martes, 5 de febrero de 2013

Santa Gadea del Cid: ermita de la Virgen de las Eras


En sus orígenes, el lugar se denominaba Término, calificativo que definía esa situación geográfica que hacía que fuera frontera no sólo con la Vieja Castilla, sino también con las provincias de Álava, Navarra y La Rioja. De hecho, ésta ermita de la Virgen de la Era, es lo único que sobrevive –a excepción de algunos restos irreconocibles y algún sarcófago de piedra que se localiza en el vecino cementerio- del antiguo pueblo. Un pueblo que, situado al otro lado de esa carretera general que se dirige a Pancorbo –lugar bien conocido por los peregrinos, y en cuyo desfiladero aún se conserva la ancestral campana que servía para orientarles por la noche y prevenirles en los días de niebla- y que, en el siglo XIX, pasó a denominarse Santa Gadea del Cid –detalle un tanto inaudito, bajo mi punto de vista- para diferenciarla de aquélla otra Santa Gadea histórica, bien conocida por ser el lugar donde se produjo el famoso episodio de la Jura.
Ciertamente, aún queda alguna documentación relativa al pueblo de Término y su circunstancia histórica, aunque reconozco, que ignoro si entre dicha documentación, existe alguna referencia a la presencia en el lugar de la siempre escurridiza Orden del Temple, aunque en las proximidades, ya dentro de la provincia de Álava, algunas fuentes consideran que éstos tuvieron un pequeño convento, del que sólo sobrevive la pequeña iglesia. Me refiero a Bellojín. De manera, que teniendo en cuenta dicho inconveniente, todo lo que se expone aquí resulta, evidentemente, hipotético y circunstancial. La razón es obvia: soy de los que piensan que a veces es mejor pasarse, que no llegar.
Tampoco resultaría determinativa, la abundancia de detalles de origen franco, que decoran los motivos principales de la vieja iglesia, entre ellos, la profusión de flores de lis, elemento que no sólo representa a la monarquía francesa, sino que también, de una manera encubierta y eminentemente simbólica, constituye una referencia a esa curiosa marca de la pata de oca, con la que se identificaban algunas hermandades de canteros medievales –entre ellas la denominada Hijos del Maestro Jacques-, que en mayor o menor medida tuvieron relación con la Orden y que pasaron también a la clandestinidad, cuando ésta fue detenida, juzgada y abolida. A tal respecto, no hemos de olvidar el tráfico, no sólo de peregrinos, que la Inventio y la posterior creación del Camino de Santiago supusieron en la Historia peninsular, ni tampoco el hecho de que los artífices de dicho Camino fueron, en mayor medida, benedictinos, cistercienses y templarios. Sí debería de llamarnos la atención, no obstante, un elemento que, aunque común en muchos templos, no sólo románicos, sino también góticos y de otros estilos posteriores, parecen encontrarse siempre en templos de probada o supuesta autoría templaria: los denominados hombres verdes.
La atención llaman, y mucho, a pesar de ser corrientes y profusamente utilizadas por órdenes y estamentos ajenos al Temple, la presencia, a ambos lados del pórtico de entrada, de dos pequeñas y preciosas cruces paté, enmarcadas en sendos círculos concéntricos que, de similar manera a como todavía hoy podemos contemplar las cruces de ocho beatitudes que se localizan en uno de los pórticos principales de la iglesia segoviana de la Vera Cruz, conservan huella de esa pintura de color rojo que originalmente las recubría y que podrían constituir un símbolo de pertenencia, pues es bien conocido que éstos, como también ocurría con otras órdenes, solían señalar no sólo sus lindes –recordemos esos carteles de coto privado de caza que todavía se ven en nuestros bosques y montes, conservando los colores blanco y negro del bauceant o estandarte templario-, sino también sus casas e iglesias; en definitiva, los lugares que tutelaban y sobre los que ejercían su protección.
Curiosa, por otra parte, es la existencia de un monasterio que, muy reformado, conserva la advocación de El Espino y su historia legendaria está sujeta a una aparición mariana, aunque ésta, según las crónicas, se remonta a un tiempo posterior a la desaparición de la Orden del Temple: finales del siglo XIV. Y digo curiosa porque, independientemente de que el topónimo defina un lugar específico por las características de su propia geografía, también, de una manera simbólica, hace referencia a ese camino espinoso, largo y difícil que lleva al Palacio de Sophia; es decir, al Conocimiento.
En definitiva, relacionada o no, de lo que no cabe duda, al menos, es de que ésta curiosa ermita de la Virgen de las Eras es un lugar interesante, cuya visita se extiende, por supuesto, al propio pueblo de Santa Gadea del Cid, su iglesia parroquial, gótica pero interesantísima en el simbolismo de su portada principal, el aspecto medieval del pueblo y las ruinas del que en tiempos fuera su orgulloso castillo.


2 comentarios:

Alkaest dijo...

Coincido, con el compadre Juancar, en que este templo tiene algo de enigmático, siquiera sea el emplazamiento.
Llegamos al pequeño cerro, cuando las nubes de tormenta se cernían ya sobre el lugar. Desde allí se oteaba el pueblo de Santa Gadea, entre cuyas casas sobresalían la mole de su intrigante parroquial y los torreones del desolado castillo.
A poco de empezar nuestra labor fotográfica, los negros nubarrones descargaron su húmeda carga, corta de tiempo, pero intensa de agua.
Refugiados en la pequeña portada, contemplamos un paisaje que, tras su aparente desolación, escondía la pátina que el devenir de los siglos había depositado.
Lloraban los aleros su caudal de agua y los personajes de aquellos canecillos permanecían impertérritos. Igual que centuria tras centuria, como si supieran las respuestas a todas las preguntas y ya no esperasen nada.
Pasó la breve tormenta, mientras la tarde caía llevándose la poca luz que las nubes consentían.
Retornamos al camino y allí quedó el pequeño templo, sobre el altozano, con sus secretos a voces...

Salud y fraternidad.

juancar347 dijo...

Hola, Magister. Esa descripción que haces, que de hecho, se ajusta y mucho a la realidad de la experiencia vivida, yo no hubiera sido capaz de describirla mejor. Esos secretos a voces, a veces atruenan tanto que su ruido nos confunde, pero es cierto, y en eso compruebo que los dos tuvimos esa misma impresión, en que este templo constituye todo un enigma. Un enigma que está pidiendo a gritos una reivindicación. Como digo en la entrada, no puedo aseverar a ciencia cierta y mucho menos demostrar su relación con el Temple, pero tampoco la descartaría. Difícil veo que en pleno camino de Santiago y muy cerca de una de las principales vías de penetración en la Península, éstos no hubieran tenido ni siquiera una ermita y un huerto. Pero claro, son sólo impresiones en un mundo donde éstas valen tanto como el papel mojado. Un abrazo