martes, 29 de septiembre de 2009

Huellas del Temple en Castillejo de Robledo


Dejando atrás Maderuelo, y haciendo frontera con las provincias de Segovia y Burgos, en Castillejo de Robledo, además de ser el pueblo más frío de Soria -cuando no de España- encontramos un rastro indeleble del paso y permanencia del Temple en la región. Apenas inidentificable en los muñones somnolientos de su castillo, la iglesia románica de Nª Sª de la Asunción -en rehabilitación- nos ofrece el mejor testimonio, en las huellas, sobre todo de unas pinturas que impresionan por su espectacularidad, decorando interiormente el ábside con los colores inequívocos del bauceant o estandarte templario: el blanco y el negro.


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lunes, 28 de septiembre de 2009

Maderuelo: la otra Vera Cruz de Segovia

Situado en los confines de Segovia, haciendo frontera con Soria, de la que en tiempos formó parte, dependiendo de la villa de San Esteban de Gormaz, el pueblecito de Maderuelo languidece a la vera de un embalse artificial -el de Linares- protegiendo el sueño eterno de una sencilla ermita -la de la Vera Cruz- donde en tiempos, aseguran las babélicas lenguas de la tradición, los caballeros templarios custodiaron con saña y devoción un Lignum Crucis.


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miércoles, 23 de septiembre de 2009

Arquitectura octogonal: ¿un modelo de arquitectura templaria?

Resulta más que posible que en aquél histórico año de 1118, Hugo de Payns, vasallo del conde de Champaña y sus ocho compañeros, fueran realmente conscientes de que, una vez conseguido su primer objetivo en Tierra Santa -la cesión, por parte del rey Balduino II de las ruinas que en tiempos formaron parte de los inmensos establos del famoso Templo de Salomón- la orden de caballería que habría de surgir de aquéllas inconmensurables entrañas como Orden del Temple se convertiría, además de la más influyente y poderosa hasta su disolución en 1312, en la orden que más interés, polémica y chorros de tinta ha vertido a lo largo de la Historia.
No sólo el mundo editorial, sino que también el Séptimo Arte y en la actualidad Internet, han contribuido a generar toda clase de mitos y leyendas a ella asociados, aprovechando un fenómeno que conlleva, sin duda, un auténtico filón. Filón al que han de sumarse gran número de publicaciones, tanto de índole sensacionalista como de índole racionalista, que, en mayor o menor medida, desde luego, tratan numerosos de los mitos a ella asociados.
Mitos, por otra parte, que no ha de extrañar que generen interés y levanten una extraordinaria polvareda, pues tocan temas de extraordinaria sensibilidad, concernientes a los Grandes Misterios del Cristianismo: el Santo Grial, el Arca de la Alianza, la descendencia de Cristo, sus restos mortales...
Estos serían, en principio, los enigmas más sustanciosos. Ahora bien, asociado a la Orden del Temple, convive otro mito -éste de carácter moderno- que, aunque en teoría no tenga la relevancia de los anteriores, no deja de ser, en absoluto, todo un fascinante y atractivo enigma: ¿utilizaron estos un modelo de arquitectura predeterminado, tomando como modelo base la forma, características y dimensiones de la famosa Cúpula de la Roca de Jerusalén?.
Muchos son, en efecto, los investigadores que comparten esta teoría. Y aquí, precisamente, es donde se genera una de las mayores polémicas existentes en relación a la autoría de los templos que, siguiendo estos patrones de construcción, existen en la Península: la iglesia de Santa María de Eunate y la iglesia del Santo Sepulcro de Torres del Río, en Navarra, así como la iglesia segoviana de la Vera Cruz, aunque ésta última, para desconcierto de muchos investigadores, que la consideran extraña, es de planta dodecagonal.
La polémica, pues, está servida: ¿templarios, hospitalarios o sepulcristas?.
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Mandada levantar por el califa omeya Abd Al-Malik entre los años 687 y 692, con la intención de que fuera un completo referente de la espiritualidad del Islam, la Cúpula de la Roca está situada en la zona norte de Jerusalén, en una explanada artificial de la época de Herodes, conocida como Haram Al-Sharif, donde antiguamente se situaba, también, el Templo de Salomón.
Es importante reseñar que este fue construido por el rey Salomón para albergar el Arca de la Alianza, siguiendo un modelo celestial revelado por Dios. Según las antiguas tradiciones judías, la roca sobre la que el templo se asienta, servía para sellar la boca del Tehom -significa profundo o abismo- el caos acuático existente antes de la creación del mundo. Es decir, cerraba el paso a un mundo subterráneo, considerado un mundo de muerte, un infierno. Posiblemente, ésta fuera la matriz de la que posteriormente surgieran escabrosas teorías, que relacionan la construcción de ciertos edificios levantados encima de las denominadas puertas del infierno, aunque algunos investigadores, como Javier Sierra, las denomina puertas templarias. Sin ir más lejos, el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, mandado edificar por el rey Felipe II, sería uno de ellos.


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martes, 22 de septiembre de 2009

Santorcaz del Temple

Una orden incómoda para la Iglesia y también para la Historia ortodoxa, por sus implicaciones heréticas, esotéricas y legendarias; una orden que, gestada en el más absoluto de los misterios, sentó un precedente en su época, suponiendo toda una revolución. Una orden, cuya estructura jerárquica, añadida a su misticismo guerrero, fue incluso utilizada en pleno siglo XX por regímenes totalitarios, como modelo de donde habrían de surgir futuras generaciones de hombres perfectos, que habrían de ser formados para dominar el mundo. Una orden que ha hecho correr -y seguirá haciéndolo- verdaderos ríos de tinta, implicada, irremediablemente, con los grandes Mitos del Cristianismo: el Grial, el Arca de la Alianza, la descendencia de Cristo y María de Magdala, los restos mortales de ambos...
No es de extrañar, entonces, que con tales antecedentes existan lugares, como Torija, en la provincia de Guadalajara, que proclamen con orgullo la presencia de tal orden -el Temple- en su suelo. O mejor dicho, que aludan a esa presencia, de una manera más romántica, si se prefiere: los caballeros templarios.

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martes, 15 de septiembre de 2009

¿Hubo templarios en Garray?


Como en todo lugar donde surge la sospecha de su presencia, he aquí la gran pregunta: ¿hubo templarios en Garray?. Y como un eterno, desesperante miserere, cuando del Temple se trata, he aquí, también, la dubitativa respuesta: pudiera ser que pudiera.
Desde luego, el mayor inconveniente lo supone eso, probático, mediático, palpable y certificable, que se denomina constancia histórica y se basa, fundamentalmente, en los testimonios escritos.
Frente a esta carencia documental -particularmente acusada, en lo que al Temple se refiere-, sólo cabe el recurso de la especulación. Digamos, entonces, que haciendo gala de este recurso, bien pudiera haber existido la posibilidad de que en un pasado remoto, la escurridiza y alargada sombra del Temple, se hubiera cernido sobre los muros de ésta interesante ermita de Garray, situada a la vera misma del yacimiento arqueológico de Numancia, que tanta fama ha dado a la provincia, y que sigue en el ojo del huracán, merced a ciertos proyectos urbanísticos que, de llevarse a cabo, supondrían un duro golpe para el entorno.
Desde luego, si fuera por especulación, podríamos continuar enumerando algunos detalles, alegando, como un posible indicio, que antes de denominarse de los Santos Mártires, la iglesia estaba bajo la advocación de uno de los personajes predilectos dentro de lo que podríamos denominar como el santoral templario: el arcángel San Miguel.
Un antecedente cercano, en la capital, podemos encontrarlo en la ermita de San Saturio, que antiguamente se denominaba de San Miguel de la Peña, así como en el busto-relicario que, de la cabeza del supuesto Patrón de Soria, se custodia en la capilla que lleva su nombre, en el interior de la concatedral de San Pedro. Es justo mencionar, siquiera de pasada, el carácter baphomético que algunos autores atribuyen a este busto-relicario.
Dentro de las numerosas inscripciones que se pueden observar en algunos sillares exteriores, se encuentra, también, aquélla considerada como la fecha de consagración del templo: el año 1231.
Por otra parte, es en la zona del ábside donde se localiza el mayor número de marcas de cantería, destacando, en particular, una con inequívoca forma de tridente; o, según cómo interprete cada uno, dos epsilon griegas unidas por una cruz, aunque, dado su excelente estado, es posible que se trate de una marca relativamente reciente. También destacan las tradicionales cruces, posiblemente realizadas por cristianos piadosos o por peregrinos, que reproducen posibles calvarios.
Marcas de cruces, profundamente grabadas en la piedra, se pueden encontrar, así mismo, en las columnas de los capiteles de la derecha del pórtico de entrada. En éste, el tímpano muestra variados motivos decorativos -rostros y vegetales en su mayoría- entre los que destaca una curiosa cruz de doce puntas.
No obstante, es en el interior de la ermita, donde los posbiles indicios se hacen más evidentes, resaltando su notoriedad, en la zona del ábside, precisamente en el suelo y detrás de un lugar tan sacro como es el altar.

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lunes, 14 de septiembre de 2009

El castillo de Montalbán


Montalbán, o Monte Blanco. Situado al sur de la provincia de Toledo, y a 13 kilómetros del municipio de la Puebla del mismo nombre, el castillo de Montalbán constituye, como así lo atestiguan las crónicas, uno de los principales bastiones que tuvo el Temple en la región.
Al contrario de la problemática que conllevan numerosos lugares a la hora de certificar la presencia o pertenencia de la Orden -motivo de interminables quebraderos de cabeza y disputas entre los investigadores- con el castillo de Montalbán, se dispone de una evidencia histórica, que nadie parece poner en duda. Dicha evidencia, se basa en la donación realizada por el rey Alfonso VII a los frates milites, como premio por su participación en la conquista de Toledo.
Aunque el tiempo no perdona y el escaso y en ocasiones nulo interés de los organismos competentes, tampoco, la impresión que se tiene al acercarse a las ruinas, es de que en tiempos debió de albergar una guarnición considerable, o en su defecto -como opina más de un historiador- constituir un lugar de reunión para las tropas que habrían de participar en las distintas ofensivas llevadas a cabo por los reinos cristianos durante la Reconquista.
Cabe destacar, como dato, si no relevante, al menos sí interesante, su cercanía a lo que otrora fuera el complejo monástico visigodo de Santa María de Melque, así como también la existencia, a aproximadamente un par de kilómetros de distancia, de restos dolménicos, detalle que puede justificar, en parte, las teorías de algunos investigadores, relativas al interés que los templarios parecían tener por este tipo de lugares. De hecho, no son pocos los enclaves a ellos atribuidos, situados en las proximidades de centros megalíticos y otros asentamientos de culto ancestral.
Dado que se tiene constancia de que era una fortaleza mucho más pequeña cuando fue abandonada por los musulmanes una vez conquistada Toledo, cabe suponer que el Temple contribuyó en gran medida a su conservación, aunque fue con posterioridad al año 1308, cuando se tiene la certeza de que Don Alfonso Fernández Coronel -por aquél entonces enemistado con Pedro I el Cruel- procedió a su reforma, añadiéndole nuevas defensas.
Por otra parte, una de las singularidades que se pueden encontrar en su interior, es la gran cantidad de marcas de cantería que se localizan en numerosos de sus sillares y que perfectamente podrían coincidir con el periodo en que la fortaleza estuvo en poder del Temple. Al menos, algunas de estas marcas, como por ejemplo la estrella de cinco puntas, resultan fácilmente localizables en otros edificios pertenecientes a la Orden, como es la ermita de San Bartolomé de Ucero, en el Cañón del Río Lobos.
No cabe duda, así mismo -y este es un dato curioso- que en cualquier lugar asociado con el Temple, por regla general sobrevive una tradición oral que genera toda clase de historias y leyendas. De tal manera que, no siendo una excepción a la regla, el castillo de Montalbán conlleva la asociación de varias leyendas. Por ejemplo, aquélla en particular que menciona entre sus muros la presencia de todo un personaje histórico de primer orden: el emperador Carlomagno.

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Rodeada de un ambiente inigualable de magia y misterio, la leyenda, basada en relatos trovadorescos medievales relacionados con la juventud de Carlomagno, refiere los amores entre éste y la princesa mora Galiana, hija del rey Galofre de Toledo.
Otras leyendas, refieren, también, la existencia de cámaras y galerías subterráneas ocultas, incidiendo en que alguna llegaría hasta la cercana ermita visigoda de Santa María de Melque, situada, aproximadamente, a tres o cuatro kilómetros de distancia.
Puede que, basadas en ellas, o posiblemente formando parte de esa otra mitología moderna, como las leyendas urbanas, sean muchos los relatos que sitúan este espectacular castillo como epicentro donde se producen fenómenos sobrenaturales de variada índole. Incluso hay quien, a través de esta formidable herramienta de comunicación que es Internet, comenta sus experiencias en el ámbito de las denominadas Paraciencias, aprovechando la idoneidad que representa un lugar completamente aislado, para registrar grabaciones; lo que, en el ámbito paracientífico al que nos referíamos, se conocen como psicofonías.
Sea como sea, lo que resulta evidente, es el hecho de que, al igual que ciertas construcciones relacionadas con el Temple -el mejor ejemplo, lo puede constituit, probablemente, el castillo de Ponferrada- esta imponente fortaleza situada en los páramos toledanos se ha convertido -aparte de coto privado de caza, que imposibilita su visita en el periodo comprendido entre febrero y mayo- en un verdadero lugar de culto, en el que no resulta extraño encontrarse con toda clase de personas, incluidas sectas y grupos de neotemplarios, entregados a diversas prácticas y actividades.
Non nobis, Domine, non nobis, sed Nomini tua da gloriam...

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domingo, 13 de septiembre de 2009

Templarios en Montalbán

Hay lugares que conservan el espíritu, imanes que, aunque revestidos de soledad, olvido y desamparo, todavía mantienen, en lo más profundo de sus cimientos, un corazón que aún late con la fuerza que le proporciona un pasado gloriosamente histórico, ungido en el fragor de las batallas y consagrado a ser una leyenda. El castillo de Montalbán, sin duda, es uno de ellos.



Situado, aproximadamente, a 13 kilómetros de la toledana población de la Puebla de Montalbán, las murallas de esta fortaleza, que en tiempos debió de ser formidable, a juzgar por sus dimensiones, es el foco de atracción de numerosos visitantes, curiosos y nostálgicos, atraídos por una orden medieval de monjes-guerreros, los pormenores de cuya historia y leyenda, al cabo de setecientos años después de su desaparición, continúan despertando un interés inusitado: la Orden del Temple.
Hasta tal punto levanta pasión todo lo relacionado con los templarios, que hay quien incluso pernocta en el castillo, y en el silencio de la noche, aprieta la tecla recording de sus grabadoras con la esperanza de que las psicofonías obtenidas le revelen, desde los ecos mismos del pasado, secretos que posiblemente cualquier historiador -ortodoxo o no- haya hecho públicos hace muchos años.

Otros, sin duda influenciados por la mitosis que, créase o no, llegará un momento en el que sea tratada por el médico de cabecera, abren de cuando en cuando el baúl de los recuerdos y vistiéndose el hábito blanco, fantasmal, que caracterizaba a los pauperes commilitones, ondean teatralmente el estandarte patado en lo más alto de las murallas. Y créase o no, toparse con ellos puede constituir una nota de colorido al lugar, pero también un completo incordio.


Créase o no, cuando los vi, según me acercaba a las ruinas, pensé que quizás algún supuesto heredero de Jacques de Molay había acudido a tomar posesión de un castillo que el rey Alfonso VIII había donado a la orden, por su participación en la conquista del reino de Toledo. Y como ahora está de moda reclamar, se tenga o no derecho, y si no, que se lo pregunten al Papa...
En fin, el caso es que les pegunté cordialmente si podía sacarles un par de fotografías con las que ilustrar esta anécdota. Me dijeron que sí, aunque no demasiado cordialmente, a juzgar por el gesto de fastidio de sus caras. Fue su único gesto, valga la redundancia, digamos que amable. A partir de entonces, me convertí en el intruso. Me hizo gracia, porque cada vez que me acercaba, intentando sacar un reportaje del castillo, que era lo único que me interesaba, una cabeza asomaba por algún hueco de las murallas y aunque procuraba no gritar, el eco -siempre acusica- traía consigo una frase que ya terminó aburriéndome: cuidado, se acerca el intruso.
Como decía, no deja de ser curioso que si la Delegación Provincial de Medio Ambiente de Toledo, según resolución del 5 de abril de 2005, sólo prohibe el acceso al castillo del 1 de febrero al 31 de mayo -por temporada de caza-, cuatro nostálgicos de Molay intenten limitar ese derecho, haciendo incómoda la visita de los demás.
Por fortuna -y por derecho-, terminé de hacer lo que había ido a hacer, con el beneplático o no de mis neo-templarios vecinos, y sin más dilación, me encaminé a un lugar cercano e interesentemente jugoso: la ermita visigoda de Santa María de Melque. Pero claro, eso es otra historia.