viernes, 23 de mayo de 2014

Toro, la iglesia de San Salvador de los Caballeros


De la presencia templaria en este hermoso alfoz zamorano de Toro, y aparte de la desaparecida iglesia de Santa María y algún más que plausible rastro relacionado con ellos, que puede ser sugerido por determinados elementos, como se expuso en la entrada anterior, que se localizan tanto en el exterior como en el interior de la magnífica Colegiata de Santa María la Mayor, queda, no obstante la humildad de su fábrica y de los materiales utilizados en su construcción, un interesante vestigio: el templo de San Salvador de los Caballeros. Un templo llamado así en su honor, aunque a un honorable nivel popular, conlleve la denominación generalizada de el Pintado, que en tiempos hacía referencia a las extraordinarias pinturas que, de hecho, constituían, posiblemente, el mayor tesoro de su interior. Pinturas de las que, por desgracia, apenas sobreviven unos débiles retazos de las originales, aunque todavía se observan algunas de época barroca y posterior, y esto a pesar de haber sido declarado Monumento Histórico-Artístico Nacional en fecha tan temprana como el 18 de mayo de 1929.
 
De fábrica de ladrillo y estilo netamente mudéjar basado en el ladrillo cocido -material de construcción mucho más económico, sobre todo teniendo en cuenta los enormes gastos que conllevaba mantener los ejércitos reales inmersos en plena Reconquista, además de ser un estilo que gozó de cierta popularidad a este lado de las fronteras cristianas durante un tiempo, siendo posiblemente el ejemplo más relevante los numerosos templos levantados por alarifes musulmanes en la vecina ciudad leonesa de Sahagún-, la iglesia de San Salvador, hoy día reconvertida en Museo de Arte Sacro mantiene, después de todo, su primitiva elegancia casi intacta y su fidelidad, en cuanto a la forma, disposición y planta a ese estilo románico que ya en el siglo XIII comenzaba a mostrar signos de transición hacia otro estilo más elaborado, y de hecho muy especial, cuyos orígenes todavía permanecen sumergidos en lo más profundo de los pozos secretos de la Historia: el gótico.
 
Posiblemente, y a modo de recuerdo, la plaza donde se sitúa, conserva no sólo el escudo del Temple -en el que, entre otras características, como las lanzas y la cruz paté, se pueden observar las letras T y S, correspondientes a las palabras Templi Salomonis o Templo de Salomón-, que todavía se aprecia sobre la puerta principal de entrada situada en el lado sur, sino también el nombre del templo y el recuerdo de los frates milites a los que perteneció: Plaza de San Salvador de los Caballeros. Además, y por añadidura, esta plaza se localiza en las inmediaciones de dos lugares remarcadamente interesantes que, sin lugar a dudas, responden a esa determinante preferencia que puede ser considerada como una constante mantenida por los templarios en aquellas villas y grandes ciudades en las que se instalaban: la Colegiata de Santa María la Mayor -que podría sustituir perfectamente, comparativamente hablando, a una de las muchas catedrales de las que se supone fueron artífices o cuando menos, mecenas- y la Judería. Esto viene a demostrar, así mismo, la afinidad, así como los lazos culturales que los templarios mantenían con colectivos de otras razas y creencias religiosas, sobre los que también ejercían una función de custodia y vigilancia, frente a los abusos de los nobles y algunos colectivos de cristianos ultra ortodoxos.
 
Si bien en la actualidad, el barrio judío de Toro ha visto modificada en buena parte la antigua esencia medieval que lo caracterizaba, todavía conserva algunas casas con solera. De hecho, en algunas de ellas, aún se pueden apreciar los escudos nobiliarios representativos de familias de alcurnia -como aquéllas que llevaban los apellidos Salazar y Montalbo-, que debieron de instalarse en ellas después de que los judíos sefardíes fueran expulsados de España por los Reyes Católicos o con posterioridad, en la otra diáspora, conocida como la expulsión de los moriscos, llevada a cabo durante el reinado del rey Felipe III.
 
Como último detalle, añadir que la calle de la Judería desemboca en la Plaza Mayor, donde se sitúa la Casa Consistorial o Ayuntamiento, cuyos escudos lucen los dos símbolos determinativos de la ciudad: el toro y el león.

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