jueves, 24 de mayo de 2007

El Monasterio de las Ánimas

1


Había niebla aquella mañana, siendo más persistente en lo alto del monte y en la ribera del cercano río, cuando fray Benito salió del monasterio portanto en las manos sendos cubos de madera. La primavera se retrasaba, y a juzgar por el color gris ceniza del cielo, el fraile supuso que no tardaría mucho tiempo en comenzar a llover, toda vez que las nubes parecían incapaces de retener por más tiempo la gran cantidad de agua que portaban en su interior.

Era un hecho puntual y constatado, que siempre que observaba las nubes y preveía la proximidad de la tormenta, fray Benito se persignaba de inmediato, experimentando en su interior la curiosa sensación de que algo -por lo general extraño, misterioso y transcendente- estaba a punto de suceder.

Resultaba desconcertante, desde luego, pero según recordaba, su vida se había desarrollado siempre por unos derroteros tan inesperadamente infrecuentes, que fray Benito hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que no era otro, sino el mismísimo Diablo, quien se complacía en jugar con él, burlándose a su costa.

Por otra parte, las tormentas jugaban siempre un papel fundamental: primero amenazaban con borrarle de la faz de la tierra con su furia inusitada -incluso hubo un tiempo en el que pensaba que las atraía como un imán- y después, cuando aún las ramas y las hojas de los árboles no habían terminado de gotear sobre el suelo, una aparición -generalmente una mujer de belleza extraordinaria, ataviada con una túnica blanca que la cubría incluso los pies- se materializaba enfrente de él, como salida de la nada por obra y arte de oscuras brujerías.

No obstante, lo más impresionante de todo, dejando a un lado el hecho prodigioso en sí mismo de que se mantenía flotando en el aire a algunos centímetros por encima del suelo, eran sus ojos, de un color tan verde y pronunciado, como las esmeraldas que levantan la codicia entre los hombres, frente a cuya visión muchos no dudarían en matar por conseguirlas.

La dama en cuestión, nunca hablaba. En las numerosas ocasiones en que se le había presentado -la primera vez era apenas un muchacho que no levantaba dos palmos del suelo- no recordaba ni siquiera una en que los labios de la extraña doncella se hubieran separado para pronunciar cualquier sonido, aunque fuese extranjero, gutural o de cualquier otro tipo conocido.
Luego, cuando todavía no se había recuperado de la impresión, en la mano de la mujer aparecía una vara de avellano -las conocía muy bien, pues aquél tipo de varas las había empleado su padre en numerosas ocasiones en su espalda cuando era niño- con la que dibujaba incomprensibles mensajes en el suelo.