miércoles, 24 de agosto de 2011

El Mito Templario del Monsacro: Primera Parte

Según narra Mario Roso de Luna (1), mediado el siglo XX, aún se comentaba, en las tabernas aledañas al puerto del pinturesco pueblecito costero de Cudillero, la leyenda de que el espíritu del alemán de Corao había sido visto embarcando en un navío templario de velas blancas y negras -como los colores del estandarte, enseña o bauceant de estos aguerridos milites Christi-, con rumbo a Irlanda. En realidad, no es mucho lo que se sabe de éste enigmático personaje, salvo algunos detalles, incluido el proyecto basilical de Covadonga -posteriormente modificado- que apuntan, no obstante, a un interés más que vital por la trayectoria existencial de ésta emblemática Asturias; una Asturias considerada, con todo merecimiento, la cuna de la Reconquista española. Una Asturias de trayectoria ancestral, prácticamente desconocida, que hunde profundamente sus raíces en una Protohistoria que se nos presenta, cual Jano bifronte, enmascarada, oculta en lo más recóndito de su primigenia esencia. Esta esencia, carente por completo de documentación, o en su defecto, de la suficiente documentación que avale, ortodoxa e históricamente hablando, una serie de presencias, de posibilidades y de hechos, conlleva, sin embargo, los inconvenientes de que el investigador tenga que recurrir constantemente a ese inestimable conjunto de mitos, leyendas y tradiciones, que conforman el tesoro más preciado de los pueblos: su Folklore.

Roberto Frassinelli, el alemán al que se hace referencia, fue uno de esos curiosos personajes cuya vida, aún envuelta en un halo de misterio, rayano en ocasiones en la leyenda e incluso en la ficción, podría aportar detalles más que suficientes para hacerle pasar por un auténtico pionero. Un pionero en lo que, con todo derecho, bien podríamos denominar como el universo mítico arqueológico astur. Un hombre que, mochila a la espalda, cuaderno en el bolsillo y cayado en la mano, se aventuraba por los más recónditos lugares de la geografía asturiana, observando señales, tomando notas, estudiando y comparando restos y también, detalle de una importancia capital que suele ser generalmente menospreciado, charlando con los vecinos, participando en sus tertulias o filandones y preguntando con la curiosidad insaciable de un niño chico.

El introducir en la presente entrada a un personaje de la talla de Roberto Frassinelli no obedece, en modo alguno, a una acción impremeditada, caprichosa o gratuíta; muy al contrario, creo que para encarar el complejo fenómeno que conlleva hablar de un lugar de las características del Monsacro, así como de la mitología popular que le considera un enclave templario -hasta el punto de levantar pasiones, tanto a favor como en contra- es necesario fijarse de antemano un modelo a seguir y dejarse llevar, siquiera sea circunstancialmente, por la intuición, y desde luego, por el estudio de todos aquellos detalles que, en base a una comparación, puedan hacer de este mito, algo cuando menos razonable.


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En la Sierra del Aramo, no muy lejos de otra montaña mítica, como es el Angliru, el Monsacro constituye, no me cabe ninguna duda, uno de los focos más importantes de todo el Principado de Asturias, en cuanto a sacralidad se refiere. Independientemente del Arca Santa y las reliquias que, según la tradición, trajo de Jerusalén Santo Toribio -el mismo que en el arcano monasterio de San Martín de Turieno, en los Picos de Europa, dejara a la posteridad una de las grandes joyas del Medievo, el Beato de Liébana- y de las que hablaré más extensamente a la hora de comentar las dos ermitas románicas, la de arriba y la abajo (2), es decir, la de la Magdalena y la de Santiago, el lugar ya era considerado eminentemente sagrado desde al menos época tan anterior como la Edad del Bronce; y aunque hayan desaparecido los dólmenes que se sabe hubo -de hecho, se piensa que la ermita octogonal de Santiago se levanta sobre uno de ellos- aún se pueden observar, intactos al parecer, varios túmulos funerarios de proporciones considerables, a juzgar por el que se localiza por debajo de la ermita de la Magdalena. Túmulos que, en base a la información de que dispongo, aún no han sido explorados, pero que son dignos testigos, no obstante, del culto ancestral y del megalitismo existente en el lugar, siglos antes de que el Cristianismo se aposentara en él.


Tal vez para llegar a comprender la Verdad oculta en esta fenomenología mistérica y cultual afín al Monsacro y sus elementos, debamos encarar su estudio y exploración, buscando entre las sombras (3).


De cualquier modo, y sean cuales sean en el futuro los resultados de las vicisitudes políticas, que han llevado incluso al alcalde de Santa Eulalia de Morcín a la contratación de un equipo de arqueólogos de la Universidad de Oviedo para determinar o no el templarismo de ambas ermitas, os emplazo a acompañarme, de momento, en un viaje en el tiempo por un lugar que, estoy seguro, no dejará a nadie indiferente, sea cual sea su opinión al respecto. Os invito, pues, a subir conmigo hasta la majada de les capilles y que juzguéis por vosotros mismos.



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(1) Mario Roso de Luna: 'El tesoro de los lagos de Somiedo', Editorial Eyras, 1980.


(2) Nótese el aforismo de Hermes Trismegisto.


(3) Referencia a la reflexión de Mabilia, personaje principal de la obra de Paloma Sánchez-Garnica, 'El alma de las piedras', Editoria Planeta, S.A., 1ª edición, junio de 2010.

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