jueves, 27 de abril de 2017

Levinus Memminger: ¿un caballero templario del siglo XV?


Otro motivo para ejercitar libremente el derecho a la especulación, como hacíamos en la entrada anterior sobre ese posible recuerdo de una nave templaria utilizado como motivo decorativo en una loza del siglo XV procedente de Reus, Tarragona, podemos encontrarlo en un interesante cuadro de un maestro alemán, Michael Wolgemut, también de los siglos XIV-XV, que lleva por título Retrato de Levinus Memminger. El autor, al parecer, procedente de Nüremberg –ciudad famosa, entre otras cosas, por los monumentales desfiles nazis y por haber sido allí, en consecuencia, donde los Aliados decidieron celebrar los juicios en los que se juzgó a muchos de los principales jerarcas nacionalsocialistas que no consiguieron huir ni suicidarse tras la caída de Berlín en 1945-, realizó la obra hacia el año 1485, presumiblemente por encargo. Memminger fue un personaje real. Y según los escasos datos que circulan sobre él, al menos por la Red, desempeñó, curiosamente, el oficio de juez, también en ésta misma ciudad de Nüremberg. A pesar de su juventud, y de fallecer relativamente joven –el deceso se produjo en 1493-, se sabe que formó parte del Gran Consejo de la ciudad y que fue, además, un gran protector de las Artes. Su identificación fue posible, según las fuentes, porque fue él quien encargó el altar de Santa Catalina de la iglesia de San Lorenzo, donde, así mismo, sale retratado. Y esto no deja de ser interesante, porque, sin abandonar nunca ese recurso de la especulación tan conveniente –de la misma manera que el escritor utiliza el amparo de la ficción para dar carácter de verosimilitud a la trama de su novela-, se podría afirmar que ambos santos formaban parte de ese santoral templario que, por su simbolismo asociado, se podría considerar como convenientemente adaptado y adoptado a los intereses heterodoxos de la Orden.

Santa Catalina, inseparable de la rueda –no habría que meditar mucho, para ver, entre otras asociaciones simbólicas, una referencia a otro de los elementos asociados a la Diosa, como es la rueca-, la espada de justicia –símbolo que define al caballero y único elemento que, por lo general, se suele encontrar en muchas lápidas anónimas que cubrían las sepulturas de caballeros templarios-, y la cabeza cortada del rey –que recuerda, no sólo al baphomet, sino también ese poder tan extraordinario que tuvieron los templarios, hasta el punto de saberse, históricamente, que fueron capaces de decirle a más de un rey aquélla famosa frase de que: reinarás mientras seas justo-, y San Lorenzo, cuya estrecha relación con el Santo Grial –según la leyenda, aquél que puso a buen recaudo tras la caída de Roma frente a la conquista de los bárbaros de Alarico en el siglo IV, que fuera ocultado durante mucho tiempo en el monasterio oscense de San Juan de la Peña y definitivamente trasladado a la catedral de Valencia, después de pasar, entre otros lugares por la Aljafería de Zaragoza, en tiempos del rey Martín el Humano-, tema del que ya Chrétien de Troyes y Wolfram von Eschembach, los describían como custodios del Grial.

Del cuadro, un pequeño lienzo de 33 x 22 cms., destaca, sobre todo, el interesante escudo que aparece en el lado superior izquierdo, un poco por encima de la cabeza de Memminger, parcialmente oculta por una capucha de color negro, acorde con la túnica que lleva, posiblemente derivada de su atavío como juez; éste, se mantiene de perfil, apoyado sobre el alféizar de una ventana –quizás un balcón-, en cuya perspectiva trasera y a través de otra ventana, se aprecian dos halcones –tal vez dos azores-, sobrevolando una ciudad, que seguramente sea la Nüremberg medieval de la época. De su estado y posición social, pueden dar debida constancia los anillos que se aprecian en sus manos. El escudo, al parecer del propio Memminger, es, de hecho, todo un auténtico beaucéant, al que se ha añadido, también con los colores blanco y negro, un aspa o cruz de San Andrés, reseña o enseña que, según algunos investigadores, como Andrew Collins, lucieran las fuerzas templarias que al mando de Pierre d’Aumont participaron en la famosa batalla de Bannockburn, luchando junto a las tropas escocesas de Robert Bruce que tenían enfrente al ejército inglés de Eduardo II. A ambos lados del escudo, se aprecian dos leones, que, como se recordará, era éste, el león, el único animal que les estaba permitido cazar.

Por último, añadir que Michael Wolgemut, fue un artista notable en su época y maestro de Alberto Durero.

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