domingo, 27 de mayo de 2007

'Vive Dieau, Saint Amour'


sábado, 26 de mayo de 2007

El caballero de la cruz paté




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La noche del 13 de julio de 1187, un joven caballero se deslizó, aún a riesgo de despeñarse, por la muralla oeste de Jerusalén, la Ciudad Santa. Junto a una de las torres, amparado por la oscuridad, un sargento disfrazado de guerrero musulmán, aguardaba vigilante con dos caballos fuertemente sujetos de las bridas. Para amortiguar el sonido de los cascos, evitando así alertar a los centinelas enemigos, el sargento había tomado la precaución de forrarlos con trapos.

No muy lejos de allí, miles de hogueras delataban la presencia del formidable ejército musulmán que había puesto sitio a la ciudad. Echando un último vistazo a Jesuralén -el joven caballero, emocionado, no pudo contener las lágrimas- los prófugos pusieron rumbo a la costa, donde les esperaba un barco que había de trasladarles al puerto francés de La Rochelle, una de las bases marítimas más importantes de la Orden del Temple.

Una vez allí, como constaba en el manuscrito firmado de puño y letra por el Gran Maestre, los hermanos de la Orden deberían de proveerle, sin escatimar en gastos, de todo lo necesario para continuar viaje a España, donde, en un lugar fronterizo entre la zona cristiana y aquella otra ocupada por el invasor musulmán, debería hacer entrega de la sagrada reliquia que transportaba en un pequeño cofre, cuidadosamente guardado en lo más profundo de las alforjas.

Al día siguiente, poco después de amanecer, los ejércitos del sultán Saladino asaltaban las murallas, entrando a saco en la ciudad.

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Debido a la lentitud del transporte en aquélla época, los detalles de la caída de Jerusalén aún tardaron algún tiempo en llegar a la Santa Sede, así como a las principales cortes europeas. Tal era la magnitud de la catástrofe, que un profundo temor se apoderó de la cristiandad. No obstante Saladino, sabiendo que su triunfo había sido un éxito rotundo, decidió -haciendo gala de la clemencia habitual que le caracterizaba- ser generoso con los vencidos, entre los que se encontraba Guy de Lusignam, monarca de Jerusalén.

Sin embargo, su clemencia no se extendió a los 230 guerreros de élite, pertenecientes a la Orden del Temple, que habían caído prisioneros, a los que mandó ejecutar de inmediato.

Poco se sabe de los auténticos motivos que habían provocado en Saladino un odio tan profundo hacia ellos, pero todos en Occidente conocían su juramento de 'limpiar la tierra de esa orden impura'.

Asentados en Tierra Santa desde 1118, la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo -nombre con el que había sido concebida desde sus orígenes- había conquistado una fama notable protegiendo a los peregrinos que acudían a venerar los lugares en los que había vivido y muerto Nuestro Señor Jesucristo, para redención de la Humanidad.

Dirigidos por el noble Hughes de Payns, pronto comenzaron a ser conocidos y temidos por su destreza y su extraordinario valor en el combate. También por las excavaciones que realizaron en los antiguos establos del Templo de Salomón -lugar que les fue generosamente cedido por el rey Balduino- y el hermetismo tan absoluto en torno a sus actividades. Hermetismo, por otra parte, sobre el que no tardaron en forjarse multitud de leyendas, algunas de ellas no muy descaminadas de la verdad, que habrían de constituir su definitiva perdición algunos siglos más tarde.

jueves, 24 de mayo de 2007

El Monasterio de las Ánimas

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Había niebla aquella mañana, siendo más persistente en lo alto del monte y en la ribera del cercano río, cuando fray Benito salió del monasterio portanto en las manos sendos cubos de madera. La primavera se retrasaba, y a juzgar por el color gris ceniza del cielo, el fraile supuso que no tardaría mucho tiempo en comenzar a llover, toda vez que las nubes parecían incapaces de retener por más tiempo la gran cantidad de agua que portaban en su interior.

Era un hecho puntual y constatado, que siempre que observaba las nubes y preveía la proximidad de la tormenta, fray Benito se persignaba de inmediato, experimentando en su interior la curiosa sensación de que algo -por lo general extraño, misterioso y transcendente- estaba a punto de suceder.

Resultaba desconcertante, desde luego, pero según recordaba, su vida se había desarrollado siempre por unos derroteros tan inesperadamente infrecuentes, que fray Benito hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que no era otro, sino el mismísimo Diablo, quien se complacía en jugar con él, burlándose a su costa.

Por otra parte, las tormentas jugaban siempre un papel fundamental: primero amenazaban con borrarle de la faz de la tierra con su furia inusitada -incluso hubo un tiempo en el que pensaba que las atraía como un imán- y después, cuando aún las ramas y las hojas de los árboles no habían terminado de gotear sobre el suelo, una aparición -generalmente una mujer de belleza extraordinaria, ataviada con una túnica blanca que la cubría incluso los pies- se materializaba enfrente de él, como salida de la nada por obra y arte de oscuras brujerías.

No obstante, lo más impresionante de todo, dejando a un lado el hecho prodigioso en sí mismo de que se mantenía flotando en el aire a algunos centímetros por encima del suelo, eran sus ojos, de un color tan verde y pronunciado, como las esmeraldas que levantan la codicia entre los hombres, frente a cuya visión muchos no dudarían en matar por conseguirlas.

La dama en cuestión, nunca hablaba. En las numerosas ocasiones en que se le había presentado -la primera vez era apenas un muchacho que no levantaba dos palmos del suelo- no recordaba ni siquiera una en que los labios de la extraña doncella se hubieran separado para pronunciar cualquier sonido, aunque fuese extranjero, gutural o de cualquier otro tipo conocido.
Luego, cuando todavía no se había recuperado de la impresión, en la mano de la mujer aparecía una vara de avellano -las conocía muy bien, pues aquél tipo de varas las había empleado su padre en numerosas ocasiones en su espalda cuando era niño- con la que dibujaba incomprensibles mensajes en el suelo.

miércoles, 23 de mayo de 2007

El niño del Santo Cáliz


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Ocurrió en la ciudad de Soria, hace tanto tiempo, que cuando la escuché, sentado sobre las escalinatas que dan acceso a la ermita de San Saturio, pensé que aquél afable anciano me estaba contando un cuento. Recuerdo la mañana, plácida, como hacía años que no recordaba otra y también el pensamiento que acudió a mi mente, posiblemente al mismo tiempo que la pluma de un ave pasó planeando entre los dos hasta posarse suavemente en el suelo, a mis pies, haciéndome sentir, por un momento, un entrañable tonto como Forrest Gump. En efecto, antes de que el viejo comenzara a contarme la historia, pensé que la primavera -coqueta en el fondo, como toda mujer que se precie- se había vestido de gala para enamorar al verano que, aunque a regañadientes -no en vano, el cambio climático se adivinaba cada día más cercano, como un fantasma preparándose para espantar el orden natural de las estaciones-, ya comenzaba a dar señales de despertar.
Por alguna razón que desconozco, y que más tarde olvidé preguntar -no recuerdo si adrede o por casualidad-, el guarda no había acudido todavía a abrir, mientras a lo lejos, a la altura aproximada de la esplanada donde las tradicionales Bailas despiden la fiesta del buen San Juan, la gente comenzaba a aparecer, seguramente para solicitar los favores del santo patrón, pues no en vano San Saturio arrostra merecida fama de milagrero y mucha es la fe que las buenas gentes de Soria tienen depositada en él.
En el cielo -creo que es oportuno añadir que nunca había creído en augurios ni en manifestaciones de índole sobrenatural- cuatro águilas planeaban con suprema elegancia, formando una pequeña cruz sobre la aguja gótica de la ermita, cuya cruz de hierro parecía atraer los rayos del sol como si de un imán se tratara.
Lejos de dejarme impresionar por aquél detalle, que posiblemente para otro hubiera supuesto, sin duda, una señal -si no de Dios, al menos sí del Diablo o de la providencia, que también juega sus cartas- rebusqué con ansiedad en los bolsillos de la camisa y saqué un paquete de cigarrillos, dispuesto a mitigar la espera lo más plácidamente posible.
- A mi edad, pocas cosas pueden hacerme daño ya, -dijo el viejo, sonriendo enigmáticamente, mostrando, al hacerlo, una dentadura invadida por el sarro, en la que faltaban numerosas e importantes piezas.
Fumamos en silencio durante un rato, observando con curiosidad el entorno que nos rodeaba y que por añadidura, nos envolvía con similar dulzura a como los brazos de una madre envuelven a su retoño. El Duero, generoso en caudal -no en vano arrastraba en su seno las abundantes nieves del invierno, de las cuales el pico más alto del Moncayo ofrecía aún certero testimonio- discurría plácidamente y a lo lejos, junto a la pilastra del antiguo puente de hierro -oxidado por los efectos devastadores de la lluvia, el tiempo y el olvido, puede que intencionado, del Ayuntamiento - un pescador lanzaba una y otra vez el sedal, que a su vez, como si se tratara de un círculo interminable, era arrastrado por la corriente una vez y otra y cuantas veces fueran las que el buen hombre lo lanzase al agua.
Frente a nosotros, no muy lejos del lugar donde una placa de mármol devolvía parte de la admiración del poeta Antonio Machado por Soria, un centenario chopo languidecía en soledad, mientras por sus ramas correteaba -desconfiada y huidiza por naturaleza- una ardilla de pelaje marrón oscuro y cola curiosamente albina.
El viejo tosió entonces un par de veces, y después de limpiarse con el dorso de la mano los restos de saliva que habían quedado como evidencia en su prominente barbilla, dijo misteriosamente:
- El verano será caluroso este año. Dicen que ocurrió lo mismo cuando encontraron al Niño del Santo Cáliz. También entonces el Duero se mostró generoso de caudal y las águilas volaban inquietas en el cielo...
Sin saber exactamente de qué estaba hablando, aunque invadido por una humana curiosidad, acerté a repetir, más que a preguntar:
- ¿El Niño del Santo Cáliz?.
Observé, mientras el viejo se tomaba unos momentos para responder, a una joven que venía corriendo hacia nosotros, ascendiendo la cuesta con lentitud. Vestía un chandal de color gris y zapatillas blancas. En los oídos, mostraba unos pequeños auriculares conectados a un walkman que se balanceaba peligrosamente de su cintura, corriendo el riesgo de caer al suelo y hacerse pedazos. La joven, que no parecía haberse percatado de semejante detalle -no debía de tener más de diecisiete años- tenía el cabello de color castaño claro, y lo llevaba recogido en una larga coleta, que se balanceaba a un lado y a otro, como la cola inquieta de un caballo. Cuando apenas se hallaba a unos metros escasos de donde nos encontrábamos sentados, el viejo continuó:
- En realidad, le pusieron de nombre Moisés. Ya sabes, por la semejanza con ese otro del relato bíblico...
Hizo otra pausa. Luego, mirándome fijamente -tuve la sensación, lo juro, de que sus ojos, negros como esos agujeros que según dicen, existen en el espacio y son capaces de engullir hasta galaxias enteras, estaban a punto de devorarme- preguntó:
- Por cierto, ¿crees en Dios?.
Antes de que pudiera responder, la muchacha -que por aquél entonces había rodeado la pequeña plazoleta que se hallaba al pie de las escaleras, y en las que muchos turistas que no tenían ganas de pasear aparcaban su vehículo- había dado media vuelta, desandando el camino hacia abajo, aumentando de manera visible la velocidad.
- Supongo que sí, -contesté, aunque ni yo mismo estaba seguro de cuáles eran, en realidad, mis convicciones religiosas. De hecho, pensaba que éstas brillaban por su ausencia.
- No es cuestión de suponer, -dijo el viejo, mirándome con severidad. Se cree o no se cree.
Antes de que yo tuviera ocasión para la réplica, el viejo prosiguió diciendo:
- Si no eres creyente, poco o nada importan los detalles de lo que te voy a contar a continuación. Pero, en fin, aún es pronto para emprender el camino a casa y hace un día muy agradable, ¿no crees?.
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