sábado, 31 de marzo de 2012

Un pueblo templario de la ruta Jacobea: Rabanal del Camino



'En los primeros años del siglo XIII, con el Temple plenamente plantado en el país gobernando desde su encomienda de Ponferrada sobre los castillos y lugares de Cornatel, Antares, Corullón, Sarracín, Rabanal, Villafranca, Balboa, Bembibre, etc, ocurrió el renacimiento de la herejía preiscilianista berciana y la venida del catarismo occitano...' (1)


A unos 10 ó 15 kilómetros de Foncebadón, en las proximidades donde la Maragatería se arrulla inadvertidamente con El Bierzo, y custodiado en la lejanía por las cumbres más altas de los montes Aquianos y el sacro Teleno, Rabanal del Camino duerme aletargado su milenario sueño jacobeo. Un sueño lleno de recuerdos, desde luego, que el peregrino, o el investigador o incluso el curioso va descubriendo apenas comienza su singladura, paseando por sus silenciosas calles. Las conchas de peregrino, las referencias simbólicas de sus calles -incluída aquella que, denominándose del Calvario, es difícil no asociar, también, con el trágico fin de la Orden del Temple- los monumentos en recuerdo a hijos predilectos fallecidos -como aquél que recuerda a Julián Campo (Chelán), misionero, he de suponer que rabanés, que perdió la vida en un accidente de tren ocurrido en Villada (Palencia), el 21 de agosto de 2006- son sólo débiles fragmentos de historias y misterios aún por dilucidar. Tal vez éstas, comiencen precisamente aquí: en la plaza que lleva su nombre y que se localiza, justamente, en ese espacio mistérico en el que se encuentra la antigua iglesia y las reformadas casonas que constituyen albergues para peregrinos en la actualidad. Si bien se supone que la iglesia, muy reformada en la actualidad, perteneció a los templarios, las claves de sus primitivos mensarios -si alguna vez los tuvo- se han perdido irremisiblemente. Ahora bien, no dejan de ser curiosos los numerosos graffiti de peregrino que se localizan en la puerta que da acceso a la espadaña; graffitis en los que se puede localizar uno que, por su forma y la escalera de que se acompaña, podría ser una clara referencia a la leyenda griálica de O Cebreiro. Se afirma, también, que de la iglesia partía un túnel que conectaba con la casa del Temple; casa, que pudiera ser muy bien, algunas de las situadas enfrente de la iglesia y que, como ya he dicho, reformadas constituyen sendos albergues para peregrinos. Ahora bien, curiosamente, una de ellas está regentada por monjes misioneros alemanes de la abadía de Santa Otilia. Y este detalle -lo digo a modo anecdótico- me hace pensar si dicha Otilia no será una referencia a una curiosa santa alemana -Santa Odilia- cuya vida está revestida de hechos asombrosos, hasta el punto de estar considerada, digámoslo así, como una Gran Maestra. Digo bien, pues sólo hay que observar los atributos y el báculo que lleva -como referencia, se puede buscar la denominada 'ventana de Odilia', St. Pierre et Paul, Rosheim- que la equiparan a otros grandes pontífices de nuestra Historia, como Santo Domingo de Silos, San Juan de Ortega o Santo Domingo de la Calzada. Y es que Odilia -supongo que este dato les interesará especialmente a los amantes de los misterios de las líneas dinásticas divinas- fue princesa merovingia, ciega -símbolo en la época de estar bendecida por la Divinidad-, mujer chamán y santa, y en ella confluyeron aspectos culturales -por no decir cultuales- en los que confluían diferentes culturas, incluída, como no, la celta. De manera que se podría decir que tenemos aquí, en Rabanal, a unos misioneros cuya orden conmemora a otro de esos personajes que, desde luego, no desentonan en un periplo iniciático como es la Ruta Jacobea.
Y otro dato curioso, aunque tampoco lo parezca por su aspecto, es que sí parecen existir indicios que demuestran que, si bien no está del todo comprobado que los templarios explotaran las minas de oro de Las Médulas, sí lo hicieron con las existentes en Rabanal, según dato facilitado por el investigador, recientemente fallecido, Juan García Atienza (2). Atienza también comenta la existencia de la imagen del siglo XII de un curioso santo, San Blas -que, reconozco, no tuve ocasión de ver- y una fiesta, la del Arado, que recupera -siempre según la visión de este investigador- tradiciones ancestrales que la iglesia imperante siempre trató de borrar.



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(1) Rafael Alarcón Herrera: 'La huella de los templarios: ritos y mitos de la Orden del Temple', Ediciones Robin Book, S.L., 2004, página 207.


(2) Juan García Atienza: 'Guía de la España Templaria', Editorial Ariel, S.A., 1ª edición, marzo de 1985, páginas 171-172.

domingo, 11 de marzo de 2012

La Dama Templaria de Ponferrada: la Virgen de la Encina





'En todas las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido'.

[José Saramago]


Afirma Rafael Alarcón (1), que cuando el río de la tradición suena, es que agua histórica lleva. Tradición e historia se confabulan en leyenda, aquí en Ponferrada, para enmascarar un fenómeno generalizado en toda la Península en el que, lejos de ser el típico pastor o pastorcilla quienes se encuentren con la afortunada aparición mariana, en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, el protagonista de esta curiosa historia, es un caballero templario, cuyo nombre, he de confesarlo, sin ánimo de emular a don Miguel de Cervantes, no es que quiera olvidarlo, sino que he sido incapaz de encontrar.

Debió de suceder, si los datos históricos son correctos, allá por el año 1228, fecha en la que se sabe, con cierta certeza, pues figura en documentos, que los templarios ya estaban instalados en ésta Pons Ferrata, a la que habían accedido por donación del rey Alfonso VI. Lo que hoy en día contemplamos como una hermosa fortaleza, a pesar de los embites del tiempo y de los hombres, por aquél entonces, no debía estar tampoco en muy buenas condiciones, cuando los fratres milites procedieron a su reconstrucción. Es aquí donde la historia se transfigura en caprichosa transformista, para revestirse con el hábito oscuro de la leyenda, y referir la aparición, en el interior del tronco de una encina -de ahí su nombre y también la curiosa coincidencia de que éste era uno de los árboles sagrados de los antiguos druidas- de la que, a partir de entonces, se convertiría en la Patrona indiscutible de El Bierzo, conocida, también, con el nada desdeñable apelativo de La Morenica.

Si ya de por sí, es sospechosa la aparición de diferentes imágenes marianas en lugares cercanos a donde el Temple había aposentado sus Crísticos estandartes -no son pocos los autores que consideran a templarios y cistercienses los, si no introductores, al menos sí en buena parte responsables del culto a la figura de la Santa Madre- hasta el punto de no sospechar una posible relación, esta historia, desde luego, se lleva la palma. Y no deja de ser curiosa, así mismo, la leyenda que afirma que fue traída de Jerusalén por el mismo santo Toribio de Liébana, en aquéllos aciagos días del siglo VII que precedieron a la invasión musulmana de la Península, y por supuesto, tallada por el mismísimo San Lucas. Curioso personaje, este santo Toribio, que no deja de recordarme, por la gran recaudación de reliquias que se le achaca -y ruego, se me perdone la licencia literaria-, a un visigótico Indiana Jones, que dejó en evidencia el depóstio arqueológico sacro del lugar. Y no es broma, porque santo Toribio de Liébana es el responsable, también, de haber traído a la España visigoda, ese cofre conteniendo un número elevado de reliquias que fue ocultado en la cima del Monsacro asturiano y que hoy se custodian en la Cámara Santa de la catedral de Oviedo.
Por otra parte, la imagen que se puede ver hoy en día de ésta aparecida Virgen de la Encina, tampoco es la original, perdida, he de suponer que en circunstancias poco claras, por lo que intentar acercarnos a un atisbo de interpretación de su simbolismo, sin saber si la copia recoge fielmente los atributos de la original, sería una vana y a la vez aventurada especulación. Aunque sí resulta curioso, y quizás poco habitual, el detalle de la mano derecha de la Virgen, sirviendo de soporte al pie del Niño (2). No obstante lo comentado, baste saber que la imagen actual se localiza en el interior de la basílica que lleva su nombre (3), en un camerín (4) instalado en el Retablo Mayor, atribuido a la escuela de Gregorio Fernández, datado entre los años 1630 y 1640. Curiosamente, y de similar manera a como se puede observar en el templo burgales de San Juan de Ortega, hay una representación del Juicio Final -espeluznante, en cierto modo, por su simbólico dramatismo- aunque aquí queda situada en la parte superior del valioso Retablo Mayor.

En la plaza, que también lleva por nombre el de la Virgen de la Encina, se localiza una interesante escultura de Venancio Blanco, que muestra al hermano templario que la encontró, portando la imagen en una mano, la espada de caballero en la otra, y a su lado, el tronco de encina donde la imagen se mantuvo oculta de la morisma.

Como dato a tener en cuenta, añadir que en la localidad madrileña de Hoyo de Manzanares, también se rinde culto a la Virgen de la Encina, además -detalle curioso, porque volvemos a encontrarnos con reminiscencias de índole céltica- de celebrarse la fiesta de los calderos, que coincide con el solsticio de verano, donde una vez guisadas las calderetas, es tradicional entregar a los comensales los platos de espaldas, para así no diferenciar entre vecinos y forasteros.




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(1) Autor y persona de gran calidad humana, a quien no sólo tengo el gusto de conocer personalmente, sino también de considerarlo -y lo digo con orgullo y gratitud- amigo y maestro, y cuyos libros recomiendo, en la seguridad de que los contenidos en 'A la sombra de los templarios', 'La otra España del Temple', o 'La última Virgen Negra del Temple', no dejarán a nadie indiferente, siendo un referente de primera clase para todo aquél que quiera aventurarse en el apasionante Universo Templario.

(2) En O Cebreiro, llama la atención un detalle similar, que se localiza en la talla mariana de Santa María la Real, del siglo XII, en la que la mano derecha de la Madre, sirve de soporte al brazo derecho del Niño, en cuyos dedos parece advertirse el símbolo de la victoria.

(3) Fue edificada sobre planos de Juan Alvear, antes de 1573. La torre, de sección cuadrada y diversos cuerpos, fue iniciada en 1614, prolongándose su construccion durante el siglo XVII.

(4) Añadido en el siglo XVIII.

viernes, 9 de marzo de 2012

El castillo templario de Ponferrada



'LA NOCHE TEMPLARIA'

La Noche Templaria es la recreación de un acontecimiento medieval fantástico. Bajo la luz de la primera luna llena del verano, Frey Guido de Garda, Maestre de la Orden de los Caballeros Templarios, vuelve a la ciudad del Puente de Hierro para sellar con ella un pacto de eterna amistad y entregale la custodia de los símbolos hallados en la tierra sagrada de Jerusalén: la sagrada Arca de la Alianza y el Santo Grial. La comitiva Templaria es recibida en la Glorieta del Temple por miles de ponferradinos ataviados con ropajes medievales que, en desfile y custodiando el Arca de la Alianza y el Santo Grial, se dirigen hacia el Castillo. Allí se realiza un Juicio a la Orden Templaria.

Yo, Guido de Garda, Maestre de la fortaleza de Ponsferrata, comprometo a todo el pueblo de Ponferrada para que vuelva cada año a renovar este compromiso festivo con su historia y su leyenda hasta que el tiempo llegue a borrar la línea del horizonte.

Música, fuegos artificiales, ordenación de caballeros, animación de calle, degustaciones gastronómicas, cena templaria, talleres infantiles, torneo, mercado medieval y bailes...' (1).


Cualquiera que sea la condición de la persona o los motivos particulares que desvíen su atención hacia lo que en buena ley, podríamos denominar como el fenómeno templario, tendrá que reconocer que existe una región, El Bierzo leonés, donde su recuerdo permanece aún muy activo en la memoria colectiva de sus gentes. Sin ánimo de llegar a extremos de pensamiento exagerados, y también dejando aparte la notable comercialización generada por el tema, a todos los niveles, este recuerdo se aviva, o mejor dicho, se presiente de manera más lúcida e intensa, en una ciudad como Ponferrada. Una ciudad que cuenta, entre otras curiosidades dignas de mención, con su Glorieta del Temple -en la que una imponente escultura de Óscar Albariño, del año 1999, muestra a un caballero templario al galope, con su hábito de guerra y sus armas al completo-, con un Barrio del Temple, con un parque del Temple o, sin ir más lejos, y poco menos que enfrente de la mencionada escultura de Albariño, con un Hotel Temple, sin olvidar esa Noche Templaria, mágica y medieval, que en los estíos anima la fantasía de propios y extraños, renovando los votos del recuerdo -como manda la ancestral tradición solsticial- para con Guido de Garda, el que fuera uno de sus históricos Maestres y con unos caballeros que, no para ellos sino para gloria del nombre de Dios, se extendieron por la región para repoblarla, custodiar y proteger a los peregrinos y, compártase o no la idea, salvaguardar la Tradición.




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Si bien es cierto que la afluencia de turistas, historiadores, investigadores y curiosos ha podido ser una de las razones principales que ha llevado a la Junta de Castilla y León y es de suponer que también al propio Ayuntamiento de Ponferrada a hacer de su emblemático castillo una bella atracción temática, no es menos cierto que una visita a éste, se convierte, por poca imaginación que se despliegue en el intento, en una aventura con el grado de intensidad que cada uno le quiera conceder. No en vano la ciudad, con la separata del Puente de Hierro, gira y se extiende en torno de él. A su vera, sin perder un momento de vista sus arcanos muros, la iglesia de San Andrés -recordemos la cruz en forma de aspa o decussata que le caracteriza, por ser instrumento de su martirio y que, de hecho, caracteriza también a otros dos santos de particular relevancia en el Norte, como son San Vicente y Santa Eulalia- y por supuesto, el hogar y morada de la Patrona del Bierzo por excelencia, la Virgen de la Encina, a cuya vera, se muestra una excelente escultura de Venancio Blasco, que la muestra con el caballero templario que, según la leyenda, la descubrió.
De las numerosas Taus grabadas en la piedra, en la actualidad, quedan poco menos que cuatro, y al menos dos, no en muy buenas condiciones, sabiéndose que al menos una, fue trasladada al cementerio viejo. Pero que nadie se equivoque, porque, a pesar de los pesares, dichas cruces parece que son posteriores al periodo de ocupación templaria del castillo, fechándose en la época en la que éste estaba bajo la posesión del conde de Lemos (2). Muchos fueron, es cierto, los objetos encontrados que sí corresponden al periodo de ocupación templaria y hoy día permanecen dispersos, en su gran mayoría, en colecciones y casas particulares. Es de suponer, que si se realizaran excavaciones en su recinto, aparecían aún numerosos objetos que harían las delicias de los historiadores.
Por otra parte, hay investigadores (3) que abordan la forma de las estructuras principales del castillo -como, por ejemplo, las torres- otorgándoles correspondencias astronómicas. Teoría posible, desde luego, pero en modo alguno novedosa, pues ésta correspondencia constructiva ya era utilizada por los constructores de las grandes civilizaciones de la Antigüedad. Y un buen ejemplo de ello, lo tenemos en la aseveración de Mircea Eliade (4), que refiere que todas las ciudades babilónicas tenían su arquetipo en constelaciones: Sippar, en el Cáncer; Nínive, en la Osa Mayor; Assur, en Arturo...
No obstante, tampoco es mi intención hacer una entrada simplemente de los datos ya conocidos o fáciles de conocer, sino la de sugerir al posible lector la conveniencia de visitar el castillo, dejando a un lado sus vericuetos netamente históricos, para mantener una posición de apertura hacia su vertiente exclusivamente romántica que, estoy seguro de ello, le deparará unos momentos de auténtico placer evocador.



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(1) 'Ponferrada, Guía Turística', editada por el Excmo. Ayuntamiento de Ponferrada (Concejalía de Turismo y Juventud) y la Junta de Castilla y León.


(2) Aunque difiícil de encontrar, pues constituye todo un clásico, se recomienda la lectura del libro 'El castillo de Ponferrada y los templarios', José María Luengó y Martínez, Editorial Nebrija, S.A., 1980, Colección Biblioteca Berciana, en la que la persona interesada encontrará una gran profusión de datos inestimables, que le acercarán en gran medida a la realidad histórica del castillo, sus ocupantes y la gran cantidad de objetos encontrados a los que hacía referencia.


(3) Para quien desee profundizar en este aspecto del castillo de Ponferrada, se recomienda la lectura del libro de Juan Pedro Morin Bentejac y Jaime Cobreros Aguirre, 'El Camino iniciático de Santiago', Ediciones 29, 1976.


(4) Mirce Eliade, 'El Mito del Eterno Retorno', Editorial Planeta-De Agostini, S.A., 1ª edición, junio de 1985, página 15.

lunes, 5 de marzo de 2012

Símbolos y Milagros para los Custodios del Camino: Sª Mª la Real y el Cáliz del Milagro de O Cebreiro



'Llegaba la jornada siguiente hasta Raphaellus, o Rabanal del Camino, por Orbega o Puente Orbigo, ciudad notable por el hospital y el puente, y por el paso de don Suero de Quiñones; en Astorga, otra etapa, se partían las veredas, pero la más corriente buscaba el valle de Ponferrada, de admirable castillo según el fraile alemán (Herman Künig de Vach) y por Cacabellus se llegaba a Villafranca Bucca Vallis, o del Bierzo, como decimos nosotros, ya cobijada junto a los montes que guardan la entrada a Galicia, montes famosos del Cebrero, donde se dice que un cura incrédulo vio cómo las Especies de la Consagración cobraban entre sus manos los accidentes de carne y hueso...' (1).



Llegar a lo alto de O Cebreiro, con sus mil trescientos metros de altitud, supone no sólo un hito para el peregrino que atraviesa la árida Meseta y siente próximo el final de su destino, sino también, la plena conciencia de haber accedido a un lugar en el que, a pesar de los siglos transcurridos, Espíritu y Símbolo se funden en una aventura que podría considerarse como inequívocamente trascendente. Bajo este punto de vista, y como hemos observado en entradas anteriores, no es de extrañar que un lugar de semejantes características, permaneciera custodiado, siquiera de lejos, por la atenta pero infalible mirada de unos monjes-guerreros, los templarios, cuya manifiesta heterodoxia parecía ser atraída, irremisiblemente, hacia lugares considerados sagrados desde la más remota antigüedad.

Si bien podríamos considerar el lugar de O Cebreiro como un conjunto espiritual único e indivisible, bien es verdad, también, que en este conjunto sobresalen, especialmente, dos elementos en particular que, por su intrínseca relevancia, constituyen el principal foco de atracción: la talla del siglo XII de Santa María la Real, y por supuesto, el Santo Cáliz del Milagro.




Santa María la Real



Se trata de una curiosa talla virginal, realizada en madera, cuyos antecedentes históricos han de situarse, según los especialistas, en el siglo XII. A diferencia de otras tallas románicas de su época, o incluso de época anterior, parte de su característico hieratismo se ve alterado por la inusual posición de su cabeza. Inclinada hacia delante, cuenta la leyenda, que adoptó esta posición para observar el milagro eucarístico que se estaba realizando en el interior del templo, siendo protagonistas de excepción, el cura incrédulo y el fervoroso pastor.

Puesta de manifiesto una de las características de ésta singular talla, cuya altura alcanza más de esos 30 ó 40 centímetros que suelen ser característicos en este tipo de imágenes, es conveniente centrar la atención en otros detalles, que la hacen determinantemente interesante. Dejando aparte el añadido de la corona, su cabeza porta el velo blanco, determinativo de pureza. Menos comunes, quizás, para semejante tipo de imágenes (2), son los colores que se aprecian en su vestido: verde y rojo, predominando, sobre todo, el verde. Esta disposición -y lo digo solamente a título de curiosidad- es muy similar a la que se observa en una extraña talla de la Inmaculada Concepción, de época indeterminada, posiblemente gótica, que se conserva en la capilla del Caballero San Galindo, anexa a la nave de la iglesia románica de San Bartolomé, en Campisábalos, provincia de Guadalajara.

La figura, sedente, forma con su cuerpo un trono, en cuyo regazo se asienta, cual soberano, el Niño. Inusual, así mismo, podría considerase el detalle de que la mano derecha de la Madre, sirve de soporte al brazo derecho del Hijo, dos de cuyos dedos, adoptando una forma similar a aquélla que se utiliza para hacer el símbolo de la victoria, apuntan hacia arriba, pudiendo también hacer alusión a la mano creadora, la mano de Dios, elemento que se localiza, sobre todo, en los pórticos de algunos templos románicos, pudiendo citarse, quizás por su relevancia de santuario de Virgen Negra, la iglesia de la Virgen de la Peña, que domina, desde su elevada posición, la segoviana villa de Sepúlveda. Aunque, no obstante, quizás el detalle más sorprendente, radique en el objeto que porta el Niño en su mano izquierda: una manzana.


La manzana, el símbolo de la isla de los inmortales, el Avalón artúrico; aquélla misma fruta que, cayéndole en la cabeza a Isaac Newton -según la tradición- le hizo pronunciar su famosa frase ¡Eureka!, haciéndole descubrir una de las leyes de la Física, permitiéndole de paso acceder a parte del Conocimiento; la manzana, el fruto prohibido del Árbol de la Ciencia o Árbol del Bien y del Mal que dió origen al Pecado Original...

Curiosas connotaciones con las que quizás el tallista -dudo mucho que fuera el propio San Lucas, como se pretende hacernos creer en numerosas imágenes románicas- quiso darnos a entender una nueva versión de aquéllos primeros padres; la Madre y el Hijo, nuevos Adán y Eva, instrumentos, en definitiva, de la Redención y Regeneración.

Patrona de la región, es conocida con diversos nombres, entre los que cabe detacar: la Virgen Buena, la Virgen del Santo Milagro o la Virgen del Cebreiro.




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El Santo Cáliz del Milagro


La leyenda sitúa el milagro, aproximadamente, en el año 1300, cuando una terrible ventisca de nieve azotaba estas emblemáticas cumbres. Un vecino del pueblecito de Barxamayor -algunos dicen que se trataba de un pastor, detalle de por sí significativo, por sus implicaciones simbólicas y porque además, este tipo de personaje suele estar presente en multitud de historias referentes a apariciones marianas- empujado, hemos de suponer, por su inquebrantable fe, desafiando el temporal, subió hasta el pueblo de O Cebreiro para asistir a misa. El sacerdote que oficiaba en ésta humilde iglesia, de trazas prerrománicas que habría que remontar, cuando menos al siglo IX, al verlo llegar, despreció el acto notable de fe del paisano, pensando que no merecía la pena tanto esfuerzo tan sólo para ver un poco de pan y de vino. Llegado el momento de la consagración, éstos se convirtieron en carne y sangre delante de los atónitos ojos del impío sacerdote, del pastor...y de la imagen de la Virgen, que desde entonces, como hemos visto anteriormente, mantiene su cabeza agachada hacia delante, gesto que realizó para no perderse detalle del prodigio.


Hay quien opina que en este lugar y en este milagro, camino de Galicia, se basó el trovador templario Wolfram von Eschenbach para situar, dentro del ciclo de su Parsifal, el Monsalvat o Monte de la Salvación, cuya situación geográfica ha dado pábilo a multitud de hipótesis, no descartándose, entre ellas, la montaña sagrada de Montserrat, San Juan de la Peña, y ya en territorio galo, el castillo de Montségur, como lugares más probables. Tan relevante le debió de parecer el dato a un mitólogo como Richard Wagner, que también se supone que se basó en O Cebreiro y su milagro eucarístico para situar el escenario de su ópera Parsifal, aunque cambió las cruces patadas y las taus de las túnicas de los Templeisen custodios del Grial, por una paloma en vuelo, símbolo también adoptado por los cátaros y ave en la que, según la leyenda, se transformó Esclarmonde de Foix para volar a Oriente -no en vano, se dice que toda Luz viene de allí- después de la terrible cruzada emprendida contra éstos.


Y no olvidemos que estamos en una región netamente céltica, el topónimo de cuyo nombre, Lugo, es derivado de todo un Júpiter del panteón celta: Lug. Y tampoco olvidemos, ya puestos, el mito del caldero mágico de Dagda y de la poción de Keridwen, que otorgaba no sólo el Conocimiento, sino también la inmortalidad, cuya representación pétrea podemos localizar entre la diversa temática románica apreciable en lugares como San Pantaleón de Losa -donde antiguamente se conservaba una ampolla con la sangre de este santo, que actualmente se encuentra en Madrid, en la que todos los años se representa un milagro griálico con su licuefacción- o también, por citar otro ejemplo situado en la provincia de Burgos, en la parroquial de Bahabón de Esgueva.


Símbolos, todos ellos, que no podían pasar desapercibidos para unos auténticos custodios de la Tradición: los templarios.



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(1) Gonzalo Torrente Ballester: 'Compostela y su ángel', Ediciones Destino, S.A., 1ª edición, noviembre de 1984, página 99.


(2) Aunque los colores y su simbolismo asociado son variados, generalmente suele haber cierto, digamos, consenso, en aquéllos referidos a la vestimenta de este tipo de imágenes, siendo, aparte del aúreo y el púrpura, el color azul, en sus diferentes tonalidades, el más prevalenciente.