martes, 25 de febrero de 2014

Vírgenes Negras de Madrid: la Virgen de la Flor de Lis



‘Nuestra Señora ha sido el comienzo de nuestra religión y en Ella y en su honor residirá, si así lo quiere Dios, el fin de nuestras vidas y el fin de nuestra religión, cuando plazca a Dios que así sea…’. (1)

Posiblemente, hoy en día sea una de las referencias marianas más antiguas de Madrid, pero también, una de las más desconocidas por el público en general. No obstante, hubo un tiempo en el que su culto llegó incluso a rivalizar con las dos Vírgenes Negras que se reparten las mayores devociones del pueblo madrileño: la Virgen de Atocha y la Virgen de la Almudena. Unida en parte a la historia de ésta última, sus orígenes tampoco están nada claros, hasta el punto de que existen numerosas divergencias al respecto entre los historiadores. Sí se sabe, no obstante, que estuvo durante siglos en una de las diez parroquias intramuros que existieron en la antigua Magerit: la de Santa María, iglesia que ocupó un solar cercano al lugar en el que, con posterioridad, y en las inmediaciones de donde fue encontrada su talla, oculta en un tramo de la muralla cercano a la Puerta de la Vega, se levantó la catedral de la Almudena.

Fechado en el siglo XIII, este lienzo románico que representa a la Virgen, entronizada con el Niño y una flor de lis en la mano -de ahí su nombre, Virgen de la Flor de Lis-, resulta no sólo un auténtico reto a la especulación, sino también, una de las escasas pruebas del rico patrimonio artístico que tuvo la capital en ese periodo histórico en particular. Un patrimonio, del que apenas quedan pequeños retazos en la actualidad, es cierto, pero que no por ello dejan de ser, en el fondo, objetos y reliquias, no exentos de auténtico interés.

Hay quien supone -y llegados a este punto, bueno es volver a advertir que nos adentramos en pantanoso terreno protohistórico-, que en el lugar donde se levantaba esta iglesia de Santa María, se levantó en tiempos un templo visigodo, sobre el que los conquistadores árabes levantaron una mezquita. E incluso se menciona, aunque el origen de las fuentes sea bastante dudoso, el descubrimiento, realizado en 1618 de un sarcófago de madera en cuya lápida, de piedra, se indicaba que el finado se llamaba Dominicus y que había muerto en el año 697. Para entonces, la supuesta mezquita, como se ha dicho, se había reconvertido, por mediación del rey Alfonso VI –el famoso monarca de la Jura de Santa Gadea, del Cantar de Mío Cid-, una vez conquistada la ciudad, en la parroquia mayor de Santa María. Tampoco parece estar muy claro, si la toma de Madrid se produjo antes –como sería lógico pensar, que no sólo les pillaba de camino a las tropas castellano leonesas, sino que además, hubiera resultado de una estrategia absurda dejar un poderoso bastión intacto en su retaguardia- o después de la toma de Toledo, acaecida en 1085. Pero el hecho, es que, según la tradición, la pintura que representa a esta enigmática Virgen de la Flor de Lis, fue realizada a instancias de la reina Constanza, esposa de Alfonso VI, con el fin de que ocupara el Altar Mayor de la iglesia de Santa María, mientras se encontraba la imagen de la Virgen Negra de la Almudena que, según refieren algunas leyendas, provocaba tal pasión en el monarca, que éste hizo derribar buena parte de la ciudad para encontrarla, circunstancia bastante dudosa, también, y que tuviera su parte de verdad dentro de los actos consecuentes a la propia toma y conquista de la ciudad.

Leyenda o realidad, y volviendo de nuevo a la Virgen de la Flor de Lis –que algunos autores datan, motivados por el estilo, a mediados del siglo XIII-, su rastro, por las circunstancias que fueran, se perdió durante muchos años. Y no se hubiera vuelto a saber nada más de ella, probablemente, si ese fatum o destino tan característico de las tragicomedias griegas no hubiera jugado, allá por 1623 –algunos autores, citan el año 1624- con el deseo de la reina Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, de encomendar en este templo su embarazo a la Virgen, no hubiera movilizado los oportunos actos de limpieza y adecuación y la pintura hubiera aparecido –tal y como constantemente están apareciendo bajo las diferentes capas de yeso que recubren las paredes de muchos templos-, oculta debajo de unas maderas. Era un momento, al parecer, en el que la preeminencia mariana de los madrileños se dividía entre la Virgen de Atocha y la Virgen de la Almudena, de manera que el clero decidió ocultar el hallazgo, por temor a que ésta Virgen de la Flor de Lis, entrara en liza con el culto a las otras dos. Por eso, su culto comenzó a ser conocido algunos años después, llegando a alcanzar, no obstante, cierta relevancia también.

En la actualidad, y convenientemente protegida por un marco y un cristal, esta maravillosa y singular obra de arte puede admirarse en la Cripta Neorrománica de la catedral de la Almudena, al lado de una magnífica talla del siglo XVIII, muy venerada, también, que representa al Cristo del Buen Camino.
 
Por último, y en consideración a la mediática importancia de los atributos con que se acompaña -no sólo la flor de lis, sino, por ejemplo, también la cruz tau, típica del periodo y de periodos anteriores (2) con que solía representarse la división del mundo en tres partes conocidas, así como la importancia que para ellos tenía la figura de Nuestra Señora-, cabría especular en una posible relación con esa caballería medieval templaria, que no sólo acompañó las campañas de este rey, sino que también, como se sabe, mantuvo diversos asentamientos por aquellos lugares que iban cediendo al empuje de las tropas cristianas, incluida esta medieval Magerit, por no mencionar otros lugares cercanos, como Santorcaz, Carranque, el propio Toledo, el conjunto visigodo de Santa María de Melque o el cercano castillo de Montalbán, donde se asentó parte del ejército que participaría posteriormente en la famosa batalla de los Tres Reyes, más conocida como la batalla de las Navas de Tolosa.

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(1) 'Peregrinos, hospitalarios y templarios', Texto de Oursel/ Fotografía de Zodiaque, volumen 10 de la serie Europa Románica, Ediciones Encuentro, 1ª edición española, diciembre de 1986, página 333.
(2) Sirva como ejemplo de ello, la magnífica representación pictórica contenida en la cabecera de la ermita visigoda de Santa Comba de Bande, en la provincia de Orense.
 
Para mayor información, se recomienda la siguiente bibliografía:
 
- Pedro Montoliú Camps: 'Fiestas y tradiciones madrileñas', Silex Ediciones, 1990.
- Pedro Montoliú Camps: 'Enciclopedia de Madrid', Editorial Planeta, S.A., 2002.
- 'Vírgenes de Madrid', Instituto de Estudios Madrileños y Santillana S.A. de Ediciones, 1966.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Castrojeriz: las misteriosas ruinas del convento de San Antón



‘…Los antonianos se mantienen en el Camino, pero lejos de la masa y de la curiosidad. No intervienen en asuntos políticos ni militares, ni permiten que se sepa de ellos más allá de esa media filiación que aparece en las escasas historias que los mencionan. Y cuando desaparecen, allá a fines del siglo XVI, se van con la misma silenciosa discreción con la que llegaron. Un buen día ya no estaban donde siempre, su convento se había quedado vacío, solitario. Ningún obispo ni ninguna orden reclamó su herencia…’ (1).

Siguiendo la trama de la argumentación de Juan García Atienza, elegida como introducción a la presente entrada, se puede decir, en parte, que la historia de este asombroso lugar podría continuarse, en vista a lo que se puede contemplar de él en la actualidad, alegando que, si bien ni obispos ni tampoco otras órdenes lo reclamaron para adaptarlo a sus fines e inventarios –cosa que ya de por sí llama mucho la atención-, sí hubo, no obstante, dos herederos conocidos que, a su manera, arramplaron  con el entramado de un lugar que en aquéllas oscuridades medievales debió de constituir, con toda probabilidad, todo un acierto de arquitectura sacra. Los dos herederos por antonomasia, no son otros que el tiempo y los hombres. El primero, haciendo venerables cuando no románticas a las ruinas, y el segundo, rapiñando sin orden ni concierto algo que debería de haber tenido un destino mejor que el de servir de material de relleno para las casas, cercados  y posiblemente templos cercanos a su piadoso entorno.

De hecho, y al hablar de este casi irreconocible convento de San Antón –fundado por el rey Alfonso VII en el siglo XII-, conviene no olvidar, en absoluto, que este lugar, situado a las afueras de Castrojeriz, allá donde, al parecer, estaban el palacio y la huerta del rey Pedro I de Castilla, constituyó la encomienda General de la Orden de San Antón en los reinos de Castilla y Portugal. Y tampoco conviene olvidar, que a una distancia en modo alguno excesiva, ni aún para las caballerías de la época, y situada también en pleno Camino de Santiago, estaba una de las principales encomiendas de una orden militar con la que los antonianos mantenían unos lazos mucho más que fraternales: la encomienda templaria de Villalcázar de Sirga, en tierras ya de la vecina provincia de Palencia.

Si en ésta, se veneraban fervorosamente los numerosos milagros atribuidos a la figura de la Virgen Blanca, en aquélla, y valiéndose, quizás, de prácticas poco ortodoxas –de ahí, posiblemente, el halo de leyenda y esoterismo que rodeaba a la Orden-, aliviaban y en algunos casos llegaban a curar los terribles efectos de una enfermedad parecida a la lepra, hoy día conocida como ergotismo –por el nombre de un alcalino contenido en el cornezuelo de centeno-, pero que en tiempos medievales recibía diversos nombres, siendo los más conocidos aquellos de fuego sagrado, fuego infernal, fuego de San Antón y mal de los ardientes. Un alcalino que, dicho sea de paso, y según modernas investigaciones, tuvo mucho que ver en el proceso de brujería seguido en 1692 en Salem, Massachussetts, en el que varias mujeres así como también algún hombre fueron quemados en la hoguera, dentro del marco de estricto puritanismo instalado en el Nuevo Mundo e importado del más extremo de los conservadurismos religiosos europeos.

Sorprende, por otra parte, y a pesar de su estado poco menos que deplorable, observar cierta familiaridad entre la portada principal de este convento de San Antón y la portada lateral de la iglesia de Santa María la Blanca, en Villalcázar de Sirga; precisamente, la portada que da acceso a la denominada Capilla de Santiago, en la que, como vimos en la entrada anterior, se conservan tres magníficos sepulcros policromados, pertenecientes al infante Don Felipe, hijo de Fernando III el Santo y hermano de Alfonso X el Sabio; a su segunda mujer, Doña Inés Rodríguez Girón y a un misterioso personaje, que algunos identifican como Juan de Pereira, caballero de la Orden de Santiago y otros abogan, bien por un importante caballero templario, bien por el propio maestro cantero bajo cuya instrucción se levantó el templo.

Aunque debido a su desgaste y desperfectos, resulta poco menos que imposible seguir la trama argumentativa de esta auténtica rosaria pétrea (2), sí llama la atención la localización, en su parte central –que sirve, además de base a una pequeña hornacina, sobre la que cabe especular la presencia en tiempos de alguna imagen de la Virgen, o quizás, del propio San Antón-, de la figura de un posible orante, así como otra figura, de inequívoco simbolismo, que muestra lo que parecen ser dos leones abalanzándose sobre un buey. Enfrente de la portada, se encuentran todavía las hornacinas donde los monjes antonianos depositaban alimentos para los peregrinos. Hornacinas, que en la actualidad éstos, los peregrinos modernos, utilizan para dejar mensajes y toda clase de exvotos.
Hoy en día, en las ruinas del convento existe un pequeño hospicio, aunque con las instalaciones más básicas. Además, el lugar, dicho sea como dato anecdótico, conforma, repleta de suspense, la trama de uno de los capítulos más interesantes del libro de Matilde Asensi, ‘Iacobus’.

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(1) Juan García Atienza: 'El Camino de Santiago: la Ruta Sagrada', Ediciones Robinbook, S.L., Barcelona, 2002, página 214.
(2) Con el nombre de rosaria, se denominaban los libros en la Edad Media.