jueves, 26 de noviembre de 2009

Río Lobos, el Cañón de los Templarios


Con unas cartas de presentación que se remontan al Cretácico, la impresionante espina dorsal que conforma este espectacular Cañón del Río Lobos, serpentea entre dos provincias hermanas, pero bien diferenciadas entre sí: Soria y Burgos.

[En preparación]


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martes, 17 de noviembre de 2009

¿Templarios en Conquezuela?


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Suelo leer el periódico todos los días. Uno de los periódicos de mayor tirada que se editan en el país, del que, por supuesto, me reservo el nombre; y no lo hago por miedo a que se descubran o se dejen intuir mis inquietudes políticas, las cuales considero tan dignas como las inquietudes políticas de cualquier otra persona, deriven éstas hacia el lado que deriven, pues si en algo como hombre sigo tropezando y haciendo bueno el refrán, es precisamente en obstinarme en pensar que el pensamiento y las ideas -y pido perdón por tanta redundancia- hasta tal punto tienen dignidad, que se pueden defender sin necesidad de que intervenga la malicia de Caín. Es una quimera, desde luego, porque si algo he podido llegar a constatar, y ya que al hablar de quimeras, en el fondo metemos en el asunto a la mitología, es que cuando se tocan estos temas, se empieza por el banquete de Agamenón, y se termina por la guerra de Troya. El artículo que me ha llamado la atención, tiene que ver con guerras. Es algo que ya posiblemente no nos llame demasiado la atención -y lo digo sin ironía- pues de sobra estamos acostumbrados a tropezarnos diariamente con ellas, bien cuando abrimos un periódico -a veces pienso, que esos cerca de cuarenta euros que se deja uno al mes en ellos, es como ese calor que se escapa por las rendijas de puertas y ventanas- o cuando, llegada la hora de la comida o la cena, ponemos el telediario. En efecto, el famoso 'parte' que hemos conocido de toda la vida y al que algunos, seguramente sembrados, iluminados o decididamente realistas, se refieren simplemente como el 'desgraciario'.
En ese 'desgraciario' manuscrito y matutino, que por costumbre uno compra todos los días, permaneciendo fiel básicamente por el hecho en sí de leer y la falacia de considerarse modestamente informado, a veces aparecen declaraciones sorprendentes, que surgen, deliciosamente, al calor de algo tan mundano y vanal, como es un almuerzo.
En el Almuerzo -y lo pongo ahora con mayúsculas, porque es así como se titula la sección en cuestión-, uno se suele encontrar con personajes tan desconocidos y variopintos, pero a la vez tan entrañables, que animan a seguir leyendo por el mero hecho de que el lector se hace a la idea de que, aunque sea al final y de manera posiblemente provisional, la noticia se valora más por el lado humano que por el lado partidista.
El nombre de Rossana Reguillo, sinceramente, no me dice absolutamente nada, a excepción de que, una vez leído el artículo donde se la entrevista, sus comentarios, en buena parte encaminados hacia algo que todavía continúa siendo un by-pass en el corazón de los españoles, se convierte -según se atreva uno a llevar la Memoria más lejos de un periodo marcado por el fratricidio entre izquierdas y derechas- en una auténtica parada cardíaca al leer frases como que 'España aún no ha hecho las paces con su pasado'. Y es cierto. Si nos paramos a pensar -sobre todo aquellos que aprovechamos buena parte de nuestras horas de asueto en patearnos esos caminos de Dios, en busca de testimonios referentes a nuestro pasado- seguramente lleguemos a la conclusión, de que hacer las paces con el pasado significa, en buena medida, mirar la Historia con espíritu, no ya conciliador, pero sí, al menos, abierto y objetivo.
Rossana Reguillo, es antropóloga. Mejicana de nacimiento, aunque de raíces españolas, aprovecha ésta circunstancia para acercarse a la patria paterna y ofrecer, en una serie de conferencias, su punto de vista acerca del problema de los narcos mejicanos, a los que considera inmersos en una guerra santa, y a los que define -reflejando el punto de vista de ellos, naturalmente- como 'soldados evangelizados, que emiten boletines de prensa a través de los cuerpos que van dejando...'.
Aquí interviene uno de los grandes mitos históricos que, de alguna manera, está siempre de actualidad: el soldado de Dios; aquél guerrero, místico y cruel a la vez, que de una u otra aparente forma, deja huella en los lugares donde combate y también en la memoria atávica de los hombres, hasta el punto de generar mitos y llegar a 'existir' en lugares que, a priori, y por falta de evidencias más consistentes, no parecen guardar relación con él.
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En el mundo occidental, el más universal y a la vez el más desprestigiado de los soldados de Dios , en mi opinión, fue el templario. Todo el mundo ha oído hablar de los templarios; a muchos interesa, pero en el fondo, y a pesar de que fue aquí, en la Península Ibérica donde estos belicosos freires milites se ejercitaron en lo que justamente se consideró en su momento como una prolongación de las Cruzadas, participando en batallas decisivas -la de las Navas de Tolosa o batalla de los Tres Reyes, por ejemplo- sus huellas, en la mayoría de los casos, resultan relativamente inciertas.
De la misma manera que el paso de los narcos que describe Rossana Reguillo no deja indiferente, el paso de los templarios por numerosos lugares de nuestro país, tampoco. Ahora bien, a diferencia de aquellos, que aunque sea de una manera atroz, ocupan gran parte de protagonismo en los medios de comunicación, la Historia ha sido ciertamente ingrata con éstos rudos milites Christi, siendo la política su principal verdugo, así como su brazo ejecutor.
Para aquellos que no conocen Conquezuela y sus alrededores, un primer vistazo puede que les deje, sencillamente, indiferentes. Es lo que tienen las parameras, que su aparentemente inhóspita soledad, parece que atrae -y de qué modo- a esa otra e incierta realidad, denominada, simple y llanamente, misterio, aunque éste se torne para algunos en completo desdén.
El misterio, lejos de constituir aquí un adjetivo acomodaticio, sugiere una realidad que se remonta, cuando menos, al alba de los tiempos, abarcando diferentes periodos históricos, incluídos, por supuesto, esa teórica presencia templaria y esa otra memoria histórica a la que hacía referencia Rossana Reguillo durante los pormenores de la entrevista.
El Neolítico ha sido uno de los periodos que, curiosamente, ha dejado mutitud de huellas en la zona, como demuestra, sin ir más lejos, el impresionante yacimiento antropológico de Ambrona, del que seguramente todos hemos oído hablar y más de uno hemos visitado. Sin embargo, es a la Edad del Bronce donde hemos de remontarnos, pues parece ser que es en ella donde se halla el génesis que hizo de la famosa cueva -hoy en día, llamada de la Santa Cruz- un enclave decididamente especial e inusitadamente interesante para el culto, como demuestran los cientos, miles de cazoletas -por desgracia los grabados, que también los hubo, han sido prácticamente destruídos, no por mala fe, sino por ignorancia- que se pueden localizar fácilmente en sus paredes.
Es evidente, y justo resulta precisarlo, que el entorno ha sufrido mutaciones, aunque la más importante y por cierto, la más desastrosa, se llevó a cabo en los años sesenta, cuando se decidió desecar la laguna que lo abarcaba en una parte considerable, con la finalidad de aprovechar el terreno para campos de cultivo. En la actualidad, prácticamente cincuenta años después, existen planes de expropiación de terrenos para, entre otras cosas afines a la política de la Confederación Hidrográfica del Duero, volver a rellenarla, mientras en el horizonte se observan, cada vez en mayor número, las siluetas de los molinos eólicos.
Por otra parte, la zona fue un importante foco celtíbero, cuyo rastro -aparte de las apreciaciones realizadas en su día por cierto catedrático de la Universidad de Valladolid, cuyo nombre, de momento me reservo, y que aludían a que presentía en la zona un descubrimiento de vital importancia, semejante, utilizando un símil, a lo que podrían ser los grabados rupestres de las cuevas de Altamira- se puede localizar, entre otros lugares, en la vecina población de Miño de Medinaceli y las tumbas situadas en un altozano a las afueras del pueblo, conocido con el nombre de 'el Castillo', hoy día cercado y reservado para custodia del ganado.
La cueva de la Santa Cruz, no constituye, en sí misma, desde luego, una sima espectacular. Téngase en cuenta, que cuando nos referimos a ella, hablamos de una abertura que se abre en la pared rocosa de un imponente farallón, y que se estrecha a los pocos metros de adentrarnos en su interior, impidiendo todo intento por continuar. Pero tiene unas características que, decididamente, ayudan a comprender el enorme interés totémico y religioso que el lugar tuvo para el culto. Entre ellas, desde luego, y producida por los hongos y líquenes que viven en sus entrañas, la curiosa luminiscencia de color verde, apreciable sobre todo de noche, que la confiere un aspecto indudablemente sobrenatural que, no cabe duda, es de suponer que actuara como detonante en la imaginación supersticiosa del hombre primitivo.
Unos metros antes de estrecharse como un embudo, y perfectamente definida como para considerarla obra de la naturaleza, una pila recoge, con absoluta precisión, el agua proveniente de la lluvia, filtrada a través de alguna abertura en la cima. Pero, sin duda, lo que más atrae la atención, es ese arco románico -probablemente de los siglos XII-XIII- que sobresale, inalterable del techo, al principio de la cueva. Una observación detallada, hace que pronto se descubran unas curiosas hendiduras en las paredes que inducen a suponer que, en su día, servían de apoyos a los travesaños de algún tipo de construcción, probablemente una ermita. Y aquí, como suele ocurrir tan a menudo, interviene la tradición. En concreto, aquélla que sitúa una antigua ermita románica en el lugar. Esta, según me comentó un vecino, estaría bajo la advocación de Santa Elena, madre de Constantino -recordemos la aparición en el cielo de una cruz, y una frase in hoc signo vincis, con este símbolo vences, que le reafirmaba su posterior victoria sobre Magencio- descubridora, segun la tradición, de la Santa Cruz, llegando a albergar, según algunos, un pedazo de ésta o Lignum Crucis. Las piezas del rompecabezas, pues, comienzan a situarse. Y probablemente, es en este periodo, donde algunos investigadores, como por ejemplo, Jesús Ávila Granados, situarían la presencia del Temple en el lugar, atribuyendo a éstos las dos tumbas (ver fotografía) que se sitúan en un saliente, en la actualidad inaccesible si no se accede por la parte de atrás, dando un extraordinario rodeo y corriendo algunos riesgos físicos. No en vano, mucha gente utiliza el lugar para hacer prácticas de alpinismo.
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El tema de las tumbas, ciertamente, es curioso. Hace unos días, y como dato informativo al respecto, el periódico El Heraldo de Soria anunciaba que, resultado de las excavaciones arqueológicas que se están realizando en el interior del templo de San Miguel, en San Esteban de Gormaz, se han descubierto varios enterramientos en la cabecera de la nave: tres tumbas, datadas en el siglo XVI, que podrían corresponder a sacerdotes, clérigos o personas de especial relevancia. El misterio, reside en el detalle inusual, de que están situadas en una zona especialmente sagrada, el altar, e inusualmente, también, orientadas al norte; es decir, mirando hacia los feligreses. Ahora bien, con relación a estas dos tumbas de Conquezuela, siempre se ha considerado que pertenecieron a anacoretas que un día decidieron retirarse, instalarse y morir en soledad en la cueva. En mi opinión, las cabeceras están orientadas hacia el sur, y aún, hasta tiempos relativamente recientes, se podían observar -según me comentó J.L.B.M., un vecino de Conquezuela, residente en Madrid- los restos óseos de sus enigmáticos y desconocidos ocupantes. ¿Qué fue de dichos restos?. Se ignora. También resulta un enigma, el por qué de la elección de tan dificultoso lugar para realizar los enterramientos. Se sabe, así mismo, que hasta hace poco, aún se podía acceder hasta el risco desde la boca de la cueva; pero esa posibilidad, repito, ya no existe.
La ermita, denominada como la cueva, de la Virgen de la Santa Cruz, se erigió en los siglos XVI-XVII, se supone que sobre los restos de la antigua ermita románica, aunque de éstos, no se aprecia rastro alguno, si exceptuamos el mencionado arco. Fue levantada, no por la Iglesia -que en algún momento indeterminado de la Historia cristianizó el lugar- sino por los vecinos de los pueblos de alrededor. Y el motivo, otro dato importante y fundamental, que aumenta el carácter sagrado del lugar: la aparición de la Virgen a un pastorcillo que guardaba el ganado en el lugar. A esa época se remontaría la romería que, tradicionalmente, se celebraba en mayo, aunque por causas de conveniencia, hace años que se cambió por la fecha del 9 de agosto.
El pasaje, ya era conocido por el rey Alfonso X, apodado el Sabio, gran aficionado a la caza de pajarillos en la laguna. También, y de manera anecdótica, se sabe que los invasores franceses sentían especial predilección por la excelente calidad de las sanguijuelas de ésta, las cuales importaban a su país para las tradicionales sangrías terapéuticas.
Durante la Guerra Civil -y he aquí otro dato relacionado con nuestra memoria histórica- la zona estuvo ocupada por el ejército nacional, siendo del famoso campo de las brujas, situado en la cercana población de Barahona, de donde partían los aviones que bombardeaban Sigüenza, en zona republicana.
Esta frontera natural entre ambas provincias, consta de elementos de verdadero interés, como el pueblo de Ventosa, apenas un despoblado en la actualidad -cuenta con unos cuatro o cinco habitantes- y las famosas cuevas de Olmedillo.
De Ventosa, destaca el detalle de que el promontorio sobre el que se encuentra situado el pueblo, está horadado de pequeñas cuevas, que hoy en día cobijan ganado y aperos de labranza, pero que hasta tiempos relativamente recientes, constituían el hogar de numerosas familias, semejando un hábitat ciertamente neolítico, siendo los campos de alrededor famosos por la exhorbitante cantidad de fósiles hallados.
Muy diferente, sin embargo, es el caso de las cuevas de Olmedillo, situadas ya en la provincia de Guadalajara, a una distancia aproximada de 30 kilómetros de Sigüenza y en cuya cercanía se localiza el nacimiento del río Jarama. Situadas, también, muy cerca de la Riba de Santiuste y su famoso castillo encantado -el fantasma de Manuela ha sido perseguido por personajes conocidos, como Antonio José Alés y más recientemente, por el equipo de Cuarto Milenio, dirigido por Iker Jiménez- constituyen lo que se podría definir como otro lugar genuinamente sorprendente. No se conoce, todavía, el final de su intrincada red de galerías, que se pierden en el interior de la tierra, aunque sí diferentes periodos de habitabilidad humana. En ellas, se basa una historia que se remonta a la Edad Media -e incluso a siglos posteriores- en la éstas cuevas sirvieron como refugio a gentes que se dedicaban a asaltar y asesinar a los viajeros que pasaban por ellí. Así mismo, se vieron ocupadas por el ejército republicano durante la Guerra Civil y hoy día, a pesar de ser propiedad privada, reciben la visita de arqueólogos, curiosos, excursionistas e incuso agrupaciones de espeleólogos.
La zona, pues, se puede considerar con toda justicia como un foco caliente, catalizador de multitud de fascinantes enigmas y misterios, incluidas las leyendas, como aquélla -común a muchos lugares no sólo de la provincia, sino, curiosamente, de otras provincias- del pueblo desaparecido de Viana, que se situaría en algún lugar entre la cueva y el pueblo de Conquezuela.
Situar la presencia del Temple en la zona, no sería demasiado descabellado, en mi opinión, aunque bien es cierto que no hay evidencia consistente que lo avale.
Para una visión más generalizada de Conquezuela, sus tradiciones y su entorno, recomiendo las siguientes entradas:

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martes, 10 de noviembre de 2009

El misterio templario de Peroniel del Campo


Si fue toda una aventura la historia, el auge y la caída de la Orden del Temple, constituye, no obstante, toda una epopeya seguir sus huellas, en un lugar, la Península Ibérica, que fue, en tiempos, una verdadera prolongación de las Cruzadas.

Como muchas otras órdenes medievales de caballería, la Orden del Temple jugó un papel fundamental en ese oscuro, dificil periodo histórico, conocido como la Reconquista.

Se ha dicho, escrito y aireado a los cuatro vientos -y parece ser un hecho significativo- que estos belicosos monjes-guerreros sentían una especial predilección por asentarse en lugares que, cientos o miles de años antes, fueron sacralizados por otros pueblos, por otras culturas. En especial, aquellos lugares donde se aprecia una mayor presencia de la denominada cultura megalítica.

Pero, independientemente de este detalle, y tomando siempre como base la gran controversia que generan ciertos lugares relacionados con el Temple, he aquí, en mi opinión, uno que trae de cabeza a los investigadores y que, dicho sea de paso, tiende a suscitar una gran cantidad de opiniones manifiestamente encontradas: la ubicación real del monasterio templario de San Juan de Otero.

De una cosa, al menos, estoy seguro. Y es de que la presencia de la Orden del Temple en la provincia de Soria, fue más importante de lo que la ortodoxia oficial supone o admite. Bien es cierto que la falta de documentación impide, en muchos casos, constatar fidedignamente dicha presencia. Pero, igualmente, no es menos cierto -y esto también es un dato a tener en cuenta- que la tradición oral -tan rica o más que en otras provincias- cuenta con numerosas referencias.




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En el caso que nos ocupa, algunos investigadores recurren a una bula fechada en 1181 y atribuida al Papa Alejandro III, en la que aparecen cinco conventos templarios situados en las actuales Comunidades de Castilla y León y Castilla La Mancha. Dichos conventos, son: Santa María de Montalbán, San Benito de Torija, San Salvador de Toro, San Juan de Valladolid y San Juan de Otero.

De los cuatro primeros, parece que se tiene cierta seguridad, hasta el punto de que su localización no parece generar ningún tipo de duda, ubicándose de la siguiente manera:

* Santa María de Montalbán: en la provincia de Toledo, iglesia visigoda de Santa María de Melque, distante, aproximadamente, 3 kilómetros del castillo de Montalbán -plaza fuerte donada a los templarios por el rey Alfonso VII tras la conquista del reino de Toledo- y en cuyas inmediaciones se constata, también, la presencia de una construcción megalítica tipo dolmen.

* San Benito de Torija: su localización en Torija, provincia de Guadalajara, tiende a ser imprecisa, aunque se supone que estuvo situado en las inmediaciones del castillo. Parece ser que éste, en realidad, nunca perteneció a la Orden, aunque existe el dato significativo de que ciertos investigadores creen que el castillo se levanta, en realidad, en el lugar donde estuvo ubicado el convento. Posiblemente, de aquí provenga la confusión con respecto al castillo.

* San Salvador de Toro: iglesia mudéjar del siglo XIII, en la que destacan sus tres naves y sus tres ábsides -recordemos la existencia de estos últimos en construcciones similares, como la controvertida iglesia de la Vera Cruz, en Segovia- bastante modificada en el siglo XVII.

* San Juan de Valladolid: iglesia que, por desgracia, fuer derruída a mediados del siglo XIX.

* San Juan de Otero: he aquí el plato fuerte de la polémica. Tradicionalmente, se ha identificado con la iglesia de San Bartolomé de Ucero, en el Cañón del Río Lobos; incluso se ha sugerido la posibilidad de que su emplazamiento original, estuviera ubicado en las cercanías del castillo que domina el pueblo. Sin embargo, y en buena parte motivado por las peculiaridades del terreno, cada vez son más los investigadores que tienden a situarlo en las inmediaciones de Peroniel del Campo; en concreto, en unas ruinas que se hallan en un cerro denominado de San Juan.

En realidad, toda la zona es un foco caliente en cuanto a presencia templaria se refiere. No olvidemos que, cercana también a la llamada Ruta de los Torreones, no es difícil encontrar sus huellas: Fuensauco y su iglesia fortaleza; Magaña y la parroquial de San Martín;, San Pedro Manrique y el denominado convento templario de San Pedro el Viejo e incluso, probablemente, las ruinas de San Miguel; las ruinas de San Adrián, cercanas al despoblado de Masegoso, Ágreda...e inclusive la cercana Almenar, donde se levanta el Santuario de la Virgen de la Llana, a quien se asocia con una leyenda muy conocida en la que se pueden encontrar curiosos paralelismos con otra leyenda semejante asociada al Temple, de la que hablaremos en una próxima entrada: la leyenda del cautivo de Peroniel.

¿Resulta descabellado suponer, entonces, que realmente estuviera aquí el mencionado convento templario de San Juan de Otero?. En realidad, y teniendo en cuenta que la zona responde a la perfección con el concepto de otero, yo creo que no.

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