miércoles, 26 de octubre de 2011

San Esteban de Aramil o de los Caballeros



'...tal vez lo más chocante de esta iglesia, vemos el cráneo de piedra que se encuentra encima de la puerta oeste. Algunos afirman que perteneció al propio templo y que fue trasladado al cercano cementerio para ser instalado de nuevo en el edificio, años más tarde, con las obras efectuadas posteriormente.

Esta cabeza puede tener implicaciones bafométicas si se añade la leyenda de 'La cabeza del herrero', que dicen sucedió en esta localidad cuya iglesia es atribuída al Temple. Sea como fuera, tenemos una calavera, unos interesantes canecillos y un "de los caballeros" que inducen una vez más a la formulación de preguntas'.


[Xavier Musquera (1)]



La conocí una mañana de septiembre, bajo una cortina de niebla que daba al entorno un ambiente bohemio, cinematográfico, y sin duda alguna, surrealista. Me costó trabajo encontrarla. No en vano apenas está señalizada y se levanta en una encrucijada de caminos, rodeada de campos de labor, cuyo color, ensoñadoramente hablando, apenas se distingue de ese otro, esmeralda salitre, con que la mar bravía suele embestir los acantilados del Cantábrico. No está lejos de la Pola de Siero, apenas a 3 ó 4 kilómetros de distancia, y desde el pradillo donde se levanta, la paz, cuando no el sosiego rural, suelen verse alteradas por el intenso tráfico que circula por la cercana Autovía de Santander. Recomiendo, pues, que toda aquella persona interesada en visitarla, pregunte, sin más preámbulos, por el cementerio. Tomar cualquier otro camino, sobre todo en un día de niebla, puede hacerle dar más vueltas que un trompo por los alrededores. Y aún así, lo digo como lo siento, por muchas vueltas que se dén, la visita, aunque no se tenga la oportunidad de acceder al interior, bien que merece la pena.

Conocda como San Esteban de Aramil, o de los Caballeros, ésta pequeña iglesia contiene un pequeño universo simbólico, al que merece la pena dedicar, cuanto menos, unos minutos de atención.

Retomando el pequeño texto introductorio, considero que Xavier Musquera, investigador amigo fallecido en Barcelona en diciembre de 2009, aunque aporta datos interesantes, se queda sin embargo corto en sus especulaciones referentes a esta iglesia de San Esteban. Menciona, en efecto, la localización de un símbolo de posibles connotaciones bafométicas (2), como es la curiosa calavera de piedra que se localiza por encima de la portada oeste; pero, por ejemplo, no menciona el significativo capitel que hay en el lado izquierdo de esa misma portada. Capitel que muestra como motivo, quizás a manera de un posible aviso a navegantes, otro misterioso elemento a tener en cuenta: un hombre verde.

Figuras características, no sólo en el románico y en el gótico, sino en manifestaciones artísticas posteriores a éstas, conllevan una variedad de significados, entre los que no se descarta -aparte de esa mirada retrospectiva a la inocencia de una edad dorada, postulada básicamente por todas las grandes tradiciones y que en el Cristianismo supondría ese estado idílico anterior al Pecado Original, o esa otra visión, relativa al secreto de los adeptos, detalle en el que eran, desde luego, partícipes las hermandades de canteros- una posible referencia al don de lenguas. Don de lenguas que podría entenderse, bajo mi punto de vista, sin restar importancia a los demás conceptos, como una llamada de atención acerca del simbolismo o el secreto contenido en el templo, teniendo siempre presente el lenguaje universal, que no es otro, precisamente, que el símbolo. Un capitel con otro hombre verde de similar factura -lo comento como dato anecdótico a tener en cuenta-, se localiza en la iglesia de Santa María de Lugás, en Villaviciosa.

Éstos, los símbolos, siquiera sea de manera subliminal, se manifiestan, de una forma curiosa y a la vez numérica, también, en los rostros de los extraños seres marinos que, en número de 16, ilustran el arco de medio punto de la portada sur. Dieciséis (múltiplo de 8, el octógono por el que sentían predilección los templarios, cuando no referencia a la cruz de 8 beatitudes, que también utilizaban, además -¿casualidad?- de ser un número compuesto, en el que tras la suma de sus dígitos se obtiene el 7, número mágico por excelencia) rostros en los que, si los observamos con atención, no nos será difícil descubrir otro símbolo mistérico, característico, además, de hermandades compañeriles, como la de Maitre Jacques, que se sabe trabajó con y para el Temple -pasaron a la clandestinidad con la desaparición de la Orden-, y origen, entre otros, de toda una cultura de índole esotérico relacionado con el Camino de Santiago y uno de sus juegos más especulativos y populares: el Juego de la Oca.

Dicho esto, me pregunto si podemos especular, a la vez, con un subliminal e iniciático camino de ocas, teniendo en cuenta a los canteros que utilizaron este modelo para sus portadas, característicos, por añadidura, de algunos templos cercanos, aunque situados dentro del término municipal de Villaviciosa, como San Juan de Amandi y el ya mencionado de Santa María de Lugás, que aún conserva el albergue para peregrinos. Otro detalle simbólico a considerar en ésta misma portada, radica en las flores de lis que se encuentran situadas por encima del medio arco de los misteriosos seres.



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Flor que, además de ser una referencia a las dinastías reales francesas, constituye, en esencia, una forma encubierta de la pata de oca, y un posterior derivado de la famosa vieira, símbolo distintivo del peregrino jacobeo.

Sin abandonar el fantástico universo del símbolo, requieren especial atención aquellas representaciones que, bien como metopas bien como canecillos, cumplimentan magistralmente el ábside. En ellas, además de elementos comunes a otros templos de la provincia, no resulta difícil encontrar similitudes cuando menos curiosas, referidas a templos situados en otras provincias, donde, para añadir más redundancia a la casuística, coincide la posible presunción templaria. Tal sería el caso, por ejemplo, de la aparente coincidencia del canecillo que representa a una cabeza monstruosa devorando a un hombre desnudo, del que sólo se ven las partes pudendas, es decir, el culo, lisa y llanamente hablando, cuyo sosias encontramos en la presunta iglesia templaria de San Miguel, en Arlanzón, Burgos.

Otro nexo interesante, sería la figura del caduceo formado por las dos serpientes enroscadas -símbolo de Hermes-, muy similar a otra que se puede observar en uno de los templos más representativos emplazados dentro de uno de los ramales del Camino Norte a su paso por Asturias: el de Santa María de Narzana, situado a dos kilómetros de Vega, capital del vecino concejo de Sariego. Templo éste en el que, es de suponer que en una de sus últimas restauraciones, se dotó al pavimento del pórtico de entrada con las mismas nervaduras, unidas en su centro por una dovela o medallón, que se pueden apreciar tanto en el techo -es de suponer que original, incluida la cruz roja- como en el suelo -consecuencia de una restauración posterior y moderna- de la ermita de planta octogonal de Santiago, situada en la cima del Monsacro y con fama, que no absoluta certeza, por desgracia, como en tantos casos, de templaria.

Los símbolos solares de las metopas se ven, así mismo, acompañados por otras interesantes adiciones, entre las que destacan una referencia griálica -en su versión comúnmente aceptada de envase o recipiente-, una pequeña pirámide -casualmente, se localiza otra en el ábside de la iglesia de San Vicente de Serrapio- y lo que bien pudiera ser un tablero de ajedrez.
Por último, reseñar la presencia, entre los canecillos, de un caballero ataviado con su capa, muy similar, en el fondo, a aquellos otros que, en número de tres, se localizan en dos de los ventanales del ábside de la iglesia de San Juan de Amandi.




(1) Xavier Musquera: 'La aventura de los templarios en España', Ediciones Nowtilus, S.L., 1ª edición, abril de 2006, página 177.

(2) No es rara la localización de calaveras, sobre todo humanas en templos asturianos. Uno de los más significativos a este respecto, sería el de San Vicente de Serrapio, donde en los trabajos de restauración, aparte de los numerosísimos restos humanos hallados, se localizaron tres calaveras humanas alineadas ocultas por la pared, encima de una pequeña pila de agua bendita en uno de los muros laterales del pórtico de entrada al templo. Así mismo, es de reseñar el detalle de que en algunos templos, tanto asturianos como gallegos, la presencia de calaveras, bien humanas bien ficticias, no es desconocida y en algunos casos se localizan por encima de las pequeñas pilas de agua bendita, acompañadas por la leyenda mírate en el espejo o similar. Interesante, resulta también añadir el detalle de que los celtas consideraban precisamente a la cabeza como el lugar donde residía el alma humana, y solían colocar las testas de sus enemigos en los dinteles de sus casas, impidiéndoles que se reencarnaran y volvieran para vengarse.



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lunes, 17 de octubre de 2011

El Mito Templario del Monsacro: Cuarta Parte



Una visión artística y personalizada del Mito


Si bien el cine y la literatura en los últimos tiempos han sido prolíficos a la hora de reflejar en sus respectivos ámbitos -bastante relacionados, por cierto- el fantástico universo generado por la más interesante y a la vez más controvertida de todas las órdenes medievales de caballería, la Orden del Temple, el Arte, en su dimensión global y salvando los ilusionismos ocultistas que la resucitaron a partir del siglo XVIII -sobre todo en esa Francia, que tan determinante papel jugó en su extinción- no ha sido especialmente pródigo a la hora de reflejar un fenómeno que en la actualidad continúa atrayendo la constante atención del público en general.
El Monsacro, de similar manera a numerosos lugares de la Península, atrae, hacia su entorno y sus ermitas, el presunto direte de; el eco arcaico e inconstante de una tradición que, aún a pesar de su riqueza arcaica, adolece en la actualidad de volutas de humo repartidas por los cuatro puntos cardinales. Tal vez no sea mala idea buscar alguna respuesta en ese viento; quizás el mismo viento al que un jovencísimo Bob Dylan dedicaba parte de sus mejores acordes y que posiblemente guarde el secreto echado a la pira por inefables torquemadas; sacado a golpe de talonario de los archivos monasteriles; vendido en ferias como el que vende estampitas, sean o no del tocomocho. Quien se tome la molestia de pasear por los pueblines que, como satélites pululan por los alrededores de éste ctónico y antediluvial paisano, encontrarán restos de más de una cruz paté. Alguien pensará: vale, eso no indica nada, es un tipo de cruz muy utilizado que aún en la actualidad se sigue viendo en muchos camposantos del Principado (1); un tipo de cruz, casual o causalmente utilizado también como modelo de consagración de iglesias...Y yo me lo creo todo, porque si hemos de ser honestos, en derecho también podemos pensar que indican lo contrario y que forman, o mejor dicho, formaron parte de ermitas, iglesias y monasterios de la Orden de los que hoy no queda ni siquiera la memoria.
Bajo este punto de vista, lícito también considero que cada uno exprese su creencia y sentimiento de la manera que crea más conveniente. En la diversidad está el gusto y quién sabe, quizás en la afinidad, también. Es por ello que no tengo ningún reparo en manifestar que la fotografía del óleo original que ilustra la presente entrada, me hechizó cuando su autora -una persona a la que aprecio sinceramente, pues no en vano bajo su guía atenta y desinteresada pude acceder no sólo a la cumbre del Monsacro y el misterio de sus ermitas, sino también a numerosos de esos satélites a los que hacía referencia-, tuvo a bien enviármela y permitirme amablemente su exposición en este blog. Un óleo que recoge de una manera personal, magistral y sobre todo subliminal todos aquellos mitos y todos aquellos sentimientos que hacen del lugar, que no le quepa duda a nadie, algo sencillamente Especial.
No podía ser de otra manera. Su autora, Nati Torres, es originaria de una región mistérica, mágica y, por añadidura, prolífica en huellas templarias: el vecino Bierzo leonés. Afincada en la actualidad en el pueblecito asturiano de Santa Eulalia de Morcín, situado a apenas ocho kilómetros de la capital ovetense, en esa cuenca minera que no poca historia se ha llevado junto al carbón, y cómo no, a la vera del Monsacro, su admiración por el lugar se manifiesta con una idealización encomiable. Es por eso, que quiero compartirlo con vosotros, teniendo la seguridad de que la magia que despliegan sus dedos a través de los pinceles, no dejará en absoluto a nadie indiferente. Y en cierto modo, conservo también la esperanza de que tan prolífica influencia nos depare en el futuro otras obras que nos hagan meditar y nos traigan, siquiera sea a través de la frialdad de la Red, la Magia de un lugar que, en la actualidad, y por absurdos intereses políticos, está a punto de perder su idiosincrasia original.


(1) Un ejemplo de ello, lo tenemos en el cementerio situado junto a la iglesia de San Juan de Amandi, en Villaviciosa.