lunes, 23 de julio de 2012

¿Santo visigodo o santo templario?


De vuelta a la provincia de Soria -o a parte de esa Celtiberia Nuclear, como diría el prolífico escritor Jesús Ávila Granados, recientemente condecorado con la medalla al Mérito Agrario, de la República Francesa-, podemos situarnos, con ojo crítico, no obstante y a la vez notoriamente hipotético, vaya más que nada esto último por delante, en esa machadiana curva de ballesta que hace graciosamente el Duero, sobre el lugar donde se veneran los supuestos restos de su querido Patrón: San Saturio. Para ello, resulta imprescindible atravesar el umbral de lo que en su día fue el monasterio de San Polo; y al hacerlo, ser conscientes de que entramos en un entorno no sólo espectacular y mágico, sino también eminentemente templario. Uno de esos escasos lugares afortunados, de cuyo templarismo, no cabe ninguna duda.
Del antiguo monasterio templario de San Polo, que hunde sus raíces en aquél lejano siglo XII, en plena repoblación de los lugares reconquistados y más concretamente de ésta franja peninsular conocida como la frontera del Duero, apenas se conserva la nave de lo que fue su antigua iglesia. Cuando fue suprimida la Orden, allá por el año 1314, San Polo y sus fértiles tierras, volvieron a poder de la Corona, y de ésta, pasaron sucesivamente por algunas manos de la nobleza local. Probablemente, por parte de esa misma nobleza, utilizada por la imaginación de Gustavo Adolfo Bécquer para situar el argumento de su terrible historia El Monte de las Ánimas. Sería interesante saber, por qué éste obvió San Polo en su narración, situando a los templarios a la otra margen del Duero, en el incomparable marco del monasterio de San Juan de Duero, también conocido, popularmente, como los Arcos de San Juan, lugar que, al parecer, perteneció a la orden rival de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén. A éste respecto, no deja de ser curioso, que ambos lugares mantuvieran, de alguna manera, la misma distribución utilizada por ambas órdenes en el campo de batalla: los templarios, al ser una orden creada después, combatían ocupando el flanco derecho de los hospitalarios.
Tampoco ha sobrevivido gran cosa del cementerio que los fratres tenían junto al monasterio, a excepción de tres estelas funerarias, cuya simbología, aparte de las típicas cruces patadas -uno de los modelos de cruz más utilizado por el Temple, pero en modo alguno exclusivo de la Orden- muestran alguna interesante referencia de tipo solar, así como también la estrella Remfan o pentalfa, elemento de connotaciones místico-esotéricas, que se localiza igualmente en algunas de sus edificaciones, siendo las más cercanas, y a la vez, las más conocidas y populares, las estrellas Remfan  que se aprecian en el transepto de la ermita de San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos. A partir de aquí, comienza un interesante paseo, flanqueado a la izquierda por el denominado Monte de Santa Ana -lo que viene a ser una notoria referencia a la Madre de la Madre, cuya prolongación, no sería otra que el conocido Monte de las Ánimas (1)- y un apacible y caudaloso río Duero, por la derecha. Cerca de la orilla de éste, y aún dentro de la propiedad privada en que se ha convertido San Polo, se localiza una cruz de piedra, monxoi, para más señas, puesto que su pedestal es escalonado, que señala el punto donde Bécquer situó el escenario de otra de sus leyendas más conocidas: El Rayo de Luna.
Ya investigadores no sólo del Temple, sino también de esa fascinante España mistérica, como Juan García Atienza -recientemente fallecido (2)- se hacían conjeturas, en su momento, preguntándose quién pudo ser ese santo al que ni los padres bolandistas fueron capaces de conceder oficialmente existencia y santidad. De hecho, su historia tradicional –o mejor dicho, esa protohistoria oral que circula como un reguero de pólvora entre el pueblo llano- lo sitúa en ese trascendental siglo VII, que marcó un hito en el curso de los acontecimientos futuros en la Península Ibérica con la invasión musulmana y la desintegración del imperio visigodo. Siguiendo este hilo temático, se quiere ver en Saturio, a un personaje visigodo, de origen noble, que entregó todas sus riquezas a los pobres, dedicándose a la vida eremítica. Tradición que también se recoge en la vecina provincia de Segovia, con otro santo de especial devoción popular: San Frutos. Si bien con éste, se advierte la presencia de la dualidad, en las figuras de sus dos hermanos –Valentín y Engracia- en la tradición referente a San Saturio se localiza –aparte de lo que se podría denominar como la conexión alavesa, en la persona de San Prudencio- la introducción de un viejo mito, en las figuras del Maestro y el Discípulo, dándonos a entender, de paso, el carácter eminentemente iniciático del lugar. Y este detalle conlleva, así mismo, ciertas dudas que reabren otra de las viejas polémicas relacionadas con el Temple, como es aquélla que divide a historiadores e investigadores con respecto a si hubo un modelo de arquitectura templaria, basado en la planta octogonal de lo que en su día fue su Casa Madre: la mezquita de Al-Aksá o Cúpula de la Roca, situada en Jerusalén.
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Remodelada en el siglo XVII, es lícito suponer que la antigua ermita de San Miguel de la Peña –tal era la primitiva advocación- ya disponía, en su primitiva fábrica, de esa planta octogonal que la caracteriza. Una planta y una ermita construidas sobre una matriz iniciática -que no sería otra que ese pequeño dédalo de cuevas sobre la que se levanta- que hundiría sus raíces en esos siglos XII y XIII, cuando quedaba dentro de las lindes de un lugar cerrado a cal y canto por los caballeros templarios que guardaban ésta otra margen del río Duero, fuera de las murallas de la ciudad. Es, precisamente a través de la cueva, como se accede a las plantas superiores, en un fasciante viaje que, comparativamente hablando, reproduce el nacimiento simbólico a la vida: a través de la matriz de la misma Madre Tierra, el neófito alcanza el cielo y nace a la luz. Posiblemente, uno de los elementos que mejor defina ese carácter iniciático, lo tengamos en esa curiosa sala que, denominada de los Heros -¿de los héroes?- recibe al visitante presidida por el bafomético busto de un Saturio-Saturno, figura clave del mundo subterráneo.
Y a través de este modelo de recinto, podemos plantearnos qué tipo de ceremonias realizaban los fratres en el lugar y si éste, como ya aventuran algunos especialistas en la Orden, lucía en sus paredes los escudos y las armas de los hermanos caidos en combate. Ceremonias y decorados que, a grosso modo, fueron utilizados, siglos después de desaparecida la Orden del Temple, por asociaciones de diversa índole, siendo, quizás, uno de los ejemplos más relevantes, los círculos más selectos de las tristemente famosas SS hitlerianas, que tenían en el castillo de Wewelsburg -Paderbön, Westfalia- uno de sus centros de iniciación más conocidos. De hecho, hoy en día se ha reconvertido en museo de las SS.
Por otra parte, no hay constancia de que sobre esos restos humanos descubiertos en el siglo XVII, según el pueblo llano pertenecientes a un cuerpo santo, que dicen pueda ser el de San Saturio, se efectuaran, en algún momento, pruebas para determinar su edad. No puedo por menos de preguntarme, cuál hubiera sido el resultado de haberse realizado; ahora bien, dentro de una especulación posible -no olvidemos en ningún momento, que todo esto es pura y llana especulación- también se podría pensar que, en realidad, bien pudiera darse el caso de que los restos que la tradición achaca al Patrón de Soria, pertenecieran -¿por qué no?- a un caballero templario; un caballero anónimo, pero de cierta relevancia, del que, tras la caída en desgracia de la Orden, no queda constancia ni documentación alguna.
Realidad y ficción, pues, se dan cita en un enclave que, desde mi punto de vista, hace auténtica justicia a esa misteriosa y a la vez célebre frase del filósofo francés, Paul Elouard: hay otros mundos, pero están en este.

(1) Como dato de interés, me permito añadir la siguiente consideración de Fernando Sánchez Dragó: 'El Monte de las Ánimas no lleva tan estigio apodo por lo que Bécquer inventara, sino porque el dos de noviembre acudían a sus laderas, y en tropel, las gentes de la ciudad para regocijarse druídicamente con el fruto de las encinas. ¿Entonces?. ¡Celtíberos, señor!. Y al pie de la cuesta'. Referencia: 'Gargoris y Habidis, una historia mágica de España', Edición Círculo de Lectores, 1983, Tomo II, página 330.
(2) Juan García Atienza: 'La meta secreta de los templarios', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1979, página 56.