domingo, 22 de enero de 2012

Señales de humo en Arlanzón: la iglesia de San Miguel



Que las sospechas basadas en la filosofía popular no constituyan un punto de inflexión a la hora de determinar una autoría o pertenencia determinadas, no significa tampoco, a mi modo de ver, la excusa explícita y perfecta para desdeñar la posibilidad de su veracidad. Es bien sabido que, dejando aparte a Aragón y Cataluña, escasa o inexistente es, prácticamente en el resto de la Península -obvio Portugal- la documentación histórica que pueda avalar con garantías, lo que frecuentemente genera desdén, en los ambientes académicos, por lo popular. Y como a falta de pan, buenas son tortas, ¿por qué no intentar una defensa lo más honrosa posible, basada, eso sí en lo circunstancial, aprovechando los resquicios que proporciona la suposición para aventurar?. En el peor de los casos, nada impide que todo se quede como está; y si en el intento, se saca algo positivo, pues eso que ganamos todos.

No parece plausible, que siendo Castilla, y Burgos especialemnte, un horizonte infinito de tierras y pueblos, forjados en el yunque incandescente de la Reconquista, se niegue toda implicación y presencia a una orden religioso-militar, la del Temple, que brilló con especial intensidad en las labores de repoblación de los territorios que iban siendo conquistados.

[continúa]





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lunes, 16 de enero de 2012

¿Templarios en Alentisque?

Lo cortés, no quita lo valiente, y aprovecharse del esfuerzo ajeno, ni es digno ni es de Ley. Por eso, antes de continuar con la presente entrada, quiero aclarar que mi conocimiento de Alentisque y de las posibles -digo bien, posibles- estelas funerarias templarias que se localizan en las ruinas de la ermita románica de San Martín, se lo debo, en exclusiva, a un soriano de pro; un personaje entrañable, pateador de caminos y archivos que, aunque él piense que no es profeta en su tierra, sabe, no obstante, que es un auténtico guía, al que se estima y se respeta. Y lo es, tanto dentro como fuera de ella: Ángel Almazán de Gracia. En su afán por desvelarnos las maravillas de una provincia como Soria, publicó, a finales de diciembre, una entrada que, como casi todas, merece una especial atención. Estaba dedicada a las estelas funerarias de Alentisque, y aunque cauto en conclusiones, a mi modo de ver, Ángel nos echaba el anzuelo, tentándonos a tomarnos la molestia de reunir el valor suficiente, saludar a las estrellas de madrugada y emprender, una fría mañana de sábado, el camino de la Extremadura Castellana. La entrada a la que me refiero, se titula Alentisque: estelas medievales ¿templarias? y os recomiendo que clikéis en el título y echéis un vistazo. No os decepcionará.


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Frío hacía, y mucho, por cierto, cuando, a la altura de Almazán, enlacé con la carretera CL116 en dirección a Morón de Almazán y Monteagudo de las Vicarías. Bien es cierto, que podía haber atajado, si hubiera dejado los tramos abiertos de la flamante Autovía de Navarra a la altura de Adradas y por una carretera secundaria, en perfecto estado, hubiera salido directamente a Morón, dejando atrás, también, el interesante pueblecito de Señuela y la no menos fascinante torre medieval añadida a su iglesia de Santo Domingo de Silos, cuyo interior oculta algunos detalles de interesante e inédito simbolismo. Cierto que mis sentidos no estaban muy equilibrados esa mañana, no tanto por el madrugón, fenómeno al que estoy ya de sobra acostumbrado, como por una curiosa sensación interior que me decía, sin dar más detalles, que algo no iba bien. A mi regreso a casa, supe el por qué. Pero claro, ese es un tema personal, que no viene al caso.


Fría mañana de sábado, repito, apenas había tráfico en la carretera. La escarcha y el hielo, dotaban de una blanca palidez a unas tierras que, yermas a simple vista, ocultaban, no obstante, recuerdos lejanos de una Historia que, incompleta, dejaba entrever, mediante piezas fragmentadas, presencias intuidas y no del todo demostradas. Ahí estaba, por ejemplo, el pueblecito de Neguillas, sin nada de aparente interés, a excepción de una fascinante arquitectura típica y rural, basada en la piedra y el adobe, de antiguas reminiscencias norte-africanas, como el castillo de la cercana población de Serón de Nágima y la advocación de una iglesia, que posiblemente en tiempos fuera románica, aunque hoy en día no lo aparente: San Juan Bautista. Más adelante, a unos cuatro o cinco kilómetros, la señorial Morón de Almazán; la del gallo enhiesto cantándole a la madrugada, con su enorme iglesia gótica en la que no faltan referencias griálicas, ni grifos o dragones custodios; la incomprensible simbología astrológico-alquímica de la antigua casa del heterodoxo marqués de Camarasa, hoy reconvertida en sucursal de Caja Duero y la misteriosa cruz paté sobre el pomo de una espada, bien visible en el dintel de una casa cercana a ésta. Y unos ocho kilómetros más allá, antes de llegar al puerto que lleva su nombre y aún más lejos, al interesante pueblo de Monteagudo de las Vicarías, el desvío hacia Alentisque.


Dos kilómetros de carreterilla rural más adelante, el pueblecito de Alentisque aparece al frente, recogido entre unas desigualdades del terreno donde se alternan, a diestra y a siniestra, cerros y llanos en los que, aparte de los campos de labor, predomina el monte bajo, de floresta espinosa, ideal para liebres y perdices. Como en Neguillas y otros pueblos de alrededor, se observa, aunque frecuentemente venida a menos, una arquitectura rústica basada en el adobe y la piedra, cuyas características denotan, posiblemente, una antiquísima influencia magrebí, como he comentado anteriormente, basada, no en vano, en siglos de dominio y ocupación musulmana. Giran, como suele ser habitual, alrededor de la masa imponente de una parroquial que, con probabilidad en honoris causa a su predecesora netamente románica, eleva hacia las nubes su fornida torre, bajo la advocación de San Martín de Tours. San Martín de Tours, un santo del que se sabe, entre otras muchas cosas, que participó, en Tréveris, en el juicio contra el hereje Prisciliano y que, aunque era contrario al derramamiento de sangre, se prestó a ello, otorgando con su silencio. Sobre él, cuenta la leyenda (1) que cuando salió de Tréveris, se echó a llorar cerca de un bosque; allí se le apareció un ángel , que le dijo: con razón te entristeces, pero no pudiste obrar de otra manera. Recobra tu virtud y tu constancia, y no vuelvas a poner en peligro la salvación, sino la vida. Curiosamente, en la verja de hierro que protege el acceso a la iglesia -al patio, le denominaban antiguamente cementerio- se aprecia una representación, de hierro forjado, también, del santo y una Virgen con Niño, cuya talla original, posiblemente gótica, se encuentre en el interior de la iglesia, si ha conseguido evitar la depredación y rapiña de los amantes de lo ajeno.


Pero la iglesia que me interesaba, y que se corresponde con el lugar donde se localizan las estelas funerarias de posible ascendencia templaria mencionadas por Ángel Almazán, aún estando también bajo la advocación de San Martín de Tours, se encuentra, aproximadamente, a medio kilómetro de distancia del pueblo, siguiendo la carretera que, tres kilómetros y medio más allá, desemboca en otro curioso pueblo: Momblona. Su localización no es difícil, en absoluto: forma parte del pequeño cementerio y no deja de ser una auténtica curiosidad, observar su ábside como una prolongación surrealista de éste. Un ábside que, todo hay que decirlo, se encuentra en unas condiciones aparentemente saneadas, a juzgar por el colorido y el aspecto lustroso de las tejas, aunque se observe, en las figuras de sus canecillos, una acción erosiva no sólo temporal, sino también intencionada en algunos casos, que desvirtúan un mensaje original. Románico tardío, quizás de mediados o finales del siglo XIII, su planta, de forma rectangular, acusa el vacío de unos muros levantados a base de sillares y piedras, que milagrosamente se mantienen en pie. Conserva, aunque no en muy buenas condiciones, su portada sur, en cuyos capiteles se adivina motivos foliáceos y entrelazados salomónicos. La torre, que originariamente debía de haber estado en el lado oeste, ha desaparecido. Probablemente sus sillares conformen actualmente la torre de la parroquial de Alentisque y hagan buenas las palabras de una anciana, que fue la única persona con quien me crucé en el pueblo: ¡cuánto trabajaron!.


La clave para adivinar por qué la zona absidal se encuentra en tan buen estado, la encontramos en el interior, donde una verja de hierro impide el acceso al altar y posiblemente indique que actualmente está en uso, como capilla del cementerio, desde la que los finados reciben el último responso. En el techo, se puede apreciar el maravilloso artesonado de madera, así como una tumba moderna situada antes del altar. Hay restos de pinturas, modernas también, en los muros. Fuera de la verja, y hacia el lado derecho, según nos situamos frente al altar, hay una estela funeraria, de forma rectangular, que contiene dos cruces paté inconfundibles. La del anverso, sencilla, de brazos rectos; la del reverso, circular, con una especie de curioso entrelazado en la parte central. El resto de las estelas mostradas por Almazán en su entrada, no fui capaz de descubrirlas, pero como digo, mis sentidos no estaban en las mejores condiciones y ya camino de Momblona, me percaté -nadie es infalible- de que me había dejado sin explorar uno de los muros interiores. Cualquier excusa es buena para volver.


Si bien, -y con esto voy dando por teminada, al menos de manera momentánea, la presente crónica-, no hay indicios suficientes como aseverar la presencia del Temple en tiempos, sí creo que puede ser interesante añadir unos detalles que quizás puedan animar a continuar las indagaciones por la zona: en la temática de los canecillos del ábside, predominan las cabezas monstruosas, detalle que no es ajeno al arte románico, es cierto; pero de ellas, destacan dos, especialmente, bajo mi punto de vista: una que se puede identificar con el diablo -en muchas iglesias románicas suele verse en solitario en el lado norte, pues en la época pensaban que precisamente del norte venían todos los males y por eso lo identificaban con el diablo- y otra, similar, que muestra un rostro con los cuernos en espiral, similares a los de un carnero. Siento que las fotos no lo recojan como hubiera deseado, pero las ramas de los árboles que, como puede apreciarse en los vídeos, cercan el ábside -cual los espinos en el cuento de la Bella Durmiente-, impiden una correcta realización de planos.


Y por supuesto, la estela funeraria, con la cruz paté incluída, que puede apreciarse por encima del balcón, en la casa de paredes blancas que se corresponde con el número 6 de la Plaza del Egido, de Momblona, cuyo propietario, posiblemnte aposta, ha pintado de color rojo los huecos existentes entre brazo y brazo.


En fin, siempre es bueno tener una excusa para volver a los lugares y continuar investigando.



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(1) Según la cuenta Fernando Sánchez Dragó, en su obra 'Gárgoris y Habidis: una historia mágica de España', Edición especial para Círculo de Lectores (dos tomos), Tomo I, página 286, año 1983.

miércoles, 11 de enero de 2012

El Cristo renano de Santa María del Camino

Como su antagonista navarro, que ocupa un lugar preeminente en la iglesia del Crucifijo -denominada así en su honor, aunque su auténtica advocación es la de Santa María de los Huertos-, de Puente la Reina, este magnífico ejemplar de Cristo del siglo XIV, también de origen renano, no goza del mismo conocimiento a nivel general, independientemente del hecho de estar localizado en un lugar importante de la ruta jacobea: la iglesia de Santa María del Camino, en Carrión de los Condes.

Relacionado con la Orden del Temple, su historia permanece en el más absoluto de los misterios, aún a pesar de compartir similitudes con el Cristo de Puente la Reina; entre ellas, dejando a un lado la asociación templaria, estaría la leyenda sobre su procedencia. Y en ambos casos, dicha leyenda coincide, al menos en los detalles esenciales: fue transportado en su carro y donado a la ciudad, por un peregrino de origen alemán.

Aunque en la actualidad se localiza en la relevante iglesia de Santa María del Camino, como he dicho, es posible -y aquí reconozco que quizás sea una aventurada suposición personal- que en tiempos perteneciera a otro de los templos más significativos que, supuestamente, se encuentran también emparentados con los templarios: el templo de Santiago, hoy día convertido en museo diocesano.

Cuenta también la leyenda, que la especial devoción por este Cristo doloroso -al que en Carrión, denominan Cristo del Amparo- viene a raíz de que se le atribuye la salvación de la peste de los habitantes de la ciudad; milagro que constituye la base de una coplilla popular que, cantada aún en nuestros días, dice lo siguiente:



La peste merecimos por nuestra ingratitud. Señor hoy te pedimos perdón, vida y salud.



Cada Semana Santa, el Cristo del Amparo de Carrión es sacado en procesión. En el año 2011, la procesión fue organizada por la Cofradía del Santo Cristo del Amparo, a la que se unieron la Cofradía de la Santa Vera Cruz y la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús, cantandose el Miserere y el Stabat Mater cuando la imagen alcanza el pórtico de la iglesia de Santiago, según informaciones contenidas en el Diario Palentino Digital.


Por otra parte, y aquí podemos observar hasta qué punto es desconocido este Cristo, existen trabajos realizados por especialistas, en los que se refiere, de manera taxativa, la existencia de un único Cristo de tales características en España: el de Puente la Reina. Tal sería, por ejemplo, la consideración de doña Ángela Franco Mata, del Museo Arqueológico Nacional, quien así lo deja de manifiesto en un interesantísimo trabajo, todo hay que decirlo, titulado Los crucifijos góticos dolorosos riojanos y navarros en el siglo XIV: origen y desarrollo (1).

Es muy posible, que tal circunstancia obedezca al detalle de que el Cristo del Amparo de Carrión de los Condes, estuvo un tiempo sin su cruz original, que era, según parece, identica a la del Cristo hermano de Puente la Reina; es decir, de gajos, o arbor vitae, con el añadido de su peculiar y a la vez no menos simbólica forma de pata de oca. Ante las protestas de los fieles, se le restituyó una cruz, con forma de pata de oca también, pero lisa y bastante burda, que es la que luce actualmente, sin que se sepa qué ocurrió con la original.

Por último, añadir que, según palabras de la señora Franco, contenidas en la obra anteriormente citada, este tipo de Cristos, especialmente los alemanes renanos y vesfálicos, los más dramáticos, portan sobre sí gran fama de milagrosos.




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(1) Ángela Franco Mata: 'Los crucifijos góticos dolorosos riojanos y navarros en el siglo XIV: origen y desarrollo', página 80. [dialnet.unirioja.es/servlet/fichero_articulo?codigo=81593].

jueves, 5 de enero de 2012

Isar, una sombra demasiado impenetrable

Isar es una pequeña localidad situada al oeste de Burgos capital y distante de ésta, aproximadamente, veintitrés kilometros. Emplazada junto a un afluente del río Arlanzón, el Hormazuelas, tiene una salida en el punto kilómetrico 145 de la Autovía A-231 que, en direccion a León, se la conoce, significativamente, con el nombre de Camino de Santiago. No muy lejos -y sirva esto a modo de precedente- se encuentran algunas poblaciones interesantes, como Sasamón y Castrojeriz, de bien reconocida importancia en los ámbitos jacobeos, sobre todo ésta última, donde los Antonianos tenían un reconocido hospital, en cuyas ruinas aún puede apreciarse el singular símbolo que les caracterizaba: la Tau.

Hacía calor aquél domingo de finales de agosto, en el que ponía los pies por primera vez en Isar, previo paso, a primeras horas de la mañana, por Villafranca Montes de Oca, el puerto de Pedraja y San Juan de Ortega. Si bien el pueblo en sí, no se diferencia apenas de otros muchos pueblecitos que jalonan las, en ocasiones interminables estepas castellanas, recuerdo que me llamaron poderosamente la atención unas curiosas construcciones situadas en un lateral de la carretera, justo a la entrada a la población. Hechas con piedras y algún sillar, aprovechan las oquedades de una pequeña loma con el propósito de habilitar un espacio fresco y recogido, en el que dejar madurar esa bebida sagrada importada por Noé, al que se podría definir como el primer viticultor: el vino. Cierto es, también, que por su aspecto, no parecían tener mucha actividad y tampoco me pareció observar viñedos en la zona, independientemente de que en otras zonas, el fruto de las viñas comenzaba a madurar.

Nuestro objetivo, era la pequeña iglesia románica de San Pedro que, según la persona que me acompañaba, conllevaba la sospecha -es de suponer, que en base a los dimes y diretes populares- de haber pertenecido a la Orden del Temple en épocas históricas. Sospecha, por otra parte, difícil de sustentar con documentos históricos fehacientes, pero que creo conveniente reseñar, por si alguien pudiera aportar algún dato más a tener en cuenta.


En realidad, el templo de San Pedro no deja de ser un sencillo exponente de románico rural, en el quizás su elemento más destacado sea la torre. Tan sencillo, también es cierto, que no se localizan en su estructura ni marcas de cantería, ni ornamentación alguna -a excepción del ajedrezado de la arquivolta de su desnuda portada- cuya simbología pudiera hacer valer, siquiera acudiendo a la presunción comparativa, la defensa a ultranza de la mencionada sospecha. No obstante, también es cierto que no sería extraño que el Temple hubiera mantenido un pequeño convento y algún terruño en un lugar tan cercano a otros donde sí constata su presencia, incluído este pueblo de Isar -su posible raíz isíaca es interesante- donde, aunque no lo parezca en la actualidad, debió de tener cierta importancia en la Edad Media, a juzgar por las dimensiones de su iglesia de Santa María, situada en las inmediaciones, de la que sólo sobrevive el ábside, habiendo sido reconvertido el resto de la nave en casa particular y en taller mecánico.





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