martes, 8 de julio de 2014

El Lignum Crucis de los templarios de Ponferrada


'En una Cruz de oro pequeña con hartas piedras y perlas, tienen un poquito de Ligno Crucis, dicen es de lo que trujo Santo Toribio su Obispo, y no hay más que esta tradición' (1).
 
De esta forma tan sencilla, describía Ambrosio de Morales el significativo Lignum Crucis que en la actualidad se puede admirar en el Museo de la catedral de Astorga. Si bien, en la Coronica de la fantástica misión encomendada por un rey, Felipe II obsesionado por las reliquias (2), el cronista viajero apenas menciona algunos lugares de su viaje en los que todavía se mantenía el recuerdo de haber sido o pertenecido a la Orden del Temple, como Villamuriel de Cerrato y otros probables, como Husillos, Benevivere y La Vega, poco podía imaginar, entonces, que siglos después, este hermoso Lignum Crucis, con forma de Cruz Patriarcal, iba a querer que la Tradición, persistente donde las haya, quisiera atribuírsela, nada más y nada menos, que a los templarios de la cercana Ponferrada.
De hecho, si cualquiera se toma la molestia de acercarse hasta Astorga y visitar el Museo Catedralicio anexo a la propia catedral -una catedral, cuyos detalles se recomienda paladear con tiempo y prudencia, pues románicos o no, los hay en abundancia e interés- y sube a las dependencias de la primera planta, lo encontrará casi olvidado en un rincón, junto a un arcón románico de bellísima factura también´, denominado Arcón de Carrizo. Pero conviene, una vez situados frente a la urna de cristal que lo contiene, observar con atención esta hermosa Cruz, y fijarse no en el posible valor pecunario de tan exquisito objeto, sino en algunas de sus interesantes características. Parte de ellas son, sin duda, la base: de forma genuinamente hexagonal; y por encima de ésta, una curiosa peana, conformada por dos leones -símbolo de orgullo, pero también de Conocimiento- y por dos motivos florales, el número de cuyos pétalos, cinco, llama la atención acerca de la perfección de pentágono, símbolo asociado a la Gran Diosa Madre y posteriormente adaptado a la figura de Nuestra Señora. Pero aún hay algo más, porque precisamente en el centro de esas flores de cinco pétalos, cualquiera puede vislumbrar otro símbolo fundamental: la Flor de Lis; o la Pata de Oca; o, puestos a ir más lejos todavía, la Runa de la Vida.
También dentro de la urna y al pie de la Cruz, un escueto cartelillo, dice textualmente: 'Anónimo. LIGNUM CRUCIS. Astorga (León). Museo de la Catedral. c.1230 (cruz); c. 1200 (pie)'.
Un objeto hermoso, qué duda cabe, y tremendamente significativo, bajo cuya contemplación, resulta poco menos que imposible no dejarse llevar por las Musas de la Especulación y quizás, barajando algunos cabos -entre ellos, la escueta descripción de Morales-, preguntarse si quizás hay o hubo alguna relación con aquél cofre de las reliquias depositado precisamente por Santo Toribio (este de Astorga, que no el otro de la Liébana), en lo más alto del Monsacro asturiano: aquél monte, tradicionalmente sagrado que fue donado a unos extraños fratres de Monte Sacro por el rey de León, Fernando II y su hermana Doña Urraca, a la sazón, reina de Asturias. Un monte, el Monsacro, que alberga cuando menos dos enigmas en sus dos ermitas románicas, una de ellas, curiosamente, de planta octogonal.
Sea como sea, de lo que no cabe duda, es que, simplemente por su sola visión, Astorga, su catedral y su museo, bien merecen una atenta visita. Y desde luego, como colofón a la magia de la arquitectura sagrada, el Palacio Episcopal o Palacio de Gaudí, que queda justamente enfrente, también.

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(1) 'Relación del Viage de Ambrosio de Morales, chronista de S.M. el Rey D. Phelipe II a los Reynos de Leon, Galicia y Principado de Asturias, el año de MDLXXII', edición facsímil de la editada en Madrid el año de 1765; Ediciones Guillermo Blázquez, Madrid, 1985. Ejemplar numerado 106, página 176.
(2) De hecho, circulan numerosas teorías, incluida la novelada por Javier Sierra en Las Puertas Templarias, sobre la elevación del monasterio de San Lorenzo de El Escorial en una supuesta puerta del infierno -presentes, también, en las tradiciones árabes-, por la que éste rey, católico y supersticioso a la vez, pretendía mantener a raya a las potencias infernales.