viernes, 8 de marzo de 2013

Un Montsalvat en Guadalajara: el Santo Alto Rey



'Los provenzales denominan, aún hoy en día, "monte de la Transfiguración", "Tabor", al pico del Saint-Barthelemy", una de las cumbres más hermosas de los Pirineos...' (1).

No es el Tabor, evidentemente, ni tampoco se localiza en esos legendarios e imponentes Pirineos que delimitan una frontera natural entre España y Francia. Tampoco hay noticias de que una Esclarmonde de Foix, hispana se transfigurara en paloma, desde esta nada despreciable altura de mil ochocientos cincuenta metros, y emprendiera el vuelo en dirección al Oriente, hacia la cuna tradicional de la Sabiduría. Quizás hacia ese Centro Supremo, oculto e inviolado, que algunos han identificado con el Agartha de la tradición budista. Y sin embargo este monte, que responde al nombre de Santo Alto Rey, como el Tabor, como Montségur, como Montserrat, como el Pano o como el Cebreiro, es un monte de misterio, de tradición y de leyenda, que poco o nada tiene que envidiar a los otros, porque forma parte merecida de esa Gran Familia Mistérica, que se ha dado en llamar Lugares de Poder, pero que a mí, aunque sólo sea por llevar la contraria, me complace más denominar Lugares del Espíritu. Porque eso es, precisamente, lo que creo que alienta en ellos: el Espíritu. Un Espíritu antiguo, ancestral, que no se ve, es cierto, pero que sí se percibe desde el mismo momento en el que los pies hoyan su entorno, hasta el punto de convertirse en un monumental imán, capaz de atraer la mirada de los hombres desde tiempo inmemorial, como de hecho, así ha sido.
El monte, por otra parte, es visible desde numerosos lugares. Lugares éstos, constituidos por pequeños pueblos que, como satélites, custodian –siquiera sea en la memoria que aún se conserva al calor de la lumbre de los viejos hogares- parte de ese secreto ancestral, que hace de la zona, no sólo una de las más duras y despobladas –ideal, como aquélla otra burgalesa de la Demanda, para aquéllos antiguos buscadores de la Trascendencia-, sino también, una de las más mistéricas e interesantes de la provincia de Guadalajara. Uno de tales lugares, directamente relacionado, sería Albendiego, con su insuperable iglesia de Santa Coloma –cuyo ábisde, extraordinario, destaca en toda la provincia-, la presencia, al menos de una santa con evidentes connotaciones negras –en realidad, se conservan dos imágenes de Santa Coloma, una de madera y otra de alabastro (2)- y la insistencia de una tradición que coloca, en uno y en otro lugar, a los mismos templarios que, siguiendo las indicaciones de Wolfram von Eschenbach, eran los verdaderos custodios del Santo Grial.
Si bien aquéllos templeisen de Eschenbach portaban en sus blancas túnicas –señal de pureza- el símbolo de la paloma (3), éstos otros que la tradición sitúa en Albendiego, Campisábalos y la curiosa ermita que se levanta en la cima de este relevante monte del Santo Alto Rey, lucían la cruz patada de color rojo sangre, símbolo del martirio. Como martirio debía ser, permanecer allí, aislados en una ermita de reducidas dimensiones, de forma parecida, interiormente, a esa enigmática capilla añadida a la iglesia de San Bartolomé, en Campisábalos, conocida como de San Galindo o del Caballero San Galindo, no menos enigmático personajes del que, curiosamente, apenas se conocen datos, a excepción de sus funciones repobladoras y hospitalarias. De hecho, en las proximidades se localiza otro pueblo, cuyo nombre rinde homenaje al caballero en cuestión, así como a las mencionadas actividades: Casas de San Galindo.
Refiere una de las tradiciones, que los monjes-guerreros del Temple residentes en Albendiego, se aposentaban en ésta ermita del Santo Alto Rey, durante los periodos estivales, siendo del todo imposible permanecer allí durante los crudos periodos de invierno. También comenta la tradición -pero esto parece totalmente improbable, si exceptuamos considerarlo como un elemento fantástico, afín a toda leyenda- la existencia de un túnel que conectaría la cripta de la iglesia de Santa Coloma (4)- con la cima y la ermita del Santo Alto Rey. Tema, por añadidura, que suele ser una constante en numerosos lugares atribuidos a la Orden del Temple, tengan o no el respaldo de la documentación histórica.
Exteriormente, la ermita presenta un aspecto realmente extraño, tosco, que de alguna manera, simula la forma de un búnker. Aparte de los graffitis dejados quizás en menor medida por peregrinos y en mayor número por gamberros que hacen caso omiso de ese cartel donde se asevera estar en un lugar sagrado y se pide respetarlo, los canteros del Medievo dejaron también su huella. Y entre esas huellas, quizá no sorprenda demasiada encontrarse con una vieja forma, bien conocida sobre todo en las construcciones románicas del Camino: la pata de oca. Una sencilla verja de hierro impide el acceso al interior, pero a través de ella, se pueden distinguir algunas de sus características. Como ese representación griálica labrada en su pared norte; el moho y la humedad de las esquinas, o el crismón moderno con el alfa y el omega, sobre el altar. Existe, también, una hermosa talla románica de Cristo in Maiestas y coronado, posiblemente de ahí el nombre, pero la tienen a buen recaudo en un pueblo cercano. Junto a la ermita -señal de que en estos tiempos, poco importa si el lugar es sagrado o no, independientemente de que tenga que ver más o menos con el estamento eclesial- varios repetidores de la compañía Amena, violan la singularidad del lugar. Una singularidad, que previamente fue violada también, cuando otro ejército, moderno, instaló una base de seguimiento de aviones, algunos metros por debajo de la ermita: el Ejército del Aire español.
Y no obstante, obviando esto, difícil es llegar a ese sublime cumbre y no detenerse a pensar en el detalle de que, si efectivamente, el Temple anduvo por allí, cuáles no serían sus motivos y porquéses, como se diría en castellano antiguo. Preguntas como, ¿qué vigilaban?, ¿cuál era su auténtico interés por el lugar? o ¿qué oscuras actividades realizaron allí?, me temo que sólo pueden ser contestadas desde el escurridizo mundo de la hipótesis. Y aún así, difícil sería no caer, si no se pisa con prudencia, en el mundo no menos escurridizo de lo fantástico.
Quizás, lo único que se pueda aseverar, con un cierto grado de objetividad, es de que no importa lo pobre o rica que sea una comarca, o una provincia: la Naturaleza, siempre haciendo alarde de uno de sus nombres -Sophia- otorga un oportuno Montsalvat para todo aquél que un día emprenda esa búsqueda que, a falta quizás de un nombre mejor, se ha convenido en denominar Trascendencia.
 

(1) Otto Rahm: 'Cruzada contra el Grial', Ediciones Hiperión, S.L., 6ª edición, 2007, páginas 65-66.
(2) Recordemos el próspero comercio del alabastro, y su relación con el Camino de Santiago.
(3) Siempre me he preguntado, por qué el Cristianismo adoptó esta ave como símbolo del Espíritu Santo, a sabiendas de que era el animal distintivo de la diosa Isis, aquélla en la que supuestamente se basaron los modelos de nuestras misteriosas Vírgenes Negras, que solían adorarse en santuarios subterráneos, criptas y cuevas -símbolos de la Matriz primordial, y por la tanto, de Vida-, y que fueron siendo gradualmente sustituidas por la blanca palidez de la figura de María.
(4) Situada, al parecer, debajo del altar, exactamente en ese punto aparentemente telúrico, donde me consta que los péndulos responden de manera espectacular.

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