martes, 28 de enero de 2014

Villalcázar de Sirga: sepulcros de Santa María la Blanca


Refiere una antigua leyenda que se cuenta por estas tierras de Villalcázar de Sirga y referida al magnífico Pantocrátor (1) de la insuperable iglesia de Santa María la Blanca, que el día del equinoccio de primavera, si se golpea el punto exacto en el que un rayo de sol alcanza al toro, animal simbólico que representa a San Lucas, entonces las cabezas que se encuentran a cada lado de Cristo en Majestad, revelarán el lugar donde los templarios ocultaron su formidable tesoro. En realidad, y si de tesoros hablamos, no será muy difícil llegar a la certera conclusión de que el mayor tesoro templario que se puede encontrar por estas tierras, no es otro que la propia iglesia, único resto que sobrevive, junto con el que fuera hospital y hoy en día reconvertido en mesón, de la antigua encomienda templaria establecida en la zona. La única del Reino de Castilla, según parece, situada al norte de la frontera del Duero y de la que queda constancia, además, al menos, de uno de sus comendadores –Frei Gómez de Patiño, que estuvo presente en el Fuero de Ceheguín de 1307- y de los últimos hermanos de la Orden que la habitaron, antes de que pasara a manos de los caballeros santiaguistas: los freires Johanni, Luce y Roderico; o lo que viene a ser lo mismo: Juan, Lucas y Rodrigo.

 

Declarada Monumento Histórico Nacional en 1919, y aunque muy afectada por los efectos del impresionante terremoto que sacudió la ciudad de Lisboa en 1755, este formidable templo, con planta de cruz patriarcal, según Rafael Alarcón Herrera (2), constituye, después de todo, y tal y como se afirmaba al principio, un auténtico compendio de sabiduría que, bien mirado, recoge el mayor legado y a la vez el mejor tesoro que se puede encontrar. Pero lejos de tratar en la presente entrada los numerosos aspectos que hacen de este templo un lugar pródigo en claves y enigmas –los cuales, se posponen para mejor ocasión-, existe la intención, como se aventuraba en la entrada anterior dedicada a la escatología templaria, de admirar y plantearse algún que otro interrogante relacionado con parte de ese inconmensurable tesoro artístico, como sin duda son los sarcófagos policromados que aún se pueden contemplar, en buena parte de su primitivo esplendor, en la denominada Capilla de Santiago, obra, según parece, atribuible, así mismo, a los extraordinarios talleres medievales establecidos en Carrión de los Condes y alrededores, cuyos mejores exponentes se localizarían en los templos de Santa María del Camino, Santiago, el casi irreconocible monasterio de San Zoilo, e incluso más allá de Carrión, en lugares como Moarves de Ojeda y su iglesia de San Juan Bautista.


 

Los sarcófagos en cuestión, son tres, que colocados en fila y realizados, según se cree, por un tal Pedro el Pintor, se supone que pertenecen, por el siguiente orden, al Infante Don Felipe, hijo de Fernando III el Santo y de Dª Beatriz de Suabia y hermano de Alfonso X el Sabio, autor, como sabemos, de las famosas Cantigas a Santa María, de las cuales, al menos una decena hacen referencia, precisamente, a los milagros atribuidos a la Virgen Blanca, titular de esta antigua iglesia de Villalcázar de Sirga (3). Muerto en 1274, estudió en la Universidad de París, siendo alumno de San Alberto Magno y compañero de San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino. Su primera esposa, fue la princesa Cristina de Noruega, cuyo recuerdo se mantiene aún vivo en otra ciudad castellana, cercana al entorno de Santo Domingo de Silos y las ruinas del monasterio de San Pedro de Arlanza donde fue enterrada: Covarrubias.

 

Se cree, que el sarcófago que se encuentra a continuación, es el de Dª Inés Rodríguez Girón, dama que fuera la segunda esposa del Infante Real, aunque siempre ha existido una cierta confusión a este respecto, siendo numerosas las fuentes que abogaban por Dª Leonor Ruiz de Castro, quien, al parecer, fue enterrada, tal y como pedía en su testamento, en el monasterio de San Felices de Amaya, cercano a Burgos (4).
A continuación del sarcófago de Doña Inés, se encuentra la sepultura de un misterioso personaje, del que no se sabe a ciencia cierta quién fue, pero cuya personalidad gira en torno a la historia y la leyenda. Aunque generalmente, se piensa que en él están enterrados los restos de un caballero santiaguista, de nombre Juan de Pereira, no son pocas las fuentes que lo definen como el sepulcro de un caballero templario, e incluso, con el maestro cantero o magister murii que construyó la iglesia.
Resulta significativo, no obstante llegados a este punto, observar que el personaje labrado en la tapa del sarcófago, mantiene un ave entre las manos. Si bien es cierto, que la verja metálica que protege el acceso a la capilla de Santiago, apenas permite vislumbrar qué tipo de ave en cuestión es, resulta igualmente significativa, la presencia de una ave muy especial, la oca, representativa de las antiguas hermandades canteriles y animal estrechamente vinculado, así mismo, con el Camino de Santiago y la, aparentemente supuesta Tradición hermética a él asociada. Este animal, figura al menos en dos escudos nobiliarios que se localizan, uno en la propia fachada exterior de la esta iglesia de Santa María la Blanca, y el otro, justo enfrente, en un antiguo palacio, reconvertido en Casa Consistorial. Junto a dicho escudo, también se encuentra algunos canes de cabezas, que probablemente pertenecieran en origen al templo.
Dada la relación del rebelde Infante Don Felipe con la Orden del Temple, en la que encontró refugio después de los prolongados enfrentamientos con su hermano, el rey Alfonso X, quizás no resulte tan significativo, sin embargo, el detalle de que entre los personajes que tan abundante y ricamente ofrecen un detallado conjunto antropológico de costumbres -incluidas las plañideras, figuras todavía existentes hasta tiempos relativamente modernos-, situaciones y rituales de la época, se localicen cuatro hermanos de la Orden, representantes en la despedida a un hermano. Tampoco hubiera sido extraño, que tales caballeros hubieran aparecido también en el sepulcro de su mujer, Doña Inés, en virtud de los estrechos contactos que los templarios tuvieron con las familias más antiguas y poderosas, de las que no sólo obtuvieron suculentas rentas, sino de las que también fueron requeridos para salvaguarda y defensa de sus territorios, como ocurrió en Galicia, con la misteriosa bailía de Faro. Y digo misteriosa, porque a pesar de su probada existencia histórica, aún queda por determinar el sitio exacto en el que ésta se encontraba.
De cualquier manera, e independientemente de los numerosos enigmas que todavía subsisten en esta vieja encomienda, de lo que no cabe duda es de que todavía, se mire por donde se mire, plantea no sólo numerosos retos al investigador, sino innumerables detalles histórico-artísticos como para hacer de una visita uno de los más gratos atractivos del Camino de Santiago a su paso por la provincia de Palencia. Y un dato más: ¿son imaginaciones mías, o existe cierto parecido razonable entre la portada que da precisamente a la Capilla de Santiago y esa otra que todavía se puede ver, aunque a duras penas, en las ruinas del convento de San Antón, en la no demasiado lejana población burgalesa de Castrojeriz?. Buen tema para meditar en un futuro.

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(1) Con respecto a la simbólica figura del Pantocrátor, no olvidemos que en Palencia existen unos antecedentes sublimes, como conoce muy bien todo aquel que haya visitado la iglesia-museo de Santiago, en Carrión de los Condes o la de San Juan Bautista, en Moarves de Ojeda. Por añadidura, y también por su razonable parecido, se podría mencionar el parecido entre éstos y otro que se localiza en la catedral de Lugo, tema que, desde luego, puede inducir a la especulación sobre el origen de los canteros y su hacer a uno y otro lado de ambas provincias.
(2) Rafael Alarcón Herrera: 'La otra España del Temple', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1988, páginas 256-257. En la página 257 y a pie de foto, Alarcón, así mismo, comenta, y lo cito textualmente como dato para todo aquel que desee indagar más en el tema de la leyenda del tesoro de los templarios: 'El fabuloso convento templario de Villasirga (Palencia) conserva el recuerdo de un tesoro cuyo secreto solo conoce el animal del Pantocrátor, llamado popularmente "cerdito sabio de San Lucas"'.
(3) Otro de los misterios añadidos al lugar es, precisamente, la dificultad para identificar cuál es, entre las variadas imágenes marianas que se pueden encontrar en la iglesia, incluida la que se localiza en la magnífica portada principal de acceso al templo, por debajo, precisamente, del Pantocrátor al que se aludía como señalado por la leyenda como contenedor de la clave para localizar el supuesto tesoro de los templarios, si bien es cierto, que la mayoría de los investigadores tienden a señalar una hermosa talla gótica, que se encuentra dentro del recinto de la Capilla de Santiago, enfrente de los sarcófagos y terriblemente mutilada, puesto que le falta el brazo derecho, portador del atributo, siendo el daño, no obstante, mucho mayor en el caso del Niño, pues aparte del mismo brazo que la Madre, le falta también la cabeza.
(4) Información obtenida de parte de la conferencia que Cristina Partearroyo ofreció el día 10 de marzo de 1994 en el Museo Arqueológico Nacional y que se puede consultar en el siguiente blog; http://tomasalo.blogspot.com.es/2010/09/sepulcro-de-dona-leonor-ruiz-de-cartro.HTML
 

jueves, 2 de enero de 2014

Escatología Templaria



‘Cuando morían se les sepultaba boca abajo, sin ataúd, en una fosa anónima…’(1)
Héroes o villanos. Mártires para unos y herejes para otros. Sea cual sea, no obstante, la postura que se adopte a la hora de clasificar a los miembros que pertenecieron, sirvieron y murieron en una organización revolucionaria en su tiempo, como fue la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, los caballeros templarios, no cabe duda de que siempre será desde un punto de vista objetivamente fascinante. Si estando vivos y en activo, ya constituían un entramado realmente complejo, tanto en su administración como en sus ritos internos y litúrgicos –muchos de ellos secretos, lo que dio lugar a multitud de comentarios que conformaron posteriormente una parte sustancial del sumario de herejía por el que fueron juzgados y condenados-, en la muerte, de alguna manera, también contribuyeron a alimentar no sólo fabulosas leyendas que formaron siempre un rico y variado recuerdo en la tradición popular, sino también, base para la especulación de esa vertiente esotérica que les acompañó siempre, aceptada, también es cierto que en su justa medida, por reconocidos historiadores, en este caso hispanos, como Ricardo de la Cierva.
Por otra parte, también es cierto que, como afirma Juan Eslava Galán, la mayoría de los enterramientos de la Orden eran anónimos y se caracterizaban, principalmente, porque ponían en práctica los conceptos de pobreza y humildad inherentes a los primeros votos juramentados en su fundación. Los que morían en combate en Tierra Santa, eran generalmente enterrados en fosas comunes, a la manera militar propia de la Edad Media, de un modo similar a como se muestra en un interesante capitel existente en el interior de la iglesia románica de San Gil, en la población zaragozana de Luna, donde se aprecia una hilera de guerreros muertos, colocados en fila, las cabezas de los unos situadas a los pies de los otros (2).
Las tradiciones y leyendas localizadas en variados lugares de la geografía española, suelen coincidir, también, a la hora de situar como sepulturas templarias determinados sarcófagos que, partiendo también del anonimato de los finados que fueron en ellos enterrados, tienen como denominador común un símbolo guerrero por excelencia, que determina su condición: la espada. Esta tradición, rondaría detrás de tumbas de tales características, que se localizan en lugares dispares y alejados entre sí, como pueden ser la iglesia de San Pedro, en Valdeande, provincia de Burgos, o aquélla otra que se encuentra en el pavimento del claustro del monasterio de Santa María de Valdedios, situado en el concejo asturiano de Villaviciosa. Por no mencionar, las que todavía se pueden observar en la sala capitular del Monasterio de Santa María la Real –que además de las barras de medida, determinantes de los maestros constructores, lucen también la cruz paté-, sito en la localidad palentina de Aguilar de Campóo; e incluso, apurando un poco más, aquélla otra utilizada como cancela en la puerta exterior de acceso al antiguo monasterio lucense de San Miguel de Eiré.

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Aunque escasas, y quizás rompiendo moldes, en algunos lugares, sobrevive una inscripción latina que identifica al finado, cuyos restos mortales descansan en un sarcófago de piedra exento de  símbolos. Uno de los casos más interesantes, se localiza en la iglesia de San Xulián de Astureses, en la provincia de Orense, anexado a uno de cuyos laterales, se encuentra el sarcófago de Frey Juan Pérez de Outeiro, personaje que, como ya señaló en su momento Rafael Alarcón Herrera (3), tiene asociada una escabrosa leyenda, muy típica del mundo sobrenatural gallero y asturiano, basada en la Santa Compaña o en la Güestia, respectivamente.
La especulación, en cuanto al tema que nos ocupa, aún va mucho más allá, e identifica como templarias muchas sepulturas anónimas, cuyo único símbolo apreciable consiste en una calavera con las tibias cruzadas, que reproduce, así mismo, la manera en la que eran enterrados los restos de muchos de los hermanos de la orden, detalle que a su vez explicaría el por qué algunas sepulturas resultaban misteriosamente pequeñas (5). Este símbolo, posteriormente fue adoptado por las históricas hermandades de piratas, detalle que conllevó toda una serie de suspicacias, como aquella que veía en los templarios huidos de la justicia real francesa, los precursores de la moderna piratería. Enterramientos de tal tipo, por poner un ejemplo, se localizan en lugares como la iglesia de planta dodecagonal de la Vera Cruz, en la provincia de Segovia –independientemente de la división de opiniones sobre su autoría-, o junto a la entrada principal de la iglesia de Santa María, en la población lucense de Taboada dos Freires.
Más enigmático aún, resulta el curioso y también elaborado sarcófago que acompaña los magníficos sepulcros del Infante Don Felipe (4), y una de sus esposas, Doña Inés Rodríguez Girón, trasladados en 1926 a la capilla de Santiago, en la iglesia de Santa María la Blanca, emplazada en la localidad palentina de Villalcázar de Sirga. Realizados, según se cree, por un tal Pedro el Pintor, en los talleres de la cercana población de Carrión de los Condes, existen numerosas especulaciones sobre la identidad del personaje que yace en el tercer sepulcro. Si bien, la idea generalizada es la de que pertenecía a un caballero de la Orden de Santiago, de nombre Juan de Pereira, no son pocos los que abogan por un misterioso caballero templario e incluso por el propio Magister Muri que diseñó tan soberbio templo. A este respecto, sería interesante añadir que en las manos de dicho personaje, a la altura del pecho, hay un ave representada; por desgracia, no se permite el acceso al interior del recinto, por lo que no hay manera de identificar al ave. Pero sería interesante saber si se trata de una oca, pues dicho animal, no sólo representativo de las hermandades canteriles medievales, se localiza también en la heráldica nobiliaria de Villalcázar al menos en dos escudos idénticos: uno situado en un antiguo palacio, reconvertido en casa consistorial y situado enfrente de la iglesia y el otro, en la propia iglesia de Santa María.
Las estelas funerarias, también constituyen una interesante fuente de información, pues aunque en el anverso, generalmente, suele estar representada la cruz paté, en los reversos no es difícil encontrar diversas representaciones de carácter mágico y solar, entre las que no faltan ese Sol Invictus –que algunos autores (6) identifican como la visión que en realidad tuvo el emperador Constantino en la famosa batalla de puente MIlvio- y la estrella de cinco puntas o estrella remfan, representativa del hombre universal y del conocimiento.
 
(1)     Juan Eslava Galán: ‘Los templarios y otros enigmas medievales’, Comunicación y Publicaciones, S.A., 2005.
(2)    Un tipo de enterramiento similar, se descubrió también en Asturias, en la parroquia de Coya, localidad situada a 3 kilómetros de distancia de Arriondas, cerca de la carretera general de Oviedo, según comenta Félix de Aramburu y Zuloaga en su ‘Monografía de Asturias’, Silverio Cañada Editor, 1ª edición, agosto de 1989.
(3)    Rafael Alarcón Herrera: ‘La huella de los templarios: ritos y mitos de la Orden del Temple’, Ediciones Robinbook, S.L., Barcelona, 2004, página 168.
(4)    Su primera esposa fue la princesa Cristina de Noruega, cuyo recuerdo se conserva todavía con cierta relevancia, en la localidad burgalesa de Covarrubias.
(5)    Entre ellas, se podría mencionar una en particular que se encuentra en una de las capillas laterales de la iglesia-eremitorio de Olleros de Pisuerga, Palencia, que la tradición popular identifica como templaria.
(6)    Como por ejemplo, Andrew Sinclair, autor de interesantes títulos como ‘El descubrimiento del Grial’, ‘La espada y el Grial’ o ‘El manuscrito perdido de los templarios’, editoriales Edhasa y EDAF, respectivamente.