Galiana, para darse cuenta, al menos de una manera intuitiva, si se prefiere, del por qué ha constituído un foco de admiración y veneración de numerosas culturas que se remontan, cuando menos, a ese fascinante periodo histórico conocido como Neolítico.
Ahora bien, independientemente de todos los enigmas y misterios añadidos a la singular ermita de San Bartolomé (3), aún quedan rastros de esa neolítica veneración, cuyas leyendas -¿hemos de suponer, que recogidas y posteriormente transmitidas también por los celosos fratres milites?- coinciden, sorprendentemente, con las que se conservan en otros lugares no menos relevantes y especiales. Reseñable resulta añadir, pues, que si aquí tenemos una roca de más que probable origen megalítico, donde según la leyenda, quedaron ideleblemente marcadas las huellas de las patas del caballo de Santiago cuando saltó desde uno de los farallones cercanos tratanto de huir de la persecución sarracena (4) a la que se veía sometido, ésta misma tradición, con piedra y huellas incluídas, se recoge también en otro lugar tan fascinante, pródigo en vestigios megalíticos y con probable presencia templaria, como es la cima del Monsacro asturiano. Eso, por no mencionar, así mismo, la no menos fascinante coincidencia de la veneración a la figura de la Gran Diosa Madre, presente también en ambos lugares.


Por otra parte, quien haya tenido la fortuna de viajar -siquiera durante un breve espacio de tiempo- por el Bierzo, no tardará mucho en sacar similares conclusiones. Sobre todo si, haciendo el recorrido como lo haría un peregrino viniendo de Astorga, comienza sentirse inmerso en un imaginario Ouroboros, en el que cabeza y cola, tienen un denominador común: la Orden del Temple. Un círculo impresionante, que se cierra sobre un territorio eminentemente mágico, o especial, si se prefiere y que, incluyendo lugares como Rabanal del Camino, Fontcebadón, Manjarín, El Acebo, Compludo, Molinaseca, Ponferrada, Carracedo, Priaranza, Carucedo, Las Médulas, Cornatel, Corullón o Villafranca -por citar algunos de los ejemplos más relevantes- coincidía con el comienzo de otro círculo no menos sagrado y especial, que penetraba en la magia de Galicia a través del puerto de O Cebreiro.
Por eso, creo que conviene replantearse dónde reside el interés real, y pensar en la importancia del Lugar, mucho más que en el simbolismo deteminado o las actividades a que se sometían los hermanos fratres y el verdadero papel que tuvieron como Custodios, en definitiva, de la Tradición.


(1) Agradezco el recuerdo de ésta pequeña gran verdad de Don Antonio Machado, al infatigable y prolífico escritor de la España mistérica, Jesús Ávila Granados. De no haber vuelto a repasar su excelente libro 'A través de la España oculta', Editorial Aladena, S.L., 2009, no me hubiera tropezado con ella, en ese sabio prólogo por él imaginado.
(2) 'Más cosas encontraréis en los bosques que en los libros; los árboles y las piedras pueden haceros ver lo que los maestros nunca sabrán enseñaros. ¿Pensáis acaso que no podéis libar miel de las piedras, aceite de la roca más dura?. ¿Será que las montañas no destilan dulzura?. ¿Será que las colinas no maman leche y miel?. ¿Será que los valles no están llenos de trigo?. Tengo tantas cosas que deciros, que apenas sí puedo contenerme...'.
(3) Aunque parezca mentira, comenzó a ser tardíamente conocida, cuando a finales de los años setenta y principios de los ochenta, algunos investigadores de la España mistérica comenzaron a airear su existencia en libros y revistas especializadas, que no tardarían en causar furor en el público en general, fomentando un interés que se ha mantenido vigente hasta la actualidad, hasta el punto de constituir uno de los centros más conocidos y visitados, no sólo de la provincia, sino también de toda España.
(4) En realidad, no hay vestigios de tal presencia, al menos en lo que al interior del Cañón se refiere.


sábado, 8 de diciembre de 2012

Aras paganas, Diosas Madre, Vírgenes Negras y tradiciones en Tejeda de Tiétar


[Ara votiva romana, denominada 'la Muerte Pelona']

Numerosos son los testimonios gráficos que, repartidos como las piezas de un puzzle monumental, se localizan a lo largo y ancho de la geografía peninsular, permitiéndonos conocer, siquiera de una manera bastante más que hipotética y superficial en muchos casos, las inquietudes espirituales de los pueblos que nos precedieron. Tejeda de Tiétar, evidentemente, no es una excepción. De su pasado, rico e interesante, a juzgar por los restos que han llegado hasta nosotros, deja constancia y testimonio el paso de numerosos pueblos y culturas, siendo, quizás, las más notorias, por su proximidad histórica, la celtíbera, la romana, la visigoda, la árabe y la cristiana, sin menospreciar, ni mucho menos, aquéllas culturas anteriores y de características neolíticas, de cuya existencia, aún se converva algún enigmático testimonio, como puede ser el dolmen que se encuentra en la cercana población de Jaraiz de la Vega.
El hallazgo de muchos de estos restos o fragmentos históricos demuestra, una vez más, que los cultos, como las costumbres, se superponen -de similar manera, a las capas estratográficas de la tierra, y buena prueba de ello, lo tenemos en el ejemplo de Troya- y a la vez se imponen unos a otros, dependiendo de una circunstancia histórica, tremendamente simple: el pueblo que conquista, impone su cultura y sus reglas. Un ejemplo claro, lo tenemos en la que aquí, en Tejeda, denominan la Muerte Pelona. O lo que es lo mismo, un fragmento de ara votiva romana, que se localiza en territorio celtíbero y que ahora forma parte del relleno mural de una iglesia cristiana.
Lo interesante de este ara votiva romana que, como se ha dicho varias veces, forma parte del relleno del muro sur de la iglesia de Nª Sª de la Torre, radica, fundamentalmente, en dos detalles singulares: la imagen del danzante o bailarín y la referencia a unas oscuras divinidades, a las que se denomina Selais Duillas, y a las que, dicho sea de paso, se relaciona con la vegetación. Unas divinidades, en cuyo honor el ritual de la danza parecía tener una importancia más que relativa y podria estar relacionado con los cultos propiciatorios a la fertilidad, tan comunes entre los diferentes pueblos del pasado. Otro detalle relacionado, podrían ser, así mismo, las numerosas fuentes situadas en las proximidades, algunas bautizadas en periodos posteriores, con significativos nombres, como la Fuente de la Oca.
Aunque se ignora en qué época exactamente surge la tradición de arrojarle piedras, sí parece cierto que ésta se hizo con la connivencia de los poderes eclesiásticos, obedeciendo a una constatada intención de satanizar y eliminar todo interés popular por los antiguos cultos. 

[Probable altar de origen celtíbero y figura de Diosa Madre]

Pero es en el muro norte, donde aún se pueden distinguir algunas toscas marcas de cantería, donde nos encontramos con otro apasionante enigma que, de igual manera que el ara votiva romana, ha sido utilizado como material de relleno. A juzgar por sus características, podría tratarse, efectivamente, de una antigua ara celtíbera. Presunción que se justifica, en buena medida, en la especie de canalillo y desagüe que se aprecian en la parte superior. Algo más abajo y bastante desgastado por el tiempo y la erosión, aún es posible ver una curiosa figura. Una figura que, aunque tosca, permite entrever un perfil singular, en el que destacan dos enormes pechos.

[Figura de Diosa Madre resaltada]

Un perfil muy similar, en esencia, a aquellos otros que se han localizado en numerosos lugares de Europa, y que indicaría la pervivencia, aún en tiempos de la conquista romana, de los primigenios cultos a la figura de la Gran Diosa Madre. Un perfil que, si lo observamos con atención, sigue los mismos patrones que aquéllas otras figurillas del Neolítico, como la denominada Venus de Willendorf, que nos ofrece una idea de los antiquisimos cultos de origen lunar y matriarcal que se desarrollaron en Europa desde tiempo inmemorial. Cultos que, de alguna manera, continuaron manteniéndose a lo largo de los siglos, en las no menos enigmáticas figuras de las Vírgenes Negras, cuya proliferación, por alguna razón determinada, parece que fue mucho más explícita en países como Francia y España, siendo estos dos los que reúnen, en su haber, el mayor número de representaciones figurativas de ésta índole.

[Virgen de la Torre]

Una prueba de ello, lo tenemos, tal y como hemos visto en las entradas anteriores, en la figura de la Patrona local, la Virgen de la Torre, en cuya rehabilitación, se descubrió que era negra, como así dejan entrever algunas de sus características: hierática, entronizada, con la mano derecha desproporcionada, sin apego hacia la figura del Niño y con el color verde de su manto, entre otras características. De la proliferación de elementos pertenecientes a la cultura megalítica, Extremadura -aún a pesar del poco interés desarrollado a lo largo de la Historia por su estudio y conservación, como también se ha comentado en entradas anteriores- aún conserva una riqueza muy digna de tener en cuenta. De hecho, en las cercanías de Tejeda de Tiétar, es reseñable el dolmen o los dólmenes de Jaraiz de la Vera. Sin embargo, de entre todas las imágenes marianas de características Negras que se pueden localizar en la región, la más universal, qué duda cabe, es la Virgen de Guadalupe, presente, sobre todo en figuraciones de origen pictórico, en casi todos los templos de la provincia, y cuya imagen homónima, situada en la capital mejicana, todavía mantiene en jaque a los investigadores, no tan sólo por sus singulares características -como el origen de algunos de sus pigmentos- sino también por la increíble sucesión de imágenes que se pueden ver en sus retinas. Con tales antecedentes, y tal riqueza del pasado, difícil es no presentir -con o sin documentación que lo avale- la presencia y el interés del Temple por el lugar; sobre todo, si tenemos en cuenta que éstos, de alguna manera que se presiente en cuanto a los lugares donde se establecían, fueron los auténticos guardianes de los lugares mágicos y sagrados peninsulares. En definitiva, cristianos sí, pero también guardianes inexorables de la Antigua Tradición.


 [Virgen de Guadalupe]
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lunes, 1 de octubre de 2012

Una Virgen Negra extremeña: la Virgen de la Torre



'En los templarios, hay una marcha inexorable, meditada y precisa, hacia las fuentes remotas de la historia humana, que es, al mismo tiempo, la historia de las experiencias trascendetales de la humanidad...' (1).
En realidad, no debería de sorprendernos en exceso la presencia de una Virgen Negra aquí, en Tejeda de Tiétar, si tenemos en cuenta los antecedentes cultuales de la zona, sin olvidar, por otra parte, que precisamente de la siempre enigmática región extremeña procede, también, unas de las imágenes marianas más misteriosas, milagreras y mundialmente conocidas y veneradas, como es la Virgen de Guadalupe. De hecho, en la misma iglesia de San Miguel -receptora, como vimos en la entrada anterior, de una pequeña colección de imágenes de diversa época, advocación y procedencia, pero que cuentan con un gran fervor popular- no falta un cuadro, situado al final de la nave, que la representa y nos la recuerda. Y en tal recuerdo, no puedo olvidar aludir, siquiera en unas breves líneas, el extraordinario caso de su homónima mejicana, que ha traído de cabeza -y de hecho, continúa haciéndolo- a multitud de expertos e investigadores, que todavía no terminan de comprender por qué en sus ojos se mantienen grabadas imágenes de distinta época y condición, como si de un negativo fotográfico se tratara (2).
Procedente de una ermita situada dentro de los márgenes de una finca particular -donde antiguamente se celebraba romería, detalle a tener en cuenta, todos los lunes de Pascua, y en la actualidad convertida en establo y henar- al decir del profesor Domingo Montejo Aparicio -conocido, entre otras cosas, por su experta opinión sobre los diferentes retablos mayores de la zona- nos encontramos, en la presente atalla, con la imagen más antigua y de policromía original mejor conservada de la comarca de La Vera. Una imagen, datada en el siglo XII, conclusión aportada por el catedrático de restauración D. Francisco Arquillo Torres, de la Facultad de Bellas Artes de Sevilla, quien procedió a su restauración en el año 1989. Y es precisamente aquí, durante la citada restauración, donde comienza parte del enigma de esta hermosa imagen.


Teniendo en su haber la restauración de imágenes tan importantes como la citada Virgen de Guadalupe y La Macarena, el profesor Arquillo descubrió que el rostro de ésta Virgen de la Torre era moreno, siendo sus comentarios posteriores, el haber optado por conservar la policromía actual -blanca-, por respeto a la devoción de los fieles tejedanos. Ahora bien, durante la restauración, parece ser que -según me comentó Mª Pilar Suárez, natural de Tejeda, aunque residente fuera del pueblo, como ya tuve ocasión de comentar en la entrada anterior, dedicada a la iglesia de San Miguel- se alteraron algunos detalles de la imagen, que conviene reseñar.
En primer lugar, se le añadió una peana; añadido que imposibilita comprobar el pequeño habitáculo que tenía para contener reliquias. Nada se sabe, por supuesto, de si alguna vez llegó a albergar alguna reliquia, ni mucho menos, su procedencia. La corona, también ha sido alterada. Sobre todo, cuando, en realidad, se trataba de una corona lisa, la que ceñía originalmente la cabeza, a la que se añadieron picos o diamantes, haciéndola similar al modelo de coronas regias de la época. Y la mano derecha, precisamente aquélla que, de aspecto desproporcionado, sujeta la tradicional bola -un concepto considerado como de posible heredad egipcia, donde más de un autor señala el conocimiento por parte de éstos de la esfericidad de la tierra, y herético, por supuesto, en los ambientes tanto eclesiales como laicos medievales- cuya posición, parece ser que era mucho menos elevada que la que tiene ahora.
Dentro de la originalidad de su policromía, cabe destacar el color verde -un color asociado tradicionalmente a las Vírgenes Negras- no sólo del manto que recubre la figura desde la cabeza, sino también, del vestido sobre el que, en época indeterminada, cabe suponer que se aplicó el color rojo que luce hoy, detalle que aún se puede apreciar en algunos de los desconchones situados a la altura del pecho. Curiosamente, y dado que este tipo de representaciones suelen ser también identificadas con la figura de la reina de Saba (3), la talla sólo muestra un pie al descubierto, el izquierdo, permaneciendo el derecho oculto dentro del vestido, quizás aludiendo, simbólicamente, a ese defecto característico de dicha reina, que posteriormente daría origen a ciertas leyendas, como la de la Reina Pedauque -Pie de Oca- y el hada Melusina.
Por los desconchones, así mismo, se podría afirmar que, aparte de la lejanía afectiva característica entre Madre e Hijo en este tipo de figuras, el color de las vestiduras del Niño, también debieron de ser verdes en sus orígenes. Al contrario que la Madre, el Niño porta la bola en su mano derecha. Aunque no siempre es así, en este caso, coincide el color de los cabellos de ambos: oscuros, negros...como una posible referencia a esa tierra semita, egipcia, que se supone fue cuna de la Alquimia.
En definitiva: a pesar de que su origen e introductores continúan siendo un completo misterio -tácheseme de visionario, pero no descartaría, ni por un momento, la probable sombra del Temple detrás- la presencia aquí de una imagen de semejantes características, no deja de ser, en el fondo, y bajo mi punto de vista, una reposición, convenientemente enmascarada, de los antiguos cultos a la figura ancestral de la Gran Diosa Madre, de prolífica presencia en la región, y desde luego, en la zona.

 

Apéndice: De lo milagroso de su aparición, cuenta una leyenda, que se descubrió mediante el comportamiento inusual de un toro -el antiguo culto táurico, quizás traído por los pastores tramontanos del Norte- que solía alejarse todos los días del resto del rebaño, siguiendo siempre una determinada dirección. En una de las ocasiones, el vaquero lo siguió, encontrándolo reclinado sobre la imagen de la Virgen, que había desenterrado junto al tronco de un roble, árbol éste, sagrado entre los celtas.
Otra versión de la leyenda, señala que fue descubierta por la yunta de bueyes -se reafirma, al menos la versión táurica- que manejaba un labriego. Versión, similar, por no decir idéntica, a la de la Virgen del Mirón, en Soria.

(1) Juan García Atienza: 'Guía de la España mágica', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1981, páginas 324, 325.
(2) Juan José Benítez: 'El misterio de la Virgen de Guadalupe', Editorial Planeta.
(3) Soy negra, hijas de Jerusalén, pero hermosa...

jueves, 20 de septiembre de 2012

Tras las huellas del Temple en Extremadura: Tejeda de Tiétar



'Tengo buenos amigos extremeños. Son gente apasionada de su tierra, que suele comprarse botas duras y coches resistentes para meterse por cualquier rincón a la búsqueda de lo insólito, de lo olvidado, de lo desconocido. Sé incluso de uno de ellos que pesca a menudo restos arqueológicos inverosímiles, que se los lleva a su casa, los estudia y los contempla hasta que agota su afán de adentrarse en aquella realidad remota y, luego, los entrega al museo para que la gente los vea y otros los terminen de desentrañar. Si alguien pusiera en duda, antes estos amigos, la riqueza mágica y arqueológica de estas tierras extremeñas, tendría que vérselas con la aplastante tealidad de todo cuanto conocen.
Sin embargo, el hecho cierto -y triste a la vez- es que mis amigos extremeños constituyen una especie de excepción entre una general y total apatía de casi toda la población -comenzando por sus mismas autoridades académicas- por el estudio y conservación de una riqueza insólita que está casi virgen de estudio y que ha sido extrañamente relegada a la ignorancia o al olvido aún en los casos -excepcionales- en los que un profesor y su equipo llegaron un día a ocuparse de determinado lugar o de una pieza concreta...' (1).

Con estas palabras, prologaba Juan García Atienza, el apartado dedicado a Extremadura en su Nueva Guía de la España Mágica, publicada por la editorial Ramdon House Mondadori, en mayo de 2002. En realidad, y para ser sinceros, fueron las mismas palabras que ya utilizara a principios de los años noventa, cuandos sus dos primeras guías, hicieron furor entre los amantes de lo insólito, lo olvidado y lo desconocido, utilizando sus propios términos. Créase o no, diez e incluso veinte años después de tales aseveraciones, podría afirmarse que Extemadura, mucho más incluso, sin me apuran, que Teruel, continúa siendo, en el fondo, la Gran Desconocida. O lo que viene a ser lo mismo: continúa manteniendo a capa y espada ese numantino bastión histórico, completamente inexpugnable y acotado a todo intento por allanar y sacar a la luz una riqueza cultural que, paradojas del destino, se consume y languidece irremediablemente, mezclada con el turbio polvo del olvido y los intereses particulares. Uno de los problemas más graves, desde mi punto de vista, posiblemente tenga sus raíces todavía hoy, firmemente arraigadas en los grandes latifundios. Latifundios tradicionales, de los de toda la vida, sí, pero a los que se unen también, todo hay que decirlo, la inmensa cantidad de terreno adquirido en las últimas décadas por famosos de toda índole y condición, aislados del resto del vulgo en blindadas propiedades que incluyen, en numerosos casos, elementos históricos y artísticos de considerable interés. No obstante, y procurando ser justos, también hemos de considerar, que parte del problema de este obstinado cerrojazo cultural, se sustenta en una poco menos que histórica despreocupación de una mayoría del pueblo extremeño -entiéndase ésta a todos los niveles, no sólo los fácticos y académicos- hacia la recuperación y conservación de un Patrimonio -léase bien, con mayúscula- antiquísimo, riquísimo y primordial. Evidente y afortunadamente, siempre hay excepciones. Y son precisamente éstas excepciones, las que hay que cultivar, si se quiere acariciar, siquiera, una leve parte de ese rico y casi desconocido mosaico cultural al que venimos aludiendo.
De la misma manera que Atienza fue acreedor en su momento de la afortunada amistad de extremeños afables y sinceramente preocupados por la riqueza insólita de su monumental patria chica, yo también conté, a primeros de un caluroso mes de agosto del año en curso, con la inestimable colaboración de una extremeña de corazón y nacimiento, preocupada por conocer y sacar a la luz, en la medida de lo posible, los avatares y circunstancias históricas de la provincia en general, y de su pueblo en particular. Nacida en Tejeda de Tiétar, María del Pilar Suárez, ejerce la muy digna profesión de magisterio, no obstante, fuera de la provincia, sin que ello sea óbice para que disfrute en su casa natal largos periodos estivales, regresando también cuando lo requiere la ocasión. De su mano, y motivado, así mismo, por ciertas interesantes características contenidas en la iglesia parroquial, dedicada a la figura de San Miguel Arcángel -recordemos, uno de los santos predilectos del Temple- comencé, como digo, a descubrir parte de los misterios históricos que aún se conservan tanto en la mencionada iglesia, como en el privilegiado entorno en el que se encuentra situado el propio pueblo. Parte de esos misterios, como la figura románica de una Virgen Negra -la Virgen de la Torre, de cuyas características hablaré más extensamente en una próxima entrada- proceden de una ermita venida a menos y utilizada como establo, que se localiza en un terreno particular, dentro de una dehesa situada en las proximidades, conocida como Torre de Paniagua. Pero en lo relativo a dicha finca y algunos interesantisimos elementos que contiene, el tema, por el momento, es tabú.
El armazón que constituye la actual iglesia de San Miguel Arcángel, se recompuso en el siglo XVI, sobre los cimientos de una antigua iglesia románica que, a su vez, es muy probable que también ésta se levantara sobre los restos de algún templo o alguna construcción de origen romano, a juzgar por los numerosos elementos relacionados que se pueden observar reaprovechados tanto en el exterior como en el interior de la iglesia. Entre estos elementos, cabe destacar, el ara votiva situada en la pared del muro sur, muy próxima al pórtico de entrada al templo. Conocida popularmente como la Muerte Pelona, representa la figura de un danzante -anecdóticamente, su vestido recuerda a las vestimentas de los bailarines derviches- y una inscripción latina que, dividida en dos partes, dice lo siguiente: por encima de la figura (VOTUM FECIT LIBE SELAIS DVIL), y dentro del vestido del danzarín (DVLIVS IVLIUS). A estos elementos, habría que añadir, ciertamente, otra pieza interesante e inusual -al menos, su no conservación en un museo- que indica la existencia de cultos paganos más antiguos, probablemente de origen autóctono y condición celtíbera, de alguna de las muchas tribus que fueron sometidas durante la conquista romana. Consiste en una pieza rectangular, empotrada en el muro norte de la iglesia, que tiene todas las características de haber sido un ara de sacrificios, en la que se advierte una especie de canal, así como un posible agujero de desagüe, y aunque bastante desgastada por la acción de la erosión, una tosca deidad, de grandes pechos -similar a las antiguas representaciones paleo-neolíticas- que parece ser una probable alusión a la figura de la Gran Diosa Madre. Pero de ambos elementos, conviene comentar extensamente en futuras entradas.


No cabe duda, por otra parte, que otro de los atractivos con los que cuenta este templo -y una llamada especial de atención a su singularidad- radica en la perfecta y a la vez doble estrella remfan que luce en su fachada oeste: exteriormente, con la punta dirigida hacia la tierra -hacia esa conexión telúrica que los celtas llamaban wouivres- e interiormente, aunque de trazo mucho más fino, con la punta dirigida hacia el cielo, en dirección a esas otras wouivres de origen cósmico, representantes, en ambos casos, de uno de los conceptos básicos del hermetismo tradicional: como es arriba, así es también abajo.
Símbolo del hombre universal y por tanto, de la perfección, la figura del pentáculo o estrella remfan -en algunos ámbitos, conocido también con el sobrenombre de pie de druida- se constata presente en templos de probada autoría templaria, siendo el ejemplo más relevante, aquél que, bajo la advocación de San Bartolomé -santo de evidentes connotaciones herméticas y serpentarias, y relacionado simbólicamente, entre otros conceptos, con la idea de la renovación- se localiza en la parte soriana del Cañón del Río Lobos (2). Obviamente, por sí mismo, este significativo elemento no demuestra nada en tal sentido. Sobre todo, porque no existe -o no se ha encontrado hasta la fecha- documentación histórica anterior a ese siglo XVI, en el que sí se sabe que las obras acometidas en esta iglesia, así como en otras de los pueblos de alrededor, fueron llevadas a cabo, en el periodo comprendido entre 1523 y 1559, por iniciativa del obispo don Gutierre Vargas de Carvajal, que ocupó la silla episcopal palentina, del que se dice que era una notabilidad en el arte de construir, sapientísimo en este arte y muy entendido en arquitectura (3). Cabría preguntarse dónde se formó para adquirir tales conocimientos, y si en ésta formación influyeron los gremios canteros que acompañaron al Temple en buena parte de su aventura histórica. Porque creo que interesante, puede resultar la constatación de la forma hexagonal de su ábside, tipo de construcción que suscita numerosas discrepancias entre los historiadores, a la hora de calificarla como modelo de arquitectura templaria. Pero también puede resultar muy significativo, el detalle de que, hasta bien entrado el siglo XX, la planta de la nave lucía un espléndido suelo formado por cuadros blancos y negros; es decir, formado por los colores del bauceant o estandarte templario.
Del interior de este templo de San Miguel -quizá sea oportuno, reseñar la opinión de algunos especialistas, en cuanto a la coincidencia de templos con esta advocación, construídos sobre templos anteriores dedicados a dioses como el Hermes griego o el Mercurio romano (4)- cabe destacar el valiosísimo Retablo Mayor, de estilo plateresco y realizado hacia 1568 por los entalladores palentinos Francisco y Baltasar García, el cual se ve coronado por un pequeño Calvario que contiene, aparte de las tradicionales figuras de la Virgen y el Evangelista arrodilladas al pie de la cruz, a un Crucificado que muestra un nimbo crucífero con la cruz paté, lo que evidencia, en cierta manera, la pervivencia en la memoria popular de un simbolo muy utilizado en general, aparte de su uso corriente por la orden de caballería a la que venimos haciendo referencia. Por debajo del Calvario, se vislumbra la figura -posiblemente de los siglos XVI ó XVII- de Nª Sª de las Virtudes, talla cuya procedencia original se ignora, pero que antiguamente era conocida como Nª Sª de la Salud, detalle que también trae a la memoria la existente en la ermita de San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos (5), a la que hacíamos referencia al tratar el tema de la estrella remfan. Además de ésta y de la Virgen de la Torre, conviene señalar también la custodia de otras dos interesantes figuras marianas: la llamada Virgen del Sabadal -por cuya advocación y similitud con la palabra hebrea sabbath, se aventura la posibilidad de que fuera donada o perteneciera a alguna comunidad de judíos conversos, como se sabe hubo en el pueblo, siendo importante su presencia en ciudades como Plasencia- y la Virgen de los Remedios, con una media luna a los pies y el nombre pintado sobre la peana, cuya mano derecha sostiene un objeto simbólicamente significativo: un higo. Otra de las piezas interesantes a mencionar, es la figura del Arcángel San Miguel que, por los objetos que porta -la lanza con la que mantiene a raya al diablo en su mano derecha, y la balanza que sostiene en la izquierda- denota su carácter de juez pesador de almas y ejecutor. Lo que llama la atención de esta figura -aparte de la del propio diablo, de cuyo pecho surgen otros diablos que a la vez generan más diablos saliendo de su boca- no es su rica ornamentación plateresca, sino el color de las vestiduras: negras, el color más propio de otro caballero antagonista de San Miguel, y de carácter lunar, como es San Jorge. Esto se evidencia, no obstante, en las magníficas pinturas, atribuídas a Antonio Pérez de Cervera, pintor palentino también, donde San Miguel se muestra portando un peto de color claro, más acorde con su simbología de héroe solar, dentro de la generalidad escénica de un cuadro dedicado a la rebelión de Lucifer. En las pinturas, compuestas por escenas relativas a la Anunciación, la Adoración de los Magos o la aparición de un Cristo resucitado ante los atónitos espectadores, aún se pueden entrever detalles de interés. Como, por ejemplo, el curioso estandarte de color rojo que porta éste último en su mano izquierda, que encierra -también de color rojo- un tipo de cruz muy particular -también de las utilizadas en tiempos por el Temple- que se localiza a su vez, por citar otro ejemplo, en el punto de clave interno de la ermita de planta octogonal de Santiago, situada en la cima del Monsacro asturiano; o el curioso pomo de la espada que porta al cinto el rey Melchor, que representa la cabeza de una serpiente o de un dragón.
Aunque continuaremos tratanto en sucesivas entradas los pormenores de la riqueza cultural y artística que se localiza en Tejeda y sus alrededores -la curiosa piedra del pósito que se localiza en la fachada de su Ayuntamiento, el enigma de la Virgen de la Torre, la existencia de una fuente románica muy similar a la que se localiza en Fuentelisendo, provincia de Burgos, etc-, si bien no hay suficientes datos objetivos como aseverar con absoluta certeza la pertenencia al Temple, sí creo honestamente que hay elementos dignos de tenerse en cuenta para no descartar esta posibilidad, sin olvidar que estos estuvieron instalados en las proximidades: Monfragüe, Alconétar...

(1) Juan García Atienza: 'La nueva guía de la España Mágica: las rutas secretas de la sabiduría', Grupo Editorial Ramdon House Mondadori, S.L., 1ª edición, mayo de 2002, página 387.
(2) También se encuentra en otros templos, cuya pertenencia a la Orden no está totalmente avalada, como en Lasarte, Álava e incluso en Leache, Navarra, cuya derruída iglesia de San Martín puede que fuera de ellos y posteriormente heredada por la Orden de San Juan de Jerusalén, cuya presencia en el lugar sí está constatada.
(3) Revista de Folklore, año 1986, Tomo 06b, revista número 72, 'Nuestra Señora de la Torre y su ermita', Emilio y Demetrio González Núñez, páginas 202-207. En internet: http://www.funjdiaz.net/folklore/07/ficha.cfm?id=622
(4) Petra van Cronnenburg: 'El misterio del Monte de Odilia', Grupo Editorial Ceac, S.A., 2000, página 163.
(5) La figura original, románica, desapareció de la ermita de San Bartolomé a principios del siglo XX, manteniéndose alguna versión popular, en la que se responsabiliza de su venta al que por entonces fuera el párroco del lugar.

sábado, 18 de agosto de 2012

Los Templarios de Tuñón



En el concejo de Santo Adriano, en Asturias, y más concretamente en el pueblecito de Tuñón, aún se recuerda, aunque de manera muy desfragmentada y por supuesto sin documentación histórica que lo avale, la presencia de la Orden del Temple. Distante, aproximadamente, una veintena de kilómetros de Trubia -población famosa por su histórica fábrica de armas- en Tuñón comienza la denominada Senda del Oso, cuyo recorrido se adentra en los intrincados montes del vecino concejo de Teverga, atravesando una zona no sólo mistérica y rica en yacimientos arqueológicos del interior de Asturias, sino también, una zona de las más variopintas, hermosas y a la vez, celosa encubridora de antiguos misterios. Tuñón, además, posee otro de los templos más carismáticos e interesantes del denominado Arte o Prerrománico Asturiano: la iglesia de Santo Adriano. Muchas son las causas que han repercutido en ésta lamentable e irreparable pérdida; aunque Fina, la guardesa del templo, insiste, con cierto mal contenido rencor, en los fotógrafos y los malditos flashes de sus cámaras. A sus ochenta y un años -que no aparenta, desde luego- pocas personas saben tanto de ésta iglesia de Santo Adriano, como ella. No en vano su casa, de fachada pintada en varias tonalidades de verde, se levanta a escasos metros de la iglesia. Para describir a Fina, no se me ocurre mejor calificativo que compararla -y lamento mucho si ofendo, detalle que está lejos de mi verdadera intención- con Jano, ese signiticativo dios romano de las dos caras. Por desgracias y por fortuna, tuve ocasión de comprobar los efectos de ambas caras. La primera vez, me recibió con la puerta abierta de la infernii coeli: gélida y fría, como el solsticio invernal, hasta el punto de que, aún habiéndonos confirmado la apertura de le iglesia, se negó rotundamente a abrirnos sus puertas cuando nos presentamos. En la segunda ocasión, algunos meses más tarde, su amigable aunque estricto y vigilante recibimiento -la otra cara de Jano, o jauna coeli, representativa del solsticio de verano- tal vez, aunque lo dudo mucho (1), tuvo algo que ver con las gestiones telefónicas realizadas por el párroco de Santa Eulalia de Morcín, don Miguel Ángel García Bueno. Evidentemente, las fotos en el interior de la iglesia están terminantemente prohibidas. Ahora bien, salvando este detalle, que puede resultar no tan frustrante como parece, si tenemos en cuenta que poco, en realidad, es lo que se podría fotografiar, la ocasión la pintaban calva para comprobar, en primera persona, la tradición templaria asociada a la iglesia y al pueblo.
Ésta se basa, fundamentalmente, en dos detalles: la existencia de un túnel que comunicaría la iglesia con una casa que los templarios tenían en Tuñón, y la existencia de un lignum crucis, tipo de cruz generalmente de forma patriarcal, utilizada por éstos, que solía contener algún pedazo de la Vera Cruz. Ambos detalles son auténticos, aunque las consideraciones de Fina al respecto, muestran, otra vez, las dos caras de Jano. Es cierto, no obstante, que siempre se creyó en la existencia del túnel; pero su aparente no existencia quedó de manifiesto cuando se procedió a adecuar la carretera que, como he dicho al principio, conecta con Trubia y de allí con la A64 hacia Oviedo. Según Fina, se profundizó hasta los cinco metros y el túnel no apareció por ningún lado. Esto es un detalle curioso, porque no es la única tradición sobre la existencia de túneles que conectarían un templo -en principio, hemos de considerar como templario, aunque no ajeno a otras órdenes, como veremos a continuación- con la casa que éstos tuvieron en un pueblo determinado. Un ejemplo, aunque cambiando el hábito por el de los Hospitalarios de San Juan, lo tendríamos en la población navarra de Leache, donde todavía se cree en la existencia de un túnel que conectaría la iglesia de San Martín -actualmente, sólo queda el solar de donde estuvo enclavada- con una casa que aún existe a pocos metros de distancia.
Ahora bien, con el lignum crucis, la historia cambia radicalmente. Es cierto que existió; de hecho, Fina lo recuerda con nostalgia y cierta rabia mal contenida. Según ella, pertenecía a los viejos del pueblo, que lo compraron con su dinero, pero unas oscuras maniobras del párroco de entonces -hará unos treinta años del lamentable suceso- hizo que éste terminara siendo llevado a la catedral de Oviedo, donde se custodia en la Cámara Santa junto al resto de reliquias trasladadas desde el Monsacro. Era un crucifijo magnífico, con piedras preciosas, se lamenta Fina.
Hubiera o no templarios en Tuñón -según ella, se descubrieron algunos enterramientos en la zona absidal e incluso dentro del templo se conserva un sarcófago que en tiempos albergó los restos mortales de lo que ella considera como el jefe de los mozárabes que construyeron el templo, y que debía de medir cerca de dos metros- hay otra coincidencia que, aunque no determina nada, creo que merece la pena de ser tenida en cuenta: alguno de los modelos mandálicos que se aprecian en las celosías de esta iglesia de Santo Adriano se localizan, así mismo, se localizan no sólo en el ábside de la iglesia de Santa Coloma de Albendiego, sino también reproducidas -de forma moderna, es cierto- en alguna casa del pueblo.

 

(1) Como pude comprobar, Fina es una mujer de armas tomar en cuanto a la iglesia de Santo Adriano se refiere. Y creo, particularmente, que los párrocos imponen su ley en la iglesia, el tiempo que tardan en decir misa.

viernes, 10 de agosto de 2012

Castellar de la Muela: ermita de la Virgen de la Carrasca


'En muchos casos, la visita curiosa a lo insólito se convierte en una búsqueda de las huellas del hecho, que sabemos se produjo por determinados rincones y que tuvo que dejar un testimonio que sería apasionante encontrar...' (1).

Dentro del ámbito de influencia del Señorío y Tierra de Molina de Aragón, pero no obstante, apuntando hacia Teruel y esa zona tradicionalmente caliente y mágica, que es el Maestrazgo, volvemos a encontrarnos alguna referencia a la presencia, en tiempos, de la Orden del Temple. Evidentemente, y como viene siendo harto frecuente en cuanto al Temple y sus habitáculos o posesiones se refiere, nada documentado, pero sí tradicional.
Ahora bien, antes de entrar en detalles, conviene situarnos. Y para ello, nada mejor que, dejando atrás Molina de Aragón y las espectaculares murallas de su histórico castillo, encaminemos nuestros pasos hacia Teruel, siguiendo el trazado de la carretera nacional 211. Nuestro destino, en realidad, no está lejos. Apenas una docena de kilómetros separan la capital molinesa de un pueblecito, Castellar de la Muela, que duerme su sueño ancestral alrededor de una parroquial que ya comienza a avisarnos de un detalle que será harto frecuente en el arte religioso que hemos de encontrarnos, si continuamos nuestro camino y pasamos de largo, en la vecina provincia turolense: la existencia, en su nave, de un cimborrio o cúpula hexagonal. Detalle que se aprecia, igualmente, en otras iglesias molinesas, como podría ser, por citar un ejemplo, la de San Bartolomé, en Tartanedo, situada enfrente de una fuente vecinal -regalo del que fuera arzobispo de Zaragoza y nacido en el lugar, don Manuel Vicente Martínez-, no muy lejos, para más referencias, de una bocacalle en la que una antigua casona luce en su monumental escudo la presencia de dos hombres salvajes.
No obstante, para nuestros propósitos de acceder al lugar en el que se asienta la ermita de la Virgen de la Carrasca, no es necesario adentrarnos en el casco urbano de Castellar, sino que, continuando por la carretera y hacia el final del pueblo, nos desviaremos hacia la izquierda, teniendo como inigualable referencia la ermita del Humilladero. A partir de ésta, seguiremos un camino rural, sin asfaltar, que, algunos metros más adelante, se bifurca. En éste punto, habremos de tomar la senda de la derecha, aventurándonos por un estrecho camino que circunada unos campos de labor. No tardaremos en divisar la ermita, aunque aún tendremos que conducir un buen trecho, hasta encontrar un sendero que, permitiendo el giro hacia la izquierda, separa los campos labrados y ofrece el acceso a la explanada en la que se encuentra asentada la ermita.
Ciertamente, lo que nos encontramos a simple vista -y no desagradable, en absoluto- es una atractiva ermita rural, datada en el siglo XII, que sorprende por su excelente estado de conservación, independientemente de las reformas que hayan sido realizadas en diferentes periodos históricos. La tradición oral, a la que hacía referencia al comienzo de la presente entrada, pretende ver en ella, la iglesia sobreviviente de lo que fuera en aquéllos tiempos, siglos XII-XIII, un convento de templarios; si bien es cierto que, aunque lo consigna como dato, Antonio Herrera Casado, un gran especialista en Guadalajara y su provincia, lo considera, sin embargo, como fábula (2).


Por otra parte, otros especialistas en el tema, como Ángel Almazán de Gracia, contemplan, en su novísima Guía templaria de Guadalajara (3), esta misma tradición, recogida en el Nomenclátor de los pueblos de la diócesis de Sigüenza -que según su opinión, que de hecho no pongo en duda, suele plagiar bastante a Madoz- donde se consigna que la iglesia perteneció a los templarios, cuyo convento se demolió a principios de este siglo. Referido, obviamente, al siglo XX.
No obstante su aparente tosquedad, llama la atención, no sólo la ausencia de simbolismo que pudiera servirnos como referencia comparativa con otros templos atribuídos a la Orden, a excepción de unos capiteles en su pórtico de entrada, excesivamente desgastados, en los que, por lo poco que se puede observar, predominan los motivos netamente foliáceos. De manera aparente, y coincidiendo con la apreciación de Almazán en cuanto a la forma de saetera de la ventana absidial, la inclinación del porche cubierto, así como la estrechez, tanto de la puerta de entrada al mismo -prácticamente, hay que entrar encorvado- así como la estrechez y grosor de los ventanales, induce a pensar que podrían cumplir, también, posibles funciones defensivas.
Otro detalle a tener en cuenta -poco menos que constante, en lo que se refiere a numerosos emplazamientos templarios o considerados como tales- es la existencia, bien en el mismo lugar o bien en las inmediaciones, de antiguos asentamientos; en éste caso, de índole celtíbera, como es el denominado de los Villares.
Por otra parte, y a diferencia de los denominados graffiti de peregrino, que copan la madera de la puerta de acceso al templo, llama la atención, en las inmediaciones del ábside, la presencia, profundamente delimitada y marcada en la piedra, de una cruz monxoi de brazos patados.
Pudo o no, haber pertenecido a la Orden del Temple. Pero lo que es seguro, es que esta ermita de la Virgen de la Carrasca, constituye un hermoso ejemplo de templo rural, que ha sobrevivido a la rapiña y devastación, mostrándose más o menos como fue en aquellos misteriosos y lejanos tiempos, en los que las avanzadillas cristianas, en plena Reconquista, comenzaban a apuntar hacia el Califato de Córdoba.



(1) Juan García Atienza: 'Guía de la España mágica', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1981, página 13.
(2) Antonio Herrera Casado: 'El románico de Guadalajara', Aache Ediciones de Guadalajara, S.L., 2ª edición, 2003, páginas 188-189.
(3) Ángel Almazán de Gracia: 'Guía templaria de Guadalajara', Aache Ediciones, 2012, páginas 129-131.

miércoles, 8 de agosto de 2012

¿Una reina Pedauca en Ucero?



Antes de abandonar la provincia de Soria -siquiera sea, de manera momentánea- quizás resulte interesante encaminar nuestros pasos hacia Ucero. Ucero y su entorno. Un lugar que evoca, apenas pronunciado su nombre, una referencia inequívoca al fantástico universo de una orden, la de los Pobres Caballeros de Cristo y el Templo de Salomón, generalmente envuelta en el misterio; en el mito; en la leyenda y, por supuesto, en la más apasionante de las polémicas. Una orden de caballería, religioso-militar, que lucía la cruz roja del martirio sobre su pecho, mientras su mano blandía la espada; una orden que elegía cuidadosamente la mayoría de los enclaves sobre los que se establecía, basándose no tanto en su posible valor estratégico, como en su carácter mágico-sagrado ancestral. Una orden de cristianos fervientes, cierto, que sólo rendían pleitesía al Papa, pero también una orden de buscadores y celosos custodios de la Antigua Tradición.
No es de extrañar, por tanto, que eligieran un lugar mítico, apartado, donde todavía y a pesar del turismo, late con fuerza el espíritu de lo ancestral, de lo misterioso, para levantar el que posiblemente sea uno de sus templos más relevantes y herméticos: la ermita de San Bartolomé, situada en lo más profundo del Cañón del Río Lobos. Pero no es de este lugar, fascinante donde los haya, del que quiero hablar, sino de otro templo; un templo, sin ningún interés aparente, al menos arquitéctonicamente hablando, pero que, no obstante, conserva y a la vez custodia, numerosos enigmas de un pasado que ha de antojársenos, cuando menos, oscuro y paradigmático. Me refiero a la parroquial de San Juan Bautista -santo de especial veneración templaria- levantada en lo más alto del pueblo de Ucero, no lejos del cementerio y las ruinas poco menos que olvidadas de una antigua ermita románica: la de Villavieja. De ésta ermita de Villavieja procede, curiosamente, una de las dos imágenes marianas, románicas, de las tres que se guardan en el interior de la iglesia parroquial de San Juan Bautista. Conocida como Virgen de Villavieja (1), es difícil reconocerla, si antes no se la despoja de ese manto blanco que la cubre por completo. La segunda Virgen, ésta perfectamente reconocible sin ningún tipo de churrigueresco manto que sugiera mirar para otro lado, muestra, igualmente, ese hieratismo típico y sedente, característico de las representaciones de la Diosa Madre. Pero más allá del formidable universo simbólico que subyace en el fondo, aparentemente inocente de ambas figuras, la que realmente llama la atención, y hacia ella he de encaminar el sentido de esta entrada, es aquélla otra escultura gótica de piedra, magnífica, con la Virgen y el Niño (2) -según palabras de Ángel Almazán- conocida en el pueblo como la Virgen de Piedra.
Aquí comienza, propiamente hablando, uno de los misterios más singulares del lugar. Porque, si dicha imagen, que para Ángel Almazán, procedería, seguramente, de la cercana catedral de El Burgo de Osma y según me confió en mayo de 2009 uno de los guardas del Cañón, su procedencia no sería otra, que del arruinado castillo, ocupado en tiempos por los templarios, no puedo, por menos que preguntarme, ¿qué hace aquí, quién la trajo y por qué?. La respuesta, quizás en parte, la tengamos si observamos el pie izquierdo de la imagen. En la fotografía, que ciertamente tiré con prisas, pues había acabado la misa y se cerraba la iglesia, aparece una deformación singular en ese pie. Una deformación que, a simple vista, parece conferirle a la imagen la singular forma de un pie de oca. Y aquí viene la cuestión primordial: ¿nos encontramos ante una imagen heterodoxa de un singular personaje de leyenda, como es la reina Pedauca -Pied d'oce o Pie de Oca- típica del románico francés, pero poco menos que única en el románico y gótico españoles, o se trata, simplemente, de una deformación casual, de un deterioro debido al maltrato y a los previsibles traslados sufridos por la imagen a lo largo del tiempo?.
La pregunta y el enigma, mientras se produce un nuevo acceso al templo y un estudio más detallado, ahí queda.


(1) Sujeta entre dos de los dedos de su mano derecha, una bolita roja similar a una cereza, y me pregunto si no tendrá alguna relación con una de las imágenes marianas más veneradas en el pinturesco pueblo burgalés de Covarrubias, denominada, precisamente así, Virgen de la Cereza.
(2) Ángel Almazán de Gracia: 'Templarios, sanjuanistas y calatravos en Soria', Editorial Sotabur, 2005, página 199.

jueves, 2 de agosto de 2012

El Cristo con el brazo desclavado de la iglesia de la Virgen del Espino



'Cuando quieres algo, todo el Universo conspira para que realices tu deseo' (1)

Antes de entrar en detalles sobre otro apasionante misterio relacionado con el entorno templario de Ucero, me resisto a dejar pasar la oportunidad de exponer en este blog, una pequeña maravilla que la casualidad -o quizás, esa conspiración del Universo, a la que alude Paulo Coelho- puso en mi camino el pasado sábado, día 28 de julio, cuando asistí a la boda de una prima.
Nunca había conseguido acceder a uno de los templos más carismáticos de la capital soriana: el de Nª Sª del Espino. Más que nada, porque su apertura es poco menos que ocasional, y se reduce a alguna misa de domingo, a la celebración ocasional de alguna boda o, en su vertiente más escatológica, a la celebración de algún funeral. De manera que, casualidad o conspiración, la boda de mi prima, como digo, me brindó la oportunidad perfecta para hacer realidad un deseo largo tiempo acariciado.
Patrona de Soria, la imagen que preside el ábside de este templo, levantado en el siglo XVI sobre los cimientos de otro anterior, conforma el trío de Vírgenes del Espino que se localizan en la provincia, siendo las otras dos, las llamadas popularmente Hermanas, ya que la tradición asegura que se crearon a partir de la misma madera de espino. Estas dos Vírgenes del Espino, éstas Hermanas que suelen salir siempre juntas en procesión, se conservan en la catedral de El Burgo de Osma y en la iglesia de San Juan Bautista, situada en el pequeño pueblecito de Barcebal, cuyo alcalde, al menos en aquél periodo que se remonta a 2008-2009, cuando tuve el grato placer de conocerle, se llama Florentino Arribas. Más morenica ésta última de Barcebal que las otras dos, no es menos cierto que las tres tienen fama de muy milagreras. Aunque la única circunstancia que a priori las diferencia, es que mientras las dos primeras son originales, la imagen que se conserva en esta iglesia de Nª Sª del Espino, situada, como he dicho, en lo más alto de la capital soriana, junto al cementerio donde reposan los restos de Leonor, la que fuera primera esposa del poeta Antonio Machado, es una copia realizada en 1953, después de que un pavoroso incendio destruyera la imagen románica original. La imagen, no obstante, parece ser fiel al modelo perdido, y la mano derecha de la Madre sujeta una manzana -curiosamente, este mismo fruto se localiza en la mano izquierda de la Virgen de O Cebreiro- mientras el Niño mantiene su mano derecha cerrada en puño -no menos curiosa señal- protegiendo la mano izquierda  un libro cerrado, o Libro del Maestro, eso sin mencionar la postura de sus piernas, la derecha doblada sobre la izquierda y formando un ángulo aproximado de 90 grados. Es decir, una imagen, en suma, que merece un estudio más detenido y profundo.
Pero si esto me pareció interesante, tanto o más interesante me pareció, por su rareza y quizás también por su aparente despliegue de probable heterodoxia, la imagen anònima de un Cristo de madera policromada, con el brazo izquierdo descolgado, fechado en el año 1600. Un Cristo del que no parece haber apenas referencias; una joya artística, que no sólo sufre el anonimato de su autor, sino que, además, también el peculiar olvido no sólo de los parroquianos sorianos, por no decir -y ójala tenga pronto que rectificar- el de los expertos e historiadores del Arte.
Evidentemente, no tengo motivo alguno para relacionarlo con el Temple. Ahora bien, ¿por qué incluirlo, entonces, en un blog relacionado con los templarios?. Muy sencillo: porque cuando lo ví, me recordó a otro Cristo, de similares características -el que se encuentra o se encontraba en la iglesia de la Santísima Trinidad,de Toro, Zamora- que Rafael Alarcón relaciona con el Cristo templario que había en la iglesia de Santa María del Templo, del cual cuenta la leyenda, que abandonó su cruz cuando la Orden del Temple fue extinguida.
Sea como sea, y seguro que hay leyendas similares, no obstante mientras recopilo nuevos datos, al menos me queda el inmenso placer de mostrar una auténtica maravilla, que no dudo hará las delicias de cuantos curiosos, visitantes y amantes del Arte en general, tengan la oportunidad de contemplarlo.






(1) Paulo Coelho: 'El Alquimista'.
(2) Rafael Alarcón Herrera: 'La  otra España del Temple', Ediciones Martinez Roca, S.A., 1988, página 207.

lunes, 23 de julio de 2012

¿Santo visigodo o santo templario?


De vuelta a la provincia de Soria -o a parte de esa Celtiberia Nuclear, como diría el prolífico escritor Jesús Ávila Granados, recientemente condecorado con la medalla al Mérito Agrario, de la República Francesa-, podemos situarnos, con ojo crítico, no obstante y a la vez notoriamente hipotético, vaya más que nada esto último por delante, en esa machadiana curva de ballesta que hace graciosamente el Duero, sobre el lugar donde se veneran los supuestos restos de su querido Patrón: San Saturio. Para ello, resulta imprescindible atravesar el umbral de lo que en su día fue el monasterio de San Polo; y al hacerlo, ser conscientes de que entramos en un entorno no sólo espectacular y mágico, sino también eminentemente templario. Uno de esos escasos lugares afortunados, de cuyo templarismo, no cabe ninguna duda.
Del antiguo monasterio templario de San Polo, que hunde sus raíces en aquél lejano siglo XII, en plena repoblación de los lugares reconquistados y más concretamente de ésta franja peninsular conocida como la frontera del Duero, apenas se conserva la nave de lo que fue su antigua iglesia. Cuando fue suprimida la Orden, allá por el año 1314, San Polo y sus fértiles tierras, volvieron a poder de la Corona, y de ésta, pasaron sucesivamente por algunas manos de la nobleza local. Probablemente, por parte de esa misma nobleza, utilizada por la imaginación de Gustavo Adolfo Bécquer para situar el argumento de su terrible historia El Monte de las Ánimas. Sería interesante saber, por qué éste obvió San Polo en su narración, situando a los templarios a la otra margen del Duero, en el incomparable marco del monasterio de San Juan de Duero, también conocido, popularmente, como los Arcos de San Juan, lugar que, al parecer, perteneció a la orden rival de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén. A éste respecto, no deja de ser curioso, que ambos lugares mantuvieran, de alguna manera, la misma distribución utilizada por ambas órdenes en el campo de batalla: los templarios, al ser una orden creada después, combatían ocupando el flanco derecho de los hospitalarios.
Tampoco ha sobrevivido gran cosa del cementerio que los fratres tenían junto al monasterio, a excepción de tres estelas funerarias, cuya simbología, aparte de las típicas cruces patadas -uno de los modelos de cruz más utilizado por el Temple, pero en modo alguno exclusivo de la Orden- muestran alguna interesante referencia de tipo solar, así como también la estrella Remfan o pentalfa, elemento de connotaciones místico-esotéricas, que se localiza igualmente en algunas de sus edificaciones, siendo las más cercanas, y a la vez, las más conocidas y populares, las estrellas Remfan  que se aprecian en el transepto de la ermita de San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos. A partir de aquí, comienza un interesante paseo, flanqueado a la izquierda por el denominado Monte de Santa Ana -lo que viene a ser una notoria referencia a la Madre de la Madre, cuya prolongación, no sería otra que el conocido Monte de las Ánimas (1)- y un apacible y caudaloso río Duero, por la derecha. Cerca de la orilla de éste, y aún dentro de la propiedad privada en que se ha convertido San Polo, se localiza una cruz de piedra, monxoi, para más señas, puesto que su pedestal es escalonado, que señala el punto donde Bécquer situó el escenario de otra de sus leyendas más conocidas: El Rayo de Luna.
Ya investigadores no sólo del Temple, sino también de esa fascinante España mistérica, como Juan García Atienza -recientemente fallecido (2)- se hacían conjeturas, en su momento, preguntándose quién pudo ser ese santo al que ni los padres bolandistas fueron capaces de conceder oficialmente existencia y santidad. De hecho, su historia tradicional –o mejor dicho, esa protohistoria oral que circula como un reguero de pólvora entre el pueblo llano- lo sitúa en ese trascendental siglo VII, que marcó un hito en el curso de los acontecimientos futuros en la Península Ibérica con la invasión musulmana y la desintegración del imperio visigodo. Siguiendo este hilo temático, se quiere ver en Saturio, a un personaje visigodo, de origen noble, que entregó todas sus riquezas a los pobres, dedicándose a la vida eremítica. Tradición que también se recoge en la vecina provincia de Segovia, con otro santo de especial devoción popular: San Frutos. Si bien con éste, se advierte la presencia de la dualidad, en las figuras de sus dos hermanos –Valentín y Engracia- en la tradición referente a San Saturio se localiza –aparte de lo que se podría denominar como la conexión alavesa, en la persona de San Prudencio- la introducción de un viejo mito, en las figuras del Maestro y el Discípulo, dándonos a entender, de paso, el carácter eminentemente iniciático del lugar. Y este detalle conlleva, así mismo, ciertas dudas que reabren otra de las viejas polémicas relacionadas con el Temple, como es aquélla que divide a historiadores e investigadores con respecto a si hubo un modelo de arquitectura templaria, basado en la planta octogonal de lo que en su día fue su Casa Madre: la mezquita de Al-Aksá o Cúpula de la Roca, situada en Jerusalén.


Remodelada en el siglo XVII, es lícito suponer que la antigua ermita de San Miguel de la Peña –tal era la primitiva advocación- ya disponía, en su primitiva fábrica, de esa planta octogonal que la caracteriza. Una planta y una ermita construidas sobre una matriz iniciática -que no sería otra que ese pequeño dédalo de cuevas sobre la que se levanta- que hundiría sus raíces en esos siglos XII y XIII, cuando quedaba dentro de las lindes de un lugar cerrado a cal y canto por los caballeros templarios que guardaban ésta otra margen del río Duero, fuera de las murallas de la ciudad. Es, precisamente a través de la cueva, como se accede a las plantas superiores, en un fasciante viaje que, comparativamente hablando, reproduce el nacimiento simbólico a la vida: a través de la matriz de la misma Madre Tierra, el neófito alcanza el cielo y nace a la luz. Posiblemente, uno de los elementos que mejor defina ese carácter iniciático, lo tengamos en esa curiosa sala que, denominada de los Heros -¿de los héroes?- recibe al visitante presidida por el bafomético busto de un Saturio-Saturno, figura clave del mundo subterráneo.
Y a través de este modelo de recinto, podemos plantearnos qué tipo de ceremonias realizaban los fratres en el lugar y si éste, como ya aventuran algunos especialistas en la Orden, lucía en sus paredes los escudos y las armas de los hermanos caidos en combate. Ceremonias y decorados que, a grosso modo, fueron utilizados, siglos después de desaparecida la Orden del Temple, por asociaciones de diversa índole, siendo, quizás, uno de los ejemplos más relevantes, los círculos más selectos de las tristemente famosas SS hitlerianas, que tenían en el castillo de Wewelsburg -Paderbön, Westfalia- uno de sus centros de iniciación más conocidos. De hecho, hoy en día se ha reconvertido en museo de las SS.
Por otra parte, no hay constancia de que sobre esos restos humanos descubiertos en el siglo XVII, según el pueblo llano pertenecientes a un cuerpo santo, que dicen pueda ser el de San Saturio, se efectuaran, en algún momento, pruebas para determinar su edad. No puedo por menos de preguntarme, cuál hubiera sido el resultado de haberse realizado; ahora bien, dentro de una especulación posible -no olvidemos en ningún momento, que todo esto es pura y llana especulación- también se podría pensar que, en realidad, bien pudiera darse el caso de que los restos que la tradición achaca al Patrón de Soria, pertenecieran -¿por qué no?- a un caballero templario; un caballero anónimo, pero de cierta relevancia, del que, tras la caída en desgracia de la Orden, no queda constancia ni documentación alguna.
Realidad y ficción, pues, se dan cita en un enclave que, desde mi punto de vista, hace auténtica justicia a esa misteriosa y a la vez célebre frase del filósofo francés, Paul Elouard: hay otros mundos, pero están en este.

(1) Como dato de interés, me permito añadir la siguiente consideración de Fernando Sánchez Dragó: 'El Monte de las Ánimas no lleva tan estigio apodo por lo que Bécquer inventara, sino porque el dos de noviembre acudían a sus laderas, y en tropel, las gentes de la ciudad para regocijarse druídicamente con el fruto de las encinas. ¿Entonces?. ¡Celtíberos, señor!. Y al pie de la cuesta'. Referencia: 'Gargoris y Habidis, una historia mágica de España', Edición Círculo de Lectores, 1983, Tomo II, página 330.
(2) Juan García Atienza: 'La meta secreta de los templarios', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1979, página 56.

Publicado también en STEEMIT, el día 17 de diciembre de 2017: https://steemit.com/spanish/@juancar347/santo-visigodo-o-santo-templario

miércoles, 20 de junio de 2012

Las Médulas: el oro de los templarios



La historia del Temple es, sin duda, una historia cuyas vicisitudes épicas, cual el más apasionante y popular de los best-sellers, engancha y genera siempre un profundo interés en un público amante del misterio y de los enigmas históricos. Gran parte de ese interés generalizado, radica en la extrema pobreza de sus orígenes –unos orígenes envueltos en el más impenetrable de los misterios, por cierto- y en la habilidad con la que sus dirigentes hicieron medrar a una Orden que, de la más absoluta de las pobrezas y en un tiempo relativamente breve, se convirtió en la más rica y poderosa de Occidente.
Mucho se ha especulado, evidentemente, sobre la naturaleza de sus, en teoría inagotables recursos; y sobre todo, en el destino que sufrieron éstos, cuando la Orden fue disuelta. Este punto, qué duda cabe, genera, posiblemente, una de las cuestiones que más hipótesis ha generado, sin que hasta el momento ninguna de ellas haya podido satisfacer plenamente la curiosidad de historiadores, investigadores, y por qué no decirlo, de aficionados y curiosos. Posiblemente, la respuesta que más se acerque a la realidad, sea tan simple como pensar que la mayor parte de esas, en apariencia inagotables riquezas fueran engullidas en un insaciable agujero negro que, no cabe duda, fueron las Cruzadas y la permanencia en Tierra Santa. Y otra parte, quizás la que debería hacernos pensar que ese gran tesoro lo tenemos realmente ahí, delante de nuestras propias narices, son esas monumentales iglesias y catedrales, repletas de Arte y Conocimiento, que la Orden se encargó también de financiar.
Pero aparte de los recursos que se enviaban hacia Ultramar, que tenían sus orígenes en una sabia explotación de los recursos naturales de las innumerables granjas y encomiendas repartidas por los diferentes reinos europeos, los templarios también fueron hábiles a la hora de explotar otros recursos que ya fueron explotados por otros pueblos muchos siglos antes que ellos. Sería el caso, por cierto, de este inconmensurable desgarro que, con el nombre de Las Médulas, hemos de situar en el mismo corazón de una zona eminentemente mistérica como es el Bierzo leonés. Qué duda cabe de que, a pesar de las miles de toneladas de oro recolectadas por los romanos utilizando esa devastadora técnica del ruina montium, aún quedó suficiente para que los templarios, instalados estratégicamente en los principales puntos de acceso, pudieran aún explotar el suficiente oro que ayudara, y no poco, a proseguir su gran aventura. De ahí, uno de sus principales intereses por permanecer en lugares como Priaranza, Carucedo, Cacabelos y Cornatel, desde los que controlaban los principales accesos al lugar, y de mantener un férreo control sobre una región, que no sólo aún tenía muchas riquezas que ofrecer, sino que también contaba con una longeva historia cultual, pues no en vano en la zona se localiza la denominada Tebaida Berciana y en sus interminables montes se albergó, en tiempos, un conocimiento con cierto sabor a azufre, formado no sólo por un fenómeno eremítico que se masificó hasta puntos insospechados, sino también porque en ellos encontraron refugio multitud de gentes que huían de las persecuciones cristianas por herejía, siendo los principales, cátaros y priscilianistas.
Tenga o no razón Matilde Asensi (1) al situar en lo más profundo de estas minas el lugar donde los templarios ocultaron su tesoro -la hipótesis, aunque novelada, no deja de ser sugerentemente interesante-, dejando señales que sólo podían ser debidamente interpretadas por aquéllos que estuvieran en el secreto, lo cierto es que el lugar y su entorno, bien merecen el cansancio de un viaje. Un viaje, por lo demás, cuyo destino no es otro que uno de los mayores misterios históricos peninsulares.


(1) Matilde Asensi: ‘Iacobus’, Ramdon House Mondadori, S.A., 12ª edición, 2005 y ‘Peregrinatio’, Editorial Planeta, S.A., 2006.

lunes, 11 de junio de 2012

Llames de Parres: San Martín de Scoto, otro Grial asturiano



‘Dejando el concejo de Piloña se entra en el de Parres, muy montuoso y no tan fértil ni poblado de árboles como aquel en donde se hallan los solares de las dos antiguas familias de Nevares y Corderos que se precian de descender de los paladines de Pelayo: pasamos por el lugar de Llames de Parres o Collado del Otero, situado en la parroquia de Biabaño, no lejos del Piloña, y por otros varios, y a las 3 leguas y media del Infiesto, avistamos a la izquierda del camino por donde marchábamos, y a las riberas del río Sella, el histórico monasterio de San Pedro de Villanueva, que se alza al pie del elevadísimo monte llamado en las viejas crónicas Olicio, y hoy Osuna…’ (1).

Llames de Parres, dista apenas ocho kilómetros de Arriondas y poco más del doble de Cangas de Onís y el entorno legendario de Covadonga. Como decía aquél afortunado viajero, Francisco de Paula, montuoso y poco poblado de árboles, por sus lindes hemos de situar ese Camín o Camino de la Reina que, partiendo de la costa y de los puertos de Llanes principalmente, era utilizado ancestralmente por viajeros y peregrinos que se encaminaban hacia Oviedo y su espléndida catedral dedicada a San Salvador.
Surcada por caminillos rurales que delimitan amplias zonas de pasto, no ha de resultarnos extraño extraviar el camino, y terminar dando varias vueltas a la redonda. No obstante, mirando el lado positivo del asunto, tampoco estaría mal fijarnos en los detalles de las pequeñas aldeítas que encontremos en nuestro camino, pues en ellas, o mejor dicho, en los dinteles de sus puertas y ventanas, se pueden localizar algunas piezas sobrevivientes de un ancestral enigma: la probable existencia de un monasterio o un convento, del que ya, en la actualidad, se ha perdido toda huella y referencia. Hecho de por sí bastante corriente en Asturias, cuyos antecedentes pueden ser también localizados, por ejemplo, en las pequeñas aldeas cercanas al Monsacro y a esa espina dorsal asturiana, que es la imponente Sierra del Aramo (2).
Es muy probable, que el único resto apreciable que sobreviva de éste supuesto e ilocalizable convento, sea precisamente la iglesia, con un tosco aspecto de fortaleza, de San Martín de Scoto. Una iglesia, que algunos investigadores denominan, erróneamente, como San Martín de Soto (3). Tiene dos pequeñas portadas, de época tardía, probablemente barrocas o renacentistas, que sustituyen a las originales y románicas que debió de tener en sus orígenes, las cuales, es de suponer, habrían incluido unas claves inapreciables. La portada sur, apenas reviste importancia. La curiosidad, pues, ha de motivarnos en fijar toda nuestra atención, en la portada oeste y considerar las señales que, aún a duras penas y en algún caso inapreciables por la acción del tiempo, sobreviven para poner en guardia a curiosos e investigadores.
La presencia, entre éstas, de una formidable jarra de la que brotan bien flores, bien chorros de agua –suele ser considerada generalmente también como símbolo mariano y es representativo de numerosos cenobios cistercienses- hace que se equipare con el mítico tema del Grial, simbolizando, entre otros aspectos, el concepto inapreciable de la fuente inagotable de la vida (4), detalle por el que numerosos investigadores, incluyen a Parres entre los distintos lugares asturianos donde se localiza el tema del Grial, siendo una curiosa lista de fuentes tradicionales, entre las que cabe destacar, naturalmente, las impresionantes pinturas de la iglesia de San Vicente de Serrapio, en el concejo de Aller.

Aparte de la jarra griálica, el conjunto simbólico que complementa ésta portada del lado oeste –y de hecho, toda la ornamentación, al menos exterior de la iglesia- se compone de un escudo y dos ángeles portando una curiosa cruz.
El escudo está dividido en cuatro cuadros o campos, conteniendo cada uno de ellos un símbolo determinado. Por desgracia, y seguramente motivado por la acción erosiva, tan sólo se aprecian dos de tales símbolos, ambos en el lado derecho: una flor de lis arriba y una cruz paté abajo.
Los ángeles, de aspecto bastante tosco, portan una cruz, en cuyos detalles se vislumbran las características de varios pequeños travesaños horizontales, que la asemejan con ese tipo especial de cruces, las patriarcales, consideradas, junto con aquellas otras en forma de Tau, de las más esotéricas de todas las utilizadas por la Orden del Temple.
Sea como sea, lo que sí resulta evidente es que, por su situación, enclavado dentro de una de las principales vías peregrinas del Principado, así como por su cercanía a lugares trascendentes –en los que no faltan santuarios prehistóricos de primer orden- como la propia Cangas de Onís, los Picos de Europa y el entorno de Covadonga, y dada la especial predilección que semejantes lugares despertaban en el ámbito templario, yo no descartaría, a priori, su posible presencia en tiempos, como los formidables custodios de lo Sagrado, que en realidad también fueron.

(1) Francisco de Paula Mellado: ‘Recuerdos de un viaje por España’, Ediciones de Arte y Costumbres, S.A., 1985, Tomo I, página 123.
(2) Aún existe el recuerdo, aunque muy deteriorado, de un convento que estuvo emplazado en las cercanías de Busloñe, aldea situada detrás del Monsacro y enfrente de la Sierra del Aramo y el Angliru. De algunos restos que se localizan en las casas del pueblo -cruces paté incluídas- los habitantes no terminan de ponerse de acuerdo, salvo en el detalle mencionado de que hubo un convento, que unos sitúan en un lugar denominado El Pumar, y otros, en otro sitio cuya denominación es Molín la Puente. Por otra parte, en Llavandera, pueblín próximo a La Piñera, se localiza el prado de San Xuan, donde antiguamente estuvo emplazada una iglesia, probablemente románica y con ésta advocación, algunas de cuyas piedras -eso sí, exentas de detalles o labras- conforman actualmente la parroquial de La Piñera, pueblo famoso por la coplilla maliciosa de el cura y la molinera.
(3) Sería el caso, por ejemplo, de Xavier Musquera, quien, en su magnífica obra La aventura de los templarios en España -el título original, es La espada y la cruz- hace tal referencia, aunque puede que se trate de un error tipográfico. Varios kilómetros más adelante, en la carretera que une Arriondas con Oviedo -mal denominada Autovía Minera-, sí se cruza por un pueblo que se llama Soto de Dueñas.
Por otra parte, otra circunstancia a añadir, es que el término scoto, hacía referencia a la gente procedente, no de Escocia, como pudiera pensarse a priori, sino de Irlanda.
(4) A este respecto, podría resulta un interesante dato añadido, comentar la existencia en Asturias de fuentes o manantiales que, dadas sus características de flujo incesante, se denominan, desde tiempos inmemoriales, fuentes priales.