viernes, 28 de marzo de 2014

Vírgenes Negras de Madrid: la Virgen de Atocha



Tenemos en ésta sorprendente Virgen de Atocha, posiblemente la imagen mariana no sólo más antigua de Madrid –a falta de la Virgen de la Almudena, cuyo original se perdió irremediablemente-, sino también, con toda probabilidad, una de las más antiguas de toda la Península, siendo una de las primeras referencias conocidas sobre ella, la que en el siglo VII realizó el por entonces arzobispo de Toledo: San Ildefonso. Como en el caso de la Virgen de la Almudena, también su curioso nombre se presta a multitud de sugerencias e interpretaciones, aunque se tiende a aceptar, como norma generalizada, aquélla que la hace derivar del atochar donde fue encontrada, siendo ésta, la atocha, una planta similar al esparto que, según parece, crecía abundantemente en la antigua Magerit. Pero en realidad, resulta enormemente significativo, el detalle de que en algunas fuentes documentales, se la denomina como Nuestra Señora de Antioquía –nombre derivado, según algunas interpretaciones, de la palabra latina Antiochia, que a su vez, por corrupción semántica, se piensa que pudo haber derivado en la actual Atocha, repetida por historiadores y poetas a lo largo de los últimos quinientos años-, estando ligada a una tradición, que la relaciona con el mismísimo San Pedro o cuando menos, con sus discípulos, remontándose –como en el caso de la perdida imagen original de la Virgen de la Almudena-, al año 51; es decir, a los años inmediatamente posteriores a la Crucifixión y al comienzo del Apostolado por el mundo.  Según otras fuentes, y en base a la inscripción que la imagen tenía grabada en el manto primitivo, la palabra Atocha derivaría del griego Teotokos; es decir, Madre de Dios. De dicha inscripción, se comenta también que todavía pueden verse algunas letras –como la T y la O-, aunque el acceso al camerín donde se encuentra la imagen está totalmente restringido, resultando la tarea de comprobarlo –tampoco olvidemos los usos y abusos sufridos por la talla a lo largo de su historia, entre los que consta haber sido serrada por la mitad, y vuelta a recomponer en época posterior-, arduo difícil, por no decir imposible.

Independientemente de este detalle, bastante revelador, el rico mundillo de leyendas y tradiciones que giran alrededor de ella, no dejan de ser ciertamente interesantes, revelando, a la vez, detalles que deberían hacernos meditar en los antiguos mitos, algunos de los cuales puede que tengan un probable origen en aquellos caballeros del Templo de Salomón que se fueron asentando en el lugar a medida que acompañaban a los reyes cristianos en sus acciones de reconquista y que, teniendo en cuenta su aseveración de que nuestra Religión empieza y termina con Nuestra Señora, fomentaron el culto a la figura de María (1) y probablemente intervinieron, de cara a la supersticiosa mentalidad de la sociedad de la época, en la creación del ambiente adecuado para la generación del milagro y la implantación –o mejor dicho, la reimplantación- del antiguo culto en el lugar, como así parece haber ocurrido en otros muchos sitios donde estuvieron asentados, siendo uno de los casos más significativos, por poner un ejemplo, Ponferrada y su no menos emblemática Virgen, Negra también, de la Encina.

Si bien hay una leyenda milagrosa, en particular, que suele ser citada en todos los trabajos que se relacionan con esta antiquísima imagen de Nuestra Señora de Atocha, no se ha de olvidar, tampoco, su estrecha relación con dos extraordinarias figuras que, según algunos autores, tuvieron también cierto grado de relación con la Orden del Temple: San Isidro Labrador y su esposa, llamada curiosamente –y atención a lo significativo del dato-, Santa María de la Cabeza. De hecho, son numerosos los pozos que se supone que fueron abiertos por éste, y todavía se conserva, en una capilla de la catedral de la Almudena, uno de sus arcones góticos, donde aparecen representadas –o aparecían, pues su grado de deterioro, al menos en ese punto, apenas permite ya comprobarlo-, las dos Vírgenes más carismáticas y representativas de Madrid: la Virgen de la Almudena y la Virgen de Atocha.

Cuenta dicha leyenda, que un caballero llamado Gracián Ramírez, gran devoto de la Virgen de Atocha, acudió un día a orar a la antigua ermita donde se hallaba la imagen –según diversas fuentes, ésta se encontraba en las cercanías de lo que hoy es la Plaza de Legazpi-, pero cuando accedió al interior, la halló vacía. Desesperado, el caballero cristiano buscó la desaparecida talla por los campos, encontrándola en medio de unas plantas. Pensando que era una señal del cielo y agradecido por el hallazgo, al caballero se le atribuye el levantamiento de una ermita en el mismo lugar donde encontró la imagen. Es decir, el lugar donde hoy en día se levanta la Basílica. Ocurría esto en el año 720, apenas nueve años después de la fatídica invasión agarena de la Península Ibérica. La continuación de la historia, sin embargo, resulta tremendamente simbólica, porque dicho caballero, ante la inminencia de un ataque de los sarracenos y temiendo lo que éstos pudieran hacerle a su mujer y a su hija, optó por ahorrarlas los sufrimientos añadidos a un seguro cautiverio, procediendo a degollarlas con un tajo de su espada. El ataque fue repelido y el caballero, horrorizado y entristecido por la pérdida, acudió a la ermita de la Virgen, siendo su sorpresa mayúscula cuando se encontró a su familia sana y salva, siendo el único rastro de su desesperada acción un hilillo de sangre que, semejante a una gargantilla, rodeaba el cuello de las mujeres.  Detalle que llama la atención, pues, casualmente, lo encontramos genuinamente representado en la curiosa gargantilla que se puede apreciar en el cuello de una talla gótica, la Virgen de la Cruz, que se localiza en el interior de la iglesia de un pueblo soriano, en cuyo entorno no faltan, aparentemente, huellas y referencias templarias: Renieblas. Escena del milagro, que fue representada por José Patiño en un grabado del siglo XVIII (2), donde además de mostrarse al caballero y su familia arrodillados en acción de gracias frente al altar de la Virgen de Atocha, así como las figuras de San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza, se aprecia también una magnífica cruz paté inmersa en su círculo. Exactamente, como aparece bajo la estatua de Cervantes, situada en la Plaza de España, aunque ésta última está coloreada de azul y rojo.

No es de extrañar, por tanto, que después de conquistada Magerit y en vista de los numerosos milagros atribuidos a Nuestra Señora de Atocha, los reyes sintieran una especial predilección, tanto por su figura, como por la basílica que la albergaba, hasta el punto de que durante el reinado de Felipe IV, se nombró a la Virgen de la Almudena patrona de la Villa y a la Virgen de Atocha, patrona de la Corte, tradición que continúa vigente en la actualidad, no habiéndose visto alterada por el cambio de las dinastías reales de los Austrias y los Borbones.

Otros hechos destacables, dentro de la historia de la basílica y la portentosa imagen que alberga, pueden ser que desde el año 1523, pasó a depender de la Orden de Santo Domingo de Guzmán; es decir, de los dominicos, cuando el por entonces inquisidor general, Francisco García de Loaysa y el confesor del rey Carlos I, fray Juan Hurtado de Mendoza, solicitaron y consiguieron del Papa Adriano IV permiso para ocupar el templo que había de sustituir a la antigua ermita: la actual Basílica. De hecho, hay una estatua de Santo Domingo de Guzmán en el exterior de la Basílica, que así lo recuerda.

Independientemente de todo esto, lo que sí resulta emocionante, desde luego, es la talla de la Virgen de Atocha en sí, negra, como el color alquímico de la tierra de Shem (Egipto), y portadora de todo un símbolo primordial, como es la manzana. Símbolo que volvemos a encontrar, curiosamente, en la mano del Niño que sostiene la imagen de otra Virgen Negra que ocupa un lugar preeminente en la humilde iglesia románica , de un lugar muy especial del Camino de Santiago, como conocen bien todos los peregrinos: Santa María la Real de O Cebreiro. En ambos casos, y como cumpliendo así mismo con una más que antigua tradición asociada, cabe destacar el color verde de sus mantos.
Otra de las Vírgenes más representativas de Madrid, aunque menos conocida por encontrarse en un convento de clausura, y por lo tanto ajena al público en general, es aquélla del siglo XIV que, donada por el rey Fernando III -como generalizadamente se piensa-, responde al nombre de la Madona de Madrid.

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(1) Hasta entonces, el culto más popular correspondía a la figura de María Magdalena.
(2) Esta referencia y grabado, se puede ver en el libro de Pedro Montoliú Camps: 'Fiestas tradiciones madrileñas', Sílex Ediciones, 1990, página 282.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Vírgenes Negras de Madrid: la Virgen de la Almudena



Como ocurre con la mayoría de imágenes de esta naturaleza, la historia y la leyenda se funden a la hora de explicar los detalles relativos a sus orígenes y descubrimiento. De tal forma que, con relación a la Virgen de la Almudena, se suele admitir la vox populi –que, nos guste o no, siempre suele tener algo de verdad en el fondo, sea éste poco o muy profundo-, que fue escondida por los cristianos en el año 711, para que no fuera encontrada y profanada por los invasores árabes, cuya conquista de la Península Ibérica resultaba inexorable, una vez destrozado el ejército visigodo del rey Don Rodrigo, en la batalla de infausto recuerdo, que lleva el nombre del río en cuyas aguas se libró: el Guadalete. Si bien este detalle, no deja de tener una similitud amparada en la lógica –no olvidemos, que hablamos de una época en la que se forjaron numerosas leyendas en relación a los tesoros puestos a buen recaudo, entre los que no sólo se habla de la fabulosa Tabla o Mesa de Salomón, sino también del misterioso cofre, que al parecer, y siempre según la tradición, se llevó consigo Don Pelayo en su huida hacia las montañas asturianas e incluso del Arca de las Reliquias que Santo Toribio, obispo de Astorga, trajo de Jerusalén y ocultó en la cima del Monsacro-, los pormenores de su resurgimiento, casi cuatrocientos años después, constituyen, por sí solos, todo un cúmulo de novelescas circunstancias. Hasta tal punto es así, que entre los numerosos ríos de tinta que han adornado tradicionalmente a la Patrona de Madrid, el afluente más generoso de una verdad a medias, no sea otro que aquél que insiste en ver la febril desesperación de un rey, Alfonso VI, por conseguir una imagen que, por alguna ignota circunstancia que no podría explicar del todo ni la más ferviente devoción, debía de ser considerada lo suficientemente valiosa como para demoler la mitad de una ciudad en su busca, como así parece certificar un anónimo poema que ha llegado a nuestros días, y que dice así:

“Con lágrimas en los ojos

dobla la rodilla en tierra

y de buscar a la Virgen

hace solemne promesa

tan pronto como Toledo

vencida y tomada sea”.

Como ya se aventuraba en la anterior entrada, hablando de la no menos enigmática Virgen de la Flor deLis, los historiadores encuentran numerosas dificultades a la hora de situar la fecha exacta de la conquista de Madrid por el rey Alfonso VI, aunque generalmente se tiende a considerar el año 1083 como la fecha en la que se produjo la referida acción; es decir, dos años antes de la conquista de Toledo, acaecida en 1085, y después de dos intentos infructuosos. Sea como sea, el hecho es de que el hallazgo de la primitiva imagen, se produjo, según parece después de la conquista de Toledo y de una manera casual o causal, según convenga, apareciendo en un hueco de las murallas, en las mimas condiciones en las que, según la tradición, fue oportunamente escondida: con dos velas encendidas. Velas que –aunque no identifica el color, que en este caso, suelen ser verdes- de alguna manera, y por continuar brillando casi cuatrocientos años después, recuerdan, en esencia, esas fabulosas historias medievales acerca de lámparas eternas que, generalmente, estaban asociadas también con personajes relevantes a los que el pueblo, en su insaciable necesidad de héroes y justicia, convertía, aún más allá de la leyenda, en mitos en los que sobresalía un elemento primordial, que sería motivo de interesantes estudios en el futuro: el eterno retorno (1). O más propiamente hablando, tal y como lo definió Mircea Eliade, el mito del eterno retorno. Pero la tradición, aunque en el caso que nos ocupa coincide, como en todos o en casi todos los casos de su género, en relacionarla con San Lucas –siquiera sea con la pintura (2)-, atribuyendo su talla a San Nicodemo –que la talló, aún estando viva la Santísima Virgen-, no deja de ser un detalle, cuando menos interesante, en que también la relaciona directamente con el propio Santiago Boanerges y su hipotética prédica en la Hispania del año 38. Fecha ésta en la que, en ese villorrio que por entonces era Madrid, el también llamado Hijo del Trueno, la dejó junto con uno de los pocos discípulos que le acompañaban, San Calócero o Calogero.

Muchas son, así mismo, las interpretaciones recogidas a lo largo de la historia, sobre el significado del nombre Almudena. Pero quizás, luna de las más interesantes, sea la ofrecida por Juan de Vera y Tassis en el siglo XVII, quien, como si de un jeroglífico se tratara, propuso el siguiente desglose:

AL: (alma o virgen en hebreo)

MU (Mater o mulier)

 DE (Dei)

NA (Natus)

Si bien es cierto, que son muchos los que observan la evidencia arábiga que acompaña al nombre, viendo en ella una muestra del sincretismo hispano-musulmán forjado durante siglos de lucha y convivencia, hay quien incluso va más lejos, suponiendo que donde se levantaba la antigua iglesia de Santa María –recordemos, que ya en la anterior entrada, referida a la Virgen de la Flor de Lis, se comentó la posibilidad de que antes de convertirse en mezquita, fuera cuando menos, un templo visigodo-, hubiera en tiempos remotos un templo dedicado a la figura de Serapis. Considérese o no ésta versión, en mi opinión no sería tan descabellada, si tenemos en cuenta que todavía quedan lugares en nuestra geografía que llevan asociada esa misma raíz; lugares, en los que también se produjo el efecto inherente a toda invasión, que no es otro que el de levantar lugares de culto encima de los anteriores, teniéndose en cuenta, además, que muchos de los soldados que integraban las legiones romanas que invadieron Hispania, traían consigo la profesión de cultos de origen oriental, siendo de los cultos más populares entre ellos, los cultos a Isis y a Mitra. A tal respecto, uno de los ejemplos más interesantes, no sería otro que el de la iglesia de San Vicente de Serrapio, situada en el concejo asturiano de Aller. Y téngase en cuenta, así mismo, que la imagen de la que hablamos –entronizada, hierática, antiquísima y original-, se perdió, no se sabe ni cuándo ni cómo, aunque se mencionan dos interesantes referencias: una, la representación que aparece, además de la Virgen de Atocha, en el arca que contiene los restos de San Isidro; y otra, cierta fotografía publicada en la revista Blanco y Negro del día 10 de noviembre de 1935 por el Sr. Díaz Vicario, que coincide, precisamente, con ésta imagen representada en el arca, aunque algunas fuentes dudan de que se tratara en realidad de la imagen original de la Almudena, sugiriendo que la referida imagen, tomada de perfil, correspondía, en realidad, a la Virgen de Atocha.

Por otra parte, también se afirma que antes de la imagen que actualmente se puede ver en la catedral y que en 1939, recién terminada la Guerra Civil fue llevada a la iglesia del Sacramento (4), mientras se procedía a la restauración de la catedral, hubo otra copia, anterior a finales del siglo XV y principios del siglo XVI, periodo del que se supone que es ésta y que, por circunstancias no del todo claras, sustituyó a la original. Tal vez aquí radique el enigma, o al menos, parte del por qué, en el siglo pasado, se afirmó que la cabeza de la imagen parecía mucho más antigua que el resto del cuerpo y que estaba hecha con madera de pino de Soria y quizás, eso explique también, no sólo la referencia a los olores a las que aludía también el citado Juan de Vera y Tassis, sino también, el detalle de que en investigaciones modernas, se haya determinado la existencia de fragmentos anteriores ocultos en la imagen actual. Pero ante la imposibilidad de analizar esos fragmentos y determinar la época a la que pertenecen, no se podría decir, si pertenecen, en realidad, a aquélla antiquísima Virgen dejada por Santiago, según la tradición, o a la copia posterior que de ella se hizo.
La Virgen de la Almudena, fue proclamada Patrona principal de la diócesis de Madrid-Alcalá por el Papa Pablo VI en 1970.

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(1) Una parte del mito, estaría asociada con personajes como el Rey Arturo, el emperador del Sacro Imperio Germano, Federico II Hohenstaufen e incluso también con el aparente descubrimiento, en el siglo XVI, de la cripta donde yacía el cadáver incorrupto de Christian Rosenkreutz, supuesto fundador de la Orden de la Rosacruz.
(2) Interesantes son las aportaciones de José Fradejas Lebrero, quien, en su artículo titulado 'La Virgen de la Almudena' y publicado en el recopilatorio 'Vírgenes de Madrid' (Instituto de Estudios Madrileños y Santillana Ediciones S.A., 1966), ofrece, al respecto, el siguiente dato en la página 33: 'Muchos piensan que el pintor, San Lucas, es el Evangelista, del que San Pablo solamente dice que era "médico carísimo", pero hubo durante el siglo V, en Oriente, un pintor llamado Lucas, a quien por sus virtudes llamaron Santo, que muy bien pudo realizar la pintura de la talla'.
(3) Se toma como referencia, por su valioso carácter documental, el artículo de José Fradejas Lebrero, 'La Virgen de la Almudena', oportunamente citado. Igualmente, se menciona tanto este detalle, como muchos otros, en la obra de Pedro Montoliú Camps, 'Fiestas y tradiciones madrileñas' (Sílex Ediciones, 1990, páginas 313 a 323).
(4) En la actualidad, ésta iglesia del Sacramento se denomina Iglesia-catedral de las Fuerzas Armadas de España, en cuyo interior, además de las veneradas tallas del Cristo de los Alabarderos y de María Inmaculada Reina de los Ángeles, se puede apreciar, también, una excelente talla ecuestre de Santiago Matamoros.