sábado, 18 de agosto de 2012

Los Templarios de Tuñón



En el concejo de Santo Adriano, en Asturias, y más concretamente en el pueblecito de Tuñón, aún se recuerda, aunque de manera muy desfragmentada y por supuesto sin documentación histórica que lo avale, la presencia de la Orden del Temple. Distante, aproximadamente, una veintena de kilómetros de Trubia -población famosa por su histórica fábrica de armas- en Tuñón comienza la denominada Senda del Oso, cuyo recorrido se adentra en los intrincados montes del vecino concejo de Teverga, atravesando una zona no sólo mistérica y rica en yacimientos arqueológicos del interior de Asturias, sino también, una zona de las más variopintas, hermosas y a la vez, celosa encubridora de antiguos misterios. Tuñón, además, posee otro de los templos más carismáticos e interesantes del denominado Arte o Prerrománico Asturiano: la iglesia de Santo Adriano. Muchas son las causas que han repercutido en ésta lamentable e irreparable pérdida; aunque Fina, la guardesa del templo, insiste, con cierto mal contenido rencor, en los fotógrafos y los malditos flashes de sus cámaras. A sus ochenta y un años -que no aparenta, desde luego- pocas personas saben tanto de ésta iglesia de Santo Adriano, como ella. No en vano su casa, de fachada pintada en varias tonalidades de verde, se levanta a escasos metros de la iglesia. Para describir a Fina, no se me ocurre mejor calificativo que compararla -y lamento mucho si ofendo, detalle que está lejos de mi verdadera intención- con Jano, ese signiticativo dios romano de las dos caras. Por desgracias y por fortuna, tuve ocasión de comprobar los efectos de ambas caras. La primera vez, me recibió con la puerta abierta de la infernii coeli: gélida y fría, como el solsticio invernal, hasta el punto de que, aún habiéndonos confirmado la apertura de le iglesia, se negó rotundamente a abrirnos sus puertas cuando nos presentamos. En la segunda ocasión, algunos meses más tarde, su amigable aunque estricto y vigilante recibimiento -la otra cara de Jano, o jauna coeli, representativa del solsticio de verano- tal vez, aunque lo dudo mucho (1), tuvo algo que ver con las gestiones telefónicas realizadas por el párroco de Santa Eulalia de Morcín, don Miguel Ángel García Bueno. Evidentemente, las fotos en el interior de la iglesia están terminantemente prohibidas. Ahora bien, salvando este detalle, que puede resultar no tan frustrante como parece, si tenemos en cuenta que poco, en realidad, es lo que se podría fotografiar, la ocasión la pintaban calva para comprobar, en primera persona, la tradición templaria asociada a la iglesia y al pueblo.
Ésta se basa, fundamentalmente, en dos detalles: la existencia de un túnel que comunicaría la iglesia con una casa que los templarios tenían en Tuñón, y la existencia de un lignum crucis, tipo de cruz generalmente de forma patriarcal, utilizada por éstos, que solía contener algún pedazo de la Vera Cruz. Ambos detalles son auténticos, aunque las consideraciones de Fina al respecto, muestran, otra vez, las dos caras de Jano. Es cierto, no obstante, que siempre se creyó en la existencia del túnel; pero su aparente no existencia quedó de manifiesto cuando se procedió a adecuar la carretera que, como he dicho al principio, conecta con Trubia y de allí con la A64 hacia Oviedo. Según Fina, se profundizó hasta los cinco metros y el túnel no apareció por ningún lado. Esto es un detalle curioso, porque no es la única tradición sobre la existencia de túneles que conectarían un templo -en principio, hemos de considerar como templario, aunque no ajeno a otras órdenes, como veremos a continuación- con la casa que éstos tuvieron en un pueblo determinado. Un ejemplo, aunque cambiando el hábito por el de los Hospitalarios de San Juan, lo tendríamos en la población navarra de Leache, donde todavía se cree en la existencia de un túnel que conectaría la iglesia de San Martín -actualmente, sólo queda el solar de donde estuvo enclavada- con una casa que aún existe a pocos metros de distancia.
Ahora bien, con el lignum crucis, la historia cambia radicalmente. Es cierto que existió; de hecho, Fina lo recuerda con nostalgia y cierta rabia mal contenida. Según ella, pertenecía a los viejos del pueblo, que lo compraron con su dinero, pero unas oscuras maniobras del párroco de entonces -hará unos treinta años del lamentable suceso- hizo que éste terminara siendo llevado a la catedral de Oviedo, donde se custodia en la Cámara Santa junto al resto de reliquias trasladadas desde el Monsacro. Era un crucifijo magnífico, con piedras preciosas, se lamenta Fina.
Hubiera o no templarios en Tuñón -según ella, se descubrieron algunos enterramientos en la zona absidal e incluso dentro del templo se conserva un sarcófago que en tiempos albergó los restos mortales de lo que ella considera como el jefe de los mozárabes que construyeron el templo, y que debía de medir cerca de dos metros- hay otra coincidencia que, aunque no determina nada, creo que merece la pena de ser tenida en cuenta: alguno de los modelos mandálicos que se aprecian en las celosías de esta iglesia de Santo Adriano se localizan, así mismo, se localizan no sólo en el ábside de la iglesia de Santa Coloma de Albendiego, sino también reproducidas -de forma moderna, es cierto- en alguna casa del pueblo.

 
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(1) Como pude comprobar, Fina es una mujer de armas tomar en cuanto a la iglesia de Santo Adriano se refiere. Y creo, particularmente, que los párrocos imponen su ley en la iglesia, el tiempo que tardan en decir misa.

viernes, 10 de agosto de 2012

Castellar de la Muela: ermita de la Virgen de la Carrasca


'En muchos casos, la visita curiosa a lo insólito se convierte en una búsqueda de las huellas del hecho, que sabemos se produjo por determinados rincones y que tuvo que dejar un testimonio que sería apasionante encontrar...' (1).

Dentro del ámbito de influencia del Señorío y Tierra de Molina de Aragón, pero no obstante, apuntando hacia Teruel y esa zona tradicionalmente caliente y mágica, que es el Maestrazgo, volvemos a encontrarnos alguna referencia a la presencia, en tiempos, de la Orden del Temple. Evidentemente, y como viene siendo harto frecuente en cuanto al Temple y sus habitáculos o posesiones se refiere, nada documentado, pero sí tradicional.
Ahora bien, antes de entrar en detalles, conviene situarnos. Y para ello, nada mejor que, dejando atrás Molina de Aragón y las espectaculares murallas de su histórico castillo, encaminemos nuestros pasos hacia Teruel, siguiendo el trazado de la carretera nacional 211. Nuestro destino, en realidad, no está lejos. Apenas una docena de kilómetros separan la capital molinesa de un pueblecito, Castellar de la Muela, que duerme su sueño ancestral alrededor de una parroquial que ya comienza a avisarnos de un detalle que será harto frecuente en el arte religioso que hemos de encontrarnos, si continuamos nuestro camino y pasamos de largo, en la vecina provincia turolense: la existencia, en su nave, de un cimborrio o cúpula hexagonal. Detalle que se aprecia, igualmente, en otras iglesias molinesas, como podría ser, por citar un ejemplo, la de San Bartolomé, en Tartanedo, situada enfrente de una fuente vecinal -regalo del que fuera arzobispo de Zaragoza y nacido en el lugar, don Manuel Vicente Martínez-, no muy lejos, para más referencias, de una bocacalle en la que una antigua casona luce en su monumental escudo la presencia de dos hombres salvajes.
No obstante, para nuestros propósitos de acceder al lugar en el que se asienta la ermita de la Virgen de la Carrasca, no es necesario adentrarnos en el casco urbano de Castellar, sino que, continuando por la carretera y hacia el final del pueblo, nos desviaremos hacia la izquierda, teniendo como inigualable referencia la ermita del Humilladero. A partir de ésta, seguiremos un camino rural, sin asfaltar, que, algunos metros más adelante, se bifurca. En éste punto, habremos de tomar la senda de la derecha, aventurándonos por un estrecho camino que circunada unos campos de labor. No tardaremos en divisar la ermita, aunque aún tendremos que conducir un buen trecho, hasta encontrar un sendero que, permitiendo el giro hacia la izquierda, separa los campos labrados y ofrece el acceso a la explanada en la que se encuentra asentada la ermita.
Ciertamente, lo que nos encontramos a simple vista -y no desagradable, en absoluto- es una atractiva ermita rural, datada en el siglo XII, que sorprende por su excelente estado de conservación, independientemente de las reformas que hayan sido realizadas en diferentes periodos históricos. La tradición oral, a la que hacía referencia al comienzo de la presente entrada, pretende ver en ella, la iglesia sobreviviente de lo que fuera en aquéllos tiempos, siglos XII-XIII, un convento de templarios; si bien es cierto que, aunque lo consigna como dato, Antonio Herrera Casado, un gran especialista en Guadalajara y su provincia, lo considera, sin embargo, como fábula (2).

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Por otra parte, otros especialistas en el tema, como Ángel Almazán de Gracia, contemplan, en su novísima Guía templaria de Guadalajara (3), esta misma tradición, recogida en el Nomenclátor de los pueblos de la diócesis de Sigüenza -que según su opinión, que de hecho no pongo en duda, suele plagiar bastante a Madoz- donde se consigna que la iglesia perteneció a los templarios, cuyo convento se demolió a principios de este siglo. Referido, obviamente, al siglo XX.
No obstante su aparente tosquedad, llama la atención, no sólo la ausencia de simbolismo que pudiera servirnos como referencia comparativa con otros templos atribuídos a la Orden, a excepción de unos capiteles en su pórtico de entrada, excesivamente desgastados, en los que, por lo poco que se puede observar, predominan los motivos netamente foliáceos. De manera aparente, y coincidiendo con la apreciación de Almazán en cuanto a la forma de saetera de la ventana absidial, la inclinación del porche cubierto, así como la estrechez, tanto de la puerta de entrada al mismo -prácticamente, hay que entrar encorvado- así como la estrechez y grosor de los ventanales, induce a pensar que podrían cumplir, también, posibles funciones defensivas.
Otro detalle a tener en cuenta -poco menos que constante, en lo que se refiere a numerosos emplazamientos templarios o considerados como tales- es la existencia, bien en el mismo lugar o bien en las inmediaciones, de antiguos asentamientos; en éste caso, de índole celtíbera, como es el denominado de los Villares.
Por otra parte, y a diferencia de los denominados graffiti de peregrino, que copan la madera de la puerta de acceso al templo, llama la atención, en las inmediaciones del ábside, la presencia, profundamente delimitada y marcada en la piedra, de una cruz monxoi de brazos patados.
Pudo o no, haber pertenecido a la Orden del Temple. Pero lo que es seguro, es que esta ermita de la Virgen de la Carrasca, constituye un hermoso ejemplo de templo rural, que ha sobrevivido a la rapiña y devastación, mostrándose más o menos como fue en aquellos misteriosos y lejanos tiempos, en los que las avanzadillas cristianas, en plena Reconquista, comenzaban a apuntar hacia el Califato de Córdoba.

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(1) Juan García Atienza: 'Guía de la España mágica', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1981, página 13.
(2) Antonio Herrera Casado: 'El románico de Guadalajara', Aache Ediciones de Guadalajara, S.L., 2ª edición, 2003, páginas 188-189.
(3) Ángel Almazán de Gracia: 'Guía templaria de Guadalajara', Aache Ediciones, 2012, páginas 129-131.

miércoles, 8 de agosto de 2012

¿Una reina Pedauca en Ucero?



Antes de abandonar la provincia de Soria -siquiera sea, de manera momentánea- quizás resulte interesante encaminar nuestros pasos hacia Ucero. Ucero y su entorno. Un lugar que evoca, apenas pronunciado su nombre, una referencia inequívoca al fantástico universo de una orden, la de los Pobres Caballeros de Cristo y el Templo de Salomón, generalmente envuelta en el misterio; en el mito; en la leyenda y, por supuesto, en la más apasionante de las polémicas. Una orden de caballería, religioso-militar, que lucía la cruz roja del martirio sobre su pecho, mientras su mano blandía la espada; una orden que elegía cuidadosamente la mayoría de los enclaves sobre los que se establecía, basándose no tanto en su posible valor estratégico, como en su carácter mágico-sagrado ancestral. Una orden de cristianos fervientes, cierto, que sólo rendían pleitesía al Papa, pero también una orden de buscadores y celosos custodios de la Antigua Tradición.
No es de extrañar, por tanto, que eligieran un lugar mítico, apartado, donde todavía y a pesar del turismo, late con fuerza el espíritu de lo ancestral, de lo misterioso, para levantar el que posiblemente sea uno de sus templos más relevantes y herméticos: la ermita de San Bartolomé, situada en lo más profundo del Cañón del Río Lobos. Pero no es de este lugar, fascinante donde los haya, del que quiero hablar, sino de otro templo; un templo, sin ningún interés aparente, al menos arquitéctonicamente hablando, pero que, no obstante, conserva y a la vez custodia, numerosos enigmas de un pasado que ha de antojársenos, cuando menos, oscuro y paradigmático. Me refiero a la parroquial de San Juan Bautista -santo de especial veneración templaria- levantada en lo más alto del pueblo de Ucero, no lejos del cementerio y las ruinas poco menos que olvidadas de una antigua ermita románica: la de Villavieja. De ésta ermita de Villavieja procede, curiosamente, una de las dos imágenes marianas, románicas, de las tres que se guardan en el interior de la iglesia parroquial de San Juan Bautista. Conocida como Virgen de Villavieja (1), es difícil reconocerla, si antes no se la despoja de ese manto blanco que la cubre por completo. La segunda Virgen, ésta perfectamente reconocible sin ningún tipo de churrigueresco manto que sugiera mirar para otro lado, muestra, igualmente, ese hieratismo típico y sedente, característico de las representaciones de la Diosa Madre. Pero más allá del formidable universo simbólico que subyace en el fondo, aparentemente inocente de ambas figuras, la que realmente llama la atención, y hacia ella he de encaminar el sentido de esta entrada, es aquélla otra escultura gótica de piedra, magnífica, con la Virgen y el Niño (2) -según palabras de Ángel Almazán- conocida en el pueblo como la Virgen de Piedra.
Aquí comienza, propiamente hablando, uno de los misterios más singulares del lugar. Porque, si dicha imagen, que para Ángel Almazán, procedería, seguramente, de la cercana catedral de El Burgo de Osma y según me confió en mayo de 2009 uno de los guardas del Cañón, su procedencia no sería otra, que del arruinado castillo, ocupado en tiempos por los templarios, no puedo, por menos que preguntarme, ¿qué hace aquí, quién la trajo y por qué?. La respuesta, quizás en parte, la tengamos si observamos el pie izquierdo de la imagen. En la fotografía, que ciertamente tiré con prisas, pues había acabado la misa y se cerraba la iglesia, aparece una deformación singular en ese pie. Una deformación que, a simple vista, parece conferirle a la imagen la singular forma de un pie de oca. Y aquí viene la cuestión primordial: ¿nos encontramos ante una imagen heterodoxa de un singular personaje de leyenda, como es la reina Pedauca -Pied d'oce o Pie de Oca- típica del románico francés, pero poco menos que única en el románico y gótico españoles, o se trata, simplemente, de una deformación casual, de un deterioro debido al maltrato y a los previsibles traslados sufridos por la imagen a lo largo del tiempo?.
La pregunta y el enigma, mientras se produce un nuevo acceso al templo y un estudio más detallado, ahí queda.

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(1) Sujeta entre dos de los dedos de su mano derecha, una bolita roja similar a una cereza, y me pregunto si no tendrá alguna relación con una de las imágenes marianas más veneradas en el pinturesco pueblo burgalés de Covarrubias, denominada, precisamente así, Virgen de la Cereza.
(2) Ángel Almazán de Gracia: 'Templarios, sanjuanistas y calatravos en Soria', Editorial Sotabur, 2005, página 199.

jueves, 2 de agosto de 2012

El Cristo con el brazo desclavado de la iglesia de la Virgen del Espino



'Cuando quieres algo, todo el Universo conspira para que realices tu deseo' (1)

Antes de entrar en detalles sobre otro apasionante misterio relacionado con el entorno templario de Ucero, me resisto a dejar pasar la oportunidad de exponer en este blog, una pequeña maravilla que la casualidad -o quizás, esa conspiración del Universo, a la que alude Paulo Coelho- puso en mi camino el pasado sábado, día 28 de julio, cuando asistí a la boda de una prima.
Nunca había conseguido acceder a uno de los templos más carismáticos de la capital soriana: el de Nª Sª del Espino. Más que nada, porque su apertura es poco menos que ocasional, y se reduce a alguna misa de domingo, a la celebración ocasional de alguna boda o, en su vertiente más escatológica, a la celebración de algún funeral. De manera que, casualidad o conspiración, la boda de mi prima, como digo, me brindó la oportunidad perfecta para hacer realidad un deseo largo tiempo acariciado.
Patrona de Soria, la imagen que preside el ábside de este templo, levantado en el siglo XVI sobre los cimientos de otro anterior, conforma el trío de Vírgenes del Espino que se localizan en la provincia, siendo las otras dos, las llamadas popularmente Hermanas, ya que la tradición asegura que se crearon a partir de la misma madera de espino. Estas dos Vírgenes del Espino, éstas Hermanas que suelen salir siempre juntas en procesión, se conservan en la catedral de El Burgo de Osma y en la iglesia de San Juan Bautista, situada en el pequeño pueblecito de Barcebal, cuyo alcalde, al menos en aquél periodo que se remonta a 2008-2009, cuando tuve el grato placer de conocerle, se llama Florentino Arribas. Más morenica ésta última de Barcebal que las otras dos, no es menos cierto que las tres tienen fama de muy milagreras. Aunque la única circunstancia que a priori las diferencia, es que mientras las dos primeras son originales, la imagen que se conserva en esta iglesia de Nª Sª del Espino, situada, como he dicho, en lo más alto de la capital soriana, junto al cementerio donde reposan los restos de Leonor, la que fuera primera esposa del poeta Antonio Machado, es una copia realizada en 1953, después de que un pavoroso incendio destruyera la imagen románica original. La imagen, no obstante, parece ser fiel al modelo perdido, y la mano derecha de la Madre sujeta una manzana -curiosamente, este mismo fruto se localiza en la mano izquierda de la Virgen de O Cebreiro- mientras el Niño mantiene su mano derecha cerrada en puño -no menos curiosa señal- protegiendo la mano izquierda  un libro cerrado, o Libro del Maestro, eso sin mencionar la postura de sus piernas, la derecha doblada sobre la izquierda y formando un ángulo aproximado de 90 grados. Es decir, una imagen, en suma, que merece un estudio más detenido y profundo.
Pero si esto me pareció interesante, tanto o más interesante me pareció, por su rareza y quizás también por su aparente despliegue de probable heterodoxia, la imagen anònima de un Cristo de madera policromada, con el brazo izquierdo descolgado, fechado en el año 1600. Un Cristo del que no parece haber apenas referencias; una joya artística, que no sólo sufre el anonimato de su autor, sino que, además, también el peculiar olvido no sólo de los parroquianos sorianos, por no decir -y ójala tenga pronto que rectificar- el de los expertos e historiadores del Arte.
Evidentemente, no tengo motivo alguno para relacionarlo con el Temple. Ahora bien, ¿por qué incluirlo, entonces, en un blog relacionado con los templarios?. Muy sencillo: porque cuando lo ví, me recordó a otro Cristo, de similares características -el que se encuentra o se encontraba en la iglesia de la Santísima Trinidad,de Toro, Zamora- que Rafael Alarcón relaciona con el Cristo templario que había en la iglesia de Santa María del Templo, del cual cuenta la leyenda, que abandonó su cruz cuando la Orden del Temple fue extinguida.
Sea como sea, y seguro que hay leyendas similares, no obstante mientras recopilo nuevos datos, al menos me queda el inmenso placer de mostrar una auténtica maravilla, que no dudo hará las delicias de cuantos curiosos, visitantes y amantes del Arte en general, tengan la oportunidad de contemplarlo.





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(1) Paulo Coelho: 'El Alquimista'.
(2) Rafael Alarcón Herrera: 'La  otra España del Temple', Ediciones Martinez Roca, S.A., 1988, página 207.