miércoles, 20 de marzo de 2013

¿Estuvo el Temple en el entorno de Silos?. La iglesia de Santa Elena, de Revilla Cabriada


‘Buscar no significa encontrar, pero ayuda a ello’.
[Fernando Sánchez Dragó]

Si tuviera que pensar en un lugar mágico sobre el que hipotetizar una posible vigilancia –condición sine quanon, según algunos autores, como Juan García Atienza, que describe algunos entornos donde solían asentarse los templarios- no se me ocurriría otro sitio mejor, que el propio monasterio de Santo Domingo de Silos, situado a apenas una decena de kilómetros. O el soberbio desfiladero de la Yecla, con sus recuerdos que se remontan cuando menos al Neolítico; lugar donde Almanzor salió milagrosamente ileso de una emboscada de los condes castellanos y a punto estuvo de perder la vida, suceso que pudo ahorrar numerosa sangre cristiana, e incluso salvar lugares, como la propia catedral compostelana de este auténtico azote de Dios. Incluso, apurando al máximo lo que probablemente muchos consideren inapurable –que respeto me merecen todas las opiniones, aparte de la mía-, mentar –siquiera sea como grato recuerdo, que también lo es y además por partida doble- ese lugar extraño, solitario y telúrico donde se levanta la hermosa ermita mozárabe de Santa Cecilia –milagrosamente también, ignorada por las devastadoras razzias del mentado Almanzor- en cuyos sillares alguien, sin duda aprovechando las huellas de los anónimos canteros medievales, debió de ofrecer, en tiempos modernos y a un auditorio desconocido, una amena clase teórica de geometría sagrada.  Puedo mencionar, incluso, como dato anecdótico, el paso por la comarca de un río que –Dios sabrá por qué- lleva el no menos curioso y anecdótico nombre de Mataviejas y en cuanto al apellido que acompaña al pueblo de Revilla, esa referencia a las cabras –aparte de adjetivizar una de las características propias del lugar, como puede ser el pastoreo- me trae a la memoria el nombre de un curioso santo que ronda por algunos lugares castellanos –San Caprasio- y que, así mismo, era el nombre del misterioso y santo anciano, que guió a San Honorato durante su estancia en Marsella, y seguramente le ofreció sanos consejos que le ayudaron a ahuyentar a las serpientes cuando se instaló en la isla de Lérins.
Supongo que en Revilla Cabriada, la presencia de serpientes puede ser tan natural como en cualquier otro lugar. Pero lo que está claro es que, si nos dejamos llevar por los símbolos, veremos que en su parroquial, a pesar de la rusticidad y de las sucesivas modificaciones realizadas a lo largo de los siglos, quedan los suficientes como para hacernos pensar que, aunque en los Archivos Generales de la provincia el Temple brille por su práctica ausencia –lo cual no debería extrañarnos, si tenemos en cuenta la trayectoria de la Orden y su desmembramiento final- todavía podemos tener algún motivo para aventurarnos a hacernos la pregunta clave: ¿fue la iglesia de Santa Elena un enclave templario en el pasado?.
Santa Elena, madre del emperador Constantino. Aquélla misma que, según la tradición, encontró la Vera Cruz, muchos de cuyos fragmentos, bellamente adornados, conformaban los Lignum Crucis que los templarios solían tener en sus principales encomiendas y en otros enclaves, los cuales sacaban en procesión por su fama de milagreros. Podría ser una posible pista, añadida a la presencia de cruces de ocho beatitudes bien grabadas en su portada. Y aunque de factura rural e incluso tosca, las representaciones de sus capiteles y canecillos pueden resultar, así mismo, interesantes. La presencia de un animal como el lobo, símbolo de algunas hermandades de canteros (1), compañero posteriormente transformado en perro compañero de santos de los caminos con cierto olor a paganismo y heterodoxia, referencia ligúrica y sin duda, portador de secretos, cuando no compañero, también, de santas ctónicas de oscuro linaje, como Santa Quiteria. La bestia, que generalmente se representa con un ser humano en sus fauces, aparece aquí mostrando en el interior de ellas, dos cabezas, que parecen conformar un ocho, un símbolo del infinito. La cruz de brazos planos, que vuelve a hacer acto de presencia en otro canecillo. Los atlantes, simulando los misteriosos hombres-verdes, que con las bocas selladas soportan las nervaduras de un ábside que ya apunta maneras góticas.
También la presencia, aún con el brazo derecho amputado -¿llevaría la típica bola en la mano u otro símbolo como el lirio?- de una Virgen, gótica también, a un lado de un calvario escoltado por una Madre de la Madre, es decir, una fantástica Santa Ana Triple. Las estrellas de ocho puntas que conforman las claves de las bóvedas. Pero sobre todo, la soberbia pila románica que, aparte de mostrar un modelo de arcos ya conocido en la inolvidable técnica desarrollada en el monasterio soriano de San Juan de Duero, muestra, para añadir más pimienta al tema, dos fenomenales cruces paté inmersas en su correspondiente círculo.
Reconozco que todos estos elementos, así como la valla que circunda al templo no son elementos suficientes para juzgar con objetividad, pero ayudan, al menos, a intentarlo. Y lo que es cierto, dejando al Temple a un lado, es que simplemente por subir al coro (2) y admirar las maravillosas pinturas góticas, que como los tapices flamencos de la catedral de Zamora, todavía muestran buena parte de su primitivo esplendor, ya merece la pena organizar una excursión y dejarse caer por este sencillo y entrañable pueblecito burgalés del entorno de Santo Domingo de Silos.
 

(1) Referente a este animal, así era como definían los cátaros a los representantes de la Iglesia católica.
(2) Todavía se mantiene la vieja tradición, y es lugar ocupado por los hombres.  

2 comentarios:

Jesús García Castrillo dijo...

Garcilaso “el Inca” no podía explicarse cómo sus antepasados maternos conservaban tradiciones y enseñanzas de siglos anteriores a la llegada de Colón a América, sobre todo que adoraran la cruz paté templaria, o que supieran de la Santísima Trinidad, o del sacramento de la confesión, sin haber oído nunca a nadie dicha doctrina.

A mí no me cabe ninguna duda de que templarios y armenios, tan íntimamente unidos, habían descubierto América, tres siglos antes que Colón. Éste y no otro fue el gran secreto del Temple, lo que explica el súbito enriquecimiento por grandes cantidades de metales preciosos -sobre todo plata prácticamente inexistente en Europa- desembarcados en el puerto de La Rochelle al que nadie podía entrar, protegido por múltiples fortalezas. De otra manera no se explica que unos frailes en muy poco tempo se hicieran la mayor potencia del mundo.

http://blog.elenigmadebaphomet.com/2012/07/armenios-y-templarios-en-america.html

juancar347 dijo...

Hola, Jesús
Tampoco podían explicarse -y supongo que es un hecho que conoces- años después los misioneros que llegaron a Nuevo Méjico, por qué los indios ofrecían esos mismos conocimientos. Entra aquí en escena, una de las más grandes místicas del Siglo de Oro español: Sor Mª Jesús de Ágreda, la Dama Azul.
Mucho se ha especulado, y de hecho, he leído algunos libros sobre el tema, de la llegada de las naves templarias al Nuevo Mundo. Incluso que las cartas utilizadas por Cristóbal Colón en su viaje del Descubrimiento, eran cartas templarias. Sobre la flota templaria, y ya que lo mencionas, imagino que sabrás que también existe mucha discrepancia entre los historiadores: hay quien piensa que no era tan numerosa e importante como se suele creer, e incluso hay quien hipotetiza sobre el destino final de dicha flota. Los hay que opinan que pusieron rumbo a América y por otro lado, hay quien piensa que arribaron a las costas escocesas, luchando con los rebeldes contra los ingleses y estableciendo la Masonería en Escocia. Sinceramente, yo ni quito ni pongo; me considero una persona abierta a todas las sugerencias y muy respetuosa con todas las opiniones. Pero como muy bien sabes, en estos temas hay que procurar siempre ser objetivo y que yo sepa, hasta el día de la fecha, no se ha encontrado ni una sola prueba de la presencia templaria en América; no sería el caso de Escocia. Como dato anecdótico, ya que mencionas uno de los puertos -quizás el principal- donde solía partir y recalar la marina templaria -La Rochelle, base de submarinos alemanes en la II Guerra Mundial, por cierto- te comentaré que en las Tierras Altas sorianas, concretamente en San Pedro Manrique, lugar donde no faltan referencias al Temple (por ejemplo, las ruinas del convento de San Pedro el Viejo), hay una calle que lleva ese nombre: calle Rochela.
Creo que ya te comenté en su momento, lo interesante que me parecían tus teorías sobre la relación entre los armenios y el románico y aún más allá, entre los armenios y los templarios que, en efecto, fueron -y esto es un hecho histórico- unos grandes repobladores, sobre todo porque tenían la confianza de los monarcas que, en pleno avance de la Reconquista, preveían el peligro que suponían los nobles, con sus abusos y levantamientos. En fin, que como ves, son temas que pueden dar mucho de sí y sobre los que se puede especular largo y tendido, pero siempre -es una opinión- procurando ser lo más objetivo posible.
Un abrazo