jueves, 20 de septiembre de 2012

Tras las huellas del Temple en Extremadura: Tejeda de Tiétar



'Tengo buenos amigos extremeños. Son gente apasionada de su tierra, que suele comprarse botas duras y coches resistentes para meterse por cualquier rincón a la búsqueda de lo insólito, de lo olvidado, de lo desconocido. Sé incluso de uno de ellos que pesca a menudo restos arqueológicos inverosímiles, que se los lleva a su casa, los estudia y los contempla hasta que agota su afán de adentrarse en aquella realidad remota y, luego, los entrega al museo para que la gente los vea y otros los terminen de desentrañar. Si alguien pusiera en duda, antes estos amigos, la riqueza mágica y arqueológica de estas tierras extremeñas, tendría que vérselas con la aplastante tealidad de todo cuanto conocen.
Sin embargo, el hecho cierto -y triste a la vez- es que mis amigos extremeños constituyen una especie de excepción entre una general y total apatía de casi toda la población -comenzando por sus mismas autoridades académicas- por el estudio y conservación de una riqueza insólita que está casi virgen de estudio y que ha sido extrañamente relegada a la ignorancia o al olvido aún en los casos -excepcionales- en los que un profesor y su equipo llegaron un día a ocuparse de determinado lugar o de una pieza concreta...' (1).

Con estas palabras, prologaba Juan García Atienza, el apartado dedicado a Extremadura en su Nueva Guía de la España Mágica, publicada por la editorial Ramdon House Mondadori, en mayo de 2002. En realidad, y para ser sinceros, fueron las mismas palabras que ya utilizara a principios de los años noventa, cuandos sus dos primeras guías, hicieron furor entre los amantes de lo insólito, lo olvidado y lo desconocido, utilizando sus propios términos. Créase o no, diez e incluso veinte años después de tales aseveraciones, podría afirmarse que Extemadura, mucho más incluso, sin me apuran, que Teruel, continúa siendo, en el fondo, la Gran Desconocida. O lo que viene a ser lo mismo: continúa manteniendo a capa y espada ese numantino bastión histórico, completamente inexpugnable y acotado a todo intento por allanar y sacar a la luz una riqueza cultural que, paradojas del destino, se consume y languidece irremediablemente, mezclada con el turbio polvo del olvido y los intereses particulares. Uno de los problemas más graves, desde mi punto de vista, posiblemente tenga sus raíces todavía hoy, firmemente arraigadas en los grandes latifundios. Latifundios tradicionales, de los de toda la vida, sí, pero a los que se unen también, todo hay que decirlo, la inmensa cantidad de terreno adquirido en las últimas décadas por famosos de toda índole y condición, aislados del resto del vulgo en blindadas propiedades que incluyen, en numerosos casos, elementos históricos y artísticos de considerable interés. No obstante, y procurando ser justos, también hemos de considerar, que parte del problema de este obstinado cerrojazo cultural, se sustenta en una poco menos que histórica despreocupación de una mayoría del pueblo extremeño -entiéndase ésta a todos los niveles, no sólo los fácticos y académicos- hacia la recuperación y conservación de un Patrimonio -léase bien, con mayúscula- antiquísimo, riquísimo y primordial. Evidente y afortunadamente, siempre hay excepciones. Y son precisamente éstas excepciones, las que hay que cultivar, si se quiere acariciar, siquiera, una leve parte de ese rico y casi desconocido mosaico cultural al que venimos aludiendo.
De la misma manera que Atienza fue acreedor en su momento de la afortunada amistad de extremeños afables y sinceramente preocupados por la riqueza insólita de su monumental patria chica, yo también conté, a primeros de un caluroso mes de agosto del año en curso, con la inestimable colaboración de una extremeña de corazón y nacimiento, preocupada por conocer y sacar a la luz, en la medida de lo posible, los avatares y circunstancias históricas de la provincia en general, y de su pueblo en particular. Nacida en Tejeda de Tiétar, María del Pilar Suárez, ejerce la muy digna profesión de magisterio, no obstante, fuera de la provincia, sin que ello sea óbice para que disfrute en su casa natal largos periodos estivales, regresando también cuando lo requiere la ocasión. De su mano, y motivado, así mismo, por ciertas interesantes características contenidas en la iglesia parroquial, dedicada a la figura de San Miguel Arcángel -recordemos, uno de los santos predilectos del Temple- comencé, como digo, a descubrir parte de los misterios históricos que aún se conservan tanto en la mencionada iglesia, como en el privilegiado entorno en el que se encuentra situado el propio pueblo. Parte de esos misterios, como la figura románica de una Virgen Negra -la Virgen de la Torre, de cuyas características hablaré más extensamente en una próxima entrada- proceden de una ermita venida a menos y utilizada como establo, que se localiza en un terreno particular, dentro de una dehesa situada en las proximidades, conocida como Torre de Paniagua. Pero en lo relativo a dicha finca y algunos interesantisimos elementos que contiene, el tema, por el momento, es tabú.
El armazón que constituye la actual iglesia de San Miguel Arcángel, se recompuso en el siglo XVI, sobre los cimientos de una antigua iglesia románica que, a su vez, es muy probable que también ésta se levantara sobre los restos de algún templo o alguna construcción de origen romano, a juzgar por los numerosos elementos relacionados que se pueden observar reaprovechados tanto en el exterior como en el interior de la iglesia. Entre estos elementos, cabe destacar, el ara votiva situada en la pared del muro sur, muy próxima al pórtico de entrada al templo. Conocida popularmente como la Muerte Pelona, representa la figura de un danzante -anecdóticamente, su vestido recuerda a las vestimentas de los bailarines derviches- y una inscripción latina que, dividida en dos partes, dice lo siguiente: por encima de la figura (VOTUM FECIT LIBE SELAIS DVIL), y dentro del vestido del danzarín (DVLIVS IVLIUS). A estos elementos, habría que añadir, ciertamente, otra pieza interesante e inusual -al menos, su no conservación en un museo- que indica la existencia de cultos paganos más antiguos, probablemente de origen autóctono y condición celtíbera, de alguna de las muchas tribus que fueron sometidas durante la conquista romana. Consiste en una pieza rectangular, empotrada en el muro norte de la iglesia, que tiene todas las características de haber sido un ara de sacrificios, en la que se advierte una especie de canal, así como un posible agujero de desagüe, y aunque bastante desgastada por la acción de la erosión, una tosca deidad, de grandes pechos -similar a las antiguas representaciones paleo-neolíticas- que parece ser una probable alusión a la figura de la Gran Diosa Madre. Pero de ambos elementos, conviene comentar extensamente en futuras entradas.

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No cabe duda, por otra parte, que otro de los atractivos con los que cuenta este templo -y una llamada especial de atención a su singularidad- radica en la perfecta y a la vez doble estrella remfan que luce en su fachada oeste: exteriormente, con la punta dirigida hacia la tierra -hacia esa conexión telúrica que los celtas llamaban wouivres- e interiormente, aunque de trazo mucho más fino, con la punta dirigida hacia el cielo, en dirección a esas otras wouivres de origen cósmico, representantes, en ambos casos, de uno de los conceptos básicos del hermetismo tradicional: como es arriba, así es también abajo.
Símbolo del hombre universal y por tanto, de la perfección, la figura del pentáculo o estrella remfan -en algunos ámbitos, conocido también con el sobrenombre de pie de druida- se constata presente en templos de probada autoría templaria, siendo el ejemplo más relevante, aquél que, bajo la advocación de San Bartolomé -santo de evidentes connotaciones herméticas y serpentarias, y relacionado simbólicamente, entre otros conceptos, con la idea de la renovación- se localiza en la parte soriana del Cañón del Río Lobos (2). Obviamente, por sí mismo, este significativo elemento no demuestra nada en tal sentido. Sobre todo, porque no existe -o no se ha encontrado hasta la fecha- documentación histórica anterior a ese siglo XVI, en el que sí se sabe que las obras acometidas en esta iglesia, así como en otras de los pueblos de alrededor, fueron llevadas a cabo, en el periodo comprendido entre 1523 y 1559, por iniciativa del obispo don Gutierre Vargas de Carvajal, que ocupó la silla episcopal palentina, del que se dice que era una notabilidad en el arte de construir, sapientísimo en este arte y muy entendido en arquitectura (3). Cabría preguntarse dónde se formó para adquirir tales conocimientos, y si en ésta formación influyeron los gremios canteros que acompañaron al Temple en buena parte de su aventura histórica. Porque creo que interesante, puede resultar la constatación de la forma hexagonal de su ábside, tipo de construcción que suscita numerosas discrepancias entre los historiadores, a la hora de calificarla como modelo de arquitectura templaria. Pero también puede resultar muy significativo, el detalle de que, hasta bien entrado el siglo XX, la planta de la nave lucía un espléndido suelo formado por cuadros blancos y negros; es decir, formado por los colores del bauceant o estandarte templario.
Del interior de este templo de San Miguel -quizá sea oportuno, reseñar la opinión de algunos especialistas, en cuanto a la coincidencia de templos con esta advocación, construídos sobre templos anteriores dedicados a dioses como el Hermes griego o el Mercurio romano (4)- cabe destacar el valiosísimo Retablo Mayor, de estilo plateresco y realizado hacia 1568 por los entalladores palentinos Francisco y Baltasar García, el cual se ve coronado por un pequeño Calvario que contiene, aparte de las tradicionales figuras de la Virgen y el Evangelista arrodilladas al pie de la cruz, a un Crucificado que muestra un nimbo crucífero con la cruz paté, lo que evidencia, en cierta manera, la pervivencia en la memoria popular de un simbolo muy utilizado en general, aparte de su uso corriente por la orden de caballería a la que venimos haciendo referencia. Por debajo del Calvario, se vislumbra la figura -posiblemente de los siglos XVI ó XVII- de Nª Sª de las Virtudes, talla cuya procedencia original se ignora, pero que antiguamente era conocida como Nª Sª de la Salud, detalle que también trae a la memoria la existente en la ermita de San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos (5), a la que hacíamos referencia al tratar el tema de la estrella remfan. Además de ésta y de la Virgen de la Torre, conviene señalar también la custodia de otras dos interesantes figuras marianas: la llamada Virgen del Sabadal -por cuya advocación y similitud con la palabra hebrea sabbath, se aventura la posibilidad de que fuera donada o perteneciera a alguna comunidad de judíos conversos, como se sabe hubo en el pueblo, siendo importante su presencia en ciudades como Plasencia- y la Virgen de los Remedios, con una media luna a los pies y el nombre pintado sobre la peana, cuya mano derecha sostiene un objeto simbólicamente significativo: un higo. Otra de las piezas interesantes a mencionar, es la figura del Arcángel San Miguel que, por los objetos que porta -la lanza con la que mantiene a raya al diablo en su mano derecha, y la balanza que sostiene en la izquierda- denota su carácter de juez pesador de almas y ejecutor. Lo que llama la atención de esta figura -aparte de la del propio diablo, de cuyo pecho surgen otros diablos que a la vez generan más diablos saliendo de su boca- no es su rica ornamentación plateresca, sino el color de las vestiduras: negras, el color más propio de otro caballero antagonista de San Miguel, y de carácter lunar, como es San Jorge. Esto se evidencia, no obstante, en las magníficas pinturas, atribuídas a Antonio Pérez de Cervera, pintor palentino también, donde San Miguel se muestra portando un peto de color claro, más acorde con su simbología de héroe solar, dentro de la generalidad escénica de un cuadro dedicado a la rebelión de Lucifer. En las pinturas, compuestas por escenas relativas a la Anunciación, la Adoración de los Magos o la aparición de un Cristo resucitado ante los atónitos espectadores, aún se pueden entrever detalles de interés. Como, por ejemplo, el curioso estandarte de color rojo que porta éste último en su mano izquierda, que encierra -también de color rojo- un tipo de cruz muy particular -también de las utilizadas en tiempos por el Temple- que se localiza a su vez, por citar otro ejemplo, en el punto de clave interno de la ermita de planta octogonal de Santiago, situada en la cima del Monsacro asturiano; o el curioso pomo de la espada que porta al cinto el rey Melchor, que representa la cabeza de una serpiente o de un dragón.
Aunque continuaremos tratanto en sucesivas entradas los pormenores de la riqueza cultural y artística que se localiza en Tejeda y sus alrededores -la curiosa piedra del pósito que se localiza en la fachada de su Ayuntamiento, el enigma de la Virgen de la Torre, la existencia de una fuente románica muy similar a la que se localiza en Fuentelisendo, provincia de Burgos, etc-, si bien no hay suficientes datos objetivos como aseverar con absoluta certeza la pertenencia al Temple, sí creo honestamente que hay elementos dignos de tenerse en cuenta para no descartar esta posibilidad, sin olvidar que estos estuvieron instalados en las proximidades: Monfragüe, Alconétar...

(1) Juan García Atienza: 'La nueva guía de la España Mágica: las rutas secretas de la sabiduría', Grupo Editorial Ramdon House Mondadori, S.L., 1ª edición, mayo de 2002, página 387.
(2) También se encuentra en otros templos, cuya pertenencia a la Orden no está totalmente avalada, como en Lasarte, Álava e incluso en Leache, Navarra, cuya derruída iglesia de San Martín puede que fuera de ellos y posteriormente heredada por la Orden de San Juan de Jerusalén, cuya presencia en el lugar sí está constatada.
(3) Revista de Folklore, año 1986, Tomo 06b, revista número 72, 'Nuestra Señora de la Torre y su ermita', Emilio y Demetrio González Núñez, páginas 202-207. En internet: http://www.funjdiaz.net/folklore/07/ficha.cfm?id=622
(4) Petra van Cronnenburg: 'El misterio del Monte de Odilia', Grupo Editorial Ceac, S.A., 2000, página 163.
(5) La figura original, románica, desapareció de la ermita de San Bartolomé a principios del siglo XX, manteniéndose alguna versión popular, en la que se responsabiliza de su venta al que por entonces fuera el párroco del lugar.

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