jueves, 17 de septiembre de 2015

El Santo Sudario de la Catedral de Oviedo


Fascinante, pero también escurridizo y definitivamente controvertido, el tema de las santas reliquias no sólo conlleva un importante movimiento espiritual y cultual, sino que además ha generado, a lo largo de la historia, un efecto sociológico de primera magnitud, despertando las acciones más elevadas pero también los más bajos instintos, hasta el punto de generar lucrativos mercados que, aunque teóricamente prohibidos y en algunos casos severamente castigados, han proporcionado a la Iglesia pingües beneficios. Inevitable resulta, así mismo, que todas estas preciadas reliquias repartidas entre toda la cristiandad, dieran lugar a profundos mitos y a las más variadas y fantásticas leyendas, pues como bien ha dicho más de un investigador, si se reunieran todas las reliquias que según las distintas tradiciones pertenecieron fidedignamente a tal o cual santo, o a tal o cual objeto, no debería sorprendernos que fueran sobradamente suficientes como para reconstituir varias veces, si no el cuerpo entero del susodicho santo, sí la parte correspondiente de éste, e igualmente ocurriría así con el objeto en cuestión, siendo el más evidente, por la inmensa cantidad de fragmentos que sobreviven en Occidente, la Vera Cruz. Ahora bien, acercándonos a la materia que nos ocupa en la presente entrada, con el mandylion o Santo Rostro, conocido en éste caso, como el Pañolón de Oviedo, podría decirse, que generalmente, este tipo de reliquias han recibido siempre una denominación más poética y mundana, cuya representación suele ser bastante frecuente en las temáticas artísticas de distintas épocas y estilos, de manera que no es difícil tropezarnos con ella, bajo la forma de escultura en piedra –pongamos como ejemplo, aquélla que todo el mundo puede ver en la parte superior interna del pórtico de acceso al claustro de la catedral de Segovia-, hasta cualquiera de los innumerables retablos barrocos o renacentistas que colapsan la geografía sagrada –metafóricamente hablando, por supuesto-, de nuestras ermitas, iglesias, colegiatas o catedrales: el Paño de la Verónica o simplemente, La Verónica.

Por defecto, y dado que también históricamente no deja de ser cierto, que los templarios fueron no sólo unos formidables guerreros, sino a la vez, unos grandes recopiladores de reliquias, es inevitable relacionarlos, siquiera hipotética e indirectamente, con ésta. Sobre todo, si tenemos en cuenta su procedencia, el Arca Santa, y tomamos como base a esos misteriosos fratres que fueron sus custodios en la cima del Monsacro, tal y como ya se apuntara en la entrada anterior. En relación con ello, y como añadido complementario a una supuesta historia del objeto que nos ocupa, tal vez resulte interesante la hipótesis de Carlos Galicia –interesantemente resumida, aunque tildada de hábilmente manejada, por Juan Eslava Galán en su obra El fraude de la Sábana Santa y las reliquias de Cristo (1)-, según la cual, sus custodios edesinos, después de un accidentado viaje huyendo de los persas, recalaron en Cartagena, donde la depositaron por algún tiempo bajo la custodia de San Fulgencio, pasando con posterioridad a Toledo, en la persona custodia de San Ildefonso, hasta la invasión musulmana de la Península, momento en el que fueron rescatadas por el que sería con posterioridad, el primer rey de la monarquía asturiana: Don Pelayo. Este detalle conlleva, así mismo, otra interesante polémica, relacionada con la ruta que siguieron los exiliados godos que se refugiaron en las montañas asturianas: si bien, generalmente se acepta la denominada Ruta de las Reliquias que, pasando por diversos concejos, como Quirós, Teverga y Morcín, finalizaba en la cima del Monsacro, no es menos cierto que existen tradiciones, también bastante arraigadas, que hablan de una ruta marítima, cuyo punto de desembarco es una hermosa ciudad costera, que curiosamente lleva en el topónimo de su nombre dos interesantes referencias: Luarca. Y se habla de dos referencias, porque en la primera, se nos recuerda el nombre de uno de los grandes dioses del panteón celta, Lug; y en la segunda, la palabra arca, que vendría a hacer referencia, no precisamente a un arca  o caja como las utilizadas para depositar los objetos sagrados, sino como a esa otra forma de expresión con la que tanto los gallegos como los asturianos, antiguamente, denominaban a ciertos monumentos megalíticos: los dólmenes. Como un dolmen era, por añadidura, el que se supone que había en el lugar en el que se levantó la ermita de planta octogonal de Santiago –inicialmente, bajo la advocación de Nuestra Señora del Monsacro-, en parte de cuyo interior –ese hueco conocido como el pozo de Santo Toribio-, se depositó el venerado arcón.

Especulaciones y teorías aparte, lo cierto es que causa impresión y cuando menos un estremecimiento, ver ese lienzo parcialmente impregnado de hemoglobina, cuyo original se mantiene a buen recaudo en la Cámara, detrás, precisamente, del Arca Santa. Pero que también –y aquí, aunque sea de pasada, se podría hacer referencia a lo que en la Edad Media se denominaba brandea o palliola, es decir, el proceso de realización de copias por contacto con la original, recurso bastante utilizado, por cierto, por algunos Papas, mediante el cual agasajaban o pagaban favores-, cuenta con una reproducción del anverso y del reverso, colocadas a ambos lados de la puerta neoclásica de acceso a la Cámara Santa.

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(1) Juan Eslava Galán: 'El fraude de la Sábana Santa y las reliquias de Cristo', Editorial Planeta, S.A., 2ª edición, Barcelona, 1997, página 212.