martes, 15 de febrero de 2011

Otros enigmas de Albendiego

La duda no es un signo de debilidad para el que sabe ver. Para el sabio, es un saludable ejercicio que le impide caer en el dogmatismo y la rigidez de ideas.
[Grian (1)]
La iglesia de la Virgen de la Soledad y las dos Santas Coloma

Situada en la parte alta del pueblo, junto al camino que, a una distancia aproximada de un kilómetro desemboca en el vecino pueblo de Somolinos y la carretera general que conecta Atienza con Ayllón, pasando por Campisábalos y el desvío hacia Villacadima, la iglesia de la Virgen de la Soledad, conserva algunos de los elementos que en tiempos, pertenecieron a la iglesia de Santa Coloma. De estos elementos destacan, por encima de todo, las dos curiosas imágenes de la santa en cuestión: una de madera, y la otra de alabastro, y ambas, de época indefinida. Las dos portan idénticos atributos: la hoja de palma -símbolo del martirio- en la mano derecha, y un libro abierto, en la mano izquierda.
Las diferencias, por otra parte, resultan notables. En relación a ellas, se puede comentar, a modo de introducción que, dada su conservación, los avatares seguidos por una y otra imagen, han sido, desde luego, variopintos. En este sentido, destaca la excelencia en la conservación de la talla de alabastro. Talla que, curiosamente, muestra a una santa eminentemente negra. Se localiza en la capilla del Evangelio, a un lado del retablo mayor y el altar, donde predomina la imagen de una Piedad, vestida de blanco y negro, sosteniendo el cuerpo inerme de su hijo, así como otra imagen moderna de un Cristo in maiestas. Por el contrario, la talla de madera, con evidentes muestras de deterioro, se localiza en la sacristía, almacenando polvo, destino que han seguido numerosas tallas -sobre todo de vírgenes románicas- aunque en algunos lugares, afortunadamente, comienzan a ser valoradas, restauradas y exhibidas. Sería el caso, por ejemplo, de la denominada Virgen de Numancia, localizable en la parroquia soriana de Garray, que durante años estuvo en la sacristía, poco menos que abandonada.
Esta imagen de madera, cuyos rasgos parecen netamente orientales y que, al decir de los lugareños, pertenecía a la iglesia de Santa Coloma, muestra también una curiosa particularidad relacionada con el color, pues gracias a su estado de deterioro -aunque me sepa mal decirlo- se adivina el color que originalmente debieron tener sus vestiduras, antes de que se le añadiera una capa de pintura blanca: negro. Y dado que los rasgos, aunque orientales, son blancos, me pregunto si ésta disparidad de colores -blanco y negro, como el estandarte templario o bauceant- no guardará alguna relación simbólica aún por determinar, similar, en sentido y contexto, a los dos vírgenes de Melque, que originalmente se supone fueron custodiadas y veneradas por el Temple en la ermita visigoda de igual nombre, situada en el término municipal de San Martín de Montalbán, en la provincia de Toledo. Y me pregunto, una vez traspasado el umbral de ese peligroso universo constituido por la especulación, si dentro de este singular juego de colores, no habrá una intención oculta de sincretizar en un sólo culto dos figuras esenciales, como son la Gran Diosa Madre y la Madre de Dios. Un hábil intento, en definitiva, de fusionar Antigua y Nueva Religión.


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Interiores de Santa Coloma: psicodelia mística

No son pocos los autores e investigadores, cualquiera que haya sido la temática a desarrollar, que señalan la fascinante impresión que conlleva poder entrar en el interior de esta iglesia de Santa Coloma y asistir al genuino, cuando no extraordinario espectáculo que supone contemplar la zona absidial, siguiendo las evoluciones de la luz solar al penetrar por las geométricas celosías, remarcando, aún más, si cabe, el efecto subliminal latente en sus arcanos arquetipos.

Efecto que, desde luego, resulta lógico suponer que de alguna manera -llámese intuitiva o cognoscitiva- actuara sobre la congregación reunida en un interior en sombras, iluminando progresivamente un altar con el oficiante de espaldas, como se hacía originalmente, mientras los símbolos van reproduciéndose, lenta pero inexorablemente, sobre las losas del suelo. Tal vez haciendo valer, de una manera hábil y magistral, la gran verdad oculta en ese arcano principio Trimegestino, basado en la igualdad entre lo que se encuentra arriba y lo que se encuentra abajo.

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(1) Grian: El peregrino loco, Ediciones Obelisco, 1ª edición, febrero de 2006, página 28.

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