martes, 23 de junio de 2015

Sasamón: una puerta a las estrellas


Tal vez sea oportuno, en vísperas de la noche más mágica del año -aquella que determina el solsticio de verano y en la que Jano, el dios bifronte, libera, a través de la Jauna Coeli, toda una variada gama de espeluznantes exquisiteces que durante generaciones han formado una parte más o menos activa y esencial de los grandes mitos de la memoria colectiva de los pueblos-, echar mano de los recuerdos y volviendo la vista atrás, hacia esas infinitas llanadas castellanas, hacer que la imaginación, amigo lector, te transporte, desde donde quiera que estés cómodamente sentado frente a la pantalla de tu ordenador, hacia un lugar cuyo nombre, Sasamón, ya debería ponerte sobreaviso -seas o no persona dada a dejarte encandilar por el fatal atractivo de la mitología-, llevándote sutilmente hacia ese curioso mundo de los aforismos de índole extrapeninsular, que forman parte de esas raíces protohistóricas a las que, generalmente, la historiografía oficial prefiere obviar, temerosa, qué duda cabe, de aceptar conclusiones que puedan hacer tambalearse los cimientos dorados de una Historia que se nos demuestra más y más sorprendente cada vez que se realizan nuevos descubrimientos. Si en efecto, te has percatado pronto de que el referido vocablo contiene el nombre de un todopoderoso dios del panteón egipcio -Amón, cuyos sacerdotes propiciaron la caída de Amenofis IV, Akhenatón, mil años antes de la famosa batalla del puente Milvio, a raíz de la cual, Constantino proclamó al Cristianismo como religión oficial del Imperio-, no creo que te sorprendas mucho, o al menos, no en demasía, si contemplando ésta magnífica pero desgraciada portada, te animo a dejarte llevar por los ríos de la tradición y pienses en ella como el malogrado resto de una iglesia, la de San Miguel, que en tiempos perteneció a la Orden del Temple, y a un pueblecito, desaparecido también, que llevaba por nombre Mazarreros, otro nombre que, curiosamente, ya en su raíz contiene, así mismo, otra sorprendente referencia a esa semi-divinidad con la que antiguamente se consideraba a los herreros, a los que igualmente se relacionaba con la alquimia, pues no sólo poseían el poder de dominar el fuego, sino también de conocer los secretos de los metales y la acción de transformarlos (1).

Por otra parte, y a pesar de que el deterioro provocado por el tiempo o por la acción indiscriminada de unos hombres que utilizaron probablemente de cantera tanto la iglesia y el despoblado -algunos restos, conforman hoy la magnífica iglesia de Sasamón-, es posible que, si tienes ocasión de pasear alguna vez por la campiña situada a las fueras de ésta población, no lejos del cementerio y de los cruceros pétreos que te recomiendo observes con atención, verás que, si bien encuentras dificultad en adivinar el mensaje original de unos capiteles que cada día parecen fundirse un poco más, como la cera de las velas en la noche de difuntos, quizás descubras, no lo que probablemente pudieran haber sido un descendimiento y una psicostasis como elementos más relevantes entre las típicas referencias foliáceas y de leones enfrentados tan características del estilo románico, pero al menos sí podrás ver con claridad dos marcas de cantería, que te harán pensar que, después de todo, puede que la casualidad no exista y que, como decía un admirado Maestro y amigo: cuando el río de la tradición suena, es que agua histórica lleva: la estrella de ocho puntas y la pata de oca.

De lo que no cabe duda, es de que el tiempo, después de todo, no deja de ser el más justo de los estilistas, aportado a la solitaria ruina una escena romántica inolvidable: si tienes ocasión de pasear por allí de noche, no te sorprenderá, en absoluto, el título de la presente entrada y estarás de acuerdo, después de todo, en que ésta malograda portada es, al fin y al cabo, una auténtica puerta a las estrellas.

Feliz Solsticio


(1) A todo aquel que quiera profundizar más en tan apasionante tema, recomiendo la magnífica obra de Mircea Eliade, titulada 'Herreros y alquimistas', Taurus Ediciones, S.A., Madrid, 1959 o la versión de Alianza Editorial, Madrid, 1974.

jueves, 11 de junio de 2015

Los templarios de Moraime


A una distancia de poco más de tres kilómetros de Muxía, a cuyo municipio, de hecho, pertenece, se encuentra un magnífico templo, que conoce bien todo peregrino que, habiendo decidido continuar su andadura hacia ese misterioso y emblemático Finis Terrae, deja atrás la magnificencia del antiguo Campus Stellae, la catedral y la tumba del Apóstol: San Xulián de Moraime. Si bien, los efectos de la erosión parece que se hacen mucho más acusados por su situación de cercanía al mar que en otros de similar época y características levantados en el interior, las peculiaridades y el simbolismo asociado, hacen de este templo de San Xulián, uno de los más enigmáticos de todo un variopinto conjunto de construcciones sacras que bien podría denominarse –y de hecho, así lo denominan no pocos autores- como el románico gallego del Camino de Santiago. Independientemente de esto, y como en otros muchos casos, existen determinadas fuentes que lo relacionan con la Orden del Temple, sin que, presumiblemente, exista documentación histórica que avale dicha asociación, aunque no obstante, si observamos las características, así como algunos detalles añadidos, quizás podamos llegar a la conclusión de que pudo haberse dado tal posibilidad, nada descabellada, por otra parte, en aquellos brumosos siglos XII y XIII en los que, en ese imaginario tablero de ajedrez –o juego de la Oca, si se prefiere- que en el fondo es el propio Camino de la Vía Láctea, en el que, como queda ampliamente demostrado, éstos tuvieron una importante participación, principalmente en su importante función de custodios del camino.De orígenes benedictinos y dependiente, como tantos otros, del monasterio de San Payo de Antealtares, San Xulián –o San Xián, como también se le conoce-, tuvo, entre los altibajos de su longeva historia, el apoyo y el beneficio de reyes como Alfonso VII. No obstante pasando por alto el detalle de las numerosas modificaciones realizadas a lo largo de los siglos, que han ido afectando a su forma original de manera desigual, el conjunto sigue conservando buena parte de esa magnética influencia geométrica que no sólo juega con la magia de las proporciones, sino que también llama la atención hacia el fascinante mundo simbólico de los números, que tanta importancia tenía para los constructores medievales. De tal manera, que tanto en su portada principal, orientada a poniente, como en su portada secundaria, situada en el lado sur, la implicación numerológica parece determinar un papel fundamental y subliminal dentro del mensaje general. Si tenemos esto en cuenta, veremos que las tres arquivoltas de la portada principal contienen, respectivamente, 26, 15 y 14 personajes. Cantidades que, sumadas, nos ofrecen un número interesante: 55. Número que, sumado a su vez, nos da como resultado la Unidad; es decir, los orígenes del Todo: el número de Dios. Así mismo, pero desglosados por separado, nos ofrecen unos dígitos igualmente significativos, que no son otros que el 8, el 6 y el 5, los cuales también jugaron un importante papel, no sólo en la simbología medieval, como ya se ha dicho, sino en la particular cosmogonía utilizada por los caballeros templarios en sus construcciones; simbología que, como se afirma en los supuestos estatutos secretos de la Orden, haría honor a la recomendación que se les hacía de dejar los signos de reconocimiento en todos aquellos lugares que habitaran.

Por otra parte, y como base de apoyo, cuentan, a la vez, las referidas arquivoltas, con seis estatuas-columna o atlantes, distribuidas en número de tres a cada lado, detalle que, como se ha dicho, sigue los patrones compostelanos y entre cuyos sacros personajes, parece observarse, también, una referencia a los denominados santos gemelos –Protasio-Gervasio, Justo-Pastor, etc-, tan venerados por los templarios, incluyendo detalles como el personaje que se apoya en un báculo con forma de tau –uno de los tipos de cruz más sagrados de todos los utilizados por la Orden, aparte de constituir la firma de todo un santo caminero, como fue San Francisco de Asís- o ese curioso personajillo que se atusa con gesto irónico su doble barba. Relevante, así mismo, es la composición de los personajes de las arquivoltas superiores, porque si bien aquellos que se localizan en la segunda y la tercera arquivolta dan la impresión de estar sentados en una mesa, la parte inferior de la primera arquivolta representa un motivo acuático, quizás las aguas primordiales o, con más concreción en el tema, una alusión al pecado original y su remisión por las aguas del bautismo. Aparte de las referencias vegetales o foliáceas que abundan tanto en los capiteles exteriores como en los capiteles del interior, también es reseñable la presencia de esas pequeñas cabecitas que surgen de la floresta, en más o menos clara alusión a los dioses de la naturaleza de la antigua religión del mundo celta y precristiano, que nunca terminó de desaparecer del todo.



Más encaminada a la polémica resulta, probablemente, la singular portada situada en el lado sur, cuyo tímpano muestra lo que parece ser, a priori, una representación de la Santa Cena, bajo una perspectiva muy particular del artista, hasta tal punto, que muestra una mesa en la que están sentados un significativo número de comensales: ocho. El personaje central, evidentemente, es Cristo; a su izquierda, según nos situamos de frente –teóricamente, estaría situado a la derecha-, un personaje recalcadamente más pequeño que el resto, podría hacer alusión, quizás, a la controvertida figura del discípulo amado. Un supuesto discípulo al que señalan los demás, evidenciando la importancia que éste tenía para el Maestro, así como la intención primigenia del cantero por hacérselo notar a todo aquél que se plantara frente a la portada. Ahora bien, y aquí se podría meter el dedo en la llaga: si se tratara de una figuración de la Santa Cena y el personaje en cuestión se correspondiera con el discípulo amado: ¿se está haciendo referencia, en realidad, al joven Juan, o por el contrario, como señalan los evangelios apócrifos, se trataba de María Magdalena?. También podría darse el caso, hipotéticamente hablando, por supuesto, y como sugieren algunas fuentes, de que el artista hubiera querido aludir no a la Santa Cena, sino a otro episodio no menos fascinante y controvertido, donde también algunas fuentes gnósticas y apócrifas sitúan las propias bodas de Cristo: las bodas de Caná. Cierto es, no obstante, que en el tímpano no aparece, por ejemplo, la figura de una ánfora o jarra como clave para sostener tal suspicacia, pero ¿acaso no se conserva, en la relativamente cercana iglesia de Santa María de Cambre, aparentemente templaria también, una supuesta hidria de Caná, donde aquél realizó el famoso milagro de la conversión del agua en vino y que se supone que fue traída por los templarios de Tierra Santa?.

Suspicacias e hipótesis aparte, habría que reseñar, además, que junto al lateral norte de la iglesia, hay un pequeño cementerio, y en la pequeña pradera que se extiende entre éste y un cruceiro, se observan algunos sepulcros de piedra, así como sus respectivas losas desparramadas por el suelo que, en mejor o en peor estado de conservación, muestran, en algunas de ellas, un detalle significativo que, así mismo, solía ser representativo de los enterramientos de caballeros templarios: la espada. Tipo de losa funeraria que, casualmente, se localiza en otros lugares, tanto de probada como de supuesta pertenencia templaria, siendo una de tales losas la que se reutilizó como cancela a la entrada del recinto de un templo igualmente interesante, como es el de San Miguel de Eiré.

lunes, 1 de junio de 2015

Betanzos de los Caballeros, encomienda templaria


‘Los señores de lugares, fortalezas y vasallos; los compañeros de armas de Alfonso VIII y Jaime el Conquistador; los soldados de las Navas y Valencia del Cid; los que tremolaron el oriflama español en las murallas de Cuenca, en los adarves de Sevilla y en los minaretes de Mallorca; los que extendían su vencedora espada desde Lisboa a Jerusalén…¡Hoy son una sombra perdida en la noche de la eternidad!’ (1)


Históricamente hablando, se sabe con absoluta certeza que esos compañeros de armas de Alfonso VIII y Jaime el Conquistador, entre otros, como tan románticamente los definió Cesáreo Nieto en el Boletín de la Real Academia de la Historia referenciado, hicieron de ésta hermosa villa brigantina un feudo, allá por los albores del siglo XII. De hecho, existe documentación que recoge la permuta realizada en 1251 con el rey Alfonso X el Sabio –recordemos, que ya aparecen los monjes guerreros en su famoso tratado de ajedrez y también el magnífico sepulcro policromado de su hermano, el infante D. Felipe, que se localiza en la capilla de Santiago de la iglesia de Santa María la Blanca, que formaba parte de una importante encomienda templaria en Villalcázar de Sirga, provincia de Palencia- a cambio de ciertos territorios en la provincia de Zamora, entre los que se cuentan Alcañices, Alba de Aliste y posiblemente también otros lugares como Mombuey, en la que apenas sobrevive la torre de la que fuera su magnífica iglesia de Santa María, habiendo sido el resto del edificio completamente modificado de arriba abajo. Cierto es, así mismo, que de aquella lejana encomienda brigantina, apenas queda rastro alguno, reutilizados sus edificios en construcciones posteriores, donde el mensaje original y probablemente trascendente, a juzgar por los restos, se confunde, paradójicamente, con los mensajes no menos interesantes de otras órdenes, no guerreras –como veremos- pero no obstante, sí firmes combatientes de la fe, a las que después de su catastrófica caída, se acogieron no pocos de sus miembros. Tal sería el caso, de la orden franciscana: precisamente aquellos que tradicionalmente sofocaban las hogueras que previamente encendían los dominicos. Y hasta es muy posible, que aprovecharan también los conocimientos arquitectónicos de los maestros canteros templarios, a la hora de levantar sus interesantes construcciones, o cuando menos, a la utilización de parte de cierta simbología afecta, entre la que no faltan, desde luego, las estrellas de cinco puntas y todo un símbolo esotérico, como es el famoso Sello de Salomón, adoptado, además, por una familia con la que, al parecer, tuvieron una estrecha relación –hasta el punto de que algunos de sus miembros, continuaron prestando servicios, después de la disolución del Temple, en la Orden de Cristo-, además de financiar la construcción de las principales iglesias de Betanzos: los Andrade. Una de tales construcciones, la formidable iglesia de San Francisco, se supone que se levanta en el preciso lugar en el que los templarios tuvieron –según constatan determinadas fuentes- una pequeña iglesia. A escasos metros de dicho solar, ocupado desde el siglo XIV por la impresionante obra sacra franciscana, se sitúa, también, otra de las grandes joyas artístico-medievales de la noble ciudad brigantina: la iglesia de Santa María del Azogue, o del Mercado, que también nos recuerda, dentro de los detalles de su ornamentación, algunos símbolos de posible filiación templaria, incluidas las numerosas cruces paté de los sillares –independientemente del hecho, de que pudieran ser consideradas como de consagración, aunque en ese sentido, también se aprecian otros modelos más comunes y propios para ello-, la utilización como medio expresivo de la estrella de cinco puntas o pentalfa en sus ventanales góticos –símbolo que también se aprecia en las construcciones franciscanas de Betanzos y Lugo capital-, así como el famoso Sello de Salomón, elementos que, paradójicamente, tampoco son ajenos al tercer templo brigantino de época e interés: el de Santiago.


Por otra parte, se sabe, porque así hay publicaciones que lo demuestran incluso gráficamente (2), que en tiempos hubo un pequeño museo de piezas templarias en el interior de la iglesia conventual de San Francisco. Piezas que, curiosamente, han vuelto a ser reutilizadas, y en la actualidad se pueden apreciar en la portada de poniente: precisamente aquélla que, como en el caso de Santa María del Azogue, su tímpano también luce una peculiar Adoración de los Magos. Entre dichas piezas, cabe destacar la figura de un magnífico Agnus Dei; la que bien pudiera ser una referencia bafomética a la cabeza del Bautista y algunas otras de oscura y singular simbología, como aquélla en la se aprecian dos lobos desgarrando los linos que protegen un cadáver: ¿tal vez el del propio Cristo?. En dicha portada además, y coincidiendo con algunos de los que se encuentran entre la fantástica colección de losas que se exhiben en el interior de la iglesia noyesa de Santa María a Nova, algunos símbolos de los sillares, llaman también la atención.

Y entre otras muchas –como la presencia, en lugar no fácil de vislumbrar, de algún personaje janístico o de dos caras o las emblemáticas vacas cíclicas o solares-, una última curiosidad: en el interior del templo, colocado a media altura en su cabecera, un magnífico aunque algo deteriorado Pantocrátor nos recuerda, por su estilo y ejecución, a los de las iglesias palentinas de San Juan, en Moarves de Ojeda y de Santiago, en Carrión de los Conde, ésta última, asociada con la Orden del Temple y en la actualidad, Museo de Arte Sacro.

(1) Cesáreo Nieto: Boletín de la Real Academia de la Historia, mayo de 1868.
(2) Se recomienda la lectura del libro de Xavier Musquera, 'La aventura de los templarios en España', inicialmente publicado bajo el título de 'La espada y la cruz'.