miércoles, 20 de junio de 2012

Las Médulas: el oro de los templarios



La historia del Temple es, sin duda, una historia cuyas vicisitudes épicas, cual el más apasionante y popular de los best-sellers, engancha y genera siempre un profundo interés en un público amante del misterio y de los enigmas históricos. Gran parte de ese interés generalizado, radica en la extrema pobreza de sus orígenes –unos orígenes envueltos en el más impenetrable de los misterios, por cierto- y en la habilidad con la que sus dirigentes hicieron medrar a una Orden que, de la más absoluta de las pobrezas y en un tiempo relativamente breve, se convirtió en la más rica y poderosa de Occidente.
Mucho se ha especulado, evidentemente, sobre la naturaleza de sus, en teoría inagotables recursos; y sobre todo, en el destino que sufrieron éstos, cuando la Orden fue disuelta. Este punto, qué duda cabe, genera, posiblemente, una de las cuestiones que más hipótesis ha generado, sin que hasta el momento ninguna de ellas haya podido satisfacer plenamente la curiosidad de historiadores, investigadores, y por qué no decirlo, de aficionados y curiosos. Posiblemente, la respuesta que más se acerque a la realidad, sea tan simple como pensar que la mayor parte de esas, en apariencia inagotables riquezas fueran engullidas en un insaciable agujero negro que, no cabe duda, fueron las Cruzadas y la permanencia en Tierra Santa. Y otra parte, quizás la que debería hacernos pensar que ese gran tesoro lo tenemos realmente ahí, delante de nuestras propias narices, son esas monumentales iglesias y catedrales, repletas de Arte y Conocimiento, que la Orden se encargó también de financiar.
Pero aparte de los recursos que se enviaban hacia Ultramar, que tenían sus orígenes en una sabia explotación de los recursos naturales de las innumerables granjas y encomiendas repartidas por los diferentes reinos europeos, los templarios también fueron hábiles a la hora de explotar otros recursos que ya fueron explotados por otros pueblos muchos siglos antes que ellos. Sería el caso, por cierto, de este inconmensurable desgarro que, con el nombre de Las Médulas, hemos de situar en el mismo corazón de una zona eminentemente mistérica como es el Bierzo leonés. Qué duda cabe de que, a pesar de las miles de toneladas de oro recolectadas por los romanos utilizando esa devastadora técnica del ruina montium, aún quedó suficiente para que los templarios, instalados estratégicamente en los principales puntos de acceso, pudieran aún explotar el suficiente oro que ayudara, y no poco, a proseguir su gran aventura. De ahí, uno de sus principales intereses por permanecer en lugares como Priaranza, Carucedo, Cacabelos y Cornatel, desde los que controlaban los principales accesos al lugar, y de mantener un férreo control sobre una región, que no sólo aún tenía muchas riquezas que ofrecer, sino que también contaba con una longeva historia cultual, pues no en vano en la zona se localiza la denominada Tebaida Berciana y en sus interminables montes se albergó, en tiempos, un conocimiento con cierto sabor a azufre, formado no sólo por un fenómeno eremítico que se masificó hasta puntos insospechados, sino también porque en ellos encontraron refugio multitud de gentes que huían de las persecuciones cristianas por herejía, siendo los principales, cátaros y priscilianistas.
Tenga o no razón Matilde Asensi (1) al situar en lo más profundo de estas minas el lugar donde los templarios ocultaron su tesoro -la hipótesis, aunque novelada, no deja de ser sugerentemente interesante-, dejando señales que sólo podían ser debidamente interpretadas por aquéllos que estuvieran en el secreto, lo cierto es que el lugar y su entorno, bien merecen el cansancio de un viaje. Un viaje, por lo demás, cuyo destino no es otro que uno de los mayores misterios históricos peninsulares.


(1) Matilde Asensi: ‘Iacobus’, Ramdon House Mondadori, S.A., 12ª edición, 2005 y ‘Peregrinatio’, Editorial Planeta, S.A., 2006.

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