miércoles, 1 de diciembre de 2010

¿Hubo templarios en San Martín de Elines?

He aquí, aunque simple, una pregunta de difícil respuesta. Si bien en numerosos lugares de la Península, la huella de los fratres milites del Temple, aunque sombría y escasamente documentada, ofrece al menos pistas simbólicas cuando no tradicionales, que aventuran hacia una certeza más o menos fundada de su presencia, el tema se complica, no obstante, de gran manera, cuando se hace referencia a la Cornisa Cantábrica. Es cierto que no debemos pensar en la cruz paté -posiblemente, el tipo de cruz más común de todas las utilizadas por la Orden- como en un tipo de cruz que denote una exclusividad propia y legítima, que permita aseverar, sin ningún género de duda, que tal objeto o tal lugar, les perteneció; es cierto, también, que este tipo de cruz se utilizó igualmente para la consagración de iglesias, antes de la creación e incluso mucho tiempo después de la supresión del Temple, como demuestran, por ejemplo, las cruces de consagración que se encuentran en la ermita de San Miguel de Gormaz, provincia de Soria, datadas por los expertos, al igual que las pinturas, aproximadamente en el siglo X; o aquellas otras, localizadas tanto en el interior como en el exterior de numerosos templos -algunas pintadas- cuya modernidad, en muchos casos, salta a la vista. Ahora bien, cuando se encuentran en cierta cantidad, no sólo en sarcófagos que reposan en el claustro de un edificio sacro situado en plena ruta del Camino de Santiago -detalle significativo-, sino también en la fachada de un edificio cercano, muy cercano, se abre, en mi opinión, la legítima oportunidad de mantener una sospecha o, en su defecto, hacerse la pregunta que sirve de título a la presente entrada.
Sabemos que en el lugar donde se levanta ésta, una de las cuatro magníficas colegiatas con que cuenta la Comunidad Autónoma de Cantabria -las de Cervatos, Castañeda y Santillana, serían las tres restantes- se levantaba un cenobio anterior, de probable origen mudéjar, a juzgar por los escasos restos que han sobrevivido a nuestros días. Sabemos, también, que la documentación referente a ésta colegiata de Elines, es desesperantemente escasa, siendo numerosos los enigmas que, sin embargo, en la forma de detalles y símbolos, conforman un auténtico reto para el investigador. También sabemos, que se especula con la fecha de 1102 y que la colegiata de Santa María de Elines, está considerada como una de las más antiguas de Cantabria, encontrándose emplazada en la cercanía de una importante zona eremítica, siendo la más reseñable, por importancia, la ermita rupestre de Santa María de Valverde, actualmente convertida, poco más o menos, que en un parque temático. Igualmente, sabemos que cuenta con un pequeño claustro, ajardinado a la manera de los patios cordobeses, por hacer una comparación, y que en éste, algunos sarcófagos de cierta calidad indican que allí recibieron sepultura hombres notables, incluido el que permanece en solitario en el centro del jardín y que, probablemente, perteneciera a alguno de los priores o abades más representativos del lugar.
Por otra parte, hay que reseñar, que no todos los sarcófagos pertenecen a la colegiata, sino que algunos fueron traídos de fuera, de otros lugares en ruinas y poco menos que olvidados, cuyas referencias no supo decirme la persona que hace de guía, o si lo mencionó, mea culpa, no tomé notas en ese momento y lo he olvidado.
Varios de estos sarcófagos, y creo que puede ser un dato relevante a tener en cuenta, además de mostrar, excepcionalmente labrada la cruz o las cruces paté, muestran, también, un símbolo eminentemente guerrero sin excepción: la espada. Símbolo que, si hemos de considerar las aseveraciones de un auténtico especialista en la materia, como fue Xavier Musquera (1) este símbolo, localizado en cierta lápida que se encuentra en el suelo del claustro del monasterio de Santa María de Valdediós, anexo a la famosa iglesia prerrománica de San Salvador, o el Conventín, en Villaviciosa, Asturias, señalaría la tumba de un caballero templario fallecido. A este respecto, y sobre la importancia de la espada en determinados ritos, no sólo de imposición, sino también iniciáticos, recomiendo la lectura de una extraordinaria y a la vez curiosa novela -sí, he dicho novela- de un enigmático escritor alemán de origen judío, Gustav Meyrinck, que lleva por título El Dominico Blanco (2).
También es reseñable, y volvemos al claustro de la colegiata de Santa María de Elines, un sarcófago de excelente manufactura, que permanece en una sala contigua al claustro y al pórtico de entrada de la iglesia. Luce un complejo decorado, compuesto por motivos entrelazados, distribuidos a derecha e izquierda de lo que bien pudiera considerarse un báculo o bastón, aunque no termine la forma de éste, cuando menos, en la característica y reseñable espiral. En los laterales, como simulando la galería porticada afín a numerosos templos románicos -representativa, según se supone, de las puertas de Jerusalén- está decorado con numerosos arcos altos y estrechos.
Ahora bien, la pieza indiscutible de la magnífica colección de sarcófagos que se pueden apreciar en este genuina lugar, lo constituye el llamado sarcófago del Caballero Peregrino, similar, en cuanto a misterio de identidad se refiere, a la tumba de aquél otro caballero desconocido que reposa en el interior de la iglesia de Santa María la Blanca, en Villalcázar de Sirga, provincia de Palencia y que, entre otras cosas, levanta polémica en cuanto a su posible pertenencia a la Orden del Temple o, por el contrario, a la Orden de Santiago, herederos del lugar cuando los primeros fueron juzgados y disueltos.
Exquisitamente decorado -señal evidente de la importancia de los restos mortales que habría de contener- el sarcófago muestra una riqueza simbólica muy digna de tener en cuenta. Riqueza que se aprecia, en primer término, en el Pantocrátor, con los emblemas distintivos de los cuatro evangelistas, escoltado, a ambos lados, por arcos donde se cobijan una serie de figuras o personajes que podrían tomarse, en principio, por una representación de los apóstoles -similar, haciendo un símil comparativo sólo del modelo, a los frisos que decoran los pórticos de las cercanas iglesias de Santiago y San Juan Bautista, en Carrión de los Condes y Moarves de Ojeda, Palencia, respectivamente- si no fuera por el detalle de que son ocho -número relevante, también- y no doce, como deberían ser.
Por encima del Pantocrátor, y alternándose como si de un código se tratara, se alternan diversos elementos simbólicos, de mayor o menor importancia; elementos que, relacionados de izquierda a derecha, quedarían conformados de la siguiente manera: castillo, escudo con franja en medio (3), castillo, escudo con franja enmedio, animal fantástico, otro animal fantástico (4), león o tal vez grifo, castillo, viera (5) y dragón.
Puede darse el caso, por supuesto, de que el personaje en cuestión -independientemente o no de que perteneciera al Temple o a cualquier otra orden militar de la época- fuera un personaje ajeno, quizás perteneciente a la nobleza -ibérica o de allende los Pirineos- a quien la muerte le sorprendió durante su peregrinaje. Un peregrinaje, que bien pudo ser voluntario como obligado, pues éste último también era corriente en la época, afectando tanto a nobles como a vasallos.
En cualquier caso, y honestamente hablando, creo que estamos ante un caso que puede servir de modelo para dejarse llevar libremente por la especulación.

(1) Xavier Musquera: 'La aventura de los templarios en España', Ediciones Nowtilus, S.L., abril de 2006, páginas 151-153. El título original, no obstante, en su primera edición, era 'La espada y la cruz'.

(2) Gustav Meyrinck: 'El Dominico Blanco', Editorial Planeta, 1ª edición, marzo de 1987.

(3) Hay lugares relacionados con el Temple, donde puede divisarse un escudo exactamente igual, aunque hubiera sido un buen dato saber si el sarcófago estuvo policromado y comprobar los colores. A este respecto, se me ocurre pensar en el escudo que se localiza en el interior del ábside de la iglesia de Nª Sª de la Asunción, en Castillejo de Robledo, provincia de Soria, cuyos colores son franja negra sobre fondo blanco. Curiosamente, los colores del bauceant o estandarte del Temple.

(4) Por su forma de doncella con alas y cola de serpiente, tiene todo el aspecto de una reproducción de Melusina, esposa del dios Lug, a la cual se representaba también con la pata de oca, formando parte de una tradición muy extendida a lo largo y ancho del Camino de las Estrellas.

(5) Elemento distintivo del peregrino; representación simbólica, a la vez, de un símbolo compañeril trascendente, mencionada ya en el punto anterior: la pata de oca.

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