miércoles, 22 de diciembre de 2010

Enigmas templarios de San Pedro Manrique

Situada en las Tierras Altas sorianas, al comienzo, podríamos decir, de esa Ruta de las Icnitas, que va aún más allá de localidades como Villar del Río o La Cuesta –en tiempos en este despoblado se conservaba un lienzo con fama de auténtico, del Santo Rostro, misteriosamente desaparecido en la actualidad- se interna en una tierra también mistérica, como es La Rioja, San Pedro Manrique aún mantiene celosamente guardados gran cantidad de enigmas históricos, entre los que no faltan, desde luego, referencias al Temple, como iremos exponiendo a continuación.
Famosa, no obstante, por el espectacular Paso del Fuego en la noche de San Juan y la también famosa tradición de las Móndidas –o referencia al tributo de doncellas que los cristianos debían de pagar a los moros, tradición que se repite en numerosos lugares de afinidad templaria, como por ejemplo, Villalcázar de Sirga, donde, junto con las doncellas aparece otro elemento simbólico, como son los toros- nuestro recorrido comienza en la cúspide de un empinado cerro, situado a un kilómetro aproximadamente de la población.
Allí, como descarnados despojos de un misterio histórico, y hasta cierto punto atemporal, aún pueden verse las ruinas de lo que la tradición se afana en calificar como de que fue convento templario: San Pedro el Viejo.




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A mitad de cuesta, aproximadamente, una cerca de alambre delimita el acceso a las ruinas, donde todavía se aprecia, milagrosamente en pie, el enhiesto obelisco que en tiempos constituyó su robusta torre. Hablamos de un edificio, que habría que situar en las postrimerías del siglo XII o comienzos del siglo XIII y que, a juzgar por los restos de edificaciones que aún ser conservan, debió de gozar de cierta importancia. Por los restos de excrementos que cubren el suelo del malogrado ábside, resulta fácil adivinar que su destino –como el destino de tantos otros conjuntos históricos y artísticos de la época, tanto de la provincia como de otras provincias- ha servido, y continúa sirviendo en la actualidad como refugio ocasional del ganado; en este caso, ovino principalmente.
Aguzando la vista y con bastante dificultad, también es cierto, aún se pueden distinguir restos de las pinturas que decoraban el interior de éste; y entre ellas, dos caballeros enfrentados. También se aprecian, perfectamente delimitados, varios graffitis, entre los que destaca un enigmático símbolo de origen celtíbero: el Indalo. Causalidad o no, la zona fue un hervidero celtíbero –pelendones- en tiempos, generando gran parte de los guerreros que nutrieron a la asediada Numancia, cuyas ruinas se localizan a menos de una veintena de kilómetros de distancia.


Las ruinas de la iglesia de San Miguel


Hablar de la malograda iglesia de San Miguel, conlleva hacer referencia a ese lenguaje goético y notablemente indescifrable, que resume una auténtica revolución artística que dejó pequeños, incluso en simbología, a los más grandes templos románicos. Adosado al cementerio, y situado en la parte alta de la ciudad, varios son los caminos que conducen hasta éstas ruinas, cuyo punto de inflexión se resume en una sola palabra: misterio.


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No muy lejos, sobrevive una de las antiguas puertas que se levantaban en las murallas que circundaban la ciudad en la Edad Media. Se accede a ella, a través de una calle que, causal o casualmente, lleva el nombre de Rochela, la cuál, en mi opinión, podría hacer referencia a uno de los principales puertos de amarre de la flota templaria en el Atlántico: La Rochelle.

Causal o casualmente también, la iglesia de San Miguel y el cementerio se localizan en el mismo camino, aunque en el lado opuesto, del Recinto del Fuego y de la ermita de la Virgen de la Peña: Virgen milagrera y de connotaciones negras, bajo cuya advocación suele situarse -causal o casualmente- la presencia del Temple. Como ejemplo, se podrían citar los santuarios de la Virgen de la Peña de Sepúlveda y Calatayud.

Entre el simbolismo aplicado a la arquitectura que aún se puede apreciar en las ruinas de éste finiquitado templo, destacan los enormes pilares centrales, que en número de tres, se expanden hacia el techo conformando a la perfección las ramas de una palmera, árbol de connotaciones esotéricas -un buen ejemplo de ello, lo tenemos en la misma provincia de Soria, en la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga- cuya hoya suele estar asociada al martirio -a los templarios, simbólicamente, también se les consideraba mártires de Dios- siendo portada en la mano de numerosos santos y santas.

Con respecto a la simbología contenida en los modillones que sirven como nexo de unión de las nervaduras del bajo techo adosado a la nave central, constituye, en sí misma, una genuína alusión a la geometría sagrada (1), cuando no también una posible referencia alquímica, como me comentó en su día una inestimable amiga licenciada en Arte (2).

El Recinto del Fuego y la ermita de la Virgen de la Peña

Aunque no se puede afirmar que éste mundialmente conocido ritual de la Noche de San Juan, tenga unas reminiscencias templarias, sino más bien una base ancestral y de probable origen celtíbero, sí se puede comentar la predilección que éstos parece que han sentido siempre por instalarse en lugares donde, de alguna manera, ha pervivido una presencia cultual anterior, detectada bien sea mediante la tradición oral o escrita asociada a un determinado pueblo o colectivo, o bien en forma de restos de antiguas cosmogonías, como pueden ser templos, cuevas o complejos megalíticos.


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Del románico original de la primitiva ermita de la Virgen de la Peña, apenas queda huella, si exceptuamos una sencilla portada de tres arquivoltas y apenas labra. No obstante, adosada a ella, de forma que semeja un pequeño coliseo, el Recinto del Fuego, en cuyo centro se apila leña -roble, árbol sagrado de los celtas, para ser exactos- que, una vez consumida por las llamas y reducida a ascuas candentes, constituirá la senda por la que tendrán que pasar los mozos con los pies descalzos y, en muchas ocasiones, con una persona sobre sus espaldas.

Puedo asegurar, por haberlo vivido, que el calor que desprende la hoguera, aún a varios metros de distancia, no sólo es impresionante, sinto también insoportable. Así mismo, que los pasadores lo recorren sin sufrir daño alguno en la planta de sus pies, salvo en raras excepciones y por regla general, motivado por la imprudencia.

Otro posible nexo de conexión, podría ser, como ya he mencionado, el tema legendario de las Móndidas; o lo que es lo mismo, el tributo en doncellas que los cristianos tenían que pagar a los árabes para su salvaguarda y que, de similar manera a como ocurre en otros lugares asociados al Temple, como Villalcázar de Sirga, éstos, los cristianos, se libraron de tan execrable práctica por intercesión de la Virgen.

Paralelismos que, retornando al tema de lo causal o lo casual, bien considero que merecen tenerse siempre en cuenta.

(1) Con respecto a este tipo de simbología y su relación con numerosas marcas de cantero, recomiendo la lectura del libro de Xavier Musquera, 'Ocultismo Medieval', Ediciones Nowtilus, 2009.

(2) Teresa Hernández Benito, quien, de manera inapreciable, me comentaba una posible transmutación simbólica de la rosa en la rueda de los rosetones góticos.

lunes, 13 de diciembre de 2010

El Espino: ¿un pueblo de origen templario en la serranía soriana?

'Este pueblecito se halla actualmente en trance de despoblación. Nos ofrece dos enigmas: el primero es su mismo nombre: El Espino. Nos dice Charpentier que las encomiendas templarias se situaban en Francia muy a menudo en las proximidades que se llamaban, o pasaban a llamarse, la Espina o el Espino. Este símbolo parece tener un origen alquímico aunque su más inmediato antecedente lo tendríamos en las leyendas celtas de Irlanda. La cercanía de las ruinas de San Adrián -de muy posible adscripción templaria- podrían confirmar esta idea. El otro dato interesante es la existencia de una ermita de San Bartolomé. Santo éste perteneciente a la nómina de los santos mistéricos...'.
[Antonio Ruiz Vega (1)]

Renieblas, Narros, Suellacabras...y a una distancia de apenas cuatro kilómetros, en las postrimerías de un lugar sin duda emblemático y mistérico, como es la Sierra del Madero, un pueblecito a punto de desaparecer: El Espino. Si hemos de creer los datos proporcionados por la wikipedia -desde luego, no siempre fiables- éste pueblo contaba, en 1842, con casi un centenar de habitantes. La primera y única vez que estuve, hace aproximadamente dos años, apenas llegaba a cinco. Tal vez por eso, así como porque los abusos y los robos en los pequeños núcleos rurales están a la orden del día, el único habitante con el que me topé durante mi excursión, no se mostró todo lo cordial que cabía esperar.
No es casualidad que haya utilizado parte del artículo de Antonio Ruiz Vega a modo de introducción, pues fue gracias a él como entré en conocimiento de los pueblos mencionados, constatando en parte, como una sombra apenas soslayable, una más que probable presencia templaria en la zona.

En Renieblas, apenas queda rastro del impresionante cementerio medieval, que le dió -independientemente de la visita y las investigaciones de Adolf Schulten- cierta fama. Pero aún es posible vislumbrar -previsoramente encajadas al suelo con cemento- algunas interesantes estelas funerarias, que muestran, además de motivos solares, la más conocida de las cruces utilizadas por el Temple: la cruz paté.

Se puede vislumbrar también, aunque bastante desgastado por la acción del tiempo, ese pequeño escudo que Xavier Musquera -extraordinario investigador, lamentablemente fallecido en diciembre de 2009- identificaba con un caballero templario (2). No muy lejos de donde se localiza éste, y como confirmando una presencia de la que poco queda, salvo la persistencia de los recuerdos y la tradición, se encuentra la Calle de los Templarios, perpendicular a la carretera general que atraviesa el pueblo, muy cerca, igualmente, de la Plaza de los Peregrinos.

Su iglesia, bajo la advocación de Nª Sª de la Cruz -existe una talla gótica en madera policromada en su interior- es del siglo XVI, aunque es muy probable que sus inicios fueran románicos, utilizándose incluso materiales procedentes de las cercanas ruinas de Numancia. Aparte de una curiosa talla de Santa Ana, que preside el Retablo Mayor, llaman la atención unas pinturas -probablemente góticas- situadas al fondo de la nave, junto a la pila bautismal, que representan a uno de los santos predilectos del Temple, bautizando a Jesús en las aguas del río Jordán: San Juan Bautista.

De todo cuanto digo acerca de Renieblas, recomiendo el visionado de la entrada Los fascinantes enigmas de Renieblas.

A una decena de kilómetros, aproximadamente, y en dirección a la localidad de Suellacabras, nos encontramos con el pueblecito -bastante importante en la Edad Media, si hemos de fiarnos por la gran cantidad de escudos nobiliarios que adornan las fachadas de sus casas- de Narros.

Pueblo de antiguos mesteros, sus referentes, en cuanto a templos se refiere, se localizan en la ermita de la Virgen de la Soledad, situada a las afueras, así como en la iglesia parroquial de San Juan Bautista -otra vez volvemos a encontrarnos con este santo de especial preferencia templaria- a la entrada del pueblo. En los campos que separan la ermita de la iglesia, se localizan numerosas crucetas de piedra.

El pueblo de Narros cuenta, entre otras reliquias del pasado, con una losa funeraria, en cuyo anverso se aprecia una cruz, del tipo paté, estando su reverso decorado con una sucesión de círculos concéntricos. En la época del artículo de Antonio Ruiz Vega -1980- se encontraba situada al lado mismo de la carretera. En la actualidad, y por evidentes motivos de seguridad, se localiza en la Plaza Mayor, junto a la fuente, fijada al suelo con cemento. La siguiente población, distante seis kilómetros de Narros, es Suellacabras, otro pueblo no exento de interés y de reminiscencias mesteras también, como su nombre deja entrever.

Aparte del simbolismo subyacente en los numerosos símbolos labrados en los dinteles de muchas de sus casas, merecen especial atención las ruinas del antiguo cenobio de San Caprasio, un santo de mistéricas connotaciones, que tiene otro referente peninsular en el pueblecito leridano de Santa Cruz de la Serós, situado en pleno Camino de Santiago, a escasa distancia del viejo monasterio de San Juan de la Peña.

En estado bastante deplorable, algunas de las casas de El Espino muestran similares símbolos en los dinteles; símbolos entre los que, aparte de los nombres de los propietarios, el año de edificación -siglo XVII- y alguna que otra custodia, se divisa también, rondando en el tiempo, la clásica forma de la cruz paté utilizada por los templarios. Dentro del pueblo, y situada junto a las últimas casas colindantes, la iglesia permanece cerrada a cal y canto. El exterior no ofrece ninguna información reseñable, salvo el detalle de un génesis románico, rural y algo tosco, cuya estructura se ha visto considerablemente modificada a lo largo de los siglos. Los canecillos del ábside están lisos, completamente mudos y sin ofrecer una pista simbólica que pueda sugerir alguna hipótesis con la que trabajar, a excepción del detalle, en parte revelador, del santo bajo su advocación: San Bartolomé.

En las cercanías, las ruinas de San Adrián mantienen vigente la tradicional coletilla fue de templarios; y no muy lejos, se localizan también los restos del despoblado de Masegoso y el castro celtíbero de los Castillejos. Este último, podía responder perfectamente a las hipótesis que mantienen la predilección que el Temple tenía por instalarse cerca de asentamientos de culturas anteriores. Y con respecto a Masegoso, circula la leyenda -muy común a numerosos lugares, entre ellos la leyenda de Valdecea, en el Cañón del Río Lobos- del pueblo envenenado.

Pero quizás, y para complementar la hipótesis de Charpentier, adoptada por numerosos investigadores, añadir que, a vista de pueblo, aunque en las afueras, al otro lado de la carretera general, se encuentra la ermita de la Virgen del Espinar. Por supuesto, también cerrada a cal y canto.

También en las proximidades, y siguiendo la denominada Ruta de los Torreones, dos poblaciones invitan a especular por los restos y las leyendas referidas a gigantes, moras encantadas y templarios, que corren de boca en boca entre los lugareños: Trébago y Magaña. Y aún más allá de éstas, en las denominadas Tierras Altas, San Pedro Manrique, con su ancestral culto al fuego, las Móndidas, las ruinas de San Miguel y esas otras interesantes ruinas que, según la tradición, formaban parte del convento templario de San Pedro el Viejo. Pero todo esto, formará parte de otra historia.

(1) Revista Mundo Desconocido Nº53, noviembre 1980. Antonio Ruiz Vega: 'La Sierra de los 7 Infantes', página 42.

(2) Xavier Musquera: 'La aventura de los templarios en España', Editorial Nawtilus.


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miércoles, 1 de diciembre de 2010

¿Hubo templarios en San Martín de Elines?

He aquí, aunque simple, una pregunta de difícil respuesta. Si bien en numerosos lugares de la Península, la huella de los fratres milites del Temple, aunque sombría y escasamente documentada, ofrece al menos pistas simbólicas cuando no tradicionales, que aventuran hacia una certeza más o menos fundada de su presencia, el tema se complica, no obstante, de gran manera, cuando se hace referencia a la Cornisa Cantábrica. Es cierto que no debemos pensar en la cruz paté -posiblemente, el tipo de cruz más común de todas las utilizadas por la Orden- como en un tipo de cruz que denote una exclusividad propia y legítima, que permita aseverar, sin ningún género de duda, que tal objeto o tal lugar, les perteneció; es cierto, también, que este tipo de cruz se utilizó igualmente para la consagración de iglesias, antes de la creación e incluso mucho tiempo después de la supresión del Temple, como demuestran, por ejemplo, las cruces de consagración que se encuentran en la ermita de San Miguel de Gormaz, provincia de Soria, datadas por los expertos, al igual que las pinturas, aproximadamente en el siglo X; o aquellas otras, localizadas tanto en el interior como en el exterior de numerosos templos -algunas pintadas- cuya modernidad, en muchos casos, salta a la vista. Ahora bien, cuando se encuentran en cierta cantidad, no sólo en sarcófagos que reposan en el claustro de un edificio sacro situado en plena ruta del Camino de Santiago -detalle significativo-, sino también en la fachada de un edificio cercano, muy cercano, se abre, en mi opinión, la legítima oportunidad de mantener una sospecha o, en su defecto, hacerse la pregunta que sirve de título a la presente entrada.
Sabemos que en el lugar donde se levanta ésta, una de las cuatro magníficas colegiatas con que cuenta la Comunidad Autónoma de Cantabria -las de Cervatos, Castañeda y Santillana, serían las tres restantes- se levantaba un cenobio anterior, de probable origen mudéjar, a juzgar por los escasos restos que han sobrevivido a nuestros días. Sabemos, también, que la documentación referente a ésta colegiata de Elines, es desesperantemente escasa, siendo numerosos los enigmas que, sin embargo, en la forma de detalles y símbolos, conforman un auténtico reto para el investigador. También sabemos, que se especula con la fecha de 1102 y que la colegiata de Santa María de Elines, está considerada como una de las más antiguas de Cantabria, encontrándose emplazada en la cercanía de una importante zona eremítica, siendo la más reseñable, por importancia, la ermita rupestre de Santa María de Valverde, actualmente convertida, poco más o menos, que en un parque temático. Igualmente, sabemos que cuenta con un pequeño claustro, ajardinado a la manera de los patios cordobeses, por hacer una comparación, y que en éste, algunos sarcófagos de cierta calidad indican que allí recibieron sepultura hombres notables, incluido el que permanece en solitario en el centro del jardín y que, probablemente, perteneciera a alguno de los priores o abades más representativos del lugar.
Por otra parte, hay que reseñar, que no todos los sarcófagos pertenecen a la colegiata, sino que algunos fueron traídos de fuera, de otros lugares en ruinas y poco menos que olvidados, cuyas referencias no supo decirme la persona que hace de guía, o si lo mencionó, mea culpa, no tomé notas en ese momento y lo he olvidado.
Varios de estos sarcófagos, y creo que puede ser un dato relevante a tener en cuenta, además de mostrar, excepcionalmente labrada la cruz o las cruces paté, muestran, también, un símbolo eminentemente guerrero sin excepción: la espada. Símbolo que, si hemos de considerar las aseveraciones de un auténtico especialista en la materia, como fue Xavier Musquera (1) este símbolo, localizado en cierta lápida que se encuentra en el suelo del claustro del monasterio de Santa María de Valdediós, anexo a la famosa iglesia prerrománica de San Salvador, o el Conventín, en Villaviciosa, Asturias, señalaría la tumba de un caballero templario fallecido. A este respecto, y sobre la importancia de la espada en determinados ritos, no sólo de imposición, sino también iniciáticos, recomiendo la lectura de una extraordinaria y a la vez curiosa novela -sí, he dicho novela- de un enigmático escritor alemán de origen judío, Gustav Meyrinck, que lleva por título El Dominico Blanco (2).
También es reseñable, y volvemos al claustro de la colegiata de Santa María de Elines, un sarcófago de excelente manufactura, que permanece en una sala contigua al claustro y al pórtico de entrada de la iglesia. Luce un complejo decorado, compuesto por motivos entrelazados, distribuidos a derecha e izquierda de lo que bien pudiera considerarse un báculo o bastón, aunque no termine la forma de éste, cuando menos, en la característica y reseñable espiral. En los laterales, como simulando la galería porticada afín a numerosos templos románicos -representativa, según se supone, de las puertas de Jerusalén- está decorado con numerosos arcos altos y estrechos.
Ahora bien, la pieza indiscutible de la magnífica colección de sarcófagos que se pueden apreciar en este genuina lugar, lo constituye el llamado sarcófago del Caballero Peregrino, similar, en cuanto a misterio de identidad se refiere, a la tumba de aquél otro caballero desconocido que reposa en el interior de la iglesia de Santa María la Blanca, en Villalcázar de Sirga, provincia de Palencia y que, entre otras cosas, levanta polémica en cuanto a su posible pertenencia a la Orden del Temple o, por el contrario, a la Orden de Santiago, herederos del lugar cuando los primeros fueron juzgados y disueltos.
Exquisitamente decorado -señal evidente de la importancia de los restos mortales que habría de contener- el sarcófago muestra una riqueza simbólica muy digna de tener en cuenta. Riqueza que se aprecia, en primer término, en el Pantocrátor, con los emblemas distintivos de los cuatro evangelistas, escoltado, a ambos lados, por arcos donde se cobijan una serie de figuras o personajes que podrían tomarse, en principio, por una representación de los apóstoles -similar, haciendo un símil comparativo sólo del modelo, a los frisos que decoran los pórticos de las cercanas iglesias de Santiago y San Juan Bautista, en Carrión de los Condes y Moarves de Ojeda, Palencia, respectivamente- si no fuera por el detalle de que son ocho -número relevante, también- y no doce, como deberían ser.
Por encima del Pantocrátor, y alternándose como si de un código se tratara, se alternan diversos elementos simbólicos, de mayor o menor importancia; elementos que, relacionados de izquierda a derecha, quedarían conformados de la siguiente manera: castillo, escudo con franja en medio (3), castillo, escudo con franja enmedio, animal fantástico, otro animal fantástico (4), león o tal vez grifo, castillo, viera (5) y dragón.
Puede darse el caso, por supuesto, de que el personaje en cuestión -independientemente o no de que perteneciera al Temple o a cualquier otra orden militar de la época- fuera un personaje ajeno, quizás perteneciente a la nobleza -ibérica o de allende los Pirineos- a quien la muerte le sorprendió durante su peregrinaje. Un peregrinaje, que bien pudo ser voluntario como obligado, pues éste último también era corriente en la época, afectando tanto a nobles como a vasallos.
En cualquier caso, y honestamente hablando, creo que estamos ante un caso que puede servir de modelo para dejarse llevar libremente por la especulación.

(1) Xavier Musquera: 'La aventura de los templarios en España', Ediciones Nowtilus, S.L., abril de 2006, páginas 151-153. El título original, no obstante, en su primera edición, era 'La espada y la cruz'.

(2) Gustav Meyrinck: 'El Dominico Blanco', Editorial Planeta, 1ª edición, marzo de 1987.

(3) Hay lugares relacionados con el Temple, donde puede divisarse un escudo exactamente igual, aunque hubiera sido un buen dato saber si el sarcófago estuvo policromado y comprobar los colores. A este respecto, se me ocurre pensar en el escudo que se localiza en el interior del ábside de la iglesia de Nª Sª de la Asunción, en Castillejo de Robledo, provincia de Soria, cuyos colores son franja negra sobre fondo blanco. Curiosamente, los colores del bauceant o estandarte del Temple.

(4) Por su forma de doncella con alas y cola de serpiente, tiene todo el aspecto de una reproducción de Melusina, esposa del dios Lug, a la cual se representaba también con la pata de oca, formando parte de una tradición muy extendida a lo largo y ancho del Camino de las Estrellas.

(5) Elemento distintivo del peregrino; representación simbólica, a la vez, de un símbolo compañeril trascendente, mencionada ya en el punto anterior: la pata de oca.

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