miércoles, 29 de julio de 2009

Templarios en Villaviciosa: San Andrés de Valdebárcena

Valdebárcena, al igual que Lugás (o Llugás), es un pueblecito de interiores, que se localiza en las cercanías de Villaviciosa. Zonas de bosque, más o menos tupidas y salvajes, se entremezclan generosamente con campos de cultivo y prados de un privilegiado color verde esmeralda durante la mayor parte del año, en los que prevalece esa imagen entrañable del ganado -vacas, principalmente- pastando.
De notable arraigambre en la región, aparte de los manzanos -el tratamiento de cuyo fruto, la manzana, la ha hecho acreedora con todo merecimiento a ser llamada por excelencia la Comarca de la Sidra- son los inmensos eucaliptos, que despiden, en un ambiente oxigenado y limpio de por sí -alejado del humo de las fábricas de las grandes capitales, como Gijón y Avilés-, embriagadoras fragancias a mentol.
Típicas, así mismo, son esas arcaicas, sugestivas construcciones de madera, los hórreos -principalmente- y las paneras, que escoltan, con sus patas o montantes en forma de conos, casitas de piedra y paredes blancas, en cuyos tejados se alternan, indivisiblemente, la teja y la pizarra.
Como no podía ser menos, de todo el conjunto destaca, sin embargo, la mole impresionante, con planta de una sola nave y porche enmaderado, de su iglesia parroquial de San Andrés. Una iglesia que, aún conociendo transformaciones a lo largo y ancho de su historia, hunde raíces en un periodo, no obstante poco conocido, como pueda ser, no me cabe duda, ese paso, singular y nebuloso que, remontándose a la reforma cluniacense, se ha convenido en denominar como románico.
Al contrario que en muchos lugares consagrados, y gracias a que la Providencia ha querido que se conserve casi intacta hasta nuestros días, en uno de los laterales destaca una pequeña lápida en la que se aprecian tres cruces griegas, que nos recuerda que ésta iglesia se terminó de construir el primer domingo de agosto de 1189, siendo consagrada, al parecer, por el presbitero Martino, pecador e hijo de la Iglesia y el obispo Roderico. He aquí, transcrito, lo que cuenta la leyenda fundacional:
Martinus presbiter peccator et filii eclesiae, Pater Noster qui es in celis, in era duocentessima vicessima septima post milesima episcopus Rodericus consecravit prima dominica de acustus. Pater Noster.


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martes, 28 de julio de 2009

Templarios en Villaviciosa: Santa María de Lugás

Dejando atrás la pequeña población de Amandi, y siguiendo la carretera que continúa hasta el Valle de Boides, donde se asienta el monasterio cisterciense de Santa María y la iglesia prerrománica de San Salvador de Valdediós, veremos situados, aproximadamente a unos trescientos metros más adelante y a nuestra izquierda, dos pequeños carteles indicadores y una carreterilla local que, de manera serpentina, como el cuerpo de ese tradicional cuélebre de la mitología céltico astur, se pierde monte arriba, flanqueada a ambos lados por zonas de tupida vegetación.
Algo más adelante, precisamente en el punto donde la carretera asciende por una pronunciada pendiente, y a mitad de ésta, llama la atención una pequeña capilla, de contrafuertes grisáceos y paredes blancas como la nieve, que guarda, protegida por una reja pintada de negro, un cuadro que representa a la Virgen con el Niño en brazos. En ese punto, y adentrándose en la espesura de un pequeño bosque, un caminillo sin asfaltar, que aún conserva una melenilla de hierba en la parte central -aquélla no alcanzada por las ruedas de los vehículos- se bifurca hacia la izquierda, mientras el camino principal se pierde al frente, comenzando a descender, sinuosamente, al final de la pendiente, para mostrar una maravillosa sucesión de valles, en cuyas laderas, apiñadas unas o en solitario otras, se levantan numerosas casitas que parecen colgadas del cielo.

Tanto uno como otro, desembocan, finalmente, en una pequeña pradera en cuyo centro aproximadamente, y dominando el extraordinario paisaje alrededor, se levanta la imponente estructura de la iglesia románica de Santa María de Lugás.

Sin duda centro importante de peregrinación en ésta parte de la ruta del Camino de las Estrellas que atraviesa Asturias de parte a parte, a la vera del Cantábrico, junto a la iglesia se aprecia un edificio de blancas paredes que tiene todo el aspecto de ser, o haber sido en el pasado, un centro de atención al peregrino. En la pared de dicho edificio, muy cerca del acceso principal a la iglesia, e impresa artesanalmente en azulejos, una imagen de la Santina -a cuyos pies se aprecia una reproducción de la Cruz de la Victoria y un peregrino en el lateral inferior derecho- sobresale por encima de la siguiente leyenda:

Peregrino, bienvenido a la Casa de tu Madre

Declarada Bien de Interés Cultural en 1994, para encontrar los orígenes de este templo hay que remontarse a las postrimerías del siglo XII y los comienzos del siglo XIII, habiendo sufrido numerosas remodelaciones y añadiduras, de las que se tenga constancia, al menos a partir del año 1630.


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lunes, 27 de julio de 2009

Templarios en Villaviciosa: San Juan de Amandi


Queda al final de una calle cuya pendiente obliga a poner a prueba la dureza del freno de mano cuando uno estaciona el coche en un lateral de la acera. La forma de su porche, semicircular o semioctogonal, según se mire, y este detalle es importante, produce inquietantes sensaciones, las cuales varían con la aplicación de adjetivos tales como belleza, singularidad e incluso exclusividad. Independientemente de la siguiente inscripción en el porche que, situada debajo de una minúscula pero nítida cruz paté, advierte de lo siguiente:
'Hízose esta obra a expensas de D. JPH Caunedo i Cuenllas, cura de esta parroquia y arcipreste de Villaviciosa. Año de 1796'.
Los expertos tienden a situarla a principios del siglo XIII, y no en vano, está considerada como uno de los templos más destacables del románico asturiano: la iglesia de San Juan de Amandi.
Geográficamente hablando, no considero un desperdicio añadir que se encuentra estratégicamente situada a dos kilómetros escasos del casco urbano de Villaviciosa; a unos trescientos metros, aproximadamente, del hotel-rural La Cabraliega -lugar en el que el azar tuvo a bien que éste aventurero impredecible encontrara alojamiento- y poco menos que al principio de una ruta que, en cuestión de ocho o diez kilómetros, hace posible la visita a una serie de templos, románicos y prerrománicos, de vital importancia no sólo en la comarca de Villaviciosa, sino también en el resto del Principado, como pueden ser, entre otros, los templos de Santa María de Lugás, de San Andrés de Valdebárcena o de San Salvador de Valdediós. Junto a éste último, también cabe destacar el monasterio cisterciense -el Císter, la orden hermana no armada del Temple- de Santa María.
Si bien la documentación escrita es escasa y en la gran mayoría de los casos, inexistente, no dejar de ser una fascinante aventura, en el fondo, constatar la presencia de una escuela de cantería determinada, que si bien varió la decoración en cuanto a motivos escultóricos de canecillos y capiteles -exceptuando aquellos de origen netamente vegetal, comunes, por otra parte, en la práctica mayoría de templos- dejó al menos un mensaje o una huella constatable de identidad en la decoración de los principales pórticos de acceso.
Esta huella, de naturaleza eminentemente marinera, pues en mi opinión representaría una sucesión de ballenas -detalle desde luego lógico, si tenemos en cuenta la fama de certeros balleneros que han tenido siempre los pescadores del Cantábrico- que hermanaría, cuando menos, con la cercana iglesia de Santa María de Lugás, uno de los principales focos de peregrinación en Asturias, después, naturalmente, de Covadonga.
Partiendo de la base de que una orden, como la del Temple, destacó por su riqueza, así como también por la promoción de templos, hospitales y encomiendas desde las que controlaban extensos territorios, y dado que su presencia en Villaviciosa se hace evidente, si tenemos en cuenta que dejaron numerosas huellas, por ejemplo, en la iglesia de Santa María de la Oliva, no sería descabellado entrever su alargada y misteriosa sombra en templos como los mencionados de San Juan de Amandi y Santa María de Lugás, así como en algunos otros, situados no demasiado lejos de estos.
Posiblemente, la huella más evidente de ésta presentida presencia del Temple en algún momento de la historia de San Juan de Amandi, la encontraremos en esa perfecta cruz paté labrada en la pequeña pila de piedra situada a media altura en las columnas de la derecha de la puerta principal de acceso al templo. Exteriormente, excepto ésta inconfundible cruz, no parece haber indicios tan claros que señalen hacia la hipótesis templaria, si bien, estos se pueden buscar en los motivos que adornan los capiteles de sus pórticos de acceso, como los canecillos, que, cuál testigos indiferentes del paso de los siglos, sobresalen en su ábside.
Enfente de éste, y en un lateral del pequeño jardín que circunda a la iglesia y al cementerio, destaca lo que a priori parece un altar de piedra. Otro ejemplo de altar exterior, lo podemos encontrar, también, en la cercana iglesia de San Salvador de Fuentes -o Huentes, si utilizamos el bilingüismo de los carteles indicativos- distante apenas un insignificante kilómetro del casco urbano de Villaviciosa, una vez dejados atrás el tanatorio y el cementerio municipal.


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domingo, 26 de julio de 2009

Templarios en Villaviciosa: iglesia de Santa María de la Oliva

Santa María de la Oliva. No deja de ser curioso encontrarse una iglesia dedicada a una Virgen con este calificativo, precisamente en una tierra que no destaca, es de suponer que debido a su clima, por dicho tipo de árbol y de cultivo. Villaviciosa, la Comarca de la Sidra. Recalo otra vez a las afueras de su casco urbano -en éste y sus alrededores es imposible encontrar aparcamiento- alrededor de las siete de ésta calurosa tarde de domingo. El cielo, aunque cubierto de nubes, no parece, sin embargo, amenazar lluvia, con lo que resulta lícito pensar que el terrible Nuberu -algunos se saltan la nomenclatura mitológica astur y lo llaman familiarmente Juan Cabrito- debe andar ocupado por otros lugares allende la provincia, cuando no por esa calurosa, inmemorial tierra egipcia, donde curiosamente, se supone que reside durante buena parte del año.
Hace bochorno, no obstante, y el tráfico es intenso en las inmediaciones de la iglesia, datada a finales del siglo XIII. No en vano, el templo se encuentra situado en ese punto estratégico en el que confluyen varias carreteras, cuyos destinos se pierden, bien en el interior de la comarca, unos; bien, en dirección a la Rerserva Natural Parcial de la Ría de Villaviciosa -visita que recomiendo, pues aparte de la iglesia de San Andrés de Bedriñana, se puede disfrutar, también, de pueblecitos de marinero encanto, como San Martín del Mar, El Puntal y Tazones- otros, o bien hacia las grandes capitales, como Oviedo, Gijón o Avilés, siguiendo la Autovía del Cantábrico. O lo que es lo mismo, siguiendo parte de ese antiquisimo Camino de las Estrellas, al que algunos autores, no desencaminados, desde luego, como el francés Louis Charpentier, ya definieron en su momento como la gran universidad en la que se instruyó la Edad Media.
Desde luego, en cuestión de instrucción, no se puede negar que el pórtico principal de acceso al templo, constituye, en sí mismo, una pequeña enciclopedia de saberes ancestrales, cuyas claves, hoy día, estamos muy lejos aún de dilucidar. Pero es innegable que están ahí. No son un vulgar espejismo; y aún desfigurada por la acción impasible del tiempo y la no menos estúpida impasibilidad humana -posiblemente peor y más dañina- esperan, inalterables, a todos aquellos que, abiertos de mente y espíritu, sean capaces de comprenderlas y recuperarlas para una posteridad empeñada en hacer oídos sordos a una Verdad Universal, que ha permanecido -y permanece- latente en determinados lugares a lo largo de milenios.
Posiblemente, yo no sea uno de estos afortunados; pero lejos de dejarme amilanar por el fantasma burlón de la incomprensión, mi pasión -supongo- me hace experimentar una sensación, similar, imagino, a la experimentada por todos aquellos que ven, nítida y perfectamente esculpida muy cerca de las columnas-estatua decapitadas, una inconfundible, solitaria y eminentemente misteriosa estrella de David, también conocida como Sello de Salomón.
Recuerdo, y lamento no tener conmigo el libro, la sorpresa experimentada por el escritor Xavier Musquera la primera vez que lo observó, y su consiguiente pregunta relacionada con un símbolo decididamente judío, y además bien visible, en un templo cristiano. Como él, no tardo en observar, perfectamente grabadas en la piedra, varias cruces paté frente a las que, una vez superada la sorpresa inicial, creo entender parte del enigma: los templarios.
Pocas órdenes -ni siquiera la del Hospital de San Juan de Jerusalén- mantuvieron tan estrecho contacto con otras culturas, otras religiones y otras formas de pensamiento como ellos. Incluso el apelativo virginal, de la Oliva, bien podría constituir, en este caso, una referencia a Jerusalén; o incluso al huerto de los Olivos, donde Jesús fue traicionado y prendido; en definitiva, una mirada hacia el Este, hacia la Casa Madre -definitivamente perdida el día 2 de octubre de 1187, cuando la ciudad fue tomada por el ejército de Saladino- lugar hacia el que, generalmente, solían orientar las cabeceras de sus tumbas.
Pero no es el Sello de Salomón y su trascendencia esotérica el único elemento que podría tener una estrecha relación con los templarios, aunque su descubrimiento en un templo cristiano ofrezca, quizás, el anuncio o testimonio del paso de uno de los principales gremios canteros -introductores, junto con el Temple, de ese estilo revolucionario en la época conocido como gótico- de los que, se sabe, fueron empleados y protegidos por los templarios y cuyas huellas destacan, sobre todo, en numerosas construcciones localizadas a lo largo y ancho del Camino de las Estrellas: los Hijos de Salomón.
A ellos atribuye Louis Charpentier (1) la creación, entre otras, de las impresionantes catedrales de Chartres, Reims y Amiens, así como también la de buena parte de las Nuestra Señora góticas. Me refiero, en este caso, a ese misterioso gremio cantero conocido como los Hijos de Salomón.
Según Charpentier, existían, principalmente, tres importantes gremios canterios. A saber:
Los Hijos del Padre Soubise, gremio fundado por éste misterioso y legendario monje benedictino.
Los Hijos del Maestro Jacques, que dejaron en gran número de construcciones situadas en el Camino de Santiago su marca característica, la pata de oca.
Los Hijos de Salomón, que firmaban muchas de sus obras con la estrella de 6 puntas o Sello de Salomón, y que tras el proceso a los templarios -donde provocaron algunos altercados- decidieron pasar a la clandestinidad, exiliándose muchos de ellos.
(1) Louis Charpentier: 'El misterio de la catedral de Chartres', Editorial Plaza & Janés, 1976

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sábado, 18 de julio de 2009

Torres del Río, Navarra: iglesia del Santo Sepulcro

De similar manera a como sucede con la iglesia de Santa María de Eunate, el templo del Santo Sepulcro, situado en la localidad navarra de Torres del Río, despierta múltiples y sorprendentes teorías, a cual de ellas más suspicaz, referidas tanto a la autoría de su construcción, como a la función primordial para la que fue diseñado.
Éstas teorías, basadas, sobre todo, en la singularidad de su planta, así como en la proporción de sus medidas, son las responsables, básicamente, de que la teoría templaria justifique, de alguna manera, la creencia de numerosos investigadores, que coinciden en relacionar precisamente a los templarios con un modelo de construcción de base octogonal, basado en las características inherentes al Templo Madre por excelencia: la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén.


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miércoles, 15 de julio de 2009

Navarra: iglesia de Santa María de Eunate

Campo de la Estrella, Monte del Perdón, la de las Cien Puertas, templarios, desvío de peregrinos, hermetismo, tradición, astronomía, baphomet, secreto, simbolismo...son sólo algunas de las piezas fundamentales que configuran ese ajedrez esotérico, denominado iglesia de Santa María de Eunate.


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viernes, 3 de julio de 2009