domingo, 27 de diciembre de 2009

La templaria nostalgia de Ucero


'Sólo quien ha roto los 'programas mentales' inculcados durante el proceso de socialización puede tomar conciencia -y percibir- aquello de lo que los demás son incapaces. Pero quien rompe los 'programas mentales' no suele ser bien visto y comprendido por su sociedad, y en muchos casos, y paradójicamente, ni siquiera por los miembros de su propia religión. De ahí que se les vea muchas veces como 'idiotas' o 'locos' de extrañas ideas y modos de comportamiento'.
[Grian: 'El peregrino loco']

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Si hay un lugar en Soria -aparte, por supuesto, del antiguo Monastero de San Polo- sobre el que nadie tenga duda alguna relativa a la presencia y permanencia en tiempos de la Orden del Temple, ese es Ucero y el impresionante entorno del Cañón del Río Lobos.
Después de la resaca de Navidad, y como ha venido siendo una constante durante estos días, el tiempo, de alguna manera enojosa pero a la vez necesariamente intempestivo, acompañó con agua-nieve y espesas nieblas un desplazamiento que, a fuerza de interés, bien puedo afirmar que se está convirtiendo en un comprometido ir para volver.
No tanto motivado por la fascinación que siento por el lugar, como por la gran cantidad de enigmas relacionados con los templarios que aún permanecen en el lugar, cual piedra de Rosseta demandando al afortunado Champollion que la libere de su milenario silencio, poniendo voz a la historia que un día tuvieron.
Atrás quedaban, envueltos por la niebla, lugares de nombres sospechosos y no ajenos tampoco, en mi opinión, a la influencia de los belicosos clérigos con espuelas; como, por ejemplo, el escondido pueblecito de Barcebal -su semejanza con Perceval, el paladín del Grial no deja de ser sorprendente- en cuya iglesia parroquial -su sencilla portada románica recoge, no obstante, unas monstruosas representaciones, entre las que destacan una serpiente con cabeza de pato y un demonio necrófago- se custodia, desde tiempo inmemorial, una Virgen Negra, hermana gemela, para más señas y según la tradición, de la que se conserva en la catedral de El Burgo de Osma: la Virgen del Espino.
El Espino, nombre asociado, tradicionalmente, también -si hemos de hacer caso a las aseveraciones realizadas en los años setenta por el investigador francés Louis Charpentier- a los lugares que, de alguna manera, guardan relación con los asentamientos relacionados con la Orden del Temple.

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lunes, 21 de diciembre de 2009

Errare Humanun Est


Decía el escritor norteamericano Ambrose Bierce -y que me disculpen todos aquellos que me conocen, si últimamente consideran excesivamente reiterativo por mi parte acudir a su infernal diccionario- que disculparse es 'sentar las bases para una futura ofensa'. Evidentemente, no estoy de acuerdo con él, excepto en el detalle de añadir que si reconocer un error ayuda a sentar algún tipo de base, que no sea otra que la de una posible y futura amistad. Y creo que no hay mejor pilar para hacerlo que aquél que, basado en el punto de vista de una objetividad felizmente encontrada, tengamos el suficiente valor para reconocer un error cometido y pedir disculpas.
Si el pasado día 12 de septiembre, mi visita al toledano castillo de Montalbán -en el que, aparte de otras circunstancias, había llegado atraído por la sombra alargada, incierta y tremendamente escurridiza de esos frailes con espuelas, como denominaba Gustavo Adolfo Bécquer a los templarios- me dejó cierto amargo regustillo al encontrarme con unas personas vestidas a la usanza medieval, a las que de forma precipitada y personalizando ciertas frases de lo que no era, si no, una mera interpretación, las califiqué posteriormente en una entrada como 'neotemplarios' o 'herederos de Jacques de Molay', hoy me considero en la obligación de retractarme de dichos comentarios. Y lo hago de corazón y con toda humildad. A través de Esther, su portavoz, he podido comprobar que son gente educada, con sensibilidad por el Arte y un buen gusto por todo lo relacionado con la Edad Media.
Como los comentarios los hice públicos, creo un justo deber, como digo, retractarme públicamente también: Esther, Oscar y los demás miembros que estuvisteis en el castillo de Montalbán aquél día, mi más sinceras y sentidas disculpas.


domingo, 13 de diciembre de 2009

Jacques de Molay: la leyenda de la maldición del último Gran Maestre del Temple


Siete años después del golpe realizado contra los templarios de Francia, el rey Felipe IV, apodado el Hermoso, ponía fin a sus frustradas pretensiones de hacerse con los tesoros de la Orden, ejecutando a Jacques de Molay, Gran Maestre, Geoffroy de Charney, su lugarteniente y algunos otros caballeros que habían sufrido horribles torturas en las prisiones regentadas por su hombre de confianza y planificador del complot, Nogaret. Era el 19 de marzo de 1314.
En un isleta situada junto a la catedral de Notre Dame, y minutos antes de arder pavorosamente en las llamas, el último Gran Maestre se retractó públicamente de las confesiones obtenidas bajo tortura y, según la leyenda, maldijo a los causantes de la desgracia de la Orden del Temple -el rey de Francia, el Papa Clemente V y al propio Nogaret- conminándoles a presentarse ante el juicio de Dios antes de un año. Leyenda o casualidad, el hecho cierto de esta historia, es que los tres murieron en el plazo indicado: primero el rey, durante un accidente en una cacería; a continuación el Papa títere, posiblemente envenenado, y algo después, el pérfido Nogaret.


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