jueves, 2 de junio de 2016

Los templarios de Uceda: Santa María de la Varga


De las insignes reliquias de glorias pasadas, en las que el tiempo ha sido, quizás, menos dañino que el descuido y la brutalidad de unos hombres que permitieron que la ruina y la desolación se llevaran consigo una obra de arte de notable calidad, destaca, en ésta parte de Guadalajara colindante con Madrid, la iglesia de la Virgen de la Varga, mandada construir por el arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada y cuyos orígenes habría que remontar a finales de ese nebuloso siglo XII o principios del XIII, en el que la Reconquista constituía todavía una dura pugna entre moros y cristianos, toda vez que la Rueda de la Fortuna mantenía una actitud sobradamente casquivana con unos y con otros, en cuanto a victorias y derrotas se refiere. Independientemente de ello, de que en la actualidad su recinto mutilado conforme otra función sacra, como es la de albergar el pequeño cementerio municipal y de que ciertas tradiciones populares hayan conservado el recuerdo de una posible permanencia templaria en el lugar, no dejan de ser significativos, algunos paralelismos que, afines o no a éstos, constituyen, cuando menos, datos de interés a tener en cuenta. De esa época, o puede que del siglo XIII, data, en efecto, la imagen theótokos o Trono de Dios de la referida Virgen de la Varga, o de la Cuesta, que es realmente lo que significa la palabra varga y hace alusión a una de las características del lugar en el que fue milagrosamente encontrada. Refiere la tradición –que parece calcada de aquélla otra, acaecida en tiempos del rey Alfonso VI durante la conquista de Madrid y el descubrimiento de la imagen negra de la Virgen de la Almudena-, que ésta fue descubierta -¿casualmente?- por un vecino del cercano pueblo de Patones –pato, oca, rey-, oculta en el hueco de la muralla que -¿casualmente otra vez?-, estaba en cuesta y que además -¿por supuesto, casualmente?- tenía junto a ella –como la Virgen de la Almudena-, una lámpara de plata, de esas lámparas legendarias, de luz inextinguible o eterna de las que tanto nos hablan las leyendas medievales e incluso numerosas referencias del mundo clásico. Casualidad o causalidad, lo cierto es que no deja de ser curioso, que en muchos de estos casos, los templarios estuvieran presentes; como presentes, cuando menos, estuvieron en la conquista de Madrid y en la posterior toma de Toledo, de donde partieron, como parte de esa poderosa fuerza de choque que consiguió una de las más batallas más decisivas de la Reconquista: la de las Navas de Tolosa.

Otro de los datos interesantes y relacionados, tanto con ellos, como con ciertos lugares a ellos asociados, bien documental o tradicionalmente, es la presencia de un curioso personaje, cuando menos de vida carismática: el cardenal Cisneros. El cardenal Cisneros, que fue precisamente arcipreste y capellán de la Virgen de la Varga, cuando estuvo preso en Uceda por orden del arzobispo Carrillo. Como también estuvo preso en Santorcaz y como, así mismo, queda constancia –visión milagrosa, tipo Constantino incluida- de su paso por Titulcia y la famosa Cueva de la Luna. Otra de las curiosidades asociadas a ésta sugerente imagen mariana, aparte de su fama de milagrera, es que también se convirtió en la Patrona y Protectora de las batallas de algunos reyes, como Juan II. Pocas claves quedan, por otra parte, en los restos de la iglesia a la que perteneció, pero sí merece la pena destacar la cruz patada que todavía se puede contemplar en el ábside principal –de consagración, opinarán algunos-, la austeridad cisterciense de la portada principal, levantada en el lado sur y uno de los capiteles interiores que representa a Daniel con los leones. Leones, asociados con el Conocimiento y único animal, recordemos, que les estaba permitido cazar a los hermanos de la Orden.

Como conclusión, añadir que por Uceda pasaba la calzada medieval conocida como Camino de la Varga y junto a las ruinas de la iglesia, se localiza un importante yacimiento arqueológico.

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miércoles, 23 de septiembre de 2015

Ribadavia: ¿un sepulcro templario en la iglesia de Santiago?


De la presencia sanjuanista en Ribadavia, así como en otras antiguas e importantes poblaciones de Galicia, muchas de las cuales, conservan todavía buena parte de su medieval encanto y esplendor, parece ser que no existe margen para la duda, como demuestra, entre otras, la documentada iglesia de San Juan, que aunque pasaremos de largo en la presente entrada, conviene decir, no obstante, que conserva, en su originalidad románica, numerosos elementos de interés, cuya rica simbología, daría margen más que suficiente para un interesante estudio aparte. Su situación, así como la situación de otras dos iglesias dedicadas a relevantes figuras, como María Magdalena y Santiago, conformarían, metafóricamente hablando, por supuesto, las tres torres, bastiones o baluartes que se alzaban alrededor de un casco antiguo, en el que parece evidente la presencia, además –y éste es un dato interesante a tener en cuenta-, de un importante núcleo habitacional y cultural: el judío. Si la iglesia de la Magdalena alguna vez fue románica, no queda, a la vista del templo actual –ajeno al culto y dedicado a museo-, nada que así lo recuerde, excepto un detalle bastante más que relevante: tanto la iglesia, como la plaza, como el entorno llevan –con una más que sospechosa obstinación que invita a especular sobre la importancia que su figura tuvo en la Ribadavia medieval-, su nombre. De uno de los laterales de ésta Praza da Madalena –que también se conoce como Praza Vella-, parte la Rúa de Santiago, que perpendicular a la Rúa de Xerusalén y en apenas una veintena de metros, desemboca frente a la portada principal, orientada hacia poniente, de la iglesia de igual nombre, dedicada, obviamente, a la figura del Santo Patrón y por añadidura, escala ineludible de los peregrinos que se dirigen hacia Compostela siguiendo la denominada Ruta o Vía de la Plata a su paso por Orense, en las cercanías del emblemático monasterio de Santa María de Melón y muy próximo, también, a la frontera con Pontevedra.

Tal vez más austera, en cuanto a ornamentación y simbolismo y quizás peor conservados éstos que los de la homóloga iglesia de San Juan, la iglesia de Santiago ofrece, sin embargo, algunos misterios, que cuando menos, merecen una llamada de atención. El principal, por lo que respecta al tema de la presente entrada, es un enigmático y por supuesto anónimo sepulcro que se localiza en un arcosolio añadido a la fachada sur, en cuya portada se aprecia un capitel que nos recuerda, así mismo, el interés que, al parecer, generó también en esa Ribadavia medieval, otra interesante figura femenina: Santa Catalina de Alejandría, personaje al que algunos historiadores identifican con la relevante Hipatia, figura interesante, cuya vida coincidió con los primeros tiempos del Cristianismo y que ha sido recientemente llevada al cine por Alejandro Amenábar, en su película titulada Ágora. Dicho capitel, es fácilmente identificable, pues muestra la cabeza de una mujer, debajo de ésta una paloma y en el lateral dos ruedas, la superior con el centro en forma de cruz, elementos simbólicos que forman parte de su leyenda dorada. Precisamente, en un sillar situado junto a éste capitel, una curiosa inscripción llama poderosamente la atención, pues al contrario que el típico me fecit que en muchos templos proporciona el nombre del magister muri, en el templo de Santiago se sustituye por el fezo laurar del donante: Johan.

Por desgracia, parece ser que éste lateral sur es utilizado por la xente de la movida y el botellón, como improvisado urinario, por lo que el hedor a heces humanas resulta poco menos que vergonzoso e insoportable, siendo más notorio en las proximidades del sepulcro al que se hace referencia. Completamente anónimo, como ya se ha dicho también, la losa superior muestra, no obstante, un elemento que da ciertamente que pensar: un largo bastón, rematado en un círculo, en cuyo interior se localiza, perfectamente esculpida, una sugerente cruz del tipo paté o patada. En definitiva, algo muy similar a los bastones de mando que solían portar los Maestres de la Orden.

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jueves, 17 de septiembre de 2015

El Santo Sudario de la Catedral de Oviedo


Fascinante, pero también escurridizo y definitivamente controvertido, el tema de las santas reliquias no sólo conlleva un importante movimiento espiritual y cultual, sino que además ha generado, a lo largo de la historia, un efecto sociológico de primera magnitud, despertando las acciones más elevadas pero también los más bajos instintos, hasta el punto de generar lucrativos mercados que, aunque teóricamente prohibidos y en algunos casos severamente castigados, han proporcionado a la Iglesia pingües beneficios. Inevitable resulta, así mismo, que todas estas preciadas reliquias repartidas entre toda la cristiandad, dieran lugar a profundos mitos y a las más variadas y fantásticas leyendas, pues como bien ha dicho más de un investigador, si se reunieran todas las reliquias que según las distintas tradiciones pertenecieron fidedignamente a tal o cual santo, o a tal o cual objeto, no debería sorprendernos que fueran sobradamente suficientes como para reconstituir varias veces, si no el cuerpo entero del susodicho santo, sí la parte correspondiente de éste, e igualmente ocurriría así con el objeto en cuestión, siendo el más evidente, por la inmensa cantidad de fragmentos que sobreviven en Occidente, la Vera Cruz. Ahora bien, acercándonos a la materia que nos ocupa en la presente entrada, con el mandylion o Santo Rostro, conocido en éste caso, como el Pañolón de Oviedo, podría decirse, que generalmente, este tipo de reliquias han recibido siempre una denominación más poética y mundana, cuya representación suele ser bastante frecuente en las temáticas artísticas de distintas épocas y estilos, de manera que no es difícil tropezarnos con ella, bajo la forma de escultura en piedra –pongamos como ejemplo, aquélla que todo el mundo puede ver en la parte superior interna del pórtico de acceso al claustro de la catedral de Segovia-, hasta cualquiera de los innumerables retablos barrocos o renacentistas que colapsan la geografía sagrada –metafóricamente hablando, por supuesto-, de nuestras ermitas, iglesias, colegiatas o catedrales: el Paño de la Verónica o simplemente, La Verónica.

Por defecto, y dado que también históricamente no deja de ser cierto, que los templarios fueron no sólo unos formidables guerreros, sino a la vez, unos grandes recopiladores de reliquias, es inevitable relacionarlos, siquiera hipotética e indirectamente, con ésta. Sobre todo, si tenemos en cuenta su procedencia, el Arca Santa, y tomamos como base a esos misteriosos fratres que fueron sus custodios en la cima del Monsacro, tal y como ya se apuntara en la entrada anterior. En relación con ello, y como añadido complementario a una supuesta historia del objeto que nos ocupa, tal vez resulte interesante la hipótesis de Carlos Galicia –interesantemente resumida, aunque tildada de hábilmente manejada, por Juan Eslava Galán en su obra El fraude de la Sábana Santa y las reliquias de Cristo (1)-, según la cual, sus custodios edesinos, después de un accidentado viaje huyendo de los persas, recalaron en Cartagena, donde la depositaron por algún tiempo bajo la custodia de San Fulgencio, pasando con posterioridad a Toledo, en la persona custodia de San Ildefonso, hasta la invasión musulmana de la Península, momento en el que fueron rescatadas por el que sería con posterioridad, el primer rey de la monarquía asturiana: Don Pelayo. Este detalle conlleva, así mismo, otra interesante polémica, relacionada con la ruta que siguieron los exiliados godos que se refugiaron en las montañas asturianas: si bien, generalmente se acepta la denominada Ruta de las Reliquias que, pasando por diversos concejos, como Quirós, Teverga y Morcín, finalizaba en la cima del Monsacro, no es menos cierto que existen tradiciones, también bastante arraigadas, que hablan de una ruta marítima, cuyo punto de desembarco es una hermosa ciudad costera, que curiosamente lleva en el topónimo de su nombre dos interesantes referencias: Luarca. Y se habla de dos referencias, porque en la primera, se nos recuerda el nombre de uno de los grandes dioses del panteón celta, Lug; y en la segunda, la palabra arca, que vendría a hacer referencia, no precisamente a un arca  o caja como las utilizadas para depositar los objetos sagrados, sino como a esa otra forma de expresión con la que tanto los gallegos como los asturianos, antiguamente, denominaban a ciertos monumentos megalíticos: los dólmenes. Como un dolmen era, por añadidura, el que se supone que había en el lugar en el que se levantó la ermita de planta octogonal de Santiago –inicialmente, bajo la advocación de Nuestra Señora del Monsacro-, en parte de cuyo interior –ese hueco conocido como el pozo de Santo Toribio-, se depositó el venerado arcón.

Especulaciones y teorías aparte, lo cierto es que causa impresión y cuando menos un estremecimiento, ver ese lienzo parcialmente impregnado de hemoglobina, cuyo original se mantiene a buen recaudo en la Cámara, detrás, precisamente, del Arca Santa. Pero que también –y aquí, aunque sea de pasada, se podría hacer referencia a lo que en la Edad Media se denominaba brandea o palliola, es decir, el proceso de realización de copias por contacto con la original, recurso bastante utilizado, por cierto, por algunos Papas, mediante el cual agasajaban o pagaban favores-, cuenta con una reproducción del anverso y del reverso, colocadas a ambos lados de la puerta neoclásica de acceso a la Cámara Santa.

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(1) Juan Eslava Galán: 'El fraude de la Sábana Santa y las reliquias de Cristo', Editorial Planeta, S.A., 2ª edición, Barcelona, 1997, página 212.

viernes, 11 de septiembre de 2015

La Cámara Santa de la Catedral de Oviedo y las reliquias del Monsacro


Poseedoras de un determinante halo de leyenda y de misterio, las reliquias que se custodian en la Cámara Santa de la catedral de San Salvador de Oviedo, atraen, al cabo de los siglos, a una multitud de personas, de todo tipo y condición, raza y creencias religiosas, que no sólo se dejan llevar por la fascinación añadida a unos objetos portadores de una estética rica en materiales y genuinamente artesana en elaboración, sino en la que aprecian, sobre todo, una parte importante, o cuando menos esencialmente significativa, de una cosmogonía cultual, que todavía se mantiene vigente al cabo de dos mil años, y que hemos de remontar a los primeros tiempos del Cristianismo y a sus principales protagonistas, conformado un auténtico compendio de historia, mitos, ritos y leyendas en los que, de forma más o menos directa, estuvieron implicados los más grandes buscadores y custodios de reliquias de la Edad Media: los caballeros templarios. Partiendo de esta base, aunque sin desdeñar el cariz mitológico e hipotético que ve en ellos la personificación ideal de los misteriosos fratres que con el beneplácito y la generosidad del rey Fernando II de León y de la reina de Asturias, su hermana doña Urraca –anecdóticamente hablando, todavía se pueden contemplar en el concejo de Teverga, algunas de las valiosas joyas que donó, entre otros, al monasterio de San Pedro, actualmente reconvertido en colegiata-, se mantuvieron durante muchos años haciendo labor de guardia y pastoreo en la cima del Monsacro y lugares aledaños. Una cima, envuelta en las brumas del misterio –en la que primigeniamente, se rendía culto no sólo a la figura de la Gran Diosa Madre, sino también a dioses que dieron su nombre a las cumbres más altas de provincias vecinas antes de ser derrocados por el tonante Júpiter romano, como Teleno-, y donde, levantadas a la vera de numerosos túmulos neolíticos, en su gran mayoría sin excavar y explorar, dejaron a la posteridad dos singulares ermitas románicas: una, denominada capilla de abajo y dedicada a la figura de María Magdalena (1), y otra, conocida como capilla de arriba, bajo la advocación de Santiago, pero que según algunas fuentes, inicialmente estuvo dedicada a la figura de una Virgen Negra por excelencia: Nuestra Señora del Monsacro (2).

Precisamente, es la planta octogonal de ésta ermita –siguiendo los patrones del denominado Sepulchrum Domini de Jerusalén, de cuyos ejemplos más relevantes en la Península Ibérica, se pueden citar Santa María de Eunate, el Santo Sepulcro de Torres del Río y la iglesia segoviana de la Vera Cruz, sin olvidar el resurgimiento, sobre todo en los siglos XVII y XVIII, de ermitas con planta circular u octogonal, dedicadas, por regla general, a las figuras de Cristos con fama de muy milagrosos, entre las que se pueden citar, como ejemplo, la de Briones, en La Rioja y la de Almazán, en Soria, aparte de la de San Saturio- la que sustenta, también buena parte del mito, si bien no se puede decir categóricamente que sea un modelo exclusivo de arquitectura templaria, como se ha venido aceptando sui géneris, desde que en el siglo XIX el genial arquitecto francés Viollet le Duc –restaurador, entre otras, de la magnífica catedral de Notre Dame de París-, lo propusiera, más como especulación (3) que como dato científicamente comprobado. También es aquí, en la ermita de Santiago –levantada sobre un antiguo dolmen, según se especula (4), aunque no se han realizado las excavaciones pertinentes que lo confirmen o desmientan-, y en un pozo conocido como de Santo Toribio, donde se ocultó el Arca –no olvidemos el doble sentido de esta palabra, pues tanto en Asturias como en Galicia, el vocablo arca se empleaba también para designar precisamente a los dólmenes- con las Santas Reliquias que se puede ver en primera fila en la Cámara Santa de la catedral ovetense, por delante del Santo Sudario –del que se hablará en una próxima entrada-, y de otras maravillas, como la famosa Cruz de los Ángeles y la Caja de las Ágatas, ofrecida por el rey Fruela II y su esposa Nunilo a la catedral, en el año 910. De estilo mozárabe, madera de roble –uno de los principales árboles sagrados de los antiguos pueblos celtas-, y recubierta de láminas de plata, la parte central representa un magnífico Pantocrátor, con la figura principal de Cristo protegida en su mandorla o piscis vesica flanqueada por los símbolos de los Cuatro Evangelistas y escoltada a ambos lados por las doce figuras apostólicas.

El Arca Santa, fue abierta en marzo de 1075, por el rey Alfonso VI. En tan solemne y memorable acto, le acompañaron, según las crónicas, su esposa Jimena, las infantas Urraca y Elvira, el Cid Campeador Rodrigo Díaz de Vivar, así como los obispos de varias diócesis importantes, como la de Burgos y Palencia.

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(1) De hecho, y como dato complementario de la entrada anterior, dedicada a las figuras del Salvador y María Magdalena, añadir la anécdota de que, salvo en raras ocasiones, se utiliza precisamente su nombre, La Magdalena, para referirse al Monsacro.
(2) Sobre ésta interesante figura, se recomienda la lectura del libro de Rafael Alarcón Herrera, A la sombra de los templarios, editorial Martínez Roca, S.A., Barcelona, 2001. Desde el año 2011, existe en la ermita de Santiago, una talla moderna de ésta Virgen del Monsacro, obra de la artista Nati Torres, residente en el pueblo vecino de Santa Eulalia de Morcín (Santolaya), así como otra interesante reproducción, de la misma autora, del Santiago del Maestro Mateo de la catedral compostelana.
(3) Ocurrió un caso similar, aquí en España, cuando el marqués de Cerralbo especuló con la posibilidad de que la hermosa talla mariana que se conserva en el monasterio soriano de Santa María de Huerta, y que se denomina la Virgen de las Navas, fuera aquélla que llevara en el arzón de su montura el arzobispo de Toledo, Rodrigo Ximénez de Rada, durante la crucial batalla de las Navas de Tolosa, librada en julio de 1212.
(4) No sería extraño, puesto que sin salir del Principado, se cuenta, al menos, con otro caso relevante: el de la ermita de la Santa Cruz, en Cangas de Onís.

domingo, 6 de septiembre de 2015

El Salvador y la Magdalena


No deja de ser un hecho cierto, independientemente de estar poco o nada documentado, que a la siempre carismática Orden del Temple se la ha asociado, no sólo con poseer lo más granado de las reliquias santas que motivaron que la Cristiandad -entre otros motivos políticos y económicos, más acordes a las ambiciones expansionistas de Papas y Reyes- se movilizara para la recuperación de los Santos Lugares, sino también, de ser los poseedores de secretos lo suficientemente importantes sobre los orígenes del Cristianismo, que de revelarse, harían temblar los cimientos de la Iglesia, y que, de hecho, unido a cuestiones como un poder poco menos que absoluto y un exceso de secretismo sobre su constitución y actividades de puertas para adentro, constituyó otro de los alicientes que jugaron en su contra,siendo profusamente utilizados en su caída. Antes de examinar los tesoros sacros contenidos en la Cámara Santa de ésta magnífica catedral de San Salvador de Oviedo -tesoros, que hipotéticamente custodiaron en la cima del Monsacro, monte sagrado y peculiar, situado a unos 8 kilómetros aproximadamente de la capital del Principado-, no estaría de más comentar, siquiera por encima, esa proximidad, que según numerosas fuentes -que cada vez tienen más y más adeptos en el mundo-, tuvieron el Salvador y una de las figuras más extraordinarias y apasionantes de la época en la que éste vivió, predicó y murió, siendo su sacrificio el preludio de una religión, que habría de convertirse en una de las principales del mundo: María de Migdal o de Magdala. Una figura controvertida, denostada y despreciada pero que, según numerosas fuentes, tuvo mayor grado de acercamiento al Maestro, que cualquiera de los demás, hasta el punto de barajarse un sin número de teorías, siendo las más relevantes, cuando no atrevidas, aquéllas que ven en ella en realidad al discípulo amado -aquél, a quien Pedro reprochaba que besara en la boca-, o, yendo más allá todavía, a la mujer que sobresalía sobre el resto, porque no sólo entendía al Maestro cuando utilizaba lo que bien podría definirse como lenguaje de los pájaros en relación a la comprensión de unos discípulos escogidos no precisamente por su inteligencia, sino que además, se convirtió en su esposa y compañera, hasta el punto de no ser pocos, así mismo, los investigadores e historiadores que ven en el episodio de las bodas de Canaán -recordemos, que una de las hidrias, se localiza en otro lugar considerado como templario, como es la iglesia de Santa María de Cambre, en La Coruña- el escenario de su propia boda. Casualidad o no, lo cierto es que no deja de ser un hecho cuando menos curioso, la proximidad que existe entre la figura románica del Salvador, tan venerada por los peregrinos -recordemos la vieja acepción: quien va a Santiago y no al Salvador, visita al siervo y olvida al Señor-, y el retablo de Santa María Magdalena, situado al comienzo de la girola o deambulatorio -probable recuerdo de los templos que recordaban la forma del denominado Sepulchrum Domini, de los cuales, probablemente el más carismática sea el de Santa María de Eunate, en Navarra-, a apenas unos metros de distancia y en el cual, la figura femenina, penitente y compungida, parece evitar mirar de frente a su Señor, quizás por ese qué dirán, en que ha basado siempre su política la iglesia paulista. Lejos de ser representada con su verdadero símbolo -el de la fortaleza, determinado por el Arcano XVI de las cartas del Tarot-, y sin el típico tarro de ungüento -en ocasiones, se sustituye por una sugerente copa griálica-, la Magdalena penitente ovetense, porta la cruz en su mano izquierda. Pero después de todo, y como en numerosas representaciones similares, el artista la vistió con el sayal escamado de la heterodoxia: aquél, que haciendo otro tipo de justicia a la figura de la serpiente, nos pone en la pista simbólica de la Sabiduría. Y si no, que se lo pregunten a la sierpe gnóstica que sale de la copa que tradicionalmente, también, sostiene San Juan en la mano. Y casualidades y romanticismos aparte, un dato a tener en cuenta: nadie se refiere al Monsacro como tal, sino como La Magdalena.


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sábado, 18 de julio de 2015

San Vicente del Valle: iglesia visigoda de la Asunción


Seguir las huellas de lo que algunos entrañables investigadores, como el amigo fallecido, Xavier Musquera, definía como la aventura de los templarios en España, no deja de ser siempre una auténtica invitación a la aventura. Y la hace, cuando menos más interesante y significativa, si este seguimiento se desarrolla por uno de los lugares más fascinantes, simbólicos y misteriosos de la vieja, viejisima Castilla: la Sierra de la Demanda. O mejor dicho: la Sierra de la Demanda del Santo Grial. Cierto es, por otra parte, que pocas huellas de dicha presencia encontrará aquél que, siguiendo el método tomasiano por antonomasia, pretenda sentar cátedra en base a esa documentación históricamente escrita que, como ocurre con otros muchos lugares de nuestra vieja piel de toro, brilla, sí, pero precisamente por su ausencia. En este sentido, creo que es buen momento para que el lector de lo estricta y documentalmente correcto, utilice de nuevo el cursor de su ordenador y busque otra página más acorde, donde se le diga y él así lo crea, que salvo en un par de sitios, los templarios apenas pisaron por Burgos. Ahora bien, amigo lector, si eres de los atrevidos, de aquellos abnegados bohemios que todavía creen que la historia de la presencia templaria en numerosos lugares de la Península, incluido el que nos ocupa, fue más intensa de lo que aparentemente pretenden hacernos creer, te invito a que continúes leyendo y me acompañes hacia un pueblo pequeño, pero en cuyo término encontrarás uno de esos edificios cuya antigüedad ya debería ponerte los pelos de los brazos como escarpias, pensando en los misterios de ese viejo mundo perdido para siempre, allá, por el año 711, cuando las hordas al mando de Tariq cruzaron el Estrecho e invadieron una Península cuyos gobernantes, los visigodos, comenzaban a desintegrarse, no tanto por la forma que tenían de exprimir ese sufrido limón que siempre es el pueblo llano, como por las continuas y fratricidas luchas entre una nobleza que, después de todo, de nobles apenas tenían el apelativo. De esa época, pues, en la que Don Rodrigo tuvo los regios bemoles de meter baza en los misterios de una Cava que mejor habría hecho en dejar en paz, es ésta sacrosanta iglesuela, dedicada a la figura de Santa María. El pueblo al que me refiero, es San Vicente del Valle. Un pueblo, a cuyo nombre se deberían dedicar unos minutos, pues hace referencia a un santo que tiene que ver, y mucho, con la escatología de unos cristianos de aquella época de tinieblas, a los que después de todo, no les costó mucho -algunos diezmos de impuestos, como al otro grupo del Libro, los judíos- encontrar un medio de convivir con el nuevo amo musulmán: los mozárabes. Un culto primitivo, el mozárabe que, según algunas fuentes desapareció por temor a adaptarse a los nuevos tiempos de la Iglesia y mantener su primitivo arrianismo. Pero es curioso, y espero que así lo considere también el amigo lector que se haya atrevido a fumarse el texto hasta aquí, que el ave que marcaba los primitivos santuarios mozarabistas relativos a esta peculiar figura de San Vicente, el cuervo, fuera, precisamente, aquél que también acompañara a uno de los dioses más populares y relevantes del panteón celta, Lug, y lleve impreso en su plumaje, así mismo, los colores de las aves asociadas a la Gran Diosa Madre.

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Puede que la iglesia, por otra parte, no le satisfaga en exceso, si está acostumbrado a ver, admirar y deslumbrarse con los escasos pero relevantes restos de arquitectura visigoda, que todavía pululan por algunos lugares, entre los que cabría citar, cómo no, aquellos de San Pedro de la Nave, Quintanilla de las Viñas, Santa Comba de Bande o Santa María de Melque, que suelen coincidir en su planta basilical, donde la geometría sacra -incluyendo el pleno conocimiento del número de oro-, parece un perfecto juego de mecano. Cierto, que este templito de San Vicente del Valle, engaña a primera vista; como cierto es, así mismo, que ha sufrido tantas y tantas modificaciones a lo largo de su longeva historia, que posiblemente esa sea la causa de haber perdido su forma original. No hay documentos que lo atestigüen, vuelvo a repetir, pero algunas fuentes tradicionalistas, insisten en la presencia de templarios en la zona. Y quizá algo de eso hubo de haber, si no por las estelas con cruces patadas del interior -Maese Alkaest, dixit-, o por la zona tan emblemática -feudo entre otros, de la poderosa familia Lara, de donde Don Mario Roso de Luna ya nos indicaba que procedía Ginés de Lara, el último templario de San Polo y donde todavía se recuerda la figura legendaria de toda una dama de armas tomar, Doña Lambra, y bien que las tomara contra los infantes, como bien se hace saber en Barbadillo del Mercado,-, y donde todavía queda, más que bien cubierto por la maleza y el olvido alguna piedra del monasterio de Alveinte -como se nos recuerda en el famoso dicho aquel de: ¿templario, qué hiciste que al veinte viniste?- y porque -añádese como dato más-, no es el primer lugar de estas características asociado con ellos, como ocurre con esas otras joyas del Arte Asturiano -el que quiera que lo llame prerrománico-, de Santo Adriaño de Tuñón o de San Pedro de Nora. Una zona, por lo demás, en la que, aunque desaparecida en una vergonzosa mayoría, todavía se constatan algunos inolvidables vestigios de la intensa actividad precristiana, como así podrá comprobar, quien siga unos kilómetros adelante la carretera y se detenga en el pueblo siguiente, Fresneda de la Sierra Pirón, donde tendrá oportunidad de ver un menhir, con inequívoca forma de falo que, estando originalmente situado en el cercano monte de la Pastora -si mal no recuerdo-, fue salvado milagrosamente de ese martillo pilón que había hecho trizas a otros cuantos situados también en las inmediaciones.

En fin, sorpresas de la Sierra de la Demanda... del Santo Grial.

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martes, 23 de junio de 2015

Sasamón: una puerta a las estrellas


Tal vez sea oportuno, en vísperas de la noche más mágica del año -aquella que determina el solsticio de verano y en la que Jano, el dios bifronte, libera, a través de la Jauna Coeli, toda una variada gama de espeluznantes exquisiteces que durante generaciones han formado una parte más o menos activa y esencial de los grandes mitos de la memoria colectiva de los pueblos-, echar mano de los recuerdos y volviendo la vista atrás, hacia esas infinitas llanadas castellanas, hacer que la imaginación, amigo lector, te transporte, desde donde quiera que estés cómodamente sentado frente a la pantalla de tu ordenador, hacia un lugar cuyo nombre, Sasamón, ya debería ponerte sobreaviso -seas o no persona dada a dejarte encandilar por el fatal atractivo de la mitología-, llevándote sutilmente hacia ese curioso mundo de los aforismos de índole extrapeninsular, que forman parte de esas raíces protohistóricas a las que, generalmente, la historiografía oficial prefiere obviar, temerosa, qué duda cabe, de aceptar conclusiones que puedan hacer tambalearse los cimientos dorados de una Historia que se nos demuestra más y más sorprendente cada vez que se realizan nuevos descubrimientos. Si en efecto, te has percatado pronto de que el referido vocablo contiene el nombre de un todopoderoso dios del panteón egipcio -Amón, cuyos sacerdotes propiciaron la caída de Amenofis IV, Akhenatón, mil años antes de la famosa batalla del puente Milvio, a raíz de la cual, Constantino proclamó al Cristianismo como religión oficial del Imperio-, no creo que te sorprendas mucho, o al menos, no en demasía, si contemplando ésta magnífica pero desgraciada portada, te animo a dejarte llevar por los ríos de la tradición y pienses en ella como el malogrado resto de una iglesia, la de San Miguel, que en tiempos perteneció a la Orden del Temple, y a un pueblecito, desaparecido también, que llevaba por nombre Mazarreros, otro nombre que, curiosamente, ya en su raíz contiene, así mismo, otra sorprendente referencia a esa semi-divinidad con la que antiguamente se consideraba a los herreros, a los que igualmente se relacionaba con la alquimia, pues no sólo poseían el poder de dominar el fuego, sino también de conocer los secretos de los metales y la acción de transformarlos (1).

Por otra parte, y a pesar de que el deterioro provocado por el tiempo o por la acción indiscriminada de unos hombres que utilizaron probablemente de cantera tanto la iglesia y el despoblado -algunos restos, conforman hoy la magnífica iglesia de Sasamón-, es posible que, si tienes ocasión de pasear alguna vez por la campiña situada a las fueras de ésta población, no lejos del cementerio y de los cruceros pétreos que te recomiendo observes con atención, verás que, si bien encuentras dificultad en adivinar el mensaje original de unos capiteles que cada día parecen fundirse un poco más, como la cera de las velas en la noche de difuntos, quizás descubras, no lo que probablemente pudieran haber sido un descendimiento y una psicostasis como elementos más relevantes entre las típicas referencias foliáceas y de leones enfrentados tan características del estilo románico, pero al menos sí podrás ver con claridad dos marcas de cantería, que te harán pensar que, después de todo, puede que la casualidad no exista y que, como decía un admirado Maestro y amigo: cuando el río de la tradición suena, es que agua histórica lleva: la estrella de ocho puntas y la pata de oca.

De lo que no cabe duda, es de que el tiempo, después de todo, no deja de ser el más justo de los estilistas, aportado a la solitaria ruina una escena romántica inolvidable: si tienes ocasión de pasear por allí de noche, no te sorprenderá, en absoluto, el título de la presente entrada y estarás de acuerdo, después de todo, en que ésta malograda portada es, al fin y al cabo, una auténtica puerta a las estrellas.

Feliz Solsticio

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(1) A todo aquel que quiera profundizar más en tan apasionante tema, recomiendo la magnífica obra de Mircea Eliade, titulada 'Herreros y alquimistas', Taurus Ediciones, S.A., Madrid, 1959 o la versión de Alianza Editorial, Madrid, 1974.