sábado, 14 de abril de 2012

El Cristo de las Maravillas de los templarios de Ponferrada



'Existen otros muchos Cristos templarios, aunque la mayoría de ellos no seamos ya capaces de reconocerlos como tales; dos se destacan sin embargo de esta masa anónima. El primero es el llamado Santo Cristo del Sepulcro, de la iglesia octogonal del Santo Sepulcro en Torres del Río (Navarra), ejemplar románico primitivo mostrando al galileo con su corona real y suspendido con cuatro clavos de una cruz de brazos florenzados. Se dice muy milagroso y desde antiguo tuvo una cofradía para atender a los que venían hasta aquí buscando curación. El segundo, es el conocido como Cristo de la Fortaleza o de las Maravillas, conservado en la iglesia de San Andrés, en Ponferrada (León), pero procedente del castillo templario; es también un ejemplar románico primitivo, igualmente coronado, pero con sólo tres clavos, aunque la cruz que lo sustenta no es ya la original pues se ha perdido...' (1).

D
urante años, ha permanecido oculto; encerrado a cal y canto en el interior de una iglesia, la de San Andrés, situada, paradójicamente, a escasos metros de las murallas de un castillo en el que fue custodiado y venerado por una auténtica guardia de corps: los caballeros templarios de Ponferrada. Ignoro cuándo se produjo y por qué, pero siento gratitud por la iniciativa de trasladarlo a la basílica de Nª Sª de la Encina, situada también en las proximidades del castillo, y la oportuna idea de volver a conceder al pueblo, el derecho inalienable de poder verlo, de rezarle y de solicitar su intercesión para con la enfermedad, que tanta fama le otorgó en el pasado. Una decisión, insisto, en la que no sólo turistas y devotos hallarán un atractivo más, sino también los cientos, miles de peregrinos que arrostrando las penalidades del Camino, lleguen a Ponferrada con la fe puesta en uno de los grandes símbolos de los que se proveerá su experiencia, en el camino vital que se encuentran realizando.

Localizado en uno de los laterales de la basílica, un cristal lo protege, no sólo del polvo, sino también de los ocasionales impulsos de aquellos que, aún actuando motivados por la fe o la pasión, sientan deseos de llevarse consigo una reliquia. Tal vez eso ya ocurriera en el pasado, pues si nos fijamos bien, observaremos que le falta parte de un dedo de su mano derecha (2). Curiosamente, además, cuando se observa tan magnífico ejemplar, uno no puede evitar dejarse llevar por las comparaciones, y de alguna manera sentir que encuentra en él cierta familiaridad, por ejemplo, con el otro magnífico Cristo románico mencionado por Rafael Alarcón, y que se localiza en la iglesia de planta octogonal del Santo Sepulcro, en Torres del Río, Navarra. Ambos están coronados; ambos tienen los ojos cerrados -señal de fallecimiento-, a los dos les chorrea sangre por la frente, pero sus rostros muestran una paz incomensurable, liberadora, muy diferente de esos Cristos que a partir del siglo XIII, y según observa Gonzalo Torrente Ballester (3), comienzan a mostrar la corona de espinas y un sufrimiento aburguesado, muy alejado, por ejemplo, del Cristo en Majestad, Señor de todo lo creado, del Pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago. Pero a diferencia del Cristo de Torres del Río, el Cristo de las Maravillas de los templarios de Ponferrada, muestra otro detalle, que puede tener, en mi opinión, una más que probable relevancia: su faldón. Un faldón en el que sobresalen estrellas, círculos solares y flechas que podrían constituir una posible clave, pero que, por el momento, constituyen todo un enigma; aunque también es cierto, y lo digo a modo comparativo, me recuerda los motivos ilustrativos de cierta misteriosa capilla, anexa a la sacristía de una curiosa iglesia románica asturiana: la de San Vicente de Serrapio, en el concejo de Aller.






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(1) Rafael Alarcón Herrera: 'La otra España del Temple', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1988, páginas 209-210.


(2) Curiosamente, a este Cristo de Ponferrada, le falta parte del dedo índice derecho, detalle que me recuerda a otro Cristo singular -el denominado Cristo del Relicario- que se localiza detrás del altar mayor de la Colegiata de San Pedro de Teverga, en Asturias. Al Cristo del Relicario de Teverga -llamado así, porque al ir a efectuar trabajos de limpieza, se descubrió que tenía un cajoncito en su nuca, relleno de tierra que, al ser analizada, resultó procedente de Jerusalén- le falta, precisamente, el dedo índice completo de su mano derecha. Por otra parte, no son raros estos casos, en los que generalmente los peregrinos deciden llevarse consigo parte de una reliquia. Y en este sentido, se podría comentar, como ejemplo, el Santuario soriano de la Virgen de la Llana, donde se conserva, entre otras cosas, el famoso arcón de la leyenda del Cautivo de Peroniel, donde era costumbre hacerse con una astilla, en la creencia de que, dado su carácter sagrado y milagrosa, sería el mejor de los amuletos para cualquier peligro, incluído, por supuesto, el de la enfermedad.


(3) Gonzalo Torrente Ballester: 'Compostela y su ángel', Ediciones Destino, S.A., 1984, página 81.

4 comentarios:

Syr dijo...

Resulta tan impresionante como la de Puente de la Reina. Quizá mucho más serena, lo que confiere todo un rasgo de paz contemplativa.

Y la lanzada en el flanco derecho.

¿ Por qué será que a Santo Tomás se le representa introduciendo su dedo en la llaga del costado izquierdo del resucitado?.

Un abrazo, Caminante

juancar347 dijo...

Hola, Syr. Hay una gran diferencia entre este Cristo o el Cristo de Torres del Río, con los de Puente la Reina y Carrión de los Condes. Estos últimos, de origen renano y aún mostrando como elemento de tortura todo un símbolo, como es la pata de oca, pertenecen a ese tipo de Cristos góticos que los especialistas califican de 'Dolorosos'; es probable que sus rostros no lo denoten, pero sí se aprecia, y mucho, el terrible sufrimiento en la contorsión de sus cuerpos. Tanto el Cristo de Ponferrada, como su homónimo de Torres del Río, no resaltan este sufrimiento, sino que, por el contrario, si obvias por un momento el detalle de la cruz (en el caso del Cristo de Ponferrada, no es la original, obviamente) verás que tienen cierto aire con esas representaciones cátaras de Cristos sin cruz, ingrávidos en el espacio y trascendentes sobre la pasión física.
En cuanto a tu pregunta sobre Santo Tomás, eso sí que diría que es meter el dedo en la llaga. Un abrazo

Alkaest dijo...

Conozco muy diversos cristos del Temple, pero personalmente prefiero a éste de Ponferrada.
¿Está muerto o está sumido en la trascendencia?
Sea uno creyente, o no, hay que reconocer que esta imagen trasciende serenidad espiritual, y un simbolismo, referido al ciclo de los renacimientos vitales, que va más allá de cualquier creencia.
En su rostro puede leerse la inquieta búsqueda que, los caballeros del Temple, hacían del camino del espíritu.

Salud y fraternidad.

juancar347 dijo...

Yo también conozco algunos Cristos templarios, o supuestamente templarios, que aunque todavía no muestran lo que podríamos calificar como 'culto al dolor' (uno de ellos, por ejemplo, sería el denominado 'Cristo Cillerero', que actualmente se encuentra en la iglesia de San Juan de Rabanera, en Soria) no definen esa insólita trascendencia que emana de este Cristo de Ponferrada. Una trascendencia que se ve acompañada, a la vez, por un rico simbolismo que merece ser estudiado. Es una pena que no conserve su cruz original, cuya forma apostaría a que era del tipo de las denominadas como de gajo, no carentes, tampoco y como sabes, de un especial y rico simbolismo. Pero coincido contigo, sobre todo en tu última que, referida al rostro de este Cristo, ofrece un atisbo de la búsqueda del espíritu. Un abrazo