viernes, 2 de mayo de 2014

¿Huellas del Temple en la Colegiata de Toro?


'Por mil razones se puede ir a Toro. Este que suscribe fue para cumplir tres deseos principales: el primero extasiarse ante la serena y grandiosa belleza del pórtico de la Majestad de la colegiata de Santa María la Mayor, una obra gótica que conserva buena parte de su policromado general: uno no se cansa de contemplarla, es el arte en estado puro transmitiendo emoción, vibración, alegría, plenitud...' (1).

Las otras dos razones que consigna Eslava Galán, son el cuadro de la Virgen de la Mosca y la visión del espléndido paisaje de la vega conocida como el Oasis de Castilla, que se contempla desde el mirador, cercano a la Colegiata, que recibe el nombre de El Espolón y en cuyas inmediaciones se alza un pequeño fortín que se conoce como el Alcázar. Si bien es cierto, que el citado autor, aún reconoce algunas otras razones secundarias, mi visita relámpago a Toro, obedeció, primigeniamente a estas tres y una cuarta razón principales: la huella de los templarios en el lugar.
 
Tampoco estaría de más, constatar que una visita a esa probable Albucela o Arbucala citada por los historiadores clásicos Polibio y Tito Livio, bien merece una visita pausada y eminentemente contemplativa, tampoco estaría de menos decir que, una vez inmersos en la gran aventura de adentrarse en la historia de sus calles y sus monumentos principales, no tarda en dejar singulares sensaciones en los pensamientos de quien va buscando algo más que simplemente Arte. Si bien tiempo y circunstancia han sepultado en el olvido buena parte de la presencia histórica de la orden religioso-militar de los caballeros templarios en el lugar, no deja de ser un gran consuelo poder afirmar que no todo está perdido y en ocasiones, algunos fragmentos casuales, pueden, incluso, sugerir nuevos ámbitos de investigación y estudio. De hecho, si bien una de las iglesias que aparentemente les pertenecieron, la de Santa María, ha desaparecido por completo, es muy posible que numerosos de los fragmentos -incluidos canecillos- que uno va descubriendo adornando algunos de los edificios más antiguos de la ciudad, o incluso formando parte del pequeño museo de la propia Colegiata, tengan en ella su origen, aunque el recuerdo y las referencias se hayan perdido irremisiblemente. No obstante, y dentro de lo malo, al menos, aún queda uno de sus templos en pie: el de San Salvador de los Caballeros, templo del que nos ocuparemos en una próxima entrada.
 
Evidentemente, la atracción principal -y aquí surge el quiz de la cuestión de la presente entrada-, es ese conjunto de geometría sagrada, tendente a la perfección, que constituye la Colegiata de Santa María la Mayor. Una joya sublime, que sigue la misma disposición que la propia catedral de Zamora y que comenzó a elaborarse en tiempos de María de Molina, esposa del rey Sancho IV el Bravo, donde aquélla pasó gran parte de su vida, habiéndola donado su esposo, el rey, el señorío de la villa. Comenzada, pues, en el siglo XIII, su construcción se realizó, no obstante, en el nada despreciable transcurso de un siglo.
 
Ahora bien, si dejamos a un lado la influencia oriental de su espectacular cimborrio, dotado de cuatro pequeñas torrecillas semicirculares y centramos nuestra atención en esos pequeños detalles, que en ocasiones, constituyen por sí mismos todo un mundo de hipotéticas consideraciones, tal vez no sea descabellada la idea de sugerir que, sin una atribución propia a la poderosa Orden del Temple en aquéllos momentos históricos, evidentemente podemos encontrar, cuando menos, alguna casualidad simbólica que nos atraiga a pensar en una intervención indirecta, o cuando menos, enmascarada. Y puestos a considerar, quizá esa posible relación se localice en los canteros o en parte de los canteros que intervinieron en su soberbia ejecución y en los gremios particulares que siguieron al Temple en su aventura y pasaron a la clandestinidad cuando la orden fue suprimida.
 
No parece casual, la presencia de ciertos símbolos que, curiosamente, se localizan en templos considerados -bien por documentación o por tradición-, que les pertenecieron, o con los que al menos tuvieron cierto grado de relación. Uno de estos símbolos característicos, son los denominados Caballeros Cygnatus o Caballeros del Apocalipsis, cuya visión nos remite a lugares señalados y por algún motivo especiales, como pudieran ser, por poner un ejemplo, San Pedro de Cervatos, en Cantabria; Santa María del Camino, en Palencia, o San Juan Bautista, en Aguilar de Bureba, Burgos. Tampoco parece casual, sino más bien intencionada, la presencia, allá, en la magnífica imaginería desplegada en la Puerta de la Gloria, de ese entramado de cruces paté, hábilmente disimuladas entre los motivos vegetales del lado izquierdo, similares, en forma y disposición, a la singular cenefa que recorre el medio círculo de la portada norte de otro lugar singular, como es la iglesia de lo que en tiempos fuera el monasterio de San Vicente de Pombeiro, en plena Rovoyra Sacrata lucense.
 
Curiosa, así mismo, es la representación de esos centauros-sagitario asaetando a jinetes que cabalgan detrás de ellos portando sus largas lanzas, o la presencia, bastante generalizada, de esas referencias célticas, reseñables como los hombres verdes, personajes que surgen burlonamente de la floresta, recordándonos, quizás, la pervivencia de los viejos dioses y mitos de la antigua religión, cuyas referencias parecían constituir, también, parte de esa búsqueda trascendental, que de manera encubierta solían realizar los templarios y que, en determinados casos, explicaría su inaudito interés por la posesión de ciertos lugares aparentemente intrascendentes y ajenos a la estrategia o a su vinculación con los caminos de peregrinos, que a priori habían jurado defender. La presencia de dragones, no sólo referida a esas posibles corrientes telúricas, tanto terrestres como celestes, sino también como velada referencia a uno de los santos más característicos de su peculiar santoral, como era la figura de San Miguel, paladín solar pero también juez y parte o Anubis en el juicio de los muertos y pesador de almas, incluidas las de aquellos que, como ellos, se entregaban voluntariamente a la pasión y el martirio. La presencia no sólo de referencias solares en los numerosos poliskeles, sino también, la figura inconmensurable a la que no sólo está dedicado el templo, sino que, en boca de los propios caballeros, en Ella empieza y termina nuestra religión, y a la que se dedicaron la mayor parte de las catedrales: Nuestra Señora.
 
En fin, sólo son especulaciones, pero....

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(1) Juan Eslava Galán: '1000 sitios que ver en España al menos una vez en la vida', licencia editorial para Círculo de Lectores por cortesía de Editorial Planeta Madrid, S.A., 2010, página 445.