viernes, 3 de mayo de 2013

Rectificando: Santa María de Xuvencos versus San Xulián de Astureses



Sombras, intuiciones, sinsabores, fantasmas, encrucijadas históricas, arduos caminos y equivocaciones son sólo algunas de las sorpresas que esperan a los investigadores que no se conforman sólo con las garantías que ofrecen los escasos documentos que han sobrevivido, para intentar dilucidar, en la medida de lo posible, una guía lo más aproximada, a ese mundo fascinante que fue la España templaria. Porque la hubo, y al menos en esto, no tengo ninguna duda. Ignoro cuáles fueron los motivos de Juan García Atienza –que en gloria esté- para no reparar a tiempo este error; y aun habiendo caído en él -no me importa reconocer, con todas sus consecuencias, que mi admiración por el que no sólo fue uno de los mayores impulsores en la divulgación de la historia del Temple en la Península, sino también un admirable guía de esa España misteriosa y mágica que continúa conmoviéndonos-, continúa intacta.
Agradezco sinceramente a Rafael Alarcón Herrera, su gentileza al hacerme ver dicho error, con pelos y señales –se recomienda ver comentarios en la entrada anterior- y tampoco siento reparo alguno en afirmar que mi admiración por él no es menor; que su amistad me honra, y que siempre he tenido la seguridad de que aquí, en España, no hay mayor experto que él en relación a la Orden del Temple y sus fascinantes misterios. Suficientes motivos, creo, como para considerarle Luz amiga en el Camino.
Quede claro, pues, que en la entrada anterior, la iglesia que se muestra no es la de San Xulián de Astureses, sino la de Santa María de Xuvencos. Posiblemente el Temple no tuvo nada que ver con ella, pero en mi opinión –y lo digo con toda sinceridad- este detalle no le resta un ápice de interés, como tampoco le quita mérito alguno a los numerosos enigmas que conserva desde tiempo inmemorial. Y después de todo, considérese consuelo de tontos o no, su situación de proximidad a territorio templario, puede ser, también, un aliciente más para visitarla y dejarse llevar por su hechizo.
Pido perdón por mi error. Y dicho esto, tan sólo me resta decir que al Temple lo que es del Temple, y a Dios lo que es de Dios.