lunes, 11 de junio de 2012

Llames de Parres: San Martín de Scoto, otro Grial asturiano



‘Dejando el concejo de Piloña se entra en el de Parres, muy montuoso y no tan fértil ni poblado de árboles como aquel en donde se hallan los solares de las dos antiguas familias de Nevares y Corderos que se precian de descender de los paladines de Pelayo: pasamos por el lugar de Llames de Parres o Collado del Otero, situado en la parroquia de Biabaño, no lejos del Piloña, y por otros varios, y a las 3 leguas y media del Infiesto, avistamos a la izquierda del camino por donde marchábamos, y a las riberas del río Sella, el histórico monasterio de San Pedro de Villanueva, que se alza al pie del elevadísimo monte llamado en las viejas crónicas Olicio, y hoy Osuna…’ (1).

Llames de Parres, dista apenas ocho kilómetros de Arriondas y poco más del doble de Cangas de Onís y el entorno legendario de Covadonga. Como decía aquél afortunado viajero, Francisco de Paula, montuoso y poco poblado de árboles, por sus lindes hemos de situar ese Camín o Camino de la Reina que, partiendo de la costa y de los puertos de Llanes principalmente, era utilizado ancestralmente por viajeros y peregrinos que se encaminaban hacia Oviedo y su espléndida catedral dedicada a San Salvador.
Surcada por caminillos rurales que delimitan amplias zonas de pasto, no ha de resultarnos extraño extraviar el camino, y terminar dando varias vueltas a la redonda. No obstante, mirando el lado positivo del asunto, tampoco estaría mal fijarnos en los detalles de las pequeñas aldeítas que encontremos en nuestro camino, pues en ellas, o mejor dicho, en los dinteles de sus puertas y ventanas, se pueden localizar algunas piezas sobrevivientes de un ancestral enigma: la probable existencia de un monasterio o un convento, del que ya, en la actualidad, se ha perdido toda huella y referencia. Hecho de por sí bastante corriente en Asturias, cuyos antecedentes pueden ser también localizados, por ejemplo, en las pequeñas aldeas cercanas al Monsacro y a esa espina dorsal asturiana, que es la imponente Sierra del Aramo (2).
Es muy probable, que el único resto apreciable que sobreviva de éste supuesto e ilocalizable convento, sea precisamente la iglesia, con un tosco aspecto de fortaleza, de San Martín de Scoto. Una iglesia, que algunos investigadores denominan, erróneamente, como San Martín de Soto (3). Tiene dos pequeñas portadas, de época tardía, probablemente barrocas o renacentistas, que sustituyen a las originales y románicas que debió de tener en sus orígenes, las cuales, es de suponer, habrían incluido unas claves inapreciables. La portada sur, apenas reviste importancia. La curiosidad, pues, ha de motivarnos en fijar toda nuestra atención, en la portada oeste y considerar las señales que, aún a duras penas y en algún caso inapreciables por la acción del tiempo, sobreviven para poner en guardia a curiosos e investigadores.
La presencia, entre éstas, de una formidable jarra de la que brotan bien flores, bien chorros de agua –suele ser considerada generalmente también como símbolo mariano y es representativo de numerosos cenobios cistercienses- hace que se equipare con el mítico tema del Grial, simbolizando, entre otros aspectos, el concepto inapreciable de la fuente inagotable de la vida (4), detalle por el que numerosos investigadores, incluyen a Parres entre los distintos lugares asturianos donde se localiza el tema del Grial, siendo una curiosa lista de fuentes tradicionales, entre las que cabe destacar, naturalmente, las impresionantes pinturas de la iglesia de San Vicente de Serrapio, en el concejo de Aller.

Aparte de la jarra griálica, el conjunto simbólico que complementa ésta portada del lado oeste –y de hecho, toda la ornamentación, al menos exterior de la iglesia- se compone de un escudo y dos ángeles portando una curiosa cruz.
El escudo está dividido en cuatro cuadros o campos, conteniendo cada uno de ellos un símbolo determinado. Por desgracia, y seguramente motivado por la acción erosiva, tan sólo se aprecian dos de tales símbolos, ambos en el lado derecho: una flor de lis arriba y una cruz paté abajo.
Los ángeles, de aspecto bastante tosco, portan una cruz, en cuyos detalles se vislumbran las características de varios pequeños travesaños horizontales, que la asemejan con ese tipo especial de cruces, las patriarcales, consideradas, junto con aquellas otras en forma de Tau, de las más esotéricas de todas las utilizadas por la Orden del Temple.
Sea como sea, lo que sí resulta evidente es que, por su situación, enclavado dentro de una de las principales vías peregrinas del Principado, así como por su cercanía a lugares trascendentes –en los que no faltan santuarios prehistóricos de primer orden- como la propia Cangas de Onís, los Picos de Europa y el entorno de Covadonga, y dada la especial predilección que semejantes lugares despertaban en el ámbito templario, yo no descartaría, a priori, su posible presencia en tiempos, como los formidables custodios de lo Sagrado, que en realidad también fueron.

(1) Francisco de Paula Mellado: ‘Recuerdos de un viaje por España’, Ediciones de Arte y Costumbres, S.A., 1985, Tomo I, página 123.
(2) Aún existe el recuerdo, aunque muy deteriorado, de un convento que estuvo emplazado en las cercanías de Busloñe, aldea situada detrás del Monsacro y enfrente de la Sierra del Aramo y el Angliru. De algunos restos que se localizan en las casas del pueblo -cruces paté incluídas- los habitantes no terminan de ponerse de acuerdo, salvo en el detalle mencionado de que hubo un convento, que unos sitúan en un lugar denominado El Pumar, y otros, en otro sitio cuya denominación es Molín la Puente. Por otra parte, en Llavandera, pueblín próximo a La Piñera, se localiza el prado de San Xuan, donde antiguamente estuvo emplazada una iglesia, probablemente románica y con ésta advocación, algunas de cuyas piedras -eso sí, exentas de detalles o labras- conforman actualmente la parroquial de La Piñera, pueblo famoso por la coplilla maliciosa de el cura y la molinera.
(3) Sería el caso, por ejemplo, de Xavier Musquera, quien, en su magnífica obra La aventura de los templarios en España -el título original, es La espada y la cruz- hace tal referencia, aunque puede que se trate de un error tipográfico. Varios kilómetros más adelante, en la carretera que une Arriondas con Oviedo -mal denominada Autovía Minera-, sí se cruza por un pueblo que se llama Soto de Dueñas.
Por otra parte, otra circunstancia a añadir, es que el término scoto, hacía referencia a la gente procedente, no de Escocia, como pudiera pensarse a priori, sino de Irlanda.
(4) A este respecto, podría resulta un interesante dato añadido, comentar la existencia en Asturias de fuentes o manantiales que, dadas sus características de flujo incesante, se denominan, desde tiempos inmemoriales, fuentes priales.

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