sábado, 15 de noviembre de 2014

Un complejo enigma llamado Vilar de Donas


'Sí, está escrito que ante este pórtico y en el claustro se enterraban los fatigados cambeadores, custodios del Camino, que cabalgaban armados junto al río humilde de los peregrinos, y más tarde vinieron hallar tumba aquí los santiaguistas que alanceaban al moro en los ríos militares de España, el Duero y el Tajo...' (1)

Continúa Cunqueiro su entrañable crónica del lugar, hablándonos de otro de los detalles, por no decir, enigmas, que hacen sumamente interesante esa época protohistórica, histórica, romántica y medieval, que envuelve con un halo de genuino misterio a este templo de San Salvador -que no hay camino que se precie, sin su correspondiente Ruta de los Salvadores-, y a una parte muy específica de sus más relevantes moradores: las Donas. Como bien afirma, basta echar un discreto vistazo a parte de esas interesantes pinturas de la cabecera del templo que las representan y definen -incluido alguno de sus nombre, como Dona Vela-, para dejar volar la imaginación, hasta el punto de preguntarse qué clase especial de damas eran aquellas que, hermosas y elegantes, parecían por completo ajenas a la drástica ortodoxia de la Iglesia. En vista de los sepulcros de los guerreros, cambeadores los más anónimos y santiaguistas la mayoría -a excepción del caballero, al parecer, sanjuanista y de cierto rango, que yace
bajo el magnífico baldaquino que se localiza también en el templo- se tiene la impresión de ver en ellas a esas místicas damas de la fantástica Isla de las Manzanas o Avalón de las leyendas artúricas e incluso, continuando con las comparaciones, con esas valquirias de la tradición nórdica, que acompañaban al Valhalla a los guerreros caídos en combate, que bien pudieran hacer honor a esa curiosa frase de Goethe, referente al eterno femenino que conduce al cielo.
 
Es precisamente sobre éstos, caídos o no en cualquiera de las múltiples batallas en las que intervinieron, donde se fija la atención, una vez atravesado el umbral de un magnífico pórtico -en cuya composición, de hecho, algunas fuentes observan una sugerente influencia de tipo irlandés (2), y donde no faltan, así mismo, claras referencias solares, como el cardo, elemento que también aparece en otros enclaves norteños de especial y ancestral relevancia sagrada, como el Monsacro asturiano-, no sólo por la calidad de los sepulcros que albergaron o albergan en algún caso sus restos, o porque éstos pertenecieran a lo más depurado de la nobleza local, incluidos Calderones y Becerras, sino también, por la simbología tan fascinante que presentan, y que en parte, no sólo señala un árbol genealógico de lo más antiguo y rancio, sino también, parte de esa aventura espiritual que vivieron bajo la condición, al fin y al cabo, de los soberbios Milites Christi que en realidad fueron, independientemente del color del hábito que vistieran y el tipo de cruz que llevaran en el pecho. Al respecto, baste decir que entre dichos símbolos, destacan aquellos escudos que lucen el árbol -como ya aventurara Ramón J. Sender (3), no sólo como uno de los primeros referentes del Sobrarbe o antiguo reino de Aragón, sino como que el árbol y la cruz han ido juntos desde los primeros orígenes de la historia de la humanidad- y las vacas sagradas o solares (4), cuyas huellas se pueden seguir por lugares muy relevantes de la geografía de Galicia, como son Noya -sepulcro del enigmático Ioan de Estivadas, en la iglesia de Santa María a Nova, aunque originariamente estaba en una capilla de la iglesia de San Martiño-, y Betanzos, lugar de enterramiento -entre otros- de los Becerra que, una vez desaparecido a mediados del siglo XIX, digamos su panteón familiar, la Capilla de la Quinta Angustia, éstos, sus símbolos, lucen hoy bajo algunos arcosolios situados en la zona lateral izquierda de la nave de la iglesia de San Francisco.

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Pero no sólo las pinturas de las Donas -probablemente góticas, aunque no sería la primera vez que se repintara sobre unos originales románicos, como así parece constatarse, por ejemplo, en la interesantísima iglesia allerana de San Vicente de Serrapio- han de llamar poderosamente la atención, pues en pocas representaciones de este tipo y más concretamente en ese lugar específico, podrán verse símbolos inequívocamente referentes a la Antigua Religión, en esos magníficos hombres-verdes representados a media altura, junto a la figura central de un Cristo resucitado, que no sólo muestra los estigmas de la Pasión, esas simbólicas Cinco Llagas, sino que, además, exhibe, junto al sepulcro que teóricamente lo albergó hasta el tercer día, todos los elementos de la misma, posteriormente adoptados por las hermandades de canteros y masones, así como un curioso nimbo crucífero cuya cruz, en el fondo, es del mismo tipo patado que aquéllas otras, perfectas, que en su función consagracional, tanto abundan en el templo. Un templo, en el que también abundan curiosas e interesantes marcas de cantero, y numerosas referencias celtas en sus rosetas y polisqueles, así como aves y serpientes, distribuidas indistintamente como representaciones zoomorfas acompañantes de los motivos foliáceos, e incluso, sin preguntarlo, el amable guardián indicará el que, según la opinión del párroco del lugar, es un árbol del demonio, distinguible por servir de basa a una de las columnas -la de la izquierda- que sustentan el medio arco de la cabecera y tener seis ramas. Y otros muchos más detalles -vuelvo a insistir en ese tipo de arquitectura con cierto sabor a oriental heterodoxia tan abundante en los templos gallegos, así como en el curioso baldaquino anteriormente mencionado-, que es preferible que el curioso e interesado vaya descubriendo por sí mismo.
 
Mucho ha cambiado Vilar de Donas y su entorno. De hecho, antiguamente existían varios dólmenes, así como túmulos funerarios, de los que no queda rastro alguno, pero que ya ofrecen indicios suficientes como para hacerse una idea de la sacralidad de un lugar que ya era Antiguo por derecho propio, mucho antes de que el Cristianismo penetrara con la fuerza de un ciclón. Resulta extraño, pero Vilar de Donas no forma parte de esa ruta o Camino Francés que atraviesa la provincia de Lugo, adentrándose en la provincia de A Coruña por Melide, de la que dista, aproximadamente, una cuarentena de kilómetros. No hay pruebas de que el lugar haya pertenecido a la Orden del Temple en algún momento de su historia, pero yo no descartaría que hubiera sido ajeno a ellos, y que entre los huesos de esos primeros cambeadores anónimos cuyos sepulcros pisaban los blancos zapatos de las Donas cuando accedían al claustro, hubiera algunos pertenecientes a unas fratres cuya presencia en los Caminos aseguraba la tranquilidad y el auxilio al peregrino. Como dato anecdótico, añadir que en las proximidades, se localiza el fascinante Castelo de Pambre, único de los castelos gallegos que aguantó los embistes de la revuelta irmandiña.
 
 
(1) Álvaro Cunqueiro: 'Por el camino de las peregrinaciones', Alba Editorial, S.L.U., Barcelona, primera edición, febrero de 2004.
(2) El tema está de cierta actualidad, referido, no obstante, a cierta misteriosa inscripción que se localiza en el ábside de la Iglesia de Santiago de Betanzos, enfrentados los que defienden un origen irlandés y los que abogan por el gótico.
(3) Ramón J. Sender: 'Ensayos sobre el infringimiento cristiano', Biblioteca de Heterodoxos y Marginados, Editora Nacional, Madrid, 1975.
(4) Otro de los autores, injustamente olvidado en la actualidad, que trató el tema de las vacas solares, referido al ámbito de Asturias, fue el escritor y teósofo Mario Roso de Luna, en su interesantísimo libro El tesoro de los lagos de Somiedo.

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