lunes, 16 de septiembre de 2013

Oseira: el descanso de los guerreros


Como en el caso de Compostela, resultando una curiosidad más, añadida a la arcana idiosincrasia de este monasterio situado en pleno Camino de Santiago a su paso por la provincia de Orense, los historiadores no terminan de ponerse de acuerdo acerca de los orígenes de su sugestivo nombre: Oseira. Para lo que algunos constituiría la raíz que determinaría una osera o lugar de osos, para otros haría referencia, quizás, a un antiquísimo osario o cementerio, con muchas probabilidades de que éste fuera anterior a la llegada del Cristianismo a estas tierras. En realidad, y si procuramos imaginarnos el lugar con los ojos de esos primeros monjes que en las postrimerías del siglo XI llegaron aquí con la intención de aplicar las leyes universales de la geometría sagrada para levantar una obra perfecta y perdurable, posiblemente lleguemos a la conclusión, de que podría muy bien derivar, o al menos estar relacionado, con ambos conceptos.
Situado en el municipio de San Cristovo de Cea, a una treintena de kilómetros, aproximadamente, de Carballino –lugar que sorprende, porque a pesar de ser una ciudad situada en el interior de la única provincia gallega que no tiene frontera natural con el mar, es mundialmente conocida por su notable preparación de un producto marino, como es el pulpo-, el monasterio de Oseira semeja, observado en la distancia, un pequeño oasis, perdido en una selva poco menos que impenetrable. Ta vez esta sensación no resulte muy acertada hoy día, cuando la influencia del hombre ha ido modificando el entorno, ganándole progresivamente terreno para pasto y cultivo, a tan vastas extensiones de monte. Pero precisamente la impenetrabilidad de éstos, imaginados en los tiempos a los que estamos haciendo referencia, podrían perfectamente justificar la anterior aseveración, haciendo plausible no sólo la existencia de colonias de osos, sino también la de comunidades de origen celta asentadas en sus alrededores.
Si bien de sus primitivos orígenes apenas existe documentación, se tiene como una de las primeras referencias conocidas, el año de 1137; y también que, aproximadamente cuatro años después de esta fecha, en 1141, pasó a depender de los monjes blancos del Císter, cuando se instaló en él una colonia de monjes francos, especialmente enviada por el propio abad de Citeaux, Bernardo de Claraval. A pesar de estar considerado como uno de los monasterios mejor conservados de la Península –también es conocido con el sobrenombre de El Escorial de Galicia-, resultan harto evidentes las modificaciones que han ido imprimiendo su particular tendencia artística a lo largo de los siglos; e incluso, un vistazo a sus patios interiores demuestra, también, cierto rutinario estado de abandono, que no se corresponde con su aspecto exterior. Esto se hace patente, en cuanto a la primera reseña, en la parte frontal del monasterio, donde las primigenias portadas románicas, fueron sustituidas por otras de estilo renacentista y barroco, en las que sobresale un formidable escudo imperial, que muestra un águila bicéfala. La curiosidad estriba, no obstante, en la pequeña cruz –similar a las utilizadas habitualmente por el Temple- que se localiza justamente en el medio de ambas cabezas. Por supuesto, ésta aseveración no implica, en modo alguno, sentido de pertenencia o autoría, que quede claro.
Destacable, por otra parte, es la presencia de una original Virgen de la Leche, de piedra –recordemos, llegados a este punto, aquélla otra Virgen de la Paz, de piedra también, que se conserva en una de las capillas de la iglesia segoviana de la Vera Cruz-, que preside la cabecera del templo. Una Virgen, cuyas connotaciones alquímicas –no olvidemos, que de su pecho no sólo brota el alimento espiritual del que se nutre el infante, sino que también el propio San Bernardo se nutrió de dicho alimento y así se le representa en numerosas obras- guardan, posiblemente, una estrecha relación con esa, al parecer afición a la Alquimia por la que, según determinados autores, se dejaban llevar los monjes de Oseira. Cierto o no, de lo que no cabe ninguna duda es del hecho de que, buenos conocedores de las plantas y hierbas de la zona, fueron unos extraordinarios físicos que destilaron los más exquisitos elixires. De hecho, todavía se conserva un pequeño museo, en el que se aprecian algunos de los elementos –alambiques y retortas, principalmente- que utilizaban para ejercer las diferentes destilaciones.
El caso es, que el monasterio de Oseira también tenía fama de ser frecuentado por caballeros de las diferentes órdenes de caballería de la época medieval, templarios incluidos, de los que se especula que no sólo buscaban un oportuno y seguramente necesario periodo de retiro espiritual, sino que también, además, participaban en esas labores alquímicas presuntamente desarrolladas por los sapientes monjes de Oseira. De ahí que, probablemente, una de sus salas más especiales, no sea otra que aquélla que lleva por nombre de los Caballeros. Este detalle, obviamente, pertenece al universo de la especulación; un universo que se ve ricamente engalanado cuando de templarios se trata, pero que se menciona en la presente entrada como posible dato a tener en cuenta. Lo que parece obvio, es que los caballeros templarios –de igual manera que los caballeros de otras órdenes- necesitaban y podríamos decir que acostumbraban a pasar temporadas de retiro en esta clase de lugares. Tal vez, a partir de esta premisa, se pueda entender que en los sillares de los claustros de muchos monasterios –pongamos como ejemplo Silos, Santa María la Real de Aguilar de Campóo e incluso el claustro de la concatedral soriana de San Pedro- se encuentre representado un simbolismo ajeno a los planteamientos y actividades de los monjes titulares y más afín a aquel otro tipo de simbolismo y filosofía que parecían haber practicado, después de todo, caballeros como los templarios.
También se ha especulado, con lugares semejantes a los que los monjes díscolos eran trasladados como castigo. Posiblemente, uno de los más famosos sea aquél, del que en la actualidad no quedan sino algunas piedras de difícil acceso y localización que, denominado como Alveinte, estuvo emplazado en el mismo corazón de una de las zonas más emblemáticas y mistéricas de la Península: la Sierra de la Demanda. De allí, precisamente proviene, recogido por la tradición popular, el famoso dicho de ‘templario qué hiscite, que Alveinte viniste’….

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