viernes, 18 de febrero de 2011

El enigma templario de Campisábalos

'En este siglo XXI, la negativa actitud hacia esa parcela del saber, por parte de quienes se supone "guardianes" de la historia, nos deja a los "aficionados" la responsabilidad de volver a recopilar dicho tesoro de la memoria popular para salvarlo del olvido. Y no es un trabajo fácil, porque nuestra sociedad, como toda cultura en crisis, padece una contínua contradicción'.
[Rafael Alarcón Herrera (1)]

Precisamente, teniendo presentes en todo momento, éstas sabias palabras de Rafael Alarcón, mi última visita a Campisábalos me proporcionó el inmenso placer de conocer a don Severino Simón, simpático y longevo caballero, quien no tuvo inconveniente alguno en dejar sus quehaceres cotidianos para, manojo de llaves en mano, franquearme el acceso al interior de la iglesia de San Bartolomé primero, y a ese fascinante añadido que es la capilla denominada del Caballero Galindo o del Caballero San Galindo, después; capilla y personaje, de los que oportunamente comentaré en una futura entrada.
Aún quedaba mucha nieve en Campisábalos y los alrededores; nieve más que suficiente como para conferirle al pueblo el aspecto típico de esas entrañables aldeas pirenáicas, que se mantienen engalanadas de novia durante la mayor parte del invierno, estampa que nos hace soñar a los nostálgicos con los cuentos del abuelo al calor del fuego del hogar. Y no resulta banal este sentimiento, desde luego, si tenemos en cuenta que Campisábalos, como Somolinos o como Albendiego, se ubican a la vera de un lugar con connotaciones mistéricas que se han ido perpetuando a lo largo de las milenarias páginas de ese puzzle inacabado que es la Historia: la Sierra de Pela.
Los historiadores, sitúan el origen de la iglesia de San Bartolomé, en el siglo XIII. Algunos, incluso, como Antonio Herrera Casado (2), ven en el desarrollo de la iglesia, la mano mudéjar que también actuó en la cercana iglesia de Santa Coloma de Albendiego, por algunos parecidos. Su planta, en forma de cruz, cuenta con el añadido, como ya he mencionado anteriormente, de una capilla adicional. También corresponde a este periodo, y en su fachada principal, como detalle más representativo y relevante, muestra un formidable calendario agrícola cuya estética y desarrollo, según Herrera Casado, representa idénticos motivos e igual orden, que los que se pueden apreciar en la portada principal de la iglesia del pueblo de Beleña. Imagino que se refiere, a Beleña de Sorbe, cuya iglesia cuenta, así mismo, con una excelente galería porticada.
La presencia del Temple en Campisábalos parece confirmada, al menos, como suponen algunos investigadores, en los escasos restos de lo que, al parecer, fue una pequeña ermita. Se localizan a la entrada de la localidad, y están constituidos por una pequeña portada que permite el acceso al cementerio municipal. En ella, perfectamente visibles, se advierten dos cruces patadas. La portada, huelga decirlo, también pertenece al mismo periodo que la iglesia de San Bartolomé y su capilla añadida de San Galindo. Y por supuesto, también se presiente su presencia en la tradición oral, que los relaciona, de forma legendaria, con Tiermes y con Pedro. En Tiermes, con el curioso efebo durmiente (3) -confundido con un Niño Jesús- que durante mucho tiempo estuvo a los pies de la imagen románica de la Virgen de Tiermes -hoy día, en la catedral de El Burgo de Osma- y también con el hurto o el intento de hurto de la Virgen del Val, que se localiza en la iglesia de San Juan Bautista, en la pequeña localidad de Pedro.

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Pero es otra vez de vuelta a la iglesia de San Bartolomé -santo de inequívoca veneración templaria, por otra parte- donde, quizás, se encuentre también algún indicio relacionado con la Orden. Como en numerosos casos, también aquí se constata la existencia de elementos ajenos a la iglesia original, añadidos en épocas posteriores, incluso modernas. Es el caso, por ejemplo, del porche que se extiende sobre el pórtico principal de entrada, bajo cuyo resguardo, y ancladas en un bloque pétreo similar a aquél otro que sirve de base a las columnas que soportan el tejadillo, se localizan algunas estelas funerarias. Estelas que formaban parte del cementerio medieval, situado a los pies de la iglesia, y que fueron encontradas, exactamente, según me comentó don Severino Simón, en el lugar donde se levanta la basa que, como he dicho, sirve de base a las columnas que sustentan el porche. Su estado de conservación, desde luego, no es muy bueno; no obstante, y excepto en la estela más alta, aún se pueden vislumbrar los símbolos originales. Aparte de cruces y algún símbolo solar, llaman poderosamente la atención una estrella de David o Sello de Salomón con un punto en su centro, y una estrella de cinco puntas o pentalfa. Pentalfa que, dicho sea de paso, es similar -por no decir, igual- a aquélla otra que se localiza en el anverso de una de las tres estelas funerarias que sobreviven en el monasterio soriano de San Polo, hoy día, propiedad particular.

Del interior, recientemente restaurado -de ahí que los bancos se encuentren todavía amontonados a un lado de la nave- cabe destacar el Cristo que cuelga en el ábside, por detrás del altar, que curiosamente, al trasluz, despliega dos sombras, a derecha e izquierda, que semejan los dos ladrones con los que, según la Tradición, fue crucificado. Al fondo de la nave, por debajo del coro, algunos objetos llaman la atención. Aparte de la pila -que don Severino data como muy antigua, de época visigoda y a mi me parece posterior, y por lo tanto, románica- los restos de algunos capiteles se amontonan contra la pared. Tienen frases pintadas en negro, pero tampoco son originales, sino de época renacentista o posterior. Y éste es un detalle que me intriga, ante el cuál no puedo, si no, preguntarme qué fue de los capiteles románicos originales y qué representaban.

En la sacristía, donde también se almacenan algunos muebles removidos en la reforma, aún se observan en la pared izquierda, restos de alguna construcción primitiva; tal vez un muro, como parece pensar don Severino, aunque su finalidad, por el momento, se ignora. Aunque de dimensiones más pequeñas, tiene la misma forma de cofre o arca, que la capilla del Caballero San Galindo, de la que hablaré en la siguiente entrada. No obstante, para aquellos que deseen profundizar más en esta iglesia de San Bartolomé, su historia y también en los misterios de la mencionada capilla, recomiendo la lectura de la entrada de Laberinto Románico, titulada Sangalindo, la sombra del tiempo (I).

(1) Rafael Alarcón Herrera: 'La huella de los templarios: ritos y mitos de la Orden del Temple', Ediciones Robinbook, S.L., 2004, página 13.

(2) Antonio Herrera Casado: 'El románico en Guadalajara', Aache Ediciones, S.L., 2ª edición, 2003, página 53.

(3) La última referencia que tengo sobre ésta misteriosa pieza, encontrada en el yacimiento termestino, es que se hallaba en el Museo Numantino. Estuve allí, creo recordar que en enero de 2009 y, curiosamente, no supieron decirme cuál había sido, exactamente, su destino: si se hallaba en restauración o había sido cedido a la exposición Las Edades del Hombre.

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2 comentarios:

Alkaest dijo...

Habría que hacerle un monumento, a todos los "Don Severino" de esta Celtiberia de nuestros pecados. Y en su figura, quiero simbolizar a cuantas personas, sin distinción de sexo ni edad, pero con una gran dosis de buena voluntad y entusiasmo, cargan con la gruesa llave del templo de turno y, de añadido, nos obsequian con su saber popular, tan válido como el de un catedrático y, en ocasiones, más acertado.

Salud y fraternidad.

juancar347 dijo...

Totalmente de acuerdo contigo, dime cuándo y cuánto y aporto lo que haga falta para ese monumento. Es una lástima que ésta riqueza cultural, tan menospreciada por los historiadores ortodoxos, se esté perdiendo. Cierto es, también, que es una gozada hablar con estas personas. de las que hay mucho, pero que mucho que aprender. Un abrazo