lunes, 5 de marzo de 2012

Símbolos y Milagros para los Custodios del Camino: Sª Mª la Real y el Cáliz del Milagro de O Cebreiro



'Llegaba la jornada siguiente hasta Raphaellus, o Rabanal del Camino, por Orbega o Puente Orbigo, ciudad notable por el hospital y el puente, y por el paso de don Suero de Quiñones; en Astorga, otra etapa, se partían las veredas, pero la más corriente buscaba el valle de Ponferrada, de admirable castillo según el fraile alemán (Herman Künig de Vach) y por Cacabellus se llegaba a Villafranca Bucca Vallis, o del Bierzo, como decimos nosotros, ya cobijada junto a los montes que guardan la entrada a Galicia, montes famosos del Cebrero, donde se dice que un cura incrédulo vio cómo las Especies de la Consagración cobraban entre sus manos los accidentes de carne y hueso...' (1).



Llegar a lo alto de O Cebreiro, con sus mil trescientos metros de altitud, supone no sólo un hito para el peregrino que atraviesa la árida Meseta y siente próximo el final de su destino, sino también, la plena conciencia de haber accedido a un lugar en el que, a pesar de los siglos transcurridos, Espíritu y Símbolo se funden en una aventura que podría considerarse como inequívocamente trascendente. Bajo este punto de vista, y como hemos observado en entradas anteriores, no es de extrañar que un lugar de semejantes características, permaneciera custodiado, siquiera de lejos, por la atenta pero infalible mirada de unos monjes-guerreros, los templarios, cuya manifiesta heterodoxia parecía ser atraída, irremisiblemente, hacia lugares considerados sagrados desde la más remota antigüedad.

Si bien podríamos considerar el lugar de O Cebreiro como un conjunto espiritual único e indivisible, bien es verdad, también, que en este conjunto sobresalen, especialmente, dos elementos en particular que, por su intrínseca relevancia, constituyen el principal foco de atracción: la talla del siglo XII de Santa María la Real, y por supuesto, el Santo Cáliz del Milagro.




Santa María la Real



Se trata de una curiosa talla virginal, realizada en madera, cuyos antecedentes históricos han de situarse, según los especialistas, en el siglo XII. A diferencia de otras tallas románicas de su época, o incluso de época anterior, parte de su característico hieratismo se ve alterado por la inusual posición de su cabeza. Inclinada hacia delante, cuenta la leyenda, que adoptó esta posición para observar el milagro eucarístico que se estaba realizando en el interior del templo, siendo protagonistas de excepción, el cura incrédulo y el fervoroso pastor.

Puesta de manifiesto una de las características de ésta singular talla, cuya altura alcanza más de esos 30 ó 40 centímetros que suelen ser característicos en este tipo de imágenes, es conveniente centrar la atención en otros detalles, que la hacen determinantemente interesante. Dejando aparte el añadido de la corona, su cabeza porta el velo blanco, determinativo de pureza. Menos comunes, quizás, para semejante tipo de imágenes (2), son los colores que se aprecian en su vestido: verde y rojo, predominando, sobre todo, el verde. Esta disposición -y lo digo solamente a título de curiosidad- es muy similar a la que se observa en una extraña talla de la Inmaculada Concepción, de época indeterminada, posiblemente gótica, que se conserva en la capilla del Caballero San Galindo, anexa a la nave de la iglesia románica de San Bartolomé, en Campisábalos, provincia de Guadalajara.

La figura, sedente, forma con su cuerpo un trono, en cuyo regazo se asienta, cual soberano, el Niño. Inusual, así mismo, podría considerase el detalle de que la mano derecha de la Madre, sirve de soporte al brazo derecho del Hijo, dos de cuyos dedos, adoptando una forma similar a aquélla que se utiliza para hacer el símbolo de la victoria, apuntan hacia arriba, pudiendo también hacer alusión a la mano creadora, la mano de Dios, elemento que se localiza, sobre todo, en los pórticos de algunos templos románicos, pudiendo citarse, quizás por su relevancia de santuario de Virgen Negra, la iglesia de la Virgen de la Peña, que domina, desde su elevada posición, la segoviana villa de Sepúlveda. Aunque, no obstante, quizás el detalle más sorprendente, radique en el objeto que porta el Niño en su mano izquierda: una manzana.


La manzana, el símbolo de la isla de los inmortales, el Avalón artúrico; aquélla misma fruta que, cayéndole en la cabeza a Isaac Newton -según la tradición- le hizo pronunciar su famosa frase ¡Eureka!, haciéndole descubrir una de las leyes de la Física, permitiéndole de paso acceder a parte del Conocimiento; la manzana, el fruto prohibido del Árbol de la Ciencia o Árbol del Bien y del Mal que dió origen al Pecado Original...

Curiosas connotaciones con las que quizás el tallista -dudo mucho que fuera el propio San Lucas, como se pretende hacernos creer en numerosas imágenes románicas- quiso darnos a entender una nueva versión de aquéllos primeros padres; la Madre y el Hijo, nuevos Adán y Eva, instrumentos, en definitiva, de la Redención y Regeneración.

Patrona de la región, es conocida con diversos nombres, entre los que cabe detacar: la Virgen Buena, la Virgen del Santo Milagro o la Virgen del Cebreiro.





El Santo Cáliz del Milagro


La leyenda sitúa el milagro, aproximadamente, en el año 1300, cuando una terrible ventisca de nieve azotaba estas emblemáticas cumbres. Un vecino del pueblecito de Barxamayor -algunos dicen que se trataba de un pastor, detalle de por sí significativo, por sus implicaciones simbólicas y porque además, este tipo de personaje suele estar presente en multitud de historias referentes a apariciones marianas- empujado, hemos de suponer, por su inquebrantable fe, desafiando el temporal, subió hasta el pueblo de O Cebreiro para asistir a misa. El sacerdote que oficiaba en ésta humilde iglesia, de trazas prerrománicas que habría que remontar, cuando menos al siglo IX, al verlo llegar, despreció el acto notable de fe del paisano, pensando que no merecía la pena tanto esfuerzo tan sólo para ver un poco de pan y de vino. Llegado el momento de la consagración, éstos se convirtieron en carne y sangre delante de los atónitos ojos del impío sacerdote, del pastor...y de la imagen de la Virgen, que desde entonces, como hemos visto anteriormente, mantiene su cabeza agachada hacia delante, gesto que realizó para no perderse detalle del prodigio.


Hay quien opina que en este lugar y en este milagro, camino de Galicia, se basó el trovador templario Wolfram von Eschenbach para situar, dentro del ciclo de su Parsifal, el Monsalvat o Monte de la Salvación, cuya situación geográfica ha dado pábilo a multitud de hipótesis, no descartándose, entre ellas, la montaña sagrada de Montserrat, San Juan de la Peña, y ya en territorio galo, el castillo de Montségur, como lugares más probables. Tan relevante le debió de parecer el dato a un mitólogo como Richard Wagner, que también se supone que se basó en O Cebreiro y su milagro eucarístico para situar el escenario de su ópera Parsifal, aunque cambió las cruces patadas y las taus de las túnicas de los Templeisen custodios del Grial, por una paloma en vuelo, símbolo también adoptado por los cátaros y ave en la que, según la leyenda, se transformó Esclarmonde de Foix para volar a Oriente -no en vano, se dice que toda Luz viene de allí- después de la terrible cruzada emprendida contra éstos.


Y no olvidemos que estamos en una región netamente céltica, el topónimo de cuyo nombre, Lugo, es derivado de todo un Júpiter del panteón celta: Lug. Y tampoco olvidemos, ya puestos, el mito del caldero mágico de Dagda y de la poción de Keridwen, que otorgaba no sólo el Conocimiento, sino también la inmortalidad, cuya representación pétrea podemos localizar entre la diversa temática románica apreciable en lugares como San Pantaleón de Losa -donde antiguamente se conservaba una ampolla con la sangre de este santo, que actualmente se encuentra en Madrid, en la que todos los años se representa un milagro griálico con su licuefacción- o también, por citar otro ejemplo situado en la provincia de Burgos, en la parroquial de Bahabón de Esgueva.


Símbolos, todos ellos, que no podían pasar desapercibidos para unos auténticos custodios de la Tradición: los templarios.





(1) Gonzalo Torrente Ballester: 'Compostela y su ángel', Ediciones Destino, S.A., 1ª edición, noviembre de 1984, página 99.


(2) Aunque los colores y su simbolismo asociado son variados, generalmente suele haber cierto, digamos, consenso, en aquéllos referidos a la vestimenta de este tipo de imágenes, siendo, aparte del aúreo y el púrpura, el color azul, en sus diferentes tonalidades, el más prevalenciente.

2 comentarios:

Alkaest dijo...

Un pequeño secreto a voces.
Si bajas del Cebreiro hacia Samos, unos dos kilómetros pasado el Hospital da Condesa, sale un camino a la derecha que conduce a un caserío rual llamado "Temple"...
En total, unos 8 kms lo separan del milagroso santuario del "Grial".
Ningún documento dice el por qué de ese nombre, aunque la tradición popular, que me transmitió el inefable párroco del Cebreiro, don Elías Valiña, afirma que se trataba de "una granja del Temple".

Salud y fraternidad.

juancar347 dijo...

Pues agradezco y tomo nota del pequeño secreto a voces que, para variar, desconocía, y como no descarto hacer la ruta que va de O Cebreiro a Triacastela (con posibilidad de llegar a Santiago), que no te quepa duda de que intentaré pasar por el lugar y sacar un pequeño reportaje. Por otra parte, cómo me hubiera gustado conocer a don Elías Valiña, pero supongo que el destino de cada uno está escrito y ese capítulo, no venía en nuesro guión. Un abrazo