jueves, 8 de septiembre de 2016

Cuenca: ruinas de la iglesia de San Pantaleón


Pudiera compararse con el esotérico Juego de la Oca, pero no lo es, aunque tratándose del Temple, y en vista de estas últimas entradas, se podría decir aquello de: de ruina en ruina y tiro porque me toca. Como en el caso de la iglesia de Santa María de la Varga, en Guadalajara, también una provincia vecina, Cuenca, cuenta con sus posibles rescoldos templarios. Y también, como en el caso anterior, o siendo todavía mucho más objetivos, como ocurre infinidad de veces cuando se intenta identificar los lugares donde presumiblemente estuvieron o en su defecto, pertenecieron a una orden tan escurridiza, se choca inevitablemente con el poderoso escollo legal de que no hay documentación histórica -al menos, conocida- que lo avale y sobre la que poner el aforismo de garantía -permítaseme la licencia lingüística- de made in Temple. Por tanto, echando mano de esa subjetiva pero necesaria herramienta auxiliar que es la tradición, o en su defecto, el se dice se comenta se rumorea, hemos de pensar en la posibilidad de que este mellado e irreconocible montón de piedras, que son las ruinas de la antigua iglesia de San Pantaleón, situadas a apenas unos insignificantes metros de la imponente catedral dedicada a la figura de Santa María de Gracia, pudieran haber pertenecido, en sus orígenes, a esos orgullosos y bravos caballeros que formaron una parte inestimable de las tropas de asalto del rey Alfonso VIII, destacándose por su valentía y arrojo a la hora de tomar una ciudad, que por sus especiales características, hemos de suponer que aparentemente inexpugnable y cuyo costo humano debió de constituir un verdadero baño de sangre. Ocurría, según las crónicas, en el año 1177, una veintena de años después de que estos caballeros se distinguiesen en el sitio de Almería y algunos años antes de que evitaran, también con su determinación, que la famosa derrota en Alarcos se convirtiera en una auténtica hecatombe para el ejército cristiano.

Sus orígenes, se estiman en el último tercio del siglo XIII, siendo del año 1355 la mención más antigua que se conserva, donde ya se la denomina como San Juan del Hospital, lo que podría inducir a suponer que, una vez disuelta la Orden del Temple, ésta iglesia –hipotéticamente hablando, por supuesto-, podría haber pasado a depender, como muchas otras iglesias y posesiones templarias, de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén.

Por otra parte, y si bien es cierto que apenas quedan elementos en la actualidad sobre los que juzgar o valorar, algunas fuentes observan que en sus inicios pudo haber tenido un aspecto similar al de la iglesia de San Felipe, en Brihuega. De ser así, hubiera resultado interesante observar, si también tuvo, orientado hacia poniente, como en aquélla, un magnífico rosetón en forma de Sello de Salomón, haciendo bueno el consejo del Maestro Roncellin, de poner los signos de reconocimiento en los lugares que habitaran. De su antigua portada, sobreviven, a duras penas, dos pequeños capiteles. El de la izquierda, prácticamente inidentificable, pudo ser igual que el de la derecha, donde parece que se muestra una lucha entre caballeros y entre medias de ambos, un curioso personaje con la cabeza hacia abajo. A este respecto, no estaría de más, comentar que al principio de la calle General Santa Coloma, que da acceso al barrio antiguo, hay un antiguo y curioso escudo, que quizás pudiera haber tenido relación, pues muestra un magnífico Agnus Dei y por debajo de éste, hincados de patas delanteras en el suelo, lo que parecen ser un ciervo y un perro, personajes, en resumen, que recuerdan ciertos episodios simbólicos contenidos en los ciclos narrativos del Grial.  A este respecto, y relacionado, podemos considerar la advocación de la iglesia. Recordemos que San Pantaleón –así se llama, cuando menos también la Escuela Taller instalada actualmente junto a las ruinas-, está relacionado, así mismo con toda la simbólica griálica, en el milagro de la licuefacción de su sangre, y aunque ahora se venere en la iglesia del Real Monasterio de la Encarnación de Madrid, en origen estuvo en pleno Camino de Santiago, en la enigmática iglesia que lleva su nombre, situada en la Merindad burgalesa de Losa, junto a merindades vecinas, como Mena, donde se constatan lugares muy asociados con ellos. Referente a ello, y como dato añadido, conviene señalar, que si bien San Pantaleón es un santo muy popular, los lugares donde se le rinde culto o mejor dicho, los lugares donde se le rendía culto en la antigüedad, solían ser muy especiales y de difícil acceso, como se demuestra, por ejemplo, en el convento de la Virgen de la Hoz, en las Hoces del Río Duratón, en Segovia y actualmente en completa ruina, de donde se salvó un magnífico retablo gótico dedicado a la Ascensión de la Magdalena –otro tema muy relacionado con ellos-, y situado en las proximidades de otro santuario no menos peculiar, donde todavía, cada 25 de octubre se venera no sólo al santo titular, San Frutos, sino también a las cabezas –otro tema relacionado- de los que fueran sus hermanos: Valentín y Engracia.

Como colofón, añadir que en la actualidad, y al pie de su antiguo ábside o cabecera, la ciudad de Cuenca ha puesto un eterno guardián, en la escultura de Federico Muelas, quien fuera uno de sus hijos y poetas predilectos.

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