lunes, 31 de octubre de 2016

Feliz Samhain


Llámese Noche de Difuntos, Samhain o Halloween y celébrela cada uno como quiera o como mejor se adopte a su manera de pensar, de expresarse y por supuesto, de actuar. Con esto, ocurre como con aquélla famosa frase que todo peregrino podía leer en Roncesvalles, una vez dejadas atrás las nieblas de los Pirineos y que, más o menos, venía a decir así:

'La puerta se abre a todos, enfermos y sanos,
no sólo a católicos, sino aun a paganos,
a judíos, herejes, ociosos y vanos;
y más brevemente a buenos y profanos...'.

No ha de extrañarnos en absoluto, si tenemos en cuenta, que ese camino de muerte que recorre el peregrino persiguiendo el ocaso, se asienta sobre un antiguo camino pagano, donde la Iglesia tuvo buen cuidado -y acierto, hay que reconocerlo-, de cristianizar los santuarios sagrados donde aquéllos rendían culto y pleitesía a sus divinidades. De hecho, uno de los grandes mitos que formó, así mismo, parte de la increíble infraestructura eclesial montada en torno a los hipotéticos restos del Apóstol Santiago -no puedo por menos que recordar, llegados a este punto, aquella famosa disertación de Unamuno, en la que decía, imagino que mesándose con desesperación el vello ensortijado de su canosa barba de venerable catedrático, ni más ni menos, que casi toda la tradición tradicionalista de España, la de los falsos cronicones, es superchería; superchería bajo un mítico Santiago -embuste de Compostela- en cuyo día se esperó este año...¡otra superchería!. Porque se nos quiere hacer vivir de mentiras, señor, de mentiras. Y a lo mejor -que es lo peor- creen en ellas alguien, señor, las cree..¡el muy frívolo!. Y esto no tiene remedio...-, fue el de la figura de los Custodios del Camino. E históricamente, no cabría errar si se afirma que no los hubo mejores -lo siento, no obstante, por los cambeadores de Álvaro Cunqueiro, muchos de los cuales fueron a entregar sus huesos al camposanto de Vilar de Donas-, que los caballeros templarios. 

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Para bien o para mal, era inevitable, sin embargo, que dada su trayectoria histórica, las acusaciones que se vertieron sobre ellos, la supresión de la Orden por herejía y la ejecución en la hoguera de sus máximos dirigentes, que la posterior leyenda negra diera sus frutos en un campo abonado, primero con un alarde de fantasía e imaginación en la extensísima literatura que se creó con posterioridad, donde posiblemente todo el mundo recuerde la terrorífica leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer y después, en ese denominado Séptimo Arte que es el Cine, donde también hubo actores españoles, especialistas en el género de terror aunque profetas en escenarios lejos de su tierra, como Jacinto Molina -Paul Naschy-, que también se acordó de ellos en sus representaciones macabras. Sea como sea, y vuelvo a repetir, celébrelo cada cual como mejor guste o le convenga, la ocasión la pintan calva para desearles, desde la parte de sangre celta que corre por mis venas, un feliz ¿y por qué no? terrorífico Samhain.

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lunes, 10 de octubre de 2016

Tras las huellas del Temple en la catedral de Cuenca


Hay autores que señalan, posiblemente desde una perspectiva más afectuosa que objetiva, que fueron los templarios quienes introdujeron en Occidente un estilo arquitectónico revolucionario, que habría de dejar completamente obsoleto al estilo románico que imperaba hasta entonces: el gótico. Con el gótico, las catedrales, principalmente -todas ellas, salvo algunas excepciones, dedicadas a la figura de Nuestra Señora (1)- alcanzaron un nivel de técnica y perfección tan sorprendente, que incluso en tiempos modernos fueron todo un ejemplo arquitectónico a seguir, independientemente de que hubiera arquitectos, como el genial Antoni Gaudí, que lo consideraban incompleto y llegaran a afirmar, en algún momento de su trayectoria y posiblemente dejándose llevar por su espíritu romántico, que se apreciaba mucho mejor su auténtica grandeza en estado ruinoso e invadido por la naturaleza. Anécdotas y opiniones aparte, tampoco sería la primera vez que las poderosas arcas financieras del Temple salieran a relucir, como garantes o promotoras en la sombra de más de una catedral. En base a ello, parece ser que con ésta catedral conquense existe cierta suspicacia en tal sentido, si bien, como ocurre con la mayoría de catedrales, apenas sobrevive una parte de aquél sueño original transmutado a la piedra, que llevaron a cabo unos canteros, de origen normando, supuestamente, que junto con los templarios y otras órdenes de caballería acompañaron al rey Alfonso VIII en su campaña de cerco y toma de la ciudad. Quizás, parte de esa supuesta y aparentemente legendaria atribución se deba, entre otras cosas, a la cercanía que estuvieron de ésta, si tomamos como buenas las referencias que los situaba en las inmediaciones, en aquélla defenestrada y completa ruina que es hoy en día, la iglesia de San Pantaleón. No obstante, y sin pretender hacer cátedra de un tema en apariencia tan poco sostenible, sí podrían hacerse algunas valoraciones, siempre desde una perspectiva subjetiva, hipotetizando sobre algunos objetos y su aparente simbolismo añadido, que de una manera aproximativa, pudieran tener cierta relación, siquiera por cuestión de paralelismo a esa supuesta línea de pensamiento que los templarios desarrollaban, tanto en los edificios que construían como en aquellos otros que habitaban, sobre los que solían poner los signos de reconocimiento, como así les recomendaba el Maestro Roncellin, si hemos de creer, a su vez, en unos no menos hipotéticos estatutos secretos de la orden, accesibles sólo a un círculo muy reducido de hermanos.

Evidentemente, y como se decía al principio, una de las mayores inconveniencias radica en que hoy por hoy, son pocas o ninguna las catedrales que mantienen intacto su estado original. Por el contrario -y la catedral de Cuenca no constituye ninguna excepción a la regla-, todas ellas han visto modificada su estructura con demoliciones y añadidos posteriores que, sirvan de advertencia, dificultan y obstruyen sobremanera la persecución de unas pretendidas señales, que habría que remontar, cuando menos, a los siglos XII y XIII. Sí podría tomarse como cierta, sin embargo, aquella aseveración de Unamuno, que veía, tanto en la presente catedral, como en la de Barcelona, y posiblemente refiriéndose a lo curioso y a la vez complicado de su estructura –no tan fácil de entender, por lo menos a simple vista, como, en su opinión, la pulchra leonina de León, sencilla pero elegante, aunque sin tener en cuenta el extraordinario universo filosófico oculto detrás de sus monumentales esculturas-, un lugar decididamente misterioso. Misteriosas podrían considerarse, por otra parte, ciertas imágenes desplegadas en las tres puertas principales, en cuyas alegorías –incluida la imaginería vegetal y los diferentes rostros, tanto humanos como fantásticos que surgen de ella, detalle que pudo haber llevado a C.G. Jung a afirmar aquello de que la adoración de la belleza de la naturaleza conduce al cristiano medieval a ideas paganas (2), en referencia a las sugerencias de los denominados como Primeros Padres de la Iglesia-, podría intuirse un doble sentido que, a modo de clave, pudiera ser interpretado por los hermanos de la Orden más allá de su aparente literalidad.

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Tampoco parece casual, en absoluto, que una de las referencias a los caballeros del Santo Grial –como también se consideraba a los templarios-, figure en el propio escudo de la ciudad –un cáliz y una estrella de ocho puntas-, coincidiendo, además, con la época de mayor auge o difusión de la literatura griálica medieval, siendo las epopeyas más significativas, precisamente, aquéllas que escribieron, aparentemente, dos templarios; o cuando menos, y en su defecto, dos personajes que mantenían unos lazos muy estrechos con la Orden: Chrétien de Troyes y Wolfram von Eschenbach, con sus respectivos El cuento del Grial y Parzival. A este respecto, puede resultar interesante remarcar, que entre ese mencionado simbolismo que aúna personajes de diversa índoles –incluida la salvaje- aventurados –como transcurren muchos de los episodios relaciones con la queste del Grial-, se aprecie algún otro símbolo que, además de pasar desapercibido generalmente, pueda llegar a ser también relevante. Y entre ellos, no se me ocurre otro mejor que todo un símbolo que, hipotéticamente hablando, alude, por referencia, a una de las advocaciones de esas Nuestra Señora, más relacionada con los templarios: la encina.

Otra referencia, igualmente relacionada con ellos, sería la espina, no siendo pocos los lugares así denominados donde se constata su presencia, detalle que podría entreverse en el personaje que se la está quitando de la planta de su pie izquierdo, centrados otra vez en la simbólica añadida a esas seis esculturas que ya comentábamos que se localizan en las puertas de acceso, donde también se aprecia la figura de un rey sometido al poder de Dios y de la Iglesia, al que el Temple no debía pleitesía; una posible alusión a Pan y los antiguos misterios, que puede, quizás suponerse en el trasfondo de ese personaje que se encuentra tocando la flauta o caramillo y en los bucles de cuya peinado, se aprecia, así mismo, todo un símbolo universal: la doble espiral; o ese posible aviso de precaución que puede llevar la inclusión de un personaje, seguramente alusivo a la figura de Judas Iscariote, que sostiene un puñal en su mano derecha mientras sujeta ávidamente una bolsa repleta de monedas en su mano izquierda. Interesante, por añadidura, resulta, también, la presencia, en el maderamen de las puertas, no sólo de los característicos hombres-verdes celtas, sino, además, la profusión de un símbolo inequívoco de la Madre, la matriz y la fecundidad: el triángulo invertido. Cierto parece, no obstante todo lo expuesto hasta aquí, que la base de los pilares del crucero forman una perfecta cruz patada, y que, en la forma de las tracerías del triforio, se puede entrever todo un símbolo trascendental: la cruz Ansata o cruz de la Vida, cuya forma, no es desconocida en la planta de más de un edificio considerado como templario, entre los que cabe destacar la ermita de San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos.

(1) Es antigua la teoría que señala que las catedrales francesas, dedicadas precisamente a  la figura de Nuestra Señora, se levantaron de tal forma que conforman en la tierra el detalle exacto de la configuración de estrellas que muestran en el firmamento aquella constelación que conocemos con el nombre de Virgo; es decir, la Virgen. Incluso puede venir a colación, incluir la pretendida aseveración templaria que afirmaba aquello de: con Ella empieza y termina nuestra Religión.

(2)    C.G. Jung: ‘Símbolos de Transformación’, Editorial Trotta, S.A., Madrid, 2012, página 95.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Cuenca: ruinas de la iglesia de San Pantaleón


Pudiera compararse con el esotérico Juego de la Oca, pero no lo es, aunque tratándose del Temple, y en vista de estas últimas entradas, se podría decir aquello de: de ruina en ruina y tiro porque me toca. Como en el caso de la iglesia de Santa María de la Varga, en Guadalajara, también una provincia vecina, Cuenca, cuenta con sus posibles rescoldos templarios. Y también, como en el caso anterior, o siendo todavía mucho más objetivos, como ocurre infinidad de veces cuando se intenta identificar los lugares donde presumiblemente estuvieron o en su defecto, pertenecieron a una orden tan escurridiza, se choca inevitablemente con el poderoso escollo legal de que no hay documentación histórica -al menos, conocida- que lo avale y sobre la que poner el aforismo de garantía -permítaseme la licencia lingüística- de made in Temple. Por tanto, echando mano de esa subjetiva pero necesaria herramienta auxiliar que es la tradición, o en su defecto, el se dice se comenta se rumorea, hemos de pensar en la posibilidad de que este mellado e irreconocible montón de piedras, que son las ruinas de la antigua iglesia de San Pantaleón, situadas a apenas unos insignificantes metros de la imponente catedral dedicada a la figura de Santa María de Gracia, pudieran haber pertenecido, en sus orígenes, a esos orgullosos y bravos caballeros que formaron una parte inestimable de las tropas de asalto del rey Alfonso VIII, destacándose por su valentía y arrojo a la hora de tomar una ciudad, que por sus especiales características, hemos de suponer que aparentemente inexpugnable y cuyo costo humano debió de constituir un verdadero baño de sangre. Ocurría, según las crónicas, en el año 1177, una veintena de años después de que estos caballeros se distinguiesen en el sitio de Almería y algunos años antes de que evitaran, también con su determinación, que la famosa derrota en Alarcos se convirtiera en una auténtica hecatombe para el ejército cristiano.

Sus orígenes, se estiman en el último tercio del siglo XIII, siendo del año 1355 la mención más antigua que se conserva, donde ya se la denomina como San Juan del Hospital, lo que podría inducir a suponer que, una vez disuelta la Orden del Temple, ésta iglesia –hipotéticamente hablando, por supuesto-, podría haber pasado a depender, como muchas otras iglesias y posesiones templarias, de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén.

Por otra parte, y si bien es cierto que apenas quedan elementos en la actualidad sobre los que juzgar o valorar, algunas fuentes observan que en sus inicios pudo haber tenido un aspecto similar al de la iglesia de San Felipe, en Brihuega. De ser así, hubiera resultado interesante observar, si también tuvo, orientado hacia poniente, como en aquélla, un magnífico rosetón en forma de Sello de Salomón, haciendo bueno el consejo del Maestro Roncellin, de poner los signos de reconocimiento en los lugares que habitaran. De su antigua portada, sobreviven, a duras penas, dos pequeños capiteles. El de la izquierda, prácticamente inidentificable, pudo ser igual que el de la derecha, donde parece que se muestra una lucha entre caballeros y entre medias de ambos, un curioso personaje con la cabeza hacia abajo. A este respecto, no estaría de más, comentar que al principio de la calle General Santa Coloma, que da acceso al barrio antiguo, hay un antiguo y curioso escudo, que quizás pudiera haber tenido relación, pues muestra un magnífico Agnus Dei y por debajo de éste, hincados de patas delanteras en el suelo, lo que parecen ser un ciervo y un perro, personajes, en resumen, que recuerdan ciertos episodios simbólicos contenidos en los ciclos narrativos del Grial.  A este respecto, y relacionado, podemos considerar la advocación de la iglesia. Recordemos que San Pantaleón –así se llama, cuando menos también la Escuela Taller instalada actualmente junto a las ruinas-, está relacionado, así mismo con toda la simbólica griálica, en el milagro de la licuefacción de su sangre, y aunque ahora se venere en la iglesia del Real Monasterio de la Encarnación de Madrid, en origen estuvo en pleno Camino de Santiago, en la enigmática iglesia que lleva su nombre, situada en la Merindad burgalesa de Losa, junto a merindades vecinas, como Mena, donde se constatan lugares muy asociados con ellos. Referente a ello, y como dato añadido, conviene señalar, que si bien San Pantaleón es un santo muy popular, los lugares donde se le rinde culto o mejor dicho, los lugares donde se le rendía culto en la antigüedad, solían ser muy especiales y de difícil acceso, como se demuestra, por ejemplo, en el convento de la Virgen de la Hoz, en las Hoces del Río Duratón, en Segovia y actualmente en completa ruina, de donde se salvó un magnífico retablo gótico dedicado a la Ascensión de la Magdalena –otro tema muy relacionado con ellos-, y situado en las proximidades de otro santuario no menos peculiar, donde todavía, cada 25 de octubre se venera no sólo al santo titular, San Frutos, sino también a las cabezas –otro tema relacionado- de los que fueran sus hermanos: Valentín y Engracia.

Como colofón, añadir que en la actualidad, y al pie de su antiguo ábside o cabecera, la ciudad de Cuenca ha puesto un eterno guardián, en la escultura de Federico Muelas, quien fuera uno de sus hijos y poetas predilectos.

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jueves, 2 de junio de 2016

Los templarios de Uceda: Santa María de la Varga


De las insignes reliquias de glorias pasadas, en las que el tiempo ha sido, quizás, menos dañino que el descuido y la brutalidad de unos hombres que permitieron que la ruina y la desolación se llevaran consigo una obra de arte de notable calidad, destaca, en ésta parte de Guadalajara colindante con Madrid, la iglesia de la Virgen de la Varga, mandada construir por el arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada y cuyos orígenes habría que remontar a finales de ese nebuloso siglo XII o principios del XIII, en el que la Reconquista constituía todavía una dura pugna entre moros y cristianos, toda vez que la Rueda de la Fortuna mantenía una actitud sobradamente casquivana con unos y con otros, en cuanto a victorias y derrotas se refiere. Independientemente de ello, de que en la actualidad su recinto mutilado conforme otra función sacra, como es la de albergar el pequeño cementerio municipal y de que ciertas tradiciones populares hayan conservado el recuerdo de una posible permanencia templaria en el lugar, no dejan de ser significativos, algunos paralelismos que, afines o no a éstos, constituyen, cuando menos, datos de interés a tener en cuenta. De esa época, o puede que del siglo XIII, data, en efecto, la imagen theótokos o Trono de Dios de la referida Virgen de la Varga, o de la Cuesta, que es realmente lo que significa la palabra varga y hace alusión a una de las características del lugar en el que fue milagrosamente encontrada. Refiere la tradición –que parece calcada de aquélla otra, acaecida en tiempos del rey Alfonso VI durante la conquista de Madrid y el descubrimiento de la imagen negra de la Virgen de la Almudena-, que ésta fue descubierta -¿casualmente?- por un vecino del cercano pueblo de Patones –pato, oca, rey-, oculta en el hueco de la muralla que -¿casualmente otra vez?-, estaba en cuesta y que además -¿por supuesto, casualmente?- tenía junto a ella –como la Virgen de la Almudena-, una lámpara de plata, de esas lámparas legendarias, de luz inextinguible o eterna de las que tanto nos hablan las leyendas medievales e incluso numerosas referencias del mundo clásico. Casualidad o causalidad, lo cierto es que no deja de ser curioso, que en muchos de estos casos, los templarios estuvieran presentes; como presentes, cuando menos, estuvieron en la conquista de Madrid y en la posterior toma de Toledo, de donde partieron, como parte de esa poderosa fuerza de choque que consiguió una de las más batallas más decisivas de la Reconquista: la de las Navas de Tolosa.

Otro de los datos interesantes y relacionados, tanto con ellos, como con ciertos lugares a ellos asociados, bien documental o tradicionalmente, es la presencia de un curioso personaje, cuando menos de vida carismática: el cardenal Cisneros. El cardenal Cisneros, que fue precisamente arcipreste y capellán de la Virgen de la Varga, cuando estuvo preso en Uceda por orden del arzobispo Carrillo. Como también estuvo preso en Santorcaz y como, así mismo, queda constancia –visión milagrosa, tipo Constantino incluida- de su paso por Titulcia y la famosa Cueva de la Luna. Otra de las curiosidades asociadas a ésta sugerente imagen mariana, aparte de su fama de milagrera, es que también se convirtió en la Patrona y Protectora de las batallas de algunos reyes, como Juan II. Pocas claves quedan, por otra parte, en los restos de la iglesia a la que perteneció, pero sí merece la pena destacar la cruz patada que todavía se puede contemplar en el ábside principal –de consagración, opinarán algunos-, la austeridad cisterciense de la portada principal, levantada en el lado sur y uno de los capiteles interiores que representa a Daniel con los leones. Leones, asociados con el Conocimiento y único animal, recordemos, que les estaba permitido cazar a los hermanos de la Orden.

Como conclusión, añadir que por Uceda pasaba la calzada medieval conocida como Camino de la Varga y junto a las ruinas de la iglesia, se localiza un importante yacimiento arqueológico.

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miércoles, 23 de septiembre de 2015

Ribadavia: ¿un sepulcro templario en la iglesia de Santiago?


De la presencia sanjuanista en Ribadavia, así como en otras antiguas e importantes poblaciones de Galicia, muchas de las cuales, conservan todavía buena parte de su medieval encanto y esplendor, parece ser que no existe margen para la duda, como demuestra, entre otras, la documentada iglesia de San Juan, que aunque pasaremos de largo en la presente entrada, conviene decir, no obstante, que conserva, en su originalidad románica, numerosos elementos de interés, cuya rica simbología, daría margen más que suficiente para un interesante estudio aparte. Su situación, así como la situación de otras dos iglesias dedicadas a relevantes figuras, como María Magdalena y Santiago, conformarían, metafóricamente hablando, por supuesto, las tres torres, bastiones o baluartes que se alzaban alrededor de un casco antiguo, en el que parece evidente la presencia, además –y éste es un dato interesante a tener en cuenta-, de un importante núcleo habitacional y cultural: el judío. Si la iglesia de la Magdalena alguna vez fue románica, no queda, a la vista del templo actual –ajeno al culto y dedicado a museo-, nada que así lo recuerde, excepto un detalle bastante más que relevante: tanto la iglesia, como la plaza, como el entorno llevan –con una más que sospechosa obstinación que invita a especular sobre la importancia que su figura tuvo en la Ribadavia medieval-, su nombre. De uno de los laterales de ésta Praza da Madalena –que también se conoce como Praza Vella-, parte la Rúa de Santiago, que perpendicular a la Rúa de Xerusalén y en apenas una veintena de metros, desemboca frente a la portada principal, orientada hacia poniente, de la iglesia de igual nombre, dedicada, obviamente, a la figura del Santo Patrón y por añadidura, escala ineludible de los peregrinos que se dirigen hacia Compostela siguiendo la denominada Ruta o Vía de la Plata a su paso por Orense, en las cercanías del emblemático monasterio de Santa María de Melón y muy próximo, también, a la frontera con Pontevedra.

Tal vez más austera, en cuanto a ornamentación y simbolismo y quizás peor conservados éstos que los de la homóloga iglesia de San Juan, la iglesia de Santiago ofrece, sin embargo, algunos misterios, que cuando menos, merecen una llamada de atención. El principal, por lo que respecta al tema de la presente entrada, es un enigmático y por supuesto anónimo sepulcro que se localiza en un arcosolio añadido a la fachada sur, en cuya portada se aprecia un capitel que nos recuerda, así mismo, el interés que, al parecer, generó también en esa Ribadavia medieval, otra interesante figura femenina: Santa Catalina de Alejandría, personaje al que algunos historiadores identifican con la relevante Hipatia, figura interesante, cuya vida coincidió con los primeros tiempos del Cristianismo y que ha sido recientemente llevada al cine por Alejandro Amenábar, en su película titulada Ágora. Dicho capitel, es fácilmente identificable, pues muestra la cabeza de una mujer, debajo de ésta una paloma y en el lateral dos ruedas, la superior con el centro en forma de cruz, elementos simbólicos que forman parte de su leyenda dorada. Precisamente, en un sillar situado junto a éste capitel, una curiosa inscripción llama poderosamente la atención, pues al contrario que el típico me fecit que en muchos templos proporciona el nombre del magister muri, en el templo de Santiago se sustituye por el fezo laurar del donante: Johan.

Por desgracia, parece ser que éste lateral sur es utilizado por la xente de la movida y el botellón, como improvisado urinario, por lo que el hedor a heces humanas resulta poco menos que vergonzoso e insoportable, siendo más notorio en las proximidades del sepulcro al que se hace referencia. Completamente anónimo, como ya se ha dicho también, la losa superior muestra, no obstante, un elemento que da ciertamente que pensar: un largo bastón, rematado en un círculo, en cuyo interior se localiza, perfectamente esculpida, una sugerente cruz del tipo paté o patada. En definitiva, algo muy similar a los bastones de mando que solían portar los Maestres de la Orden.

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jueves, 17 de septiembre de 2015

El Santo Sudario de la Catedral de Oviedo


Fascinante, pero también escurridizo y definitivamente controvertido, el tema de las santas reliquias no sólo conlleva un importante movimiento espiritual y cultual, sino que además ha generado, a lo largo de la historia, un efecto sociológico de primera magnitud, despertando las acciones más elevadas pero también los más bajos instintos, hasta el punto de generar lucrativos mercados que, aunque teóricamente prohibidos y en algunos casos severamente castigados, han proporcionado a la Iglesia pingües beneficios. Inevitable resulta, así mismo, que todas estas preciadas reliquias repartidas entre toda la cristiandad, dieran lugar a profundos mitos y a las más variadas y fantásticas leyendas, pues como bien ha dicho más de un investigador, si se reunieran todas las reliquias que según las distintas tradiciones pertenecieron fidedignamente a tal o cual santo, o a tal o cual objeto, no debería sorprendernos que fueran sobradamente suficientes como para reconstituir varias veces, si no el cuerpo entero del susodicho santo, sí la parte correspondiente de éste, e igualmente ocurriría así con el objeto en cuestión, siendo el más evidente, por la inmensa cantidad de fragmentos que sobreviven en Occidente, la Vera Cruz. Ahora bien, acercándonos a la materia que nos ocupa en la presente entrada, con el mandylion o Santo Rostro, conocido en éste caso, como el Pañolón de Oviedo, podría decirse, que generalmente, este tipo de reliquias han recibido siempre una denominación más poética y mundana, cuya representación suele ser bastante frecuente en las temáticas artísticas de distintas épocas y estilos, de manera que no es difícil tropezarnos con ella, bajo la forma de escultura en piedra –pongamos como ejemplo, aquélla que todo el mundo puede ver en la parte superior interna del pórtico de acceso al claustro de la catedral de Segovia-, hasta cualquiera de los innumerables retablos barrocos o renacentistas que colapsan la geografía sagrada –metafóricamente hablando, por supuesto-, de nuestras ermitas, iglesias, colegiatas o catedrales: el Paño de la Verónica o simplemente, La Verónica.

Por defecto, y dado que también históricamente no deja de ser cierto, que los templarios fueron no sólo unos formidables guerreros, sino a la vez, unos grandes recopiladores de reliquias, es inevitable relacionarlos, siquiera hipotética e indirectamente, con ésta. Sobre todo, si tenemos en cuenta su procedencia, el Arca Santa, y tomamos como base a esos misteriosos fratres que fueron sus custodios en la cima del Monsacro, tal y como ya se apuntara en la entrada anterior. En relación con ello, y como añadido complementario a una supuesta historia del objeto que nos ocupa, tal vez resulte interesante la hipótesis de Carlos Galicia –interesantemente resumida, aunque tildada de hábilmente manejada, por Juan Eslava Galán en su obra El fraude de la Sábana Santa y las reliquias de Cristo (1)-, según la cual, sus custodios edesinos, después de un accidentado viaje huyendo de los persas, recalaron en Cartagena, donde la depositaron por algún tiempo bajo la custodia de San Fulgencio, pasando con posterioridad a Toledo, en la persona custodia de San Ildefonso, hasta la invasión musulmana de la Península, momento en el que fueron rescatadas por el que sería con posterioridad, el primer rey de la monarquía asturiana: Don Pelayo. Este detalle conlleva, así mismo, otra interesante polémica, relacionada con la ruta que siguieron los exiliados godos que se refugiaron en las montañas asturianas: si bien, generalmente se acepta la denominada Ruta de las Reliquias que, pasando por diversos concejos, como Quirós, Teverga y Morcín, finalizaba en la cima del Monsacro, no es menos cierto que existen tradiciones, también bastante arraigadas, que hablan de una ruta marítima, cuyo punto de desembarco es una hermosa ciudad costera, que curiosamente lleva en el topónimo de su nombre dos interesantes referencias: Luarca. Y se habla de dos referencias, porque en la primera, se nos recuerda el nombre de uno de los grandes dioses del panteón celta, Lug; y en la segunda, la palabra arca, que vendría a hacer referencia, no precisamente a un arca  o caja como las utilizadas para depositar los objetos sagrados, sino como a esa otra forma de expresión con la que tanto los gallegos como los asturianos, antiguamente, denominaban a ciertos monumentos megalíticos: los dólmenes. Como un dolmen era, por añadidura, el que se supone que había en el lugar en el que se levantó la ermita de planta octogonal de Santiago –inicialmente, bajo la advocación de Nuestra Señora del Monsacro-, en parte de cuyo interior –ese hueco conocido como el pozo de Santo Toribio-, se depositó el venerado arcón.

Especulaciones y teorías aparte, lo cierto es que causa impresión y cuando menos un estremecimiento, ver ese lienzo parcialmente impregnado de hemoglobina, cuyo original se mantiene a buen recaudo en la Cámara, detrás, precisamente, del Arca Santa. Pero que también –y aquí, aunque sea de pasada, se podría hacer referencia a lo que en la Edad Media se denominaba brandea o palliola, es decir, el proceso de realización de copias por contacto con la original, recurso bastante utilizado, por cierto, por algunos Papas, mediante el cual agasajaban o pagaban favores-, cuenta con una reproducción del anverso y del reverso, colocadas a ambos lados de la puerta neoclásica de acceso a la Cámara Santa.

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(1) Juan Eslava Galán: 'El fraude de la Sábana Santa y las reliquias de Cristo', Editorial Planeta, S.A., 2ª edición, Barcelona, 1997, página 212.

viernes, 11 de septiembre de 2015

La Cámara Santa de la Catedral de Oviedo y las reliquias del Monsacro


Poseedoras de un determinante halo de leyenda y de misterio, las reliquias que se custodian en la Cámara Santa de la catedral de San Salvador de Oviedo, atraen, al cabo de los siglos, a una multitud de personas, de todo tipo y condición, raza y creencias religiosas, que no sólo se dejan llevar por la fascinación añadida a unos objetos portadores de una estética rica en materiales y genuinamente artesana en elaboración, sino en la que aprecian, sobre todo, una parte importante, o cuando menos esencialmente significativa, de una cosmogonía cultual, que todavía se mantiene vigente al cabo de dos mil años, y que hemos de remontar a los primeros tiempos del Cristianismo y a sus principales protagonistas, conformado un auténtico compendio de historia, mitos, ritos y leyendas en los que, de forma más o menos directa, estuvieron implicados los más grandes buscadores y custodios de reliquias de la Edad Media: los caballeros templarios. Partiendo de esta base, aunque sin desdeñar el cariz mitológico e hipotético que ve en ellos la personificación ideal de los misteriosos fratres que con el beneplácito y la generosidad del rey Fernando II de León y de la reina de Asturias, su hermana doña Urraca –anecdóticamente hablando, todavía se pueden contemplar en el concejo de Teverga, algunas de las valiosas joyas que donó, entre otros, al monasterio de San Pedro, actualmente reconvertido en colegiata-, se mantuvieron durante muchos años haciendo labor de guardia y pastoreo en la cima del Monsacro y lugares aledaños. Una cima, envuelta en las brumas del misterio –en la que primigeniamente, se rendía culto no sólo a la figura de la Gran Diosa Madre, sino también a dioses que dieron su nombre a las cumbres más altas de provincias vecinas antes de ser derrocados por el tonante Júpiter romano, como Teleno-, y donde, levantadas a la vera de numerosos túmulos neolíticos, en su gran mayoría sin excavar y explorar, dejaron a la posteridad dos singulares ermitas románicas: una, denominada capilla de abajo y dedicada a la figura de María Magdalena (1), y otra, conocida como capilla de arriba, bajo la advocación de Santiago, pero que según algunas fuentes, inicialmente estuvo dedicada a la figura de una Virgen Negra por excelencia: Nuestra Señora del Monsacro (2).

Precisamente, es la planta octogonal de ésta ermita –siguiendo los patrones del denominado Sepulchrum Domini de Jerusalén, de cuyos ejemplos más relevantes en la Península Ibérica, se pueden citar Santa María de Eunate, el Santo Sepulcro de Torres del Río y la iglesia segoviana de la Vera Cruz, sin olvidar el resurgimiento, sobre todo en los siglos XVII y XVIII, de ermitas con planta circular u octogonal, dedicadas, por regla general, a las figuras de Cristos con fama de muy milagrosos, entre las que se pueden citar, como ejemplo, la de Briones, en La Rioja y la de Almazán, en Soria, aparte de la de San Saturio- la que sustenta, también buena parte del mito, si bien no se puede decir categóricamente que sea un modelo exclusivo de arquitectura templaria, como se ha venido aceptando sui géneris, desde que en el siglo XIX el genial arquitecto francés Viollet le Duc –restaurador, entre otras, de la magnífica catedral de Notre Dame de París-, lo propusiera, más como especulación (3) que como dato científicamente comprobado. También es aquí, en la ermita de Santiago –levantada sobre un antiguo dolmen, según se especula (4), aunque no se han realizado las excavaciones pertinentes que lo confirmen o desmientan-, y en un pozo conocido como de Santo Toribio, donde se ocultó el Arca –no olvidemos el doble sentido de esta palabra, pues tanto en Asturias como en Galicia, el vocablo arca se empleaba también para designar precisamente a los dólmenes- con las Santas Reliquias que se puede ver en primera fila en la Cámara Santa de la catedral ovetense, por delante del Santo Sudario –del que se hablará en una próxima entrada-, y de otras maravillas, como la famosa Cruz de los Ángeles y la Caja de las Ágatas, ofrecida por el rey Fruela II y su esposa Nunilo a la catedral, en el año 910. De estilo mozárabe, madera de roble –uno de los principales árboles sagrados de los antiguos pueblos celtas-, y recubierta de láminas de plata, la parte central representa un magnífico Pantocrátor, con la figura principal de Cristo protegida en su mandorla o piscis vesica flanqueada por los símbolos de los Cuatro Evangelistas y escoltada a ambos lados por las doce figuras apostólicas.

El Arca Santa, fue abierta en marzo de 1075, por el rey Alfonso VI. En tan solemne y memorable acto, le acompañaron, según las crónicas, su esposa Jimena, las infantas Urraca y Elvira, el Cid Campeador Rodrigo Díaz de Vivar, así como los obispos de varias diócesis importantes, como la de Burgos y Palencia.

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(1) De hecho, y como dato complementario de la entrada anterior, dedicada a las figuras del Salvador y María Magdalena, añadir la anécdota de que, salvo en raras ocasiones, se utiliza precisamente su nombre, La Magdalena, para referirse al Monsacro.
(2) Sobre ésta interesante figura, se recomienda la lectura del libro de Rafael Alarcón Herrera, A la sombra de los templarios, editorial Martínez Roca, S.A., Barcelona, 2001. Desde el año 2011, existe en la ermita de Santiago, una talla moderna de ésta Virgen del Monsacro, obra de la artista Nati Torres, residente en el pueblo vecino de Santa Eulalia de Morcín (Santolaya), así como otra interesante reproducción, de la misma autora, del Santiago del Maestro Mateo de la catedral compostelana.
(3) Ocurrió un caso similar, aquí en España, cuando el marqués de Cerralbo especuló con la posibilidad de que la hermosa talla mariana que se conserva en el monasterio soriano de Santa María de Huerta, y que se denomina la Virgen de las Navas, fuera aquélla que llevara en el arzón de su montura el arzobispo de Toledo, Rodrigo Ximénez de Rada, durante la crucial batalla de las Navas de Tolosa, librada en julio de 1212.
(4) No sería extraño, puesto que sin salir del Principado, se cuenta, al menos, con otro caso relevante: el de la ermita de la Santa Cruz, en Cangas de Onís.