viernes, 11 de noviembre de 2011

El gran enigma de Aller: la iglesia de San Vicente de Serrapio

'Una fecha muy importante para este Templo es la del año 1830 cuando el entonces párroco, D. Gaspar Ordóñez, retiró el retablo del altar mayor y abrió un tragaluz, circunstancia que sirvió -debido a la mayor claridad- para localizar lápidas, piedras con inscripciones y un ara de sacrificios, actualmente conservadas en un recinto al efecto.
También es cierto que las reformas mejoraron la conservación del Monumento, pero hicieron olvidar marcas de cantero, la posible presencia de la Orden de los Templarios, del paso de peregrinos jacobeos y de otros pueblos antiguos que ya desde tiempos muy remotos, como así lo demostró la arqueología, eligieron este lugar sagrado para habitáculo y culto' (1).





No deja de ser una inesperada novedad que este comentario, conclusión de un corto pero ameno trabajo sobre éste inmenso interrogante histórico que es la iglesia de San Vicente de Serrapio, haya sido realizado precisamente por un párroco. Durante los años que llevo cabalgando a lomos de la ficcion y la realidad tras la pista en la Península de los guerreros de Cristo, los fratres milites del Temple, he podido percatarme, y bien pronto, además, de la aversión generalizada del clero hacia una Orden que, curiosamente, fue rehabilitada poco tiempo después de que el viento esparciera por los cuatro puntos cardinales las cenizas de Jacques de Molay, su desafortunado y último Gran Maestre. Hablar del Temple conlleva, por lo general, un portazo en las narices o, cuando menos, un cambio radical de actitud; un silencio obstinado; una mirada enrevesada y, por supuesto, en la gran mayoría de los casos, una destemplada despedida. Ha habido ocasiones, en las que incluso he tenido que hacer la vista gorda y aceptar, por ejemplo, que lo que tenía ante mis ojos no era una tau, sino el resultado de la gracia que el gamberro de turno había realizado sobre el travesaño vertical de una cruz latina normalita y corrientita. Deus lo vult!, suelo decirme, y continúo camino. En ese caminar, en ocasiones la casualidad -cuando no la causalidad- echa una mano. No puedo dejar pasar la ocasión para recordar, y a la vez homenajear, non nobis Domine, al único párroco que he conocido, profundamente interesado no sólo en los avatares históricos de sus parroquias, sino también -¡Alá el Agbar!- en la Orden del Temple. Me refiero a don Bernardino Ortiz Angulo, párroco, entre otras, de las iglesias de San Lorenzo de Vallejo y Santa María de Siones, situadas en el burgalés Valle de Mena, fallecido hace escasamente un año. Vaya, pues, en memoria, y una vez más, mi sincera gratitud.

Ahora bien, ¿tiene razón el señor González Blanco en sus aseveraciones relativas a la destrucción de posibles huellas templarias en la iglesia de San Vicente de Serrapio, o por el contrario, todavía, y quizás de casualidad, quedan algunos elementos que permiten sostener, cuando menos, una honrosa especulación?. Intentemos averigüarlo, observando los vídeos con atención, fijando en la retina aquellos elementos que, a priori, pueden sugerir correspondencias o paralelismos con los contenidos en otros templos con idéntica presunción de. Pero antes de hacerlo, creo que resultaría interesante hacer un poco de protohistoria y definir, siquiera a grosso modo, los diferentes estadios, tanto históricos como antropológicos, que hacen del templo y su lugar de ubicación, un interesante foco cultual. El detalle histórico, nos aburra o no, suele ser generalmente el mismo: pueblo autóctono sufre la invasión de otro pueblo más fuerte que, tarde o temprano, lo conquista, lo sojuzga y le impone su modus vivendi; por supuesto, también, su religión y sus dioses. El celta es conquistado por el romano, y donde antes se adoraba a Lug o a Tutatis, se levanta ahora un templo en honor a otra deidad foránea. Pero, y he aquí el primer dato interesante, no a una deidad menor o cualquiera del interminable panteón de Roma, sino a Júpiter, dios supremo, equivalente al Zeus griego: 'A Júpiter, Óptimo y Máximo, levantaron esta ara en demanda de protección para sí y los suyos, los Arromidaecos y Collacinos', reza la inscripcion de una de las lápidas encontradas, incluida la de consagración, que actualmente se conservan en uno de los muros de la sacristía. Ésta última, la de consagración, reza así: 'Esta basílica fue fundada por un presbítero, llamado Gagio, en el mes de julio del año 944. Mellitus la construyó'. Se añaden, por tanto, elementos prerrománicos a los anteriores, de los que no queda rastro, remotándose la planta actual al siglo XII, independientemente de los añadidos y modificaciones realizadas a lo largo de los años. Probablemente, de este mismo periodo sean los escasos canecillos que se localizan en la zona absidal: un hombre desnudo y con los brazos levantados, al que, como ocurre en numerosas iglesias románicas, le han amputado el miembro viril; dos cabezas unidas, previsiblemente de guerreros, en atencion a los cascos o bonetes que portan; una cabeza de animal, y por encima de ésta, elemento ajeno al canecillo, una pequeña pirámide. Pirámide, dicho sea de paso, similar, cuando no idéntica, a la que se puede contemplar también en el ábside de la iglesia de San Esteban de Aramil. También en la cornisa, se aprecia un elemento bastante significativo y poco corriente: una espada.





Conviene, antes de acceder al interior del templo y enfrentarnos al inconmensurable simbolismo subyacente en sus pinturas, detenerse unos minutos frente al pórtico de entrada y pensar -obviando, si queremos, el ara moderna que descansa al fondo a la izquierda (2)- en dos detalles irrelevantes en apariencia, pero dignos de mención, en consecuencia. Coronando el pórtico de entrada -me pregunto dónde estará el original- una interesante cruz de piedra, ya nos pone sobre aviso, al reparar en el significativo poliskel de origen celta que, a modo de medallón, se localiza en su centro. El segundo detalle, posiblemente nos parezca, como decía, intranscendente a priori. Pero seguramente no lo sería, en absoluto, si supiéramos que sobre la pequeña pila de agua bendita que se aprecia en un lateral de la fachada, aparecieron tres calaveras humanas perfectamente alineadas (3).

En cuanto al simbolismo griálico contenido en las pinturas de la capilla mayor, se recomienda la entrada de Románica: enigmas del románico español, que lleva por título: El Mito del Grial en San Vicente de Serrapio.

(1) José Antonio González Blanco: 'Seguimiento de la restauración de la Iglesia de San Vicente de Serrapio', Gráficas Lux, 2003, página 81].

(2) Las aras, son particularmente prolíferas en el Principado, y muchas de ellas de origen celta. Como la que se custodia en el interior de la iglesia de Santa Eulalia de Morcín. Así mismo, se las localiza, también, en prados, cercanas a lugares de cierta trascendencia cultual. Podría ser el caso de Pedroveya y el desfiladero de las Xanas.


(3) Hasta cierto punto, el tema de las calaveras, tanto naturales como artificiales, viene a ser corriente en numerosas iglesias de Asturias y de Galicia, donde se las suele localizar en el interior de la nave, por encima de las pequeñas pilas de agua bendita, acompañadas por leyendas similares a ésta: mírate en el espejo. No obstante, con referencia a los tres cráneos hallados emparedados en la fachada de la iglesia de San Vicente, no puedo evitar pensar en la pervivencia de costumbres de origen celta. Éstos situaban el alma precisamente en la cabeza y emparedaban en los dinteles de sus casas los cráneos de sus enemigos, evitándo que se reencarnaran y volvieran a empuñar las armas contra ellos. No olvidemos que los celtas, así mismo, tenían una profunda convicción en la teoría de la metempsicosis o reencarnación.