jueves, 2 de enero de 2014

Escatología Templaria



‘Cuando morían se les sepultaba boca abajo, sin ataúd, en una fosa anónima…’(1)
Héroes o villanos. Mártires para unos y herejes para otros. Sea cual sea, no obstante, la postura que se adopte a la hora de clasificar a los miembros que pertenecieron, sirvieron y murieron en una organización revolucionaria en su tiempo, como fue la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, los caballeros templarios, no cabe duda de que siempre será desde un punto de vista objetivamente fascinante. Si estando vivos y en activo, ya constituían un entramado realmente complejo, tanto en su administración como en sus ritos internos y litúrgicos –muchos de ellos secretos, lo que dio lugar a multitud de comentarios que conformaron posteriormente una parte sustancial del sumario de herejía por el que fueron juzgados y condenados-, en la muerte, de alguna manera, también contribuyeron a alimentar no sólo fabulosas leyendas que formaron siempre un rico y variado recuerdo en la tradición popular, sino también, base para la especulación de esa vertiente esotérica que les acompañó siempre, aceptada, también es cierto que en su justa medida, por reconocidos historiadores, en este caso hispanos, como Ricardo de la Cierva.
Por otra parte, también es cierto que, como afirma Juan Eslava Galán, la mayoría de los enterramientos de la Orden eran anónimos y se caracterizaban, principalmente, porque ponían en práctica los conceptos de pobreza y humildad inherentes a los primeros votos juramentados en su fundación. Los que morían en combate en Tierra Santa, eran generalmente enterrados en fosas comunes, a la manera militar propia de la Edad Media, de un modo similar a como se muestra en un interesante capitel existente en el interior de la iglesia románica de San Gil, en la población zaragozana de Luna, donde se aprecia una hilera de guerreros muertos, colocados en fila, las cabezas de los unos situadas a los pies de los otros (2).
Las tradiciones y leyendas localizadas en variados lugares de la geografía española, suelen coincidir, también, a la hora de situar como sepulturas templarias determinados sarcófagos que, partiendo también del anonimato de los finados que fueron en ellos enterrados, tienen como denominador común un símbolo guerrero por excelencia, que determina su condición: la espada. Esta tradición, rondaría detrás de tumbas de tales características, que se localizan en lugares dispares y alejados entre sí, como pueden ser la iglesia de San Pedro, en Valdeande, provincia de Burgos, o aquélla otra que se encuentra en el pavimento del claustro del monasterio de Santa María de Valdedios, situado en el concejo asturiano de Villaviciosa. Por no mencionar, las que todavía se pueden observar en la sala capitular del Monasterio de Santa María la Real –que además de las barras de medida, determinantes de los maestros constructores, lucen también la cruz paté-, sito en la localidad palentina de Aguilar de Campóo; e incluso, apurando un poco más, aquélla otra utilizada como cancela en la puerta exterior de acceso al antiguo monasterio lucense de San Miguel de Eiré.

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Aunque escasas, y quizás rompiendo moldes, en algunos lugares, sobrevive una inscripción latina que identifica al finado, cuyos restos mortales descansan en un sarcófago de piedra exento de  símbolos. Uno de los casos más interesantes, se localiza en la iglesia de San Xulián de Astureses, en la provincia de Orense, anexado a uno de cuyos laterales, se encuentra el sarcófago de Frey Juan Pérez de Outeiro, personaje que, como ya señaló en su momento Rafael Alarcón Herrera (3), tiene asociada una escabrosa leyenda, muy típica del mundo sobrenatural gallero y asturiano, basada en la Santa Compaña o en la Güestia, respectivamente.
La especulación, en cuanto al tema que nos ocupa, aún va mucho más allá, e identifica como templarias muchas sepulturas anónimas, cuyo único símbolo apreciable consiste en una calavera con las tibias cruzadas, que reproduce, así mismo, la manera en la que eran enterrados los restos de muchos de los hermanos de la orden, detalle que a su vez explicaría el por qué algunas sepulturas resultaban misteriosamente pequeñas (5). Este símbolo, posteriormente fue adoptado por las históricas hermandades de piratas, detalle que conllevó toda una serie de suspicacias, como aquella que veía en los templarios huidos de la justicia real francesa, los precursores de la moderna piratería. Enterramientos de tal tipo, por poner un ejemplo, se localizan en lugares como la iglesia de planta dodecagonal de la Vera Cruz, en la provincia de Segovia –independientemente de la división de opiniones sobre su autoría-, o junto a la entrada principal de la iglesia de Santa María, en la población lucense de Taboada dos Freires.
Más enigmático aún, resulta el curioso y también elaborado sarcófago que acompaña los magníficos sepulcros del Infante Don Felipe (4), y una de sus esposas, Doña Inés Rodríguez Girón, trasladados en 1926 a la capilla de Santiago, en la iglesia de Santa María la Blanca, emplazada en la localidad palentina de Villalcázar de Sirga. Realizados, según se cree, por un tal Pedro el Pintor, en los talleres de la cercana población de Carrión de los Condes, existen numerosas especulaciones sobre la identidad del personaje que yace en el tercer sepulcro. Si bien, la idea generalizada es la de que pertenecía a un caballero de la Orden de Santiago, de nombre Juan de Pereira, no son pocos los que abogan por un misterioso caballero templario e incluso por el propio Magister Muri que diseñó tan soberbio templo. A este respecto, sería interesante añadir que en las manos de dicho personaje, a la altura del pecho, hay un ave representada; por desgracia, no se permite el acceso al interior del recinto, por lo que no hay manera de identificar al ave. Pero sería interesante saber si se trata de una oca, pues dicho animal, no sólo representativo de las hermandades canteriles medievales, se localiza también en la heráldica nobiliaria de Villalcázar al menos en dos escudos idénticos: uno situado en un antiguo palacio, reconvertido en casa consistorial y situado enfrente de la iglesia y el otro, en la propia iglesia de Santa María.
Las estelas funerarias, también constituyen una interesante fuente de información, pues aunque en el anverso, generalmente, suele estar representada la cruz paté, en los reversos no es difícil encontrar diversas representaciones de carácter mágico y solar, entre las que no faltan ese Sol Invictus –que algunos autores (6) identifican como la visión que en realidad tuvo el emperador Constantino en la famosa batalla de puente MIlvio- y la estrella de cinco puntas o estrella remfan, representativa del hombre universal y del conocimiento.
 
(1)     Juan Eslava Galán: ‘Los templarios y otros enigmas medievales’, Comunicación y Publicaciones, S.A., 2005.
(2)    Un tipo de enterramiento similar, se descubrió también en Asturias, en la parroquia de Coya, localidad situada a 3 kilómetros de distancia de Arriondas, cerca de la carretera general de Oviedo, según comenta Félix de Aramburu y Zuloaga en su ‘Monografía de Asturias’, Silverio Cañada Editor, 1ª edición, agosto de 1989.
(3)    Rafael Alarcón Herrera: ‘La huella de los templarios: ritos y mitos de la Orden del Temple’, Ediciones Robinbook, S.L., Barcelona, 2004, página 168.
(4)    Su primera esposa fue la princesa Cristina de Noruega, cuyo recuerdo se conserva todavía con cierta relevancia, en la localidad burgalesa de Covarrubias.
(5)    Entre ellas, se podría mencionar una en particular que se encuentra en una de las capillas laterales de la iglesia-eremitorio de Olleros de Pisuerga, Palencia, que la tradición popular identifica como templaria.
(6)    Como por ejemplo, Andrew Sinclair, autor de interesantes títulos como ‘El descubrimiento del Grial’, ‘La espada y el Grial’ o ‘El manuscrito perdido de los templarios’, editoriales Edhasa y EDAF, respectivamente.