viernes, 9 de diciembre de 2011

Mahamud, posibles huellas templarias



'Vamos a huir de las llamadas realidades, que no son sino humo, polvo y ceniza, yendo a buscar el ensueño donde quiera que podamos encontrarlo...' (1).



Si el nombre resulta ya de por sí llamativo y nos remonta a unos tiempos en los que la palabra Castilla comenzaba a dar verdaderos mandobles a la Historia de la formación de España, un atento vistazo a la monumental mole de su iglesia parroquial, nos ofrecerá interesantes perspectivas que, de algún modo, quizás subliminal y siempre por empática comparación, sugieran la escurridiza presencia en tiempos de una orden religioso-militar, la del Temple, eternamente condenada a dar que hablar, aún siglos después de su extinción oficial. Si bien es cierto que sugerir no es probar, eso tampoco significa que dejemos pasar la ocasión de hacernos preguntas, temerosos de no estar avalados por un oportuno documento de época que diga, en maravillosas letras góticas, ergo sum, confirmando nuestra valía como investigadores, y de paso, otorgándonos el espíritu santo de la erudición.

Sea pues, de ésta manera, siempre bajo la apariencia de presunción, que me propongo abordar las vicisitudes de la presente entrada, comenzando, en primer lugar, por situar el pueblo y la causa de tan inesperado -en lo que a mí respecta, pues la persona que me acompañaba, además de más sabia siempre suele estar más y mejor informada que yo- e interesante descubrimiento: en la región del Arlanza, a una veintena de kilómetros, aproximadamente de Lerma, y a unos cinco de Villahoz, población que dispone, entre otros interesantes elementos, de picota e iglesia cuya portada contiene unos apreciables elementos gótico platerescos.
Tampoco faltaré a la verdad -y que salga el sol por Antequera- si afirmo que nada más ver los soberbios abovedamientos de su portada oeste, un nombre acudió inmediatamente a mi memoria y así lo manifesté en el momento y lugar: Villalcázar de Sirga y su iglesia dedicada a la Virgen Blanca, cuyos milagros quedan constatados en las famosas Cantigas de Alfonso X, el Sabio. Pinta, pues, en bastos, y quizás me caiga alguno en la cabeza después de semejante afirmación. Sobre todo, porque aún, en numerosos círculos y ambientes -destacando los eclesiáticos y los académicos- todo lo que suena a templario resulta inconvenientemente molesto, como el sempiterno: niño, deja ya de joder con la pelota.
En la iglesia de San Miguel, como en las ruinas de la legendaria Troya, se han ido acumulando estratos que pertenecen a diferente época y desvirtúan, por tanto, una visión global de cómo fue en sus inicios, dando la impresión de que sobre el templo antiguo se fue sobreedificando hasta constituir el símil con aspecto de colegiata que presenta en la actualidad. Los más interesantes, desde luego, así como los que atañen especialmente a la presente entrada, pertenecen, probablemente, a ese periodo de transición del románico al gótico, que deberíamos situar en el siglo XIII. Estos se localizan en parte de las zonas oeste y sur, donde aún sobreviven dos portadas que, no obstante la terrible acción de erosión producida por el tiempo y algunas acciones deliberadas achacables a la acción humana -para no variar-, aún permiten distinguir algunos elementos de cierta interesante relevancia, entre los que cabe destacar, dentro de la temática de la primera portada -aparte de una probable y típica escena de caza-, la presencia de un rostro enigmático, pero también conocido: el hombre verde.
Lejos de intentar levantar cualquier tipo de polvareda en cuanto a su posible significado, sus probables orígenes celtas, así como su persistente continuidad a través de diferentes épocas y estilos arquitectónicos, conviene saber que, no muy lejos de donde se localiza, hay grabadas dos cruces: una paté, encerrada en su correspondiente círculo, y otra de tipo más alquímico, formada por cuatro triángulos cuyos vértices se juntan en el centro. Dudo mucho de que se trate, como pudiera pensarse a priori, de simples cruces de consagración. Pero aún admitiendo que lo sean, y admitiendo también el hecho cierto de que no sólo el Temple utilizaba este tipo de cruz, bastante corriente, por lo demás, aunque el color solía ser determinante, un vistazo a la portada tapiada de la parte sur del templo, nos puede ayudar a pensar en el posible acierto de nuestra primera suposición, si observamos que la patada presencia crucífera, no sólo se repite en su forma tradicional, formando parte del interior de un círculo -elemento éste simbólico donde los haya, porque así mismo, en el mundo medieval conllevaba el concepto de la divinidad- sino también formando el elemento descriptivo de un escudo. Un escudo militar. En realidad, se observan varios escudos con diferentes tipos de cruz.

La actual portada principal, de aspecto neoclásico y construída en 1773, según consta, contiene diferentes elementos que remiten a la tradición masónica, como el triángulo, el rectángulo, y por supuesto, las columnas que, aunque dobles, recuerdan a las tradicionales Hakim y Boaz, del Templo de Salomón. Por encima, y en un pedestal que se encuentra dentro de un receptáculo con forma de concha, se localiza una curiosa representación en piedra del arcángel San Miguel, a cuyos pies un ángel caído -posiblemente Lucifer- adopta la forma de serpiente. Algo más allá, y formando parte de los motivos decorativos de un ventanal ojival y gótico, se aprecian, perfectamente delimitadas en su correspondiente círculo, tres preciosas cruces patadas. Hacia el este, los sillares muestran algunas marcas de cantería -entre ellas, la persistente paca de oca-, así como algunos de los denominados graffitis de peregrino.




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(1) Mario Roso de Luna: 'El tesoro de los lagos de Somiedo', Editorial Eyras, 1980.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Misterios de Valdeande: la supuesta tumba del templario




'Cuenta la tradición que frente a la puerta de la encomienda, situada en un ángulo entre dos torres, se encontraba el olmo del hermano Andriel que señalaba, al modo celta, la calidad telúrica del lugar...'. (1)


No deja de ser una curiosa coincidencia, que éstas palabras de Louis Charpentier, consignadas en todo un referente de la literatura clásica dedicada a la vida y misterios de los templarios, contenga tantas similitudes con aquellas otras que se pueden encontrar en este peculiar pueblo burgalés. A falta de encomienda conocida, desde luego, buena es la iglesia de San Pedro cuya torre, de estilo mudéjar, domina la población desde el altozano sobre el que se ubica. Hay también un árbol milenario, que puede que sea un chopo o no, pero que, de la misma manera céltica que el olmo del hermano Andriel, puede señalar el telurismo afín al lugar, cobijando su sombra una enigmática tumba, la espada de cuya lápida, apenas se puede vislumbrar en la actualidad.


Hay quienes, basándose en antiguas tradiciones, especulan con la posibilidad de que sea, en realidad, la última morada de un supuesto monje guerrero, de un templario. Por supuesto, no existen pruebas o documentos históricos que corroboren tal creencia, como tampoco, en el fondo, demuestran nada las estelas funerarias que, localizadas entre las piedras del muro que circunda el recinto del templo, muestran la cruz paté -el tipo más común de las utilizadas por el Temple-, aunque resulte una lástima que no se pueda saber qué mostraba el reverso, que tal vez, sólo digo tal vez, pudiera haber aportado alguna pista, al menos, por comparación con otros lugares sí reconocidos, entre ellos, el antiguo monasterio soriano de San Polo.


En parecida situación, y también con una espada como motivo ornamental pero anónimo, cabría mencionar la sepultura que se localiza en el claustro del monasterio cisterciense de Santa María de Valdedios, en el concejo asturiano de Villaviciosa, mencionada, y a la vez relacionada con el Temple, por el fallecido investigador Xavier Musquera (2).





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De una u otra forma, con o sin huellas templarias que puedan constituir un aliciente añadido, una visita a Valdeande, siempre merecerá la pena. Así, al menos, tendrá que reconocerlo el buen amante del Arte en genral, pues en el interior de la iglesia de San Pedro, se conservan auténticos tesoros, que a buen seguro, no le dejarán indiferente. Quizás el más prominente, sea el retablo renacentista del siglo XVI, atribuido a la escuela de Alonso Berruguete; la pila románica, probablemente del siglo XI -periodo en el que se estiman los orígenes del templo- y el Cristo de la Misericordia, con rasgos propios del románico -no obstante el cabello rubio, ario- y la cruz de nudos -significativa por sus implicaciones esotéricas- datada a finales del siglo XIII. Sin desmerecer, por supuesto, una pequeña talla, probablemente gótica, de la Virgen del Moral.


Cabe mencionar, además, la existencia de una pequeña joya en su fuente medieval, denominada como la Fuente Vieja, donde se localiza una inscripción de 1703 que refiere una restauración, llevada a cabo, siendo alcalde del lugar Miranda i Joseph Hernando.


(1) Louis Charpentier: 'Los misterios templarios', licencia editorial para Círculo de Lectores, 2007, página 16.

(2) Xavier Musquera: 'La aventura de los templarios en España', Ediciones Nowtilus.




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viernes, 11 de noviembre de 2011

El gran enigma de Aller: la iglesia de San Vicente de Serrapio

'Una fecha muy importante para este Templo es la del año 1830 cuando el entonces párroco, D. Gaspar Ordóñez, retiró el retablo del altar mayor y abrió un tragaluz, circunstancia que sirvió -debido a la mayor claridad- para localizar lápidas, piedras con inscripciones y un ara de sacrificios, actualmente conservadas en un recinto al efecto.
También es cierto que las reformas mejoraron la conservación del Monumento, pero hicieron olvidar marcas de cantero, la posible presencia de la Orden de los Templarios, del paso de peregrinos jacobeos y de otros pueblos antiguos que ya desde tiempos muy remotos, como así lo demostró la arqueología, eligieron este lugar sagrado para habitáculo y culto' (1).





No deja de ser una inesperada novedad que este comentario, conclusión de un corto pero ameno trabajo sobre éste inmenso interrogante histórico que es la iglesia de San Vicente de Serrapio, haya sido realizado precisamente por un párroco. Durante los años que llevo cabalgando a lomos de la ficcion y la realidad tras la pista en la Península de los guerreros de Cristo, los fratres milites del Temple, he podido percatarme, y bien pronto, además, de la aversión generalizada del clero hacia una Orden que, curiosamente, fue rehabilitada poco tiempo después de que el viento esparciera por los cuatro puntos cardinales las cenizas de Jacques de Molay, su desafortunado y último Gran Maestre. Hablar del Temple conlleva, por lo general, un portazo en las narices o, cuando menos, un cambio radical de actitud; un silencio obstinado; una mirada enrevesada y, por supuesto, en la gran mayoría de los casos, una destemplada despedida. Ha habido ocasiones, en las que incluso he tenido que hacer la vista gorda y aceptar, por ejemplo, que lo que tenía ante mis ojos no era una tau, sino el resultado de la gracia que el gamberro de turno había realizado sobre el travesaño vertical de una cruz latina normalita y corrientita. Deus lo vult!, suelo decirme, y continúo camino. En ese caminar, en ocasiones la casualidad -cuando no la causalidad- echa una mano. No puedo dejar pasar la ocasión para recordar, y a la vez homenajear, non nobis Domine, al único párroco que he conocido, profundamente interesado no sólo en los avatares históricos de sus parroquias, sino también -¡Alá el Agbar!- en la Orden del Temple. Me refiero a don Bernardino Ortiz Angulo, párroco, entre otras, de las iglesias de San Lorenzo de Vallejo y Santa María de Siones, situadas en el burgalés Valle de Mena, fallecido hace escasamente un año. Vaya, pues, en memoria, y una vez más, mi sincera gratitud.

Ahora bien, ¿tiene razón el señor González Blanco en sus aseveraciones relativas a la destrucción de posibles huellas templarias en la iglesia de San Vicente de Serrapio, o por el contrario, todavía, y quizás de casualidad, quedan algunos elementos que permiten sostener, cuando menos, una honrosa especulación?. Intentemos averigüarlo, observando los vídeos con atención, fijando en la retina aquellos elementos que, a priori, pueden sugerir correspondencias o paralelismos con los contenidos en otros templos con idéntica presunción de. Pero antes de hacerlo, creo que resultaría interesante hacer un poco de protohistoria y definir, siquiera a grosso modo, los diferentes estadios, tanto históricos como antropológicos, que hacen del templo y su lugar de ubicación, un interesante foco cultual. El detalle histórico, nos aburra o no, suele ser generalmente el mismo: pueblo autóctono sufre la invasión de otro pueblo más fuerte que, tarde o temprano, lo conquista, lo sojuzga y le impone su modus vivendi; por supuesto, también, su religión y sus dioses. El celta es conquistado por el romano, y donde antes se adoraba a Lug o a Tutatis, se levanta ahora un templo en honor a otra deidad foránea. Pero, y he aquí el primer dato interesante, no a una deidad menor o cualquiera del interminable panteón de Roma, sino a Júpiter, dios supremo, equivalente al Zeus griego: 'A Júpiter, Óptimo y Máximo, levantaron esta ara en demanda de protección para sí y los suyos, los Arromidaecos y Collacinos', reza la inscripcion de una de las lápidas encontradas, incluida la de consagración, que actualmente se conservan en uno de los muros de la sacristía. Ésta última, la de consagración, reza así: 'Esta basílica fue fundada por un presbítero, llamado Gagio, en el mes de julio del año 944. Mellitus la construyó'. Se añaden, por tanto, elementos prerrománicos a los anteriores, de los que no queda rastro, remotándose la planta actual al siglo XII, independientemente de los añadidos y modificaciones realizadas a lo largo de los años. Probablemente, de este mismo periodo sean los escasos canecillos que se localizan en la zona absidal: un hombre desnudo y con los brazos levantados, al que, como ocurre en numerosas iglesias románicas, le han amputado el miembro viril; dos cabezas unidas, previsiblemente de guerreros, en atencion a los cascos o bonetes que portan; una cabeza de animal, y por encima de ésta, elemento ajeno al canecillo, una pequeña pirámide. Pirámide, dicho sea de paso, similar, cuando no idéntica, a la que se puede contemplar también en el ábside de la iglesia de San Esteban de Aramil. También en la cornisa, se aprecia un elemento bastante significativo y poco corriente: una espada.




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Conviene, antes de acceder al interior del templo y enfrentarnos al inconmensurable simbolismo subyacente en sus pinturas, detenerse unos minutos frente al pórtico de entrada y pensar -obviando, si queremos, el ara moderna que descansa al fondo a la izquierda (2)- en dos detalles irrelevantes en apariencia, pero dignos de mención, en consecuencia. Coronando el pórtico de entrada -me pregunto dónde estará el original- una interesante cruz de piedra, ya nos pone sobre aviso, al reparar en el significativo poliskel de origen celta que, a modo de medallón, se localiza en su centro. El segundo detalle, posiblemente nos parezca, como decía, intranscendente a priori. Pero seguramente no lo sería, en absoluto, si supiéramos que sobre la pequeña pila de agua bendita que se aprecia en un lateral de la fachada, aparecieron tres calaveras humanas perfectamente alineadas (3).

En cuanto al simbolismo griálico contenido en las pinturas de la capilla mayor, se recomienda la entrada de Románica: enigmas del románico español, que lleva por título: El Mito del Grial en San Vicente de Serrapio.

(1) José Antonio González Blanco: 'Seguimiento de la restauración de la Iglesia de San Vicente de Serrapio', Gráficas Lux, 2003, página 81].

(2) Las aras, son particularmente prolíferas en el Principado, y muchas de ellas de origen celta. Como la que se custodia en el interior de la iglesia de Santa Eulalia de Morcín. Así mismo, se las localiza, también, en prados, cercanas a lugares de cierta trascendencia cultual. Podría ser el caso de Pedroveya y el desfiladero de las Xanas.


(3) Hasta cierto punto, el tema de las calaveras, tanto naturales como artificiales, viene a ser corriente en numerosas iglesias de Asturias y de Galicia, donde se las suele localizar en el interior de la nave, por encima de las pequeñas pilas de agua bendita, acompañadas por leyendas similares a ésta: mírate en el espejo. No obstante, con referencia a los tres cráneos hallados emparedados en la fachada de la iglesia de San Vicente, no puedo evitar pensar en la pervivencia de costumbres de origen celta. Éstos situaban el alma precisamente en la cabeza y emparedaban en los dinteles de sus casas los cráneos de sus enemigos, evitándo que se reencarnaran y volvieran a empuñar las armas contra ellos. No olvidemos que los celtas, así mismo, tenían una profunda convicción en la teoría de la metempsicosis o reencarnación.



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miércoles, 26 de octubre de 2011

San Esteban de Aramil o de los Caballeros



'...tal vez lo más chocante de esta iglesia, vemos el cráneo de piedra que se encuentra encima de la puerta oeste. Algunos afirman que perteneció al propio templo y que fue trasladado al cercano cementerio para ser instalado de nuevo en el edificio, años más tarde, con las obras efectuadas posteriormente.

Esta cabeza puede tener implicaciones bafométicas si se añade la leyenda de 'La cabeza del herrero', que dicen sucedió en esta localidad cuya iglesia es atribuída al Temple. Sea como fuera, tenemos una calavera, unos interesantes canecillos y un "de los caballeros" que inducen una vez más a la formulación de preguntas'.


[Xavier Musquera (1)]



La conocí una mañana de septiembre, bajo una cortina de niebla que daba al entorno un ambiente bohemio, cinematográfico, y sin duda alguna, surrealista. Me costó trabajo encontrarla. No en vano apenas está señalizada y se levanta en una encrucijada de caminos, rodeada de campos de labor, cuyo color, ensoñadoramente hablando, apenas se distingue de ese otro, esmeralda salitre, con que la mar bravía suele embestir los acantilados del Cantábrico. No está lejos de la Pola de Siero, apenas a 3 ó 4 kilómetros de distancia, y desde el pradillo donde se levanta, la paz, cuando no el sosiego rural, suelen verse alteradas por el intenso tráfico que circula por la cercana Autovía de Santander. Recomiendo, pues, que toda aquella persona interesada en visitarla, pregunte, sin más preámbulos, por el cementerio. Tomar cualquier otro camino, sobre todo en un día de niebla, puede hacerle dar más vueltas que un trompo por los alrededores. Y aún así, lo digo como lo siento, por muchas vueltas que se dén, la visita, aunque no se tenga la oportunidad de acceder al interior, bien que merece la pena.

Conocda como San Esteban de Aramil, o de los Caballeros, ésta pequeña iglesia contiene un pequeño universo simbólico, al que merece la pena dedicar, cuanto menos, unos minutos de atención.

Retomando el pequeño texto introductorio, considero que Xavier Musquera, investigador amigo fallecido en Barcelona en diciembre de 2009, aunque aporta datos interesantes, se queda sin embargo corto en sus especulaciones referentes a esta iglesia de San Esteban. Menciona, en efecto, la localización de un símbolo de posibles connotaciones bafométicas (2), como es la curiosa calavera de piedra que se localiza por encima de la portada oeste; pero, por ejemplo, no menciona el significativo capitel que hay en el lado izquierdo de esa misma portada. Capitel que muestra como motivo, quizás a manera de un posible aviso a navegantes, otro misterioso elemento a tener en cuenta: un hombre verde.

Figuras características, no sólo en el románico y en el gótico, sino en manifestaciones artísticas posteriores a éstas, conllevan una variedad de significados, entre los que no se descarta -aparte de esa mirada retrospectiva a la inocencia de una edad dorada, postulada básicamente por todas las grandes tradiciones y que en el Cristianismo supondría ese estado idílico anterior al Pecado Original, o esa otra visión, relativa al secreto de los adeptos, detalle en el que eran, desde luego, partícipes las hermandades de canteros- una posible referencia al don de lenguas. Don de lenguas que podría entenderse, bajo mi punto de vista, sin restar importancia a los demás conceptos, como una llamada de atención acerca del simbolismo o el secreto contenido en el templo, teniendo siempre presente el lenguaje universal, que no es otro, precisamente, que el símbolo. Un capitel con otro hombre verde de similar factura -lo comento como dato anecdótico a tener en cuenta-, se localiza en la iglesia de Santa María de Lugás, en Villaviciosa.

Éstos, los símbolos, siquiera sea de manera subliminal, se manifiestan, de una forma curiosa y a la vez numérica, también, en los rostros de los extraños seres marinos que, en número de 16, ilustran el arco de medio punto de la portada sur. Dieciséis (múltiplo de 8, el octógono por el que sentían predilección los templarios, cuando no referencia a la cruz de 8 beatitudes, que también utilizaban, además -¿casualidad?- de ser un número compuesto, en el que tras la suma de sus dígitos se obtiene el 7, número mágico por excelencia) rostros en los que, si los observamos con atención, no nos será difícil descubrir otro símbolo mistérico, característico, además, de hermandades compañeriles, como la de Maitre Jacques, que se sabe trabajó con y para el Temple -pasaron a la clandestinidad con la desaparición de la Orden-, y origen, entre otros, de toda una cultura de índole esotérico relacionado con el Camino de Santiago y uno de sus juegos más especulativos y populares: el Juego de la Oca.

Dicho esto, me pregunto si podemos especular, a la vez, con un subliminal e iniciático camino de ocas, teniendo en cuenta a los canteros que utilizaron este modelo para sus portadas, característicos, por añadidura, de algunos templos cercanos, aunque situados dentro del término municipal de Villaviciosa, como San Juan de Amandi y el ya mencionado de Santa María de Lugás, que aún conserva el albergue para peregrinos. Otro detalle simbólico a considerar en ésta misma portada, radica en las flores de lis que se encuentran situadas por encima del medio arco de los misteriosos seres.



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Flor que, además de ser una referencia a las dinastías reales francesas, constituye, en esencia, una forma encubierta de la pata de oca, y un posterior derivado de la famosa vieira, símbolo distintivo del peregrino jacobeo.

Sin abandonar el fantástico universo del símbolo, requieren especial atención aquellas representaciones que, bien como metopas bien como canecillos, cumplimentan magistralmente el ábside. En ellas, además de elementos comunes a otros templos de la provincia, no resulta difícil encontrar similitudes cuando menos curiosas, referidas a templos situados en otras provincias, donde, para añadir más redundancia a la casuística, coincide la posible presunción templaria. Tal sería el caso, por ejemplo, de la aparente coincidencia del canecillo que representa a una cabeza monstruosa devorando a un hombre desnudo, del que sólo se ven las partes pudendas, es decir, el culo, lisa y llanamente hablando, cuyo sosias encontramos en la presunta iglesia templaria de San Miguel, en Arlanzón, Burgos.

Otro nexo interesante, sería la figura del caduceo formado por las dos serpientes enroscadas -símbolo de Hermes-, muy similar a otra que se puede observar en uno de los templos más representativos emplazados dentro de uno de los ramales del Camino Norte a su paso por Asturias: el de Santa María de Narzana, situado a dos kilómetros de Vega, capital del vecino concejo de Sariego. Templo éste en el que, es de suponer que en una de sus últimas restauraciones, se dotó al pavimento del pórtico de entrada con las mismas nervaduras, unidas en su centro por una dovela o medallón, que se pueden apreciar tanto en el techo -es de suponer que original, incluida la cruz roja- como en el suelo -consecuencia de una restauración posterior y moderna- de la ermita de planta octogonal de Santiago, situada en la cima del Monsacro y con fama, que no absoluta certeza, por desgracia, como en tantos casos, de templaria.

Los símbolos solares de las metopas se ven, así mismo, acompañados por otras interesantes adiciones, entre las que destacan una referencia griálica -en su versión comúnmente aceptada de envase o recipiente-, una pequeña pirámide -casualmente, se localiza otra en el ábside de la iglesia de San Vicente de Serrapio- y lo que bien pudiera ser un tablero de ajedrez.
Por último, reseñar la presencia, entre los canecillos, de un caballero ataviado con su capa, muy similar, en el fondo, a aquellos otros que, en número de tres, se localizan en dos de los ventanales del ábside de la iglesia de San Juan de Amandi.




(1) Xavier Musquera: 'La aventura de los templarios en España', Ediciones Nowtilus, S.L., 1ª edición, abril de 2006, página 177.

(2) No es rara la localización de calaveras, sobre todo humanas en templos asturianos. Uno de los más significativos a este respecto, sería el de San Vicente de Serrapio, donde en los trabajos de restauración, aparte de los numerosísimos restos humanos hallados, se localizaron tres calaveras humanas alineadas ocultas por la pared, encima de una pequeña pila de agua bendita en uno de los muros laterales del pórtico de entrada al templo. Así mismo, es de reseñar el detalle de que en algunos templos, tanto asturianos como gallegos, la presencia de calaveras, bien humanas bien ficticias, no es desconocida y en algunos casos se localizan por encima de las pequeñas pilas de agua bendita, acompañadas por la leyenda mírate en el espejo o similar. Interesante, resulta también añadir el detalle de que los celtas consideraban precisamente a la cabeza como el lugar donde residía el alma humana, y solían colocar las testas de sus enemigos en los dinteles de sus casas, impidiéndoles que se reencarnaran y volvieran para vengarse.



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lunes, 17 de octubre de 2011

El Mito Templario del Monsacro: Cuarta Parte



Una visión artística y personalizada del Mito


Si bien el cine y la literatura en los últimos tiempos han sido prolíficos a la hora de reflejar en sus respectivos ámbitos -bastante relacionados, por cierto- el fantástico universo generado por la más interesante y a la vez más controvertida de todas las órdenes medievales de caballería, la Orden del Temple, el Arte, en su dimensión global y salvando los ilusionismos ocultistas que la resucitaron a partir del siglo XVIII -sobre todo en esa Francia, que tan determinante papel jugó en su extinción- no ha sido especialmente pródigo a la hora de reflejar un fenómeno que en la actualidad continúa atrayendo la constante atención del público en general.
El Monsacro, de similar manera a numerosos lugares de la Península, atrae, hacia su entorno y sus ermitas, el presunto direte de; el eco arcaico e inconstante de una tradición que, aún a pesar de su riqueza arcaica, adolece en la actualidad de volutas de humo repartidas por los cuatro puntos cardinales. Tal vez no sea mala idea buscar alguna respuesta en ese viento; quizás el mismo viento al que un jovencísimo Bob Dylan dedicaba parte de sus mejores acordes y que posiblemente guarde el secreto echado a la pira por inefables torquemadas; sacado a golpe de talonario de los archivos monasteriles; vendido en ferias como el que vende estampitas, sean o no del tocomocho. Quien se tome la molestia de pasear por los pueblines que, como satélites pululan por los alrededores de éste ctónico y antediluvial paisano, encontrarán restos de más de una cruz paté. Alguien pensará: vale, eso no indica nada, es un tipo de cruz muy utilizado que aún en la actualidad se sigue viendo en muchos camposantos del Principado (1); un tipo de cruz, casual o causalmente utilizado también como modelo de consagración de iglesias...Y yo me lo creo todo, porque si hemos de ser honestos, en derecho también podemos pensar que indican lo contrario y que forman, o mejor dicho, formaron parte de ermitas, iglesias y monasterios de la Orden de los que hoy no queda ni siquiera la memoria.
Bajo este punto de vista, lícito también considero que cada uno exprese su creencia y sentimiento de la manera que crea más conveniente. En la diversidad está el gusto y quién sabe, quizás en la afinidad, también. Es por ello que no tengo ningún reparo en manifestar que la fotografía del óleo original que ilustra la presente entrada, me hechizó cuando su autora -una persona a la que aprecio sinceramente, pues no en vano bajo su guía atenta y desinteresada pude acceder no sólo a la cumbre del Monsacro y el misterio de sus ermitas, sino también a numerosos de esos satélites a los que hacía referencia-, tuvo a bien enviármela y permitirme amablemente su exposición en este blog. Un óleo que recoge de una manera personal, magistral y sobre todo subliminal todos aquellos mitos y todos aquellos sentimientos que hacen del lugar, que no le quepa duda a nadie, algo sencillamente Especial.
No podía ser de otra manera. Su autora, Nati Torres, es originaria de una región mistérica, mágica y, por añadidura, prolífica en huellas templarias: el vecino Bierzo leonés. Afincada en la actualidad en el pueblecito asturiano de Santa Eulalia de Morcín, situado a apenas ocho kilómetros de la capital ovetense, en esa cuenca minera que no poca historia se ha llevado junto al carbón, y cómo no, a la vera del Monsacro, su admiración por el lugar se manifiesta con una idealización encomiable. Es por eso, que quiero compartirlo con vosotros, teniendo la seguridad de que la magia que despliegan sus dedos a través de los pinceles, no dejará en absoluto a nadie indiferente. Y en cierto modo, conservo también la esperanza de que tan prolífica influencia nos depare en el futuro otras obras que nos hagan meditar y nos traigan, siquiera sea a través de la frialdad de la Red, la Magia de un lugar que, en la actualidad, y por absurdos intereses políticos, está a punto de perder su idiosincrasia original.


(1) Un ejemplo de ello, lo tenemos en el cementerio situado junto a la iglesia de San Juan de Amandi, en Villaviciosa.

lunes, 26 de septiembre de 2011

El Mito Templario del Monsacro: Tercera Parte



La Capilla de Arriba o ermita de Santiago


'Debemos insistir. Todo cuanto se diga aquí es mezcla ente lo que se sabe y la especulación. No tenemos mejor método, puesto que ellos mismo y, posteriormente sus enemigos, fueron especialmente activos borrando las huellas de su memoria'.

[Juan Ignacio Cuesta (1)]


Creo que vivimos en un país en el que todavía -a pesar de los expolios que se suponen debían de habernos servido como escarmiento, sobre todo a la hora de dejar perder piezas insustituiles que brillan en los museos y en las mansiones privadas situadas en otros países y continentes- no hemos aprendido a valorar, o al menos a hacerlo de una manera verdaderamente consciente, el basto e interesante patrimonio histórico-cultural que tenemos la enorme fortuna de poseer. Quizás en la actualidad, no se deba tanto, como antaño, a una cuestión achacable a una manifiesta ignorancia, como al deternimante desconocimiento, en general, del impresionante conjunto monumental que, en mejores o en peores condiciones, todavía campea por los rincones más inusitados de nuestras provincias. Posiblemente, sea éste uno de los factores determinantes de que templos de las características de ésta capilla de arriba o ermita de Santiago, localizada en la cumbre del Monsacro asturiano, apenas sea conocida y mucho menos reconocida, cuando se relaciona a los templos de planta octogonal como un modelo de arquitectura templaria.

Independientemente de la controversia que tal hipótesis suscita entre los investigadores, resulta verdaderamente chocante su falta de mención cuando, sacado el tema de la autoría a colación, se dirime siempre en base a tres templos característicos, de los cuales, al menos dos, se hallan en una de las rutas principales del Camino de las Estrellas; e incluso, apurando, uno de ellos, quizás el más significativo de todos, algunos kilómetros alejado de éstas. Me refiero, en este caso concreto, a la iglesia de Santa María de Eunate, situada en las proximidades de Puente la Reina, en Navarra, localidad emblemática en la que confluyen, cuando menos, dos de estas rutas principales: la que atraviesa los Pirineos por Roncesvalles y la que viene de Somport. Las otras dos iglesias, evidentemente, son las del Santo Sepulcro de Torres del Río, situada también en la provincia de Navarra, y la iglesia de la Vera Cruz, que lo está a las afueras de Segovia.


[continúa]


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(1) Juan Ignacio Cuesta: 'Breve historia de las Cruzadas', Ediciones Nowtilus, S.L., mayo de 2009, página 51.


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viernes, 2 de septiembre de 2011

El Mito Templario del Monsacro: Segunda Parte







La Capilla de Abajo o Capilla de la Magdalena




'Si vas a la Magdalena,

cuando vengas tráeme un cardo:

a ti te sirve de alivio

y a mí me das un regalo...'.




'La cuesta de la Llorera

tengo de subirla garbosa,

para ver la reliquia

de la Magdalena hermosa...'.

[Cantares populares]




[Capilla de Abajo o de la Magdalena]


Uno de los ejemplos más relevantes de la importancia del culto en Asturias a la figura de María Magdalena, lo tenemos en esa inapreciable joya folklórica y recurso antropológico, que constituyen los cantares populares, en el fondo de cuyas rimas, se adivina una tradición lejana y primordial. Las estrofas de estos dos cantares populares que se consignan a modo de introducción al comienzo de la presente entrada, definen en grado sumo varios de los conceptos anímico-cultuales que giran en torno a uno de los lugares tradicionales más relevantes, espiritualmente hablando, del Principado de Asturias -el Monsacro- y, en principio, remiten también a uno de los cultos ancestrales que allí se localizan -el de la mencionada figura de María Magdalena- que, por deferencia y devoción, merece una especial atención.







[La Silla del Obispo, situada, aproximadamente, a unos trescientos metros de la cumbre]


Como avanzaba en la entrada anterior, en la cumbre del Monsacro -a una altura aproximada de 1.076 metros- y en la denominada majada de les capilles, se localizan dos interesantes, cuando no herméticas ermitas románicas, que responden, popularmente hablando, a la denominación de capilla de arriba y capilla de abajo. La capilla de arriba, de planta octogonal y actualmente bajo la advocación de la figura de Santiago Apóstol, estuvo originalmente dedicada a una Virgen de más que probables connotaciones negras, de la que apenas quedan referencias (1) y cuya imagen desapareció en un periodo temporal no determinado, anegada, sin duda, por los ríos convulsos de la Historia. A ésta capilla, también se la menciona como Capilla de Santo Toribio en algunas fuentes (2), porque en ella se depositó y se custodió el Arca con las Santas Reliquias que, según sostiene la tradición, éste trajo de Jerusalén para salvaguardarlas de las invasiones persas, siendo trasladadas en el siglo IX a la catedral de San Salvador de Oviedo, por mandato del rey Alfonso II el Casto: una figura realmente interesante, que podría considerarse como el primer peregrino, inaugurando, en su desplazamiento a Santiago de Compostela, el denominado Camino Primitivo -hoy día, bastante en desuso- que no es otro que el que él mismo siguió desde Oviedo, cuando tuvo constancia del descubrimiento de la supuesta tumba del Apóstol.



[El cardo de la Magdalena]


No obstante, y continuando con el tema de la presente entrada, nuestra atención debe centrarse, a partir de aquí, en la denominada capilla de abajo, o capilla de la Magdalena, que, aunque de planta y características más elementales que la anterior, no por ello resulta menos enigmática, y desde luego, menos interesante.

Para acceder al Monsacro, existen, cuando menos, tres senderos de particular relevancia: la llamada pista del Vía Crucis, que parte desde Los Llanos; el camino que se toma en Viapará, también conocido como el sendero de La Cobarriella, y posiblemente, el más prosaico y dificultoso de todos, pero sin embargo, también el más tradicional: el de la Llorera o la Llorá. Es éste, sin duda, el que mejor define la dura realidad de todo camino de peregrinación, que es, en suma, la consumación de un camino iniciático: duro, espinoso en algunos tramos, y cuyo fatigoso ascenso conlleva en sí mismo toda una penitencia. Pero también es el que mayor recompensa ofrece, una vez dejado atrás el delicioso bosquecillo del primer tramo, proporcionando una visión panorámica realmente fascinante, que podría definirse de la siguiente manera: al frente, y más allá de Santa Eulalia de Morcín (Santolaya), la histórica urbe de Oviedo, a la que los últimos hallazgos arqueológicos sitúan cuatro siglos más antigua de lo que se pensaba hasta ahora, y el Cantábrico; hacia la derecha, la cadena de montes cercana a los concejos de Teverga y Proaza; hacia la izquierda, algunos pueblecitos como La Piñera, así como también esa lágrima lunar -literariamente hablando- que es el embalse situado entre El Campo y Peñerudes, en las proximidades de los concejos de Quirós y Santo Adriano -que comparten el emblemático Desfiladero de las Xanas, cuya ruta comienza en Pedroveya y finaliza en las proximidades de Tuñón, en plena Senda del Oso- y por supuesto, del mítico Puerto Ventana, siendo la única nota discordante, las torres del tendido eléctrico, que descienden desde la cima, descolgándose por la ladera.


[Imagen antigua de María Magdalena]


Cerca de la cumbre, a unos trescientos metros aproximadamente, la naturaleza ha moldeado algunas rocas, dotándolas de formas caprichosas, que sin duda, seducen la imaginación; un buen lugar donde apreciar tal fenómeno, afín a cualquier formación rocosa, y que a la vez sirve de punto de descanso y excelente mirador, es la denominada Silla del Obispo -similar, comparativamente hablando, a aquélla otra desde la que Felipe II contemplaba las evoluciones de ese hermético recinto sagrado que es el Monasterio de El Escorial-: una no menos curiosa formación rocosa, que en esos siglos XII-XIII, periodo en el que se calcula que fueron erigidas ambas ermitas, bien pudiera haber constituido una pequeña cantera (por la similitud de la piedra con la que se localiza en la zona interior del ábside de la ermita de la Magdalena) como opina Nati Torres, vecina de Santolaya y guía del Monsacro.

Unos doscientos metros más arriba de este punto donde, generalmente, la gente suele tomarse un respiro antes de realizar un último esfuerzo para alcanzar la cumbre, la visión de la ermita de la Magdalena puede que se nos antoje, en principio, demasiado sobria, carente por completo de cualquier ornamentación y, por consiguiente, del añadido de un simbolismo que pudiera ofrecer a priori, siquiera de una manera comparativa, alguna clave para determinar la autoría; para alimentar la sospecha acerca de la procedencia de los eremitas que se sabe habitaron el lugar, o en su defecto, para sugerir la pertenencia a, de aquéllos misteriosos fratres, uno de cuyos dignatarios -Rodericus Sebastianez- queda mencionado, entre otros lugares, en los famosos Cronicones -considerados apócrifos por la gran mayoría de historiadores- al lado de la figura de otro Rodericus, internacionalmente conocido, quizás no tanto por sus nobles y castellanos apellidos, como por el apelativo de Campeador con el que ha pasado a engrosar las listas de eternos paladines de la Historia de España. Y quedan mencionados, no ya en un episodio curioso, sino que yo diría más bien significativo, como fue aquél de la apertura del Arca Santa, por mandato del rey Alfonso VI.



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Ahora bien, hay detalles, aunque sean circunstanciales, que permiten hipotetizar -la falta de documentación, resulta realmente frustrante en el Principado- en base a las advocaciones, y desde luego, a las similitudes. Y al añadir ésta última, me refiero a las características de la construcción. Ya de por sí, el tema de la advocación resulta curioso, pues, al contrario que en muchos otros lugares de la Península, la figura de María Magdalena cobra una especial relevancia en Asturias, a juzgar no sólo por la devoción que se la profesa, sino también por la cantidad de ermitas a ella dedicadas. A este respecto, no deja de ser interesante la reflexión de Juan Ignacio Cuesta, referente a que muchísimos edificios religiosos del Temple, tanto en Francia como en España, están bajo la advocación de María Magdalena (3). Evidentemente, el detalle por sí mismo, no garantiza ni determina la autoría ni la pertenencia de la ermita a la Orden del Temple; pero sí puede inducir a la sospecha y a mirar con más detenimiento el lugar. En cuanto a las características de la construcción, sí puede haber ciertas similitudes con otros templos atribuidos a tan carismáticos caalleros, sea ésta una atribución veraz o tradicional.


Un ejemplo cercano, podríamos encontrarlo en la iglesia de San Esteban de Aramil, en el concejo de Siero, enclavada entre campos de labor, junto al cementerio municipal, muy cerca de la autovía a Santander; iglesia que, significativamente, es conocida, también, como de los Caballeros. Si obviamos la interesante ornamentación simbólica de ésta, así como el detalle de que tenga dos pórticos de entrada -uno de ellos, situado en el frontis- podemos observar que la planta de la iglesia de Aramil es prácticamente idéntica, en forma y distribución , a la planta de ésta ermita de la Magdalena: nave rectangular y ábside semicircular.


[continúa]



(1) Uno de los pocos datos conocidos, lo proporciona Rafael Alarcón Herrera en su obra 'A la sombra de los templarios', páginas 224-240, en un capítulo dedicado por completo al Monsacro, basado en una referencia contenida en los Cronicones y recogida por don Vicente Risco, en su obra España Sagrada, 1789, en la que se menciona que Alfonso I, en el año 740, donó a Covadonga una imagen de la Virgen del Monsagro.

(2) Dato recogido del estudio 'La Capilla de Santo Toribio en el Monsacro, una tradición asturiana hecha piedra', realizado por Miguel Ángel Cadrecha y Caparrós, María-Rita Piquero Fernández y José Santiago Pérez, alumnos del curso de Arqueología Asturiana impartido por el profesor Vicente-José González García, en la Escuela Universitaria del Profesorado de E.G.B., de Oviedo, aunque desconozco la fecha.

(3) Juan Ignacio Cuesta: 'Breve historia de las Cruzadas', Ediciones Nowtilus, S.L., mayo de 2009, página 184.




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miércoles, 24 de agosto de 2011

El Mito Templario del Monsacro: Primera Parte

Según narra Mario Roso de Luna (1), mediado el siglo XX, aún se comentaba, en las tabernas aledañas al puerto del pinturesco pueblecito costero de Cudillero, la leyenda de que el espíritu del alemán de Corao había sido visto embarcando en un navío templario de velas blancas y negras -como los colores del estandarte, enseña o bauceant de estos aguerridos milites Christi-, con rumbo a Irlanda. En realidad, no es mucho lo que se sabe de éste enigmático personaje, salvo algunos detalles, incluido el proyecto basilical de Covadonga -posteriormente modificado- que apuntan, no obstante, a un interés más que vital por la trayectoria existencial de ésta emblemática Asturias; una Asturias considerada, con todo merecimiento, la cuna de la Reconquista española. Una Asturias de trayectoria ancestral, prácticamente desconocida, que hunde profundamente sus raíces en una Protohistoria que se nos presenta, cual Jano bifronte, enmascarada, oculta en lo más recóndito de su primigenia esencia. Esta esencia, carente por completo de documentación, o en su defecto, de la suficiente documentación que avale, ortodoxa e históricamente hablando, una serie de presencias, de posibilidades y de hechos, conlleva, sin embargo, los inconvenientes de que el investigador tenga que recurrir constantemente a ese inestimable conjunto de mitos, leyendas y tradiciones, que conforman el tesoro más preciado de los pueblos: su Folklore.

Roberto Frassinelli, el alemán al que se hace referencia, fue uno de esos curiosos personajes cuya vida, aún envuelta en un halo de misterio, rayano en ocasiones en la leyenda e incluso en la ficción, podría aportar detalles más que suficientes para hacerle pasar por un auténtico pionero. Un pionero en lo que, con todo derecho, bien podríamos denominar como el universo mítico arqueológico astur. Un hombre que, mochila a la espalda, cuaderno en el bolsillo y cayado en la mano, se aventuraba por los más recónditos lugares de la geografía asturiana, observando señales, tomando notas, estudiando y comparando restos y también, detalle de una importancia capital que suele ser generalmente menospreciado, charlando con los vecinos, participando en sus tertulias o filandones y preguntando con la curiosidad insaciable de un niño chico.

El introducir en la presente entrada a un personaje de la talla de Roberto Frassinelli no obedece, en modo alguno, a una acción impremeditada, caprichosa o gratuíta; muy al contrario, creo que para encarar el complejo fenómeno que conlleva hablar de un lugar de las características del Monsacro, así como de la mitología popular que le considera un enclave templario -hasta el punto de levantar pasiones, tanto a favor como en contra- es necesario fijarse de antemano un modelo a seguir y dejarse llevar, siquiera sea circunstancialmente, por la intuición, y desde luego, por el estudio de todos aquellos detalles que, en base a una comparación, puedan hacer de este mito, algo cuando menos razonable.


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En la Sierra del Aramo, no muy lejos de otra montaña mítica, como es el Angliru, el Monsacro constituye, no me cabe ninguna duda, uno de los focos más importantes de todo el Principado de Asturias, en cuanto a sacralidad se refiere. Independientemente del Arca Santa y las reliquias que, según la tradición, trajo de Jerusalén Santo Toribio -el mismo que en el arcano monasterio de San Martín de Turieno, en los Picos de Europa, dejara a la posteridad una de las grandes joyas del Medievo, el Beato de Liébana- y de las que hablaré más extensamente a la hora de comentar las dos ermitas románicas, la de arriba y la abajo (2), es decir, la de la Magdalena y la de Santiago, el lugar ya era considerado eminentemente sagrado desde al menos época tan anterior como la Edad del Bronce; y aunque hayan desaparecido los dólmenes que se sabe hubo -de hecho, se piensa que la ermita octogonal de Santiago se levanta sobre uno de ellos- aún se pueden observar, intactos al parecer, varios túmulos funerarios de proporciones considerables, a juzgar por el que se localiza por debajo de la ermita de la Magdalena. Túmulos que, en base a la información de que dispongo, aún no han sido explorados, pero que son dignos testigos, no obstante, del culto ancestral y del megalitismo existente en el lugar, siglos antes de que el Cristianismo se aposentara en él.


Tal vez para llegar a comprender la Verdad oculta en esta fenomenología mistérica y cultual afín al Monsacro y sus elementos, debamos encarar su estudio y exploración, buscando entre las sombras (3).


De cualquier modo, y sean cuales sean en el futuro los resultados de las vicisitudes políticas, que han llevado incluso al alcalde de Santa Eulalia de Morcín a la contratación de un equipo de arqueólogos de la Universidad de Oviedo para determinar o no el templarismo de ambas ermitas, os emplazo a acompañarme, de momento, en un viaje en el tiempo por un lugar que, estoy seguro, no dejará a nadie indiferente, sea cual sea su opinión al respecto. Os invito, pues, a subir conmigo hasta la majada de les capilles y que juzguéis por vosotros mismos.



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(1) Mario Roso de Luna: 'El tesoro de los lagos de Somiedo', Editorial Eyras, 1980.


(2) Nótese el aforismo de Hermes Trismegisto.


(3) Referencia a la reflexión de Mabilia, personaje principal de la obra de Paloma Sánchez-Garnica, 'El alma de las piedras', Editoria Planeta, S.A., 1ª edición, junio de 2010.

viernes, 12 de agosto de 2011

El Cristo del Relicario de Teverga

'¡Qué placer el poder hablar libremente como hombre y viajar como poeta por el infinito del Misterio sin ese equipaje odioso de las demostraciones...'.

[Mario Roso de Luna (1)]




La presente entrada, no pretende dar absolutamente nada por sentado. Mi única intención, no es otra que la de sugerir, velada e hipotéticamente, algunas similitudes que pueden resultar interesantes, espero, cuando no sospechosas de. Bucear en los avatares de una Orden de la historia y características del Temple, conlleva arriesgarse a adentrarse, con todas sus consecuencias, en profundidades abismales, a día de hoy tan desconocidas como ese infinito Universo, alguna de cuyas claves apenas comienzan a ser apenas entrevistas por telescopios de última generación, tipo Hubble.

Si la presencia documental del Temple en la Península Ibérica resulta ya de por sí deslabazada y escasa -varias de las órdenes rivales y posteriormente herederas, ya tuvieron buen cuidado de hacer desaparecer no sólo documentación, sino también señales- relacionar el Temple con el Principado de Asturias resulta una labor que conlleva, soy perfectamente consciente de ello, el riesgo de ser duramente criticado e inmediatamente tachado de cuenta-cuentos. La falta de documentación, en este caso, no es simplemente nula, sino que a la vez, constituye el eje fundamental que acrecienta esa fría corriente ortodoxa que circula en los ambientes académicos del Principado, negando de antemano cualquier remota posibilidad. No importa, o acaso no interesa que importe, esa tradición oral -posiblemente mantenida en los tradicionales filandones o tertulias característicos de los pequeños pueblines, que aseveran, por ejemplo, que los restos de la torre medieval de Peñerudes, perteneció en tiempos a los templarios; o que éstos tenían una casa en las proximidades de la iglesia prerrománica de Santo Adriano, en Tuñón. No hay documentación, luego no existe, no es verdad: el Temple nunca estuvo en Peñerudes, ni en Tuñón y mucho menos las ermitas del Monsacro, incluída, por supuesto, la de Santiago y su reveladora planta octogonal, tuvieron que ver en absoluto con ellos, aunque éste detalle, desde luego, es discutible.

Por esta razón, y porque creo que tengo el derecho a escribir lo que siento, voy a hacerme eco de las palabras de Don Mario, invitándome a mí mismo -por supuesto, ustedes ya lo están, para bien o para mal- a viajar como poeta por el infinito del Misterio, sin ese equipaje odioso de las demostraciones.

Liberado, pues, del lastre de la ortodoxia santomasiana, diré que llegamos a San Martín de Teverga después de comer, una vez dejado atrás el Puerto Ventana (2), y habiéndose frustrado, de paso, nuestros deseos de ver y estudiar por dentro la magnífica iglesia de Santo Adriano, en Tuñón, siguiendo, aunque por carretera, esa fantástica Senda del Oso que discurre por montes, valles y bosques de una belleza sobrenatural. Frente a esa belleza, y asentada también en un valle, al pie de bosque y montaña, la Colegiata de San Pedro resulta un lugar extraño, decididamente atípico,; como si una fantasía de Mary Shelley hubiera reunido diferentes restos artísticos para ver la criatura que actualmente se muestra a los ojos del visitante. Ésta se hace más evidente en el interior, donde mito y simbolismo ofrecen, en principio, mudas historias entrelazadas desde esos enormes capiteles prerrománicos (3), que sirven como basa a unos árboles de la vida que, convertidos en columnas, se extienden hacia un medio cielo mantenido en base a la física aplicada. Los primeros y más cercanos a la puerta, sirven como apoyo, así mismo, para sujetar esa regia tribuna, tan característica de los templos prerrománicos asturianos, que separaba nobleza y villanía. El Cristo se localiza más adelante, ingrávido en un ábside que no permite averigüar si alguna vez fue bautizado con el pincel.

A juzgar por su aspecto, parece gótico, de los siglos XIV-XV, como puede ayudar a suponer la posición de sus piernas, entrelazadas, así como el número de clavos: tres. Los detalles continúan, no obstante, en su rostro; un rostro que, a pesar de horrible martirio sufrido, parece haber trascendido el dolor, hasta el punto de mostrar una paz inconmensurable, nirvánica. A ambos lados del rostro, dos mechones de cabello se desparraman en cascada sobre los hombros. Curiosa y comparativamente hablando, los dos mechones adquieren, en las puntas, la forma de un conocido símbolo afín al Camino de las Estrellas: la pata de oca. Evidentemente, las comparaciones son libres y puede que se trate tan sólo de una casualidad. Ahora bien, la casualidad no lo es ya tanto, en mi opinión, si observamos la cruz. De las denominadas del tipo de gajos, enlaza con la tradición esotérica relativa al árbol de la vida que surgió del cráneo de Adán y que serviría en el futuro como instrumento de martirio y redención del Pecado Original. En éste sentido, y aunque no sea exclusivo -quede advertido de antemano- sí coincide con el tipo de Cristos que los templarios solían tener en sus iglesias. Basten como ejemplo, el Cristo cillerero de San Polo (4), el de Ágreda (5) y el de Calatañazor (6).

En su mano derecha, falta un dedo, y a pesar de las observaciones del guaje que guía la visita -entiéndase desde un punto de vista cariñoso, y sobre todo, de absoluto respeto- no parece un error del artista, sino que da la impresión de que dicho dedo -el índice, si no me equivoco- se rompió o fuer arrancado en algún momento de la Historia, con algún propósito indeterminado: ¿como reliquia?, ¿como fetiche?, ¿o simplemente como ganas de hacer daño?.

Sí resulta significativo, y reconozco que es el primer caso que me encuentro, el detalle de que, cuando se procedió a su restauración, se localizó en la nuca un pequeño cajoncito -de ahí su apelativo, del Relicario- que contenía arena. Arena que, al ser analizada, se determinó que procedía de Jerusalén.

Y aquí comienza el enigma: ¿quién lo trajo o trajo la arena hasta éste idílico rincón astur?. ¿Un peregrino?. ¿Un cruzado, tal vez algún miembro de la familia de los Miranda -parientes de los poderosos Quirós- cuyo escudo nobiliario figura por dos veces en el interior de la nave del templo?. ¿O quizás una orden militar?. Las preguntas, desde luego, quedan en el aire.

No obstante, como colofón y para añadir algo más de morbillo curioso al tema, volviendo al detalle del dedo amputado de la mano derecha, surgen algunas dudas, creo yo que razonables: ¿su desaparición se produjo antes o después de la restauración?. Porque claro, si fue antes, ¿por qué no se reemplazó?. ¿Y por qué no se reemplazó, aunque hubiera sido después?.

En fin, este es sólo uno de los fascinantes enigmas de Teverga, en cuya exposición, espero honestamente, no haber herido la susceptibilidad ni las creencias de nadie.




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(1) Mario Roso de Luna: 'El tesoro de los lagos de Somiedo', Editorial Eyras, 1980, página X de la introducción.


(2) Según la Tradición, por éste emblemático Puerto Ventana pasaron las Santas Reliquias traídas por Santo Toribio de Jerusalén, camino del Monsacro.


(3) Según los comentarios del guía, éstos capiteles, no pertenecían originalmente a la Colegiata. Pero al preguntarle por la procedencia, no supo o no quiso decírmelo.


(4) En la actualidad, se localiza en el ábside de la iglesia de San Juan de Rabanera.


(5) Localizado en la iglesia de Nª Sª de los Milagros.



(6) Localizado en la iglesia de Nª Sª del Castillo.

miércoles, 22 de junio de 2011

El Cañón de los Templarios




Visto desde este tradicional mirador de la Galiana, sólo cabe un adjetivo para definirlo: impresionante. Esta falla antediluviana, que se extiende a lo largo de una treintena de kilómetros por las provincias de Soria y de Burgos, alberga, en lo más profundo de su corazón, una de las joyas más emblemáticas y a la vez más misteriosas de cuantas nos ha legado la que posiblemente fue la más importante y mediática de las órdenes de caballería medievales: la Orden del Temple.

Desde ésta posición, la ermita templaria de San Bartolomé no se advierte, aunque también es cierto que aquéllos que conozcan la zona, pueden situarla mentalmente sin dificultad entre los farallones y la arboleda que se advierte al fondo y a la derecha, siguiente la carreterilla que se desvía en dicha dirección, junto al puente bajo el que discurre el río Ucero, cuyo nacimiento se localiza algunos metros más arriba.

Hacia la izquierda, es fácil observar el Centro de Interpretación y la piscifactoría, y más allá, enhiesto y solitario en lo más alto del monte, como un halcón al acecho, el contorno inconfundible del castillo de Ucero, posición estratégica desde la que los aguerridos fratres milites vigilaban la entrada a este Cañón del Río Lobos.

Ocho siglos después, aún persiste una inquietante pregunta: ¿qué objeto tenía ésta ermita en un lugar tan apartado y solitario?

Un gran enigma histórico, sutilmente aderezado por unas panorámicas extraordinarias.





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